Mágicas Ruinas
crónicas del siglo pasado

el bandoneón de troilo y piazzolla

PORQUE SE LO GANO. PORQUE FUE SU AMIGO. PORQUE ES SU HEREDERO, PESE A LA POLEMICA, PESE A LOS ESCEPTICOS
TROILO ESTA MUERTO. PERO HOY VIVE ENTRE LAS MANOS DE PIAZZOLLA

El bandoneón de Aníbal Troilo, que guarda en sus arrugas toda la tradición tanguera, empezará a cantar otra vez. Otras manos apretarán sus teclas; otros dedos le arrancarán sus sonidos. El heredero se llama Astor Piazzolla, el discutido, el triunfador. Zita, la viuda de Pichuco, dijo en “La ciudad” cuando le entregó el instrumento: “Te lo doy a vos porque sos el músico más talentoso que hay en el país”. Toda una historia de amor.

Fue en esa hora en que todo se ve distinto. En esa hora en que empieza a morirse una ciudad y a nacer otra. La mejor hora para pensar, soñar, sentir, amar, nacer y hasta morir. La hora sin ruidos, la hora en que el cansancio nos prohíbe el egoísmo, las cosas útiles, la lucha. La hora en que el futuro no existe más que en la imaginación o el deseo.
Y después vino la primera luz del sol y la de la última lamparita eléctrica. Y la hora en que ese espíritu que estaba entre nosotros se fue por la ventana como una brisa tibia, porque era el de Troilo.
Allí está su bandoneón. Recién en este momento ha dejado de ser el suyo. Ya es de Piazzolla. Pero fue necesario que pasara toda la noche para que se realizara el milagro. Es que esto no fue un regalo, ni una donación, ni un traspaso. Esto es una transfusión, una migración, un transplante.
Todo esto empezó a las diez de la noche en la casa de Zita, la viuda de Aníbal Troilo, y terminó con la primera luz del sol en la casa de Daniel, el hijo de Astor Piazzolla.
Empezó a las diez de la noche, cuando se podía ser práctico y preguntarle a Zita cómo se le había ocurrido regalarle el bandoneón de Troilo a Piazzolla. “Porque es el músico más talentoso que hay en el país”, y uno todavía podía anotar las respuestas. Y terminó con la primera luz del sol mientras Piazzolla despedía al espíritu tocando “La última curda” en el bandoneón de Troilo. Lo tocó sentado, como tocaba Pichuco. Suavecito, como tocaba él. (“Sentía que el “Gordo” estaba acá adentro y que me decía: «Ojo, ‘Gato’, que el que toca soy yo, no te vayas a equivocar», y tuve mucho miedo.”) Tipo difícil este Piazzolla. Hay que ir adivinando lo que siente. Y cuando lo dice es como si ladrara. (“No quiero ni una foto, ni que hagan el menor ruido,”) Mucho después me dijo por qué: “Es que iba a tocar «Adiós Nonnino» con el bandoneón del «Gordo», y quería tocar como si fuera la última vez. Necesitaba magia, y un ruidito, el de una foto, me lo hubiera echado.” Claro, se lo hubiera echado a Troilo del bandoneón. Después que Zita se lo dio, le preguntaron si lo iba a tocar, y volvió a ladrar: “¿Si lo voy a tocar, si me lo voy a guardar? Pero, ¿qué se creen que es esto? ¿Un objeto que se toca y se guarda?”
Volvamos al orden. Otra vez, Zita. “Vea, yo regalé todo lo suyo. Los trajes, las camisas, los moñitos, los esmoquines. Eso sí, a veces venía gente que me pedía un traje que yo veía que no le quedaba bien, y entonces no se lo regalaba.” “¿Y a Piazzolla le queda bien el bandoneón de Troilo?” “A medida.” “¿El sabía que usted se lo iba a dar a Piazzolla?” “Nunca lo hablamos, pero «Pichuco» lo adoraba a Astor. Sé que él está muy contento. Además se lo doy a Piazzolla un poco por egoísmo, porque no quiero que Troilo se muera del todo, y mientras salga una nota de este bandoneón, «Pichuco» va a seguir viviendo.”
Sí, vive. Uno podía estar loco o borracho antes da que el sol quebrara la magia, pero en cualquiera de los dos casos dicen que no Se miente. Y juro que mientras tocaba “La última curda”, Piazzolla se parecía a Troilo. “¿Qué sentirá ahora?”, pensaba. Y vean qué fácil es saberlo. Piazzolla vive en un hotel, así que fuimos a la casa de su hijo. Ahí íbamos a hablar de Troilo. Del “Gordo” y de Piazzolla. “Yo tenía dieciocho años. Troilo siete más que yo. Era todo un señor para mí, lo veía como se ve a un hombre grande. Yo iba todos los días a «Germinal», que era el lugar donde tocaba con la orquesta, y lo escuchaba mientras ensayaban y durante la actuación. Me sabía el repertorio de memoria. Un día, después de un mes de esperar una oportunidad, se enfermó un bandoneonista. Le pedí que me probara. «Estás loco, pibe», me dijo, «vos sos muy chico para esto»”.
Insistí y le pedí que me diera una oportunidad. «Bueno, subí al escenario a ver qué hacés.» Me toqué todo el repertorio de memoria y me quedé con la orquesta. Cinco años estuve con él y hasta le hacía los arreglos. Yo le metía los ratones en la cabeza para que cambiara, para que metiera una «viola», el violoncelo. .. Y él me decía: «Mirá, ‘Gato’, escribime sencillito, porque yo te paso la goma, eh». En ese entonces la gente bailaba con Pichuco, y él tenía mucho respeto por su público, por eso no quería cambiar el estilo. Además Buenos Aires era distinto, se respiraba tango por todos lados, y este bandoneón tocaba ese tango y creaba ese clima. Hoy Buenos Aires tiene ruido, ruido de pizzerías, ruido de jóvenes, tiene blue jeans, y yo soy ese ruido y el «Gordo» me dio este bandoneón para que ese ruido lo transforme en música.”
Antes le había preguntado a Zita por qué Troilo le decía “Gato”. “Mírelo cuando toca y va a descubrir que es un gato. Mire cómo pone los dedos sobre el bandoneón, cómo se mueve, cómo le arranca las notas. .. Es un gato, sin ninguna duda.” Le pregunté también si creía que Piazzolla era el continuador de Troilo, y su respuesta me desconcertó: “Si Piazzolla quisiera tocar tangos lo haría mejor que nadie. Pero él no quiere. El es un músico del mundo, ya no es más nuestro, ya no es más del barrio.” Pero, le pregunté, ¿abandonó el barrio o se lo llevó al mundo? “Lo está mostrando, es a lo mejor un barrio nuevo, un barrio que no responde a nuestras nostalgias; pero ahora que lo pienso creo que le di el bandoneón de «Pichuco» también por eso, porque con ese instrumento le va a costar mucho más olvidarse del pasado, y los viejos no queremos que se corte definitivamente con el pasado. Que construya un presente nuevo, pero que sea a partir de lo anterior.” “¿Y él con su música no lo está haciendo?” “Claro que lo hace, pero por las dudas. . .”
Piazzolla me muestra el bandoneón. Me dice que es una maravilla. Le pregunto cuánto cuesta. Me dice que un bandoneón ahora debe andar por los dos millones de pesos, pero si uno escucha cómo suena éste, ofrece enseguida cinco millones. “¿Y si sabe que fue de Troilo?” “Y. . ., cinco millones, pero de dólares”. Le pregunto qué busca adentro, por qué mira como un desesperado, encrespado como un gato. “Una firma, una firma del «Gordo»..., ¿sabés lo que seria para mí que tuviera una firma del «Gordo»? Le voy a pedir a Zita que me lo firme”. Es como un chico. Y me cuenta otras cosas “Vos sabes que el «Gordo» me echó dos veces de la orquesta. Yo |e hacía de todo, pobre «Gordo». Era un chiquitín, y me pasaba la noche tirando cohetes o bombitas de mal olor. Hasta que un día los músicos me hicieron una propuesta; “¿A que no le pones pica-pica al «Gordo»?” Era un desafío, así que esperé que estuviera por tocar «Inspiración» y le pasé pica-pica por la papada. Se empezó a rascar como un loco, y tuvo que dejar el bandoneón en el suelo. Al día siguiente me mandó un telegrama: “Queda despedido de la orquesta por tirar cohetes y ponerme pica-pica”. “¿Y qué hiciste?” “Nada, al día siguiente volví a trabajar y me tomó de vuelta. Me dijo de todo, pero me volvió a tomar. Me dijo que era un irresponsable y qué sé yo cuántas cosas. Pero al otro día lo embromé. Agarré una espiral para los mosquitos, calculé el tiempo que tardaba en quemarse y le até un cohete. La prendí y me fui a tocar. Cuando estábamos tocando sonó el cohete. «Vio, ‘Gordo’, le dije, que yo no soy el que tira los cohetes»?” “¿No lo tuteabas?” “¿Al «Gordo»? ¿Sos loco vos? Troilo era uno de mis tres ídolos. . . Hace poquito lo había empezado a tutear, ahora que el tiempo nos había emparejado en edad. Me llevaba siete años no más, pero al principio era mucho tiempo. Y él era Troilo. Me animé a tutearlo un día que vino a verme a un boliche, no me acuerde qué fue lo que le dije, pero debe haber sido una tontería y con mucho miedo.”
Creo que ésta es la única manera de contarlo. Es imposible poder decir qué significa para un hijo heredar el reloj del padre. Uno debería conocer cómo fue esa relación entre padre e hijo. Y aquí lo que no se conoce es precisamente eso: qué fue Troilo para Piazzolla. Todo lo demás, lo que significa para nosotros esta posta puede resumirse en una frase de Piazzolla: “Mirá, hay un fotógrafo que no sé cómo se llama, pero le dicen «El Traca Gemelli». Vino a hacer la nota y me dijo algo sensacional. Se me acercó, me puso una mano en el hombro y me dijo: «Che, Piazzolla, vos a mi no me gustabas nada; yo era fanático del ‘Gordo’, pero ahora que vos tenés el bandoneón de Pichuco soy fanático tuyo». ¿Qué te parece?” “¿Te esperabas el bandoneón?” “Sí, suponía que algo así iba a pasar. ¿A quién se lo iba a dar? El «Gordo» me quería mucho, quería a mi familia, no tiene hijos. . . Te juro que si no me lo hubieran dado me habría dolido mucho. . . Es que es imposible saber todo lo que hubo entre él y yo. Yo toqué muchas veces en este bandoneón en su casa. Nos pasábamos la tarde con el mate, un cacho de pan y un salamín. . .” “¿Cómo lo conoció a tu padre?” “Cuando el viejo se en tero que yo empezaba a trabajar con Troilo, agarró la moto y se vino a Buenos Aires, no paró hasta la casa del «Gordo», ahí en Soler 3280, y le dijo: «Vea, señor Troilo, usted es un hombre grande y él es nuestro único hijo. Lo único que le pido es que me lo cuide y que no vaya por el mal camino». El viejo agarró la moto y se volvió a Mar del Plata. En cuanto el viejo se fue, Troilo me llevó a jugar al pase inglés a un garito que él conocía. ¿Te das cuenta? Hasta las cosas que no podía hacer con mi viejo, las hice con Troilo. . .”
Piazzolla se enteró en Roma que había muerto Troilo. Cuando murió su padre, estaba en Nueva York, y escribió “Adiós Nonnino”. Esta vez escribió Ir “Suite Troiliana”. Son cuatro temas cuyos títulos son los cuatro amores de “Pichuco”: “Bandoneón”, “Zita”, “Whisky” y “Escolaso”. “Pichuco” lo llevó por primera vez al hipódromo: “Me dijo que eligiera un caballo. Yo elegí «Gran Fifi», y me dijo que estaba loco. Por supuesto, ganó el mío”. Y el Casino: “Ahí ganaba siempre. Mi táctica era jugar en contra del «Gordo», que perdía siempre. Si el ponía negro, yo ponía colorado, y a él le daba una bronca que no te cuento. No te imaginás lo que sentí cuando murió. La última vez que lo vi fue el año pasado, en Mar del Plata. Volví de Europa y le dije a Amelita: «Vamos a Mar del Plata que lo quiero ver al ‘Gordo’» Sentía que lo tenía que ver. . . Fue la última vez. Cuando murió estaba en Roma. Me enteré en casa, estaba con Alonso y Berni, que me habían pedido que posara para ellos. No te imaginás lo que fue. Agarré el bandoneón y me puse a tocar «La última curda»; llorábamos los tres, yo tocando y ellos pintando, se nos caían las lágrimas y me pedían que dejara de tocar porque las lágrimas les nublaba la vista, Pero no podía dejar de tocar. . . Era como tratar que el «Gordo» siguiera ahí, con nosotros. Lo mismo me pasa cuando toco «Bandoneón», el primer tema de la suite. Hay una parte donde la melodía corresponde a «Quejas de bandoneón». Ahí intento tocar como «Pichuco», rememoro sus dedos, pero no consigo terminar la frase musical, y para demostrar mi impotencia dejo todos los dedos puestos y abro el “fueye” hasta el final, como si fuese un quejido de desesperación por todo lo que se nos fue con él.”
Lo levantó suavemente, lo acarició y salió una nota: “¿Ves que está el «Gordo» acá adentro?” “¿Por qué no tocás «La última curda»?” No dijo nada, se sentó como Pichuco, y empezó a sacarle sonidos. Entonces fue cuando entró la brisa tibia por la ventana en una noche fresca. Es que el espíritu de Troilo no puede ser helado. Me pareció ver una lágrima en los ojos de Piazzolla. “¿Llorás?” “Es que el que no llora nunca es porque no tiene nada adentro.” Entonces me acordé que cuando terminó de tocar “Adiós Nonnino” en “La ciudad”, con el bandoneón de Troilo, lo levantó por encima de su cabeza y se lo mostró al público. “¿Por qué lo hiciste?” “Porque quería que vieran que era mío, que me lo había ganado, que no soy un chanta, porque si tengo el bandoneón del «Gordo» quiere decir que lo mío vale. Que soy de acá, que mi música es música de acá; de hoy, no del cuarenta, porque ésa es exclusiva del «Gordo» Troilo, pero que la mía es también de Buenos Aires. Eso quise mostrar, que este bandoneón es mío, y para siempre.”
NESTOR BARREIRO
Fotos: ANTONIO LEGARRETA y RICARDO ALFIERI (h)
Revista Gente y la actualidad
4/12/75


piazzolla y el bandoneón de troilo

ir al índice de Mágicas Ruinas

Ir Arriba