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Televisión, radio y cultura
El 2 de octubre de 1925 un ingeniero electricista, casi inválido,
conectó una serie de artefactos en una modesta habitación del barrio
de Soho, en Londres. Puso un muñeco delante de los aparatos y corrió a
la habitación contigua: en una rudimentaria pantalla se reflejaba la
imagen del muñeco. John Logie Baird acababa de inventar la televisión.
Diez años más tarde, la BBC de Londres inauguraba el primer servicio
público de televisión del mundo. Hoy, casi medio siglo después del
experimento de Baird, la TV constituye un elemento irreemplazable de
la vida contemporánea. A veces un monstruo, a veces una bendición,
pero de todos modos tan irreemplazable como el automóvil, la radio o
el teléfono.
Y en tanto el momento histórico que vive hoy la Argentina está
insertado en el mundo contemporáneo, con sus maravillas y sus
espantos, la TV debe ser considerada como un hecho del cual no puede
prescindirse. Formulamos deliberadamente esta simpleza porque hemos
leído en los últimos días algunas notas en diversas publicaciones que,
al abominar de las programaciones habituales de la TV, esconden (tal
vez subconscientemente) sentimientos tan ingenuos como los que
llevaban a los obreros ingleses del siglo XVIII a destruir los telares
mecánicos. Cuando un país entra en una etapa política de signo
popular, casi siempre aparecen recurrencias individuales o colectivas
hacia modos de vida más puros, apelaciones al mito del bon sauvage y
apasionados exorcismos contra las inhumanas servidumbres de la
tecnología. Estos escapes contienen una gran limpieza de intenciones
pero, en último análisis, evaden los problemas concretos, y al
hacerlo, sirven involuntariamente a las soluciones peores que esos
problemas relacionados con la TV —y una reflexión fecunda sobre los
problemas relacionados con la TV —y en menor medida, la radio— en la
Argentina de 1973 es necesario, pues, partir de una premisa tan simple
como ésta: la TV existe y es irreemplazable.
AMBIGÜEDADES DE LOS MEDIOS. Es curioso: un hecho tan cotidiano, tan
hogareño como la TV, es mirado de manera muy diferente según sea la
posición del observador. Está comprobado que los intelectuales la ven
con desconfianza o desdén y los sectores populares, en cambio,
encuentran en la pequeña pantalla no solamente un descanso sino
también una fuente de información altamente veraz. Para los liberales,
la TV es, al menos en potencia, un instrumento terriblemente peligroso
de avance estatal sobre la intimidad del ser humano. Para los
cuestionadores del "sistema”, es un irredimible factor de alienación.
Para los revolucionarios, un agente revulsivo desaprovechado ...
La radio, en cambio, no suele suscitar visiones tan dispares; o al
menos, no lo hace de un modo tan opuesto. En Sociología de la
Radio-Televisión, dice Jean Cazeneuve: ''Si bien se puede estar a
veces distraído frente a la pequeña pantalla, la TV, por regla
general, moviliza la atención mucho más que la radio, la cual es
utilizada, a menudo, como fondo sonoro mientras se realiza otra
ocupación. La memoria, asimismo, sufre mucho más la influencia de la
imagen que la del sonido... La imaginación es poco favorecida por la
TV, ya que la imagen es mucho más absorbente que el sonido. La radio
se dirige a lo íntimo del individuo; la TV nos saca de nosotros
mismos, tiene más poder y, en consecuencia, se impone a nuestra
personalidad. Desde el punto de vista intelectual, la radio, más
cercana al libro, permanece en la abstracción, trasmite su mensaje por
medio del concepto, mientras que la TV permanece en el campo de lo
concreto”.
La diversidad de actitudes frente a la TV es, precisamente, la base de
la segunda premisa que planteamos: tal como está, la TV argentina debe
cambiar. A partir de estas dos precisiones es posible exponer algunas
ideas sobre este tema, que muy pronto deberá debatirse en todos los
niveles de la opinión pública y en las instituciones estatales
pertinentes, por la sencilla razón de que este año (según algunos) o
el que viene (según otros) vencen las concesiones que oportunamente se
otorgaron para la explotación de tres canales de TV en Buenos Aires,
que son los que dan el tono y los materiales a todos los restantes del
país. Y también porque este año o el próximo deberán implementarse
licitaciones tendientes a entregar a particulares algunas de las
emisoras de radio que todavía hoy pertenecen al Estado. Con esta
aclaración: si ponemos más énfasis en los problemas de la TV y no en
los que atañen a la radio es por. que este medio ha encontrado por sí
solo las correcciones a sus peores defectos. En los últimos años, la
radio argentina exhibe una voluntad de superación que no se advierte
en la TV, lo cual no obsta a que la TV tenga más repercusión que la
radio en el espíritu del público argentino.
SERVICIO PUBLICO. La TV y la radio constituyen sendos servicios
públicos. Esta es una doctrina universalmente aceptada. Son servicios
de interés público que pueden ser ejecutados por el Estado o por
particulares a quienes el Estado concede el uso de las ondas o los
canales adecuados, elementos físicos que forman parte del patrimonio
nacional. En muchos países europeos el Estado monopoliza la
explotación de las ondas radiofónicas y los canales de TV. En Estados
Unidos y la mayoría de los países latinoamericanos, la explotación la
realizan concesionarios particulares. En Canadá y Japón y también en
nuestro país el sistema es mixto: coexisten emisoras y canales
explotados por concesionarios, con otros que usa el Estado. Pero sea
cual fuere el sistema jurídico, el Estado siempre ejerce una
irrenunciable función de contralor sobre los medios de comunicación
masiva. Si la expresión de ideas por medio del periodismo o del libro
no está ni puede estar sujeta a censura, la radio y la TV están
sometidas a ciertas reglas que tienden a preservar los bienes morales
y jurídicos del radioescucha o el televidente, indefenso por
definición.
Quien mira la pantalla pequeña o escucha radio tiene derecho a no ser
ofendido en su pudor, sus sentimientos religiosos, patrióticos o
familiares, en su sentido de la solidaridad social. Para ello el
Estado imagina un espectador ideal y, a través del contralor que
ejerce sobre los medios, protege sentimientos supuestos, presumidos,
cuya ponderación se formula a través de una valoración razonable. El
Estado compone un espectador ideal que no es un mojigato pero tampoco
un desprejuiciado. El mojigato no podrá ser protegido porque sus
valoraciones exceden las pautas prevalecientes en una comunidad en un
momento dado: una dama de la belle époque se desmayaría a los tres
minutos de contemplar una emisión común de TV... Pero el Estado no
puede colocar el material que emerge de las radios o los televisores a
la altura de un personaje cuyo sentido moral se presume ínfimo o que
se siente totalmente liberado de prejuicios.
Todo esto es obvio. Pero, en cambio no resulta tan obvio el hecho de
que el Estado —al que nadie discute su derecho y su deber ele
controlar el contenido de las emisiones radiales y de TV— se sienta
desobligado de proteger los valores estéticos, aquellos que hacen al
buen gusto, a las formas externas que componen como un ingrediente
importantísimo los mensajes que nos llegan desde los medios. Una
escena erótica subida de tono en una radionovela o una telenovela, si
se salva de la autocensura interna, podrá merecer una sanción del
organismo que controla los medios. Pero la descarga más inaguantable
de mal gusto, el lenguaje más chabacano, la cursilería más espantosa,
eso carece de sanción. Este es uno de los temas esenciales en relación
con la radio y la TV: la presencia del Estado en la defensa de valores
que tienen que ver con el fondo y la forma de la mercadería producida
por los medios. Hemos de volver sobre este problema más adelante.
La otra cuestión fundamenta que suele tenerse en cuenta cuando se
habla de radio y TV —sobre todo de esta última— es la relativa a la
identidad de los particulares que explotan su concesión. Cada vez que
se ha discutido una ley o una reglamentación se han establecido
condiciones muy concretas para evitar que las empresas concesionarias
dependan de matrices extranjeras: generalmente se exige un alto
porcentaje de ciudadanos argentinos en la integración de las
sociedades que aspiran a explotar las ondas radiofónicas o los canales
de TV. Pero sucede que esas previsiones legales no han impedido que
los canales privados —y aun los estatales— emitan materiales de origen
norteamericano en cantidades significativas. La razón es muy simple:
al lado de cada empresa, físicamente representada por sus
instalaciones y sus máquinas, existe otra empresa paralela que
alimenta al canal con programaciones. Y esa empresa paralela está
generalmente vinculada a cadenas norteamericanas de TV, que fabrican y
exportan sus propias programaciones o paquetes de películas. La
empresa paralela no fabrica programaciones: las importa. De modo que
aunque la concesionaria del canal sea más criolla que el mate, la
mercadería que reexpide es extranjera, los temas que plantean las
"series” son ajenos a nuestra realidad, el vocabulario con que se
interpretan es un híbrido inlocalizable y el tipo de vida que muestran
es, para nosotros, remoto y ficticio cuando no irritante.
Esta situación apareja otra de las curiosidades del tema. Porque se ha
logrado crear cierta conciencia sobre la necesidad de "radios de
frontera”, para defender al radioescucha argentino de la invasión de
emisiones de los países vecinos. Pero parece tanto más peligroso
seguir deformando el espíritu del televidente de Buenos Aires con
materiales de origen, acento y tema foráneos. Y, sobre esto, salvo las
periódicas y patrióticas rabietas de Ernesto Sábato, nada o muy poco
se dice ...
Otra situación que es necesario destacar es el desaprovechamiento de
las posibilidades de la radio y la TV. Es clásico definir las
funciones de los medios de comunicación masiva como de información,
entretenimiento y educación. En materia de información, las radios y
los canales de TV cumplen en la Argentina una tarea encomiable, con
alto nivel profesional y plausible objetividad. En lo que se refiere
al entretenimiento, se puede estar o no de acuerdo con ciertos
programas, pero el objetivo de hacer pasar el rato se cumple con
largueza, indiscutiblemente. En cambio, en materia de educación hay un
desaprovechamiento lamentable.
Una de las características más impresionantes del tiempo contemporáneo
es la ansiedad general por educarse o perfeccionar la educación. La
proliferación de institutos de enseñanza, oficiales o privados; la
superpoblación de las universidades, la instrucción por
correspondencia, la creación de nuevas carreras, las rebeliones
estudiantiles contra formas pedagógicas envejecidas, el
cuestionamiento del antiguo criterio de autoridad, el creciente
informalismo de la enseñanza, todo converge hacia un dato único: los
hombres y las mujeres saben que sus posibilidades de realización
personal dependen en gran medida de la educación que logren
incorporar. Se ha dicho que los hombres son lo que saben. Sobre esto
hay una conciencia muy clara en todo el mundo y, por supuesto, en
nuestro país.
Frente a esta demanda arrolladora, la cuota de enseñanza que puede
proveer el Estado o los particulares siempre parece rezagada. Cuando
se cubren los déficits más clamorosos en materia de maestros y
profesores, aulas y facultades, material didáctico y becas, ya se ha
agrandado de nuevo la brecha entre la demanda de instrucción y lo que
pueden ofrecer los proveedores de enseñanza. Esta situación puede
remediarse en buena medida con un aprovechamiento más racional de los
medios. Las experiencias de la UNESCO en este campo y las realizadas
en Estados Unidos, donde el tema se ha estudiado a fondo y existen
realizaciones tan importantes como las de la Universidad de
Pennsylvania, deberían inducirnos a tener muy en cuenta esta
posibilidad cuando se redefina en nuestro país la función que deben
cumplir los medios. Desde la instrucción más elemental hasta el
aprendizaje más sofisticado de ciencia y tecnología, toda la gama de
la enseñanza cabe dentro de la pantalla pequeña o el trasmisor de la
radio. Parece una injustificada dilapidación el desaprovechamiento de
la TV en este terreno y, en menor medida, la que sufre la radio, cuyas
limitaciones son más estrictas pero que también tiene una ancha
perspectiva en este campo. Una cuota de tiempo radial y televisivo
dedicada obligatoriamente a la educación, con imaginación y ritmo y
coordinada por un organismo especial, daría a los canales y las radios
la oportunidad de pagar a la comunidad la concesión de que gozan y
abriría perspectivas inéditas a do-'entes y alumnos.
UN MEJOR USO. A partir de estas reflexiones, se pueden sugerir algunas
ideas cuya aplicación tienda a un mejor aprovechamiento de los medios.
Es probable que, en el momento adecuado, la discusión sobre los medios
se centre en el problema de la titularidad de los canales y las
radios. Se derramarán ríos de tinta alabando o denostando el monopolio
del Estado. Sin embargo este aspecto es secundario. En el futuro, el
Estado siempre ejercerá un contralor directo y decisivo sobre los
medios, no importa si explota directamente los canales y las ondas o
si los que lo hacen son concesionarios. Lo fundamental es establecer
el tipo de contralor que ejercerá el Estado y el tipo de organismo que
lo instrumentará. Sería interesante probar la viabilidad de un consejo
integrado no solamente por representantes de diversas áreas estatales,
como existe ahora, sino también por voceros de distintos sectores de
la comunidad: escritores, artistas, intelectuales, gente de la
universidad, a quienes a buen seguro interesarán aspectos que
actualmente se descuidan y que hacen, no obstante, a la defensa del
consumidor, llámese oyente o televidente. Es de imaginar los
resultados que podría obtener un consejo de gente que se sienta
lastimada por la estupidez, la chabacanería o la irrealidad de ciertos
espacios de TV y radios. Un organismo como éste podría promover una
trasformación profunda y positiva de los medios, sin ejercer la —a
veces— ridícula censura que se maneja por la burocracia con criterios
puramente formales.
Párrafos arriba señalábamos que en gran medida, la deformación
producida por la TV se debe a la existencia de empresas paralelas a
las concesionarias de canales, que están vinculadas a grandes cadenas
norteamericanas y compran a éstas el material seriado que luego
arrendarán a los canales clientes. Muchas veces se intentó producir en
el país este tipo de material y, sin duda, sería un paso adelante
sustituir películas del Far West por ficciones inspiradas en temas
argentinos, o vengadores e intocables por personajes creados por
nuestros propios autores y situados en un contexto reconocible. Los
fracasos de estas iniciativas se han atribuido al alto costo del
material, cuya realización no se justifica por un mercado de
envergadura correspondiente. Habría que explorar la posibiildad de que
el mercado de televidentes se ampliara a otros países sudamericanos
para compensar el esfuerzo que demanda la elaboración del material
seriado. En este momento histórico, cuando América latina reconoce la
comunidad de sus problemas, plantea posiciones colectivas frente a
Estados Unidos, busca objetivos de liberación que son idénticos en
esencia aunque difieren sus caminos, no parece que existen
dificultades insuperables para imaginar una creación multinacional
similar a Eurovisión y cuyas programaciones puedan suscitar interés en
distintos países de nuestro continente. Por otra parte, las
trasmisiones por satélite, que en la actualidad se dedican casi en su
totalidad a difundir partidos de fútbol para públicos latinoamericanos
de distintos países, pueden constituirse en instrumentos de
impredecible trascendencia en este terreno. En la Argentina, los
autores, actores y técnicos tienen capacidad sobrada para emprender la
realización de un material seriado dotado de una temática y un
lenguaje aptos para ser entendidos y apreciados por otros pueblos
hermanos. ¿No es este el exacto momento para intentar esa experiencia?
Otro aspecto que habrá que tener en cuenta cuando se replantee el
problema de los medios es el de los canales del interior del país.
Actualmente, nada hay más parecido a un canal del interior que otro
canal del interior... Si en el plano continental se trata de buscar
zonas comunes, en el nacional, en cambio, lo que corresponde es
destacar las identidades locales. ¿Por qué el canal de Santiago del
Estero tiene que tener la misma fisonomía que el de Neuquén, siendo
que se trata de voceros de regiones diferentes? Lo aconsejable en este
campo es estimular la personalidad de los canales locales, como una
manera de ayudar a la expresión de problemas y realidades de la
región, en un tono que les sea auténticamente propio. Hay una
tendencia a la uniformidad que va desde las idénticas voces de los
locutores, privados de las características tonadas provincianas, hasta
las idénticas programaciones y los no menos idénticos tics y estilos
de trasmisión, que copian aquellos que se difunden desde los grandes
canales porteños e invaden desde allí (por imitación o sujeción
involuntaria) a los más alejados. Romper esta cadena espiritual,
animar a los hombres de TV que trabajan en el interior a dar su
impronta, su sello propio al canal local, inaugurarían posibilidades
muy fecundas en medios que hasta ahora se han limitado a imitar. Lo
mismo, en menor medida, puede decirse de la radio, aunque las menores
exigencias económicas de este medio han servido, paradójicamente, a
caracterizar con mayor nitidez las emisoras del interior.
Cuando llegue el momento de poner sobre el tapete el problema de los
medios, los intereses creados intentarán echar cortinas de humo para
que la discusión se centre en el plano puramente institucional. Se
planteará dramáticamente la disyuntiva entre "monopolio estatal” y
"libre iniciativa”, como marco único del debate. En ese momento
decisivo, habrá que ayudar a aquellos que deban adoptar las decisiones
políticas para que no caigan en ese juego. El problema no radica en la
. titularidad de los canales y las radios, sino en el contenido de las
emisiones, porque el Estado, explote o conceda las ondas y los
canales, nunca dejará de ejercer un contralor sobre los medios. La
lucha deberá librarse, pues, en el terreno del contenido de la
mercadería que fabrican los canales de TV y las radios. Es un
escenario difícil, complejo, tironeado por intereses contrapuestos, en
el cual se encuentra en el último plano al personaje más importante de
todo este quehacer: el público.
En este terreno deberá librarse la lucha para que los medios
participen activa y positivamente en el proceso de liberación. ♦
Félix Luna
Panorama
5/7/1973
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