Mágicas Ruinas
crónicas del siglo pasado
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| La invención de Burriel Oscar Burriel; fotógrafo. La austeridad de esta presentación no implica simplicidad. Antes bien, propone a partir de un oficio, no siempre calificado ni aun ejercido con la adecuada profesionalidad, una introducción al interesante y complejo mundo de la fotografía. Oscar Burriel, el nombre elegido, puede resumir esa profesionalidad y expresar por sí, el casi novísimo mundo de un género que cuenta en todas partes con entusiastas aficionados y no menos apasionados críticos e iniciados. "Yo trato de vender fantasía: es mi trabajo", dice intentando dibujar en palabras una imagen que pueda aproximarse a las que él, incesantemente, viene captando con sus cámaras desde hace quince años. Burriel, ahora reconocido a través de sus fotografías publicadas en los más importantes medios periodísticos es, quizá , el arquetipo del profesional dedicado a transmitir con sus ilustraciones de moda y publicidad, las variantes plásticas del periodismo moderno. La trayectoria de este fotógrafo es singular: luego de cursar estudios de Bellas Artes, sin ningún conocimiento previo de fotografía, armado de una Hasselblad y de una capacidad asombrosa de trabajo alcanzó en un solo año — 1966— a escalar todas las categorías del Foto Club de Buenos Aires, y a alzarse con los siguientes premios: el Cóndor de Oro de F.A.F.; el segundo puesto en el de Naciones Unidas y el Rioplatense de retratos. "Mis comienzos fueron modestísimos —dice — , revelaba color en un cuartucho de una azotea de una pensión de Buenos Aires y tapaba la luz que se filtraba por una ventanita, con una toalla." Ahora es distinto, claro. Su espacioso estudio instalado en la calle Canning 2929 tiene los más exquisitos elementos técnicos, más el agregado de paneles multicolores, spots de variada iluminación, vestuario para las modelos, aire acondicionado, ventiladores para producir el efecto del viento, paraguas para balancear los matices de luz, música estereofónica para crear climas y sobre todo: una atmósfera profesional que remite al rodaje de una película. Por supuesto, como tantos que se manejan con imágenes plásticas, debe hacer un esfuerzo para transportarlas al diálogo. Sin embargo, su seguridad, la fluidez de su conversación, la claridad que él tiene acerca de su trabajo permite reconstruir esas imágenes. Y de eso se trata. MERCADO - ¿Por qué no aclaramos, al comienzo, cuál es la diferencia sustancial entre el trabajo de un reportero gráfico (el de diarios o agencias noticiosas) y el que usted realiza? BURRIEL — El reportero gráfico toma imágenes de la realidad. Yo las invento. Pero esto, que puede parecer una comparación riesgosa, debe aclararse. No quiere decir que el fotógrafo de un diario deba someterse estrictamente a copiar dócilmente esa realidad. No; también puede contar, narrar, interpretar un hecho a través de esas imágenes. Aunque siempre extraídas de la realidad, ya que su trabajo es testimoniar. El fotógrafo de modas o de publicidad puede cambiar esa realidad, puede transformarla... MERCADO — ¿Una aproximación al territorio del arte? BURRUEL — Yo prefiero prescindir de la palabra arte. Digo que la ilustración le permite a uno crear imágenes. Una foto que ilustra la tapa de un libro nace de una idea, de la imaginación del fotógrafo. De pronto, yo puedo tomar una foto a la luz del sol y con esa misma toma producir un efecto nocturno. 0 puedo sumergirme en el agua y crear situaciones irreales o fantásticas. Por supuesto esto marca una diferencia entre ambas maneras de encarar el trabajo fotográfico. MERCADO — Aquí surge una pregunta que suelen hacerse no pocos aficionados: ¿Hasta cuándo es válido el tecnicismo, el proceso de elaborar, de inventar una foto? ¿Acaso, se interrogan, una foto no es la realidad? ¿Por qué mentirla? BURRIEL — Creo que cualquier foto es válida si es sincera. Si yo hago un truco fotográfico para producir un efecto determinado estético, estoy invitando al espectador de esa foto a contagiarse de ese elemento fantástico, a servirse gozosamente de ese escape de la imaginación. Por ejemplo, en aquella película "Encuentros cercanos del tercer tipo" uno sabe que lo que se ve allí son trucos, que son elementos fantásticos creados por el director y acepta ese juego, aunque sabe que lo que se ve allí no son platos voladores reales sino de utilería. En cambio, si yo produzco un truco demagógico, para crear una emoción falsa acerca de la realidad, estoy mintiendo. En cuanto al tecnicismo, el director francés Jean Renoir explicaba, que cuanto más cables y spots y botoncitos había detrás de las cámaras, más suelta y más fluida sería la imagen del otro lado. En resumen, mi trabajo es vender fantasía con la mayor sinceridad posible. También un escritor cuenta un cuento y sabemos que no es verdad, pero al leerlo nos olvidamos. MERCADO — Da la impresión de que la tarea de este tipo de profesional creativo está cada vez más cerca de un director de escena, de un ambientador... BURRIEL - Si, es cierto. Yo esbozo antes las escenas que me propongo fotografiar. Dibujo en un cuaderno cada uno de los cuadros. Sé donde va a estar cada modelo. Pienso, por ejemplo, que Teté Coustarot, con quien hicimos no menos de treinta tapas, necesita una ambientación suntuosa para presentar exclusivos de París. O imagino que una tapa con Graciela Alfano debe tener una determinada chispa de sensualidad y entonces creo una escena en un circo, con entorno de tigres y domadores. Todo esto requiere profesionalidad en las modelos. Antes era posible la inclusión de chicas improvisadas, ahora casi nunca. Es curioso el fenómeno, pero, una chica bonita, que en la vida corriente aparece desenfadada, dúctil y graciosa, suele ser dura y árida frente a la cámara. Actualmente la modelo necesita expresarse con el cuerpo, con los gestos, con los ojos. Antes, el fotógrafo estaba a la espera de sacar tal instantánea. Estaba al acecho, a veces inútilmente y desgastadoramente, a la espera de que la modelo, entre tantos gestos, ofreciese el que le venía bien al producto o a la moda que se quería ilustrar. Ahora yo le pido a la modelo tal cara, tal gesto, tal movimiento y ella debe saber hacerlo. Precisamente, el estilo actual es el de que la modelo debe parecer modelo. MERCADO - Usted se especializa en ilustrar tapas. Sus antecedentes lo vinculan a París Match, a casi todas las tapas de las desaparecidas revistas Panorama y Adán y actualmente a medios gráficos como Claudia, Para Ti, Clarín revista, etcétera. ¿Recuerda alguna experiencia en particular? BURRIEL — Recuerdo que hice durante seis años la conocida tapa de personajes de la revista Gente, de fin de año. Allí, como se sabe, se reúnen a los más meritorios o exitosos personajes del año, incluso gente del gobierno. En aquel entonces la foto se sacaba con una cámara de placas grandes, de 12 x 8 cm. Eso requería poner y sacar la placa, atender al mismo tiempo que ninguno se moviera y se pusiera impaciente, controlar a los intrusos del estudio, ya que también había allí cerca maquilladores, secretarias de famosos y aun personal de custodia. Todo esos sumaba cien personas, o más, para alterar los nervios. Súmese a eso la idea de que los personajes son Maradona, Fillol, Vilas, Susana Giménez, un ministro, un intendente, etcétera y se verá que es una misión imposible. Todos además tiene calor, quieren irse, se molestan de esperar al que llega tarde, etcétera. Una vez todo había salido bien. Para cubrirnos habíamos sacado diez placas; es decir, diez fotos. Yo hice revelar un piloto y comprobé que sólo tenía una objeción: Mirta Legrand estaba con los ojos cerrados. Me quedé conforme pensando que teníamos nueve placas más donde todo sería normal y las mandé revelar afuera. Al otro día me llamaron, que el material, por accidente, se había velado. Por suerte nos quedaba el piloto y fue la única vez, creo, en que Mirta Legrand salió sin sonreír y con los ojos cerrados. MERCADO — ¿Dónde y cómo aprendió fotografía? BURRIEL — Sobre todo fracasando. Sí, es cierto. Yo había tenido aquel brillante comienzo en el Foto Club y me habían llamado de una importante editorial. Me probaron con una tapa sobre un tema del futuro y logré algo original que me valió me incorporaran con bastantes elogios. Pero ahí empezó mi calvario, no embocaba una. Cuando no se me rompía el flash me equivocaba de lente o me salía mal el color. Un fracaso tal, que el jefe me sugirió dejara la fotografía. No obstante, cuando era inminente mi alejamiento me encargaron una nota ilustrada sobre, como cruzaban la calle los porteños. Me paré en Diagonal y Carlos Pellegrini desde las ocho de la mañana hasta las ocho de la noche y logré imágenes realmente originales. Desde el "torero" que esquivaba coches como si hiciera verónicas, hasta la señora madura que parecía cruzar nadando o la adolescente que caminaba distraídamente como una sonámbula. El trabajo me valió otra vez el reconocimiento. Yo traté de explicarme lo que me había pasado y lo entendí. En realidad, lo que ordenaba mi cabeza y mi imaginación era más de lo que sabían hacer mi cámara y mi ojo. Es decir, yo quería hacer cosas pero no tenía la técnica, hasta que la fui aprendiendo. MERCADO — Usted también hace fotos ilustraciones para publicidad. ¿Este trabajo tiene iguales posibilidades para la imaginación que el de hacer modas? BURRIEL — La imaginación no tiene fronteras, los únicos límites suelen ser económicos, de presupuestos. Yo me inicié con la campaña de lanzamiento del Torino. Después hice un conocido póster de Wrangler donde aparecen las caderas y los muslos de una modelo de piel bronceada, vestida con cortísimos shorts de esa marca. La modelo nunca quiso que dijeran su nombre pero el póster fue un éxito. Creo que las fotos publicitarias son pobres actualmente. Pobres en relación con el amplio campo existente en la fotografía. Hay que pensar que el mismo espectador que en el cine asiste a los hallazgos de un film como Apocalipsis o Encuentros Cercanos o All That Jazz, es el que juzga las fotos que aparecen en la televisión o en las páginas de un diario. ¿Cómo asimila ese espectador las grandes diferencias de calidad, de elaboración, de originalidad que separan a aquéllos de éstas? El campo es inmenso. Desde iluminar un objeto por dentro hasta sacar imágenes del fondo del agua. Transformar la realidad, inventarla. Hacer jugar las imágenes como en un sueño. Los elementos técnicos están a nuestro alcance. ¿Por qué no aprovecharlos para hacer una publicidad y un periodismo mejor? ■ Orlando Barone revista Mercado 5/3/1981 |
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