Mágicas Ruinas
crónicas del siglo pasado

narciso ibañez menta
El retorno del señor Miedo
Vuelve a la tevé argentina Narciso Ibáñez Menta, diestro actor y director

Nació el 25 de agosto de 1912. Y, por azares de programación , en Asturias. Subió —perdón, lo subieron— al primer escenario 8 días después. Y resultó un fracaso: tenía que llorar, y se quedó tan plácido entre las mantillas, en brazos de su madre, Consuelo Menta. Muy cerca de su padre, Narciso Ibáñez, “ hijo de un alcalde de Cartagena y descendiente de una vieja familia de Murcia, con la que rompió relaciones cuando decidió, muy joven, dedicarse al teatro". Lo cuenta, para SOMOS, Narciso Ibáñez Menta, muchos años y un millar de personajes después. Habla desde Buenos Aires, Argentina, un poco también su patria porque —y aquí toma prestadas palabras del Blasco Ibáñez de Los cuatro jinetes del Apocalipsis— “la patria es aquella donde se gana el pan y donde te nacen los hijos. Y lo importante de mi carrera, teatro, cine, televisión y radio, se ha hecho acá". Claro. Habla de las visitas entre 1919 y 1923, cuando todavía era Narcisín, el niño prodigio protagonista itinerante de zarzuelas y comedias, monologuista, recitador bailarín de charleston. Y, fundamentalmente, del período de afincamiento: desde 1931 (ya convertido en Narciso, y dueño de cuanto personaje truculento de cuanta obra podía echar mano; una: El jorobado de Notre Dame, de Víctor Hugo. Epoca en la que era fanático de Lon Chaney y John Barrymore, y aprendió las técnicas de la caracterización —dentaduras postizas, jibas de pega—. Desde 1931, decía, a 1963. Tantas y tantas cosas buenas, ¿no? En teatro, por ejemplo, La muerte de un viajante, de Arthur Miller. En cine, Almafuerte (Luis César Amadori, 1949) El fantasma de la Opera (1962). Esos títulos y los que vinieron después cuando ya era el actor-director que volvía periódicamente a Buenos Aires, lo encasillaron al menos para el público medio en el gran guignol, en el drama truculento. Lástima. Narciso Ibáñez Menta es mucho más que eso. Entre otras cosas, un óptimo realizador de espectáculos, por ejemplo de aquella no realizada puesta de Ricardo III de Shakespeare que, por motivos de presupuesto (de los 9 millones pactados, el Teatro San Martín finalmente sólo hubiera podido disponer de 3) fue la gota que colmó el vaso. Y fue el motivo de su alejamiento definitivo de la Argentina. En España vive desde entonces, “en Madrid, lejos del centro, en la parte alta del Paseo de la Castellana". Con su mujer, Lidia Rojas (“Este mes cumplimos 29 años de matrimonio"). Cerca de su único hijo, Narciso Ibáñez Serrador y de sus dos nietos. Esta vez estará en Buenos Aires poco tiempo: apenas el necesario para terminar El pulpo negro (ver recuadro). Así lo explicó a SOMOS con esa voz que su madre le dio y le enseñó a conservar intacta, que va tallando cada palabra. Con una gentileza entre natural y profesional. Con un discurso de timing perfecto (es notable cómo y cuándo Ibáñez Menta inserta una nota de humor en el mensaje casi siempre severo). Con ese caballero atildado hasta la minucia cuyos 72 años apenas se intuyen en el caminar pausado (nunca en los ojos, decididamente vivos, ni en la piel decididamente envidiable) se habló de filatelia (“un viejo hobby que realicé con la meticulosidad y la pasión que pongo en todo lo que hago: llegué a tener la más completa colección de sellos franceses en Sudamérica’’), de gustos personales (Shakespeare, Arthur Miller, la buena ropa, el jazz, la música clásica, la comida francesa) y algunos pocos pero decididos disgustos (la cebolla, la impuntualidad, la falta de profesionalismo). También de sus últimos trabajos en España: Y de chachemira chales (teatro) de Ana Dios dado en 1981 e Historias para no dormir (tevé) 1983. Y, naturalmente, de la televisión y del público, dos temas que Ibáñez Menta conoce de cerca. A la pregunta inicial.
—¿Podría comparar y establecer diferencias y semejanzas entre nuestra tevé y la española? —se sucedieron varias respuestas. Algunas se transcriben a continuación.
• Hace cuatro días que llegué: no he visto tevé y por lo tanto no puedo abrir juicios. La que conozco bien era la inicial, de los años ’50 y la época heroica, hecha con medios precarios, cuando no se grababan los programas y uno se jugaba la vida en cada emisión en vivo y en directo. Había entusiasmo: todo se hacía por amor al arte y a ese medio nuevo.
• Una diferencia fundamental entre ambas tevé: el dinero que ambas manejan. En España se invierten miles de dólares y las posibilidades son mayores. Hay más tiempo para todo: para ensayar, por ejemplo (aun a pesar de eso, no siempre los resultados son buenos. Hay altibajos, como creo que se dan en todas las televisiones del mundo). Acá, en cambio, hay poco tiempo y poco dinero.
• En España hay un único canal, estatal. Su personal fijo, de plantilla llega a las 15.000 personas (250 directores, por ejemplo, de los cuales sólo 10 tienen primer nivel), la programación (determinada por un director general y cuatro comisiones, una por cada partido político) es variada: hay programas culturales (poco teatro, eso sí), infantiles, deportivos, cinematográficos, de actualidad y, ¡ay! sobreabundancia de espacios políticos con coloquios y diálogos que por lo general aburren.
• Nadie debería olvidar esto: la tevé tiene que divertir, entretener al espectador. En un canal estatal —cuya función es producir y transmitir programas culturales— sólo un delicado equilibrio puede evitar el tedio. No hay que trasladar la escuela a la televisión.
• Soy absolutamente partidario de la tevé privada: creo en la libre empresa, en la competencia y en la diversidad de opciones. En España los esperamos ansiosamente. Ellos, por su manera de subsistir mediante avisadores —y a pesar de que yo odie el rating y descrea de él— son los que más se acercan al gusto del público.
• Hay dos elementos que ejercen influencia absoluta sobre el público: el sexo y el terror. Una buena adaptación de un cuento de Poe, por ejemplo, siempre gana. Y seguramente será un éxito. A pesar de que las razones de un éxito son misteriosas.
• Casi siempre la cúpula de los canales estatales se nombra no por idoneidad, lamentablemente, sino por factores políticos.
• El público argentino tiene mayor nivel que el español. Y es ecléctico, y tiene por su composición un internacionalismo poco común. Alguien dijo una vez que la Argentina es tan importante que en ella hay de todo: hasta argentinos.
Vilma Colina
Fotos: Marcelo Figueras y archivo

*-recuadro en la crónica-*
El pulpo negro
En su última y recordadísima aparición en la tevé argentina Narciso Ibáñez Menta hacía de Narciso Ibáñez Menta para declamar en un corto publicitario que data de 1981, las bondades de un extractor de aire. En El pulpo negro, cuyos trece capítulos empezaron a prepararse esta semana (y el público podrá ver a partir de abril, por Canal 9, los viernes a las 21) será Héctor de Rodas. “Un tipo de averías, que ha sido actor y escribe novelas policiales”, explica el protagonista. La serie se filmará íntegramente en Buenos Aires, con dirección de Martha Reguera, escenografía de Ferro y efectos especiales que correrán por cuenta de Martín Mendilarzu. El libro —una policial de suspenso, con mucho misterio y morigerados toques de terror” fue escrito por el español Luis Murillo. Al salir al ruedo los toreros dicen “Que Dios os reparta suerte”. Eso es lo que SOMOS dedica a don Narciso y todo su equipo.
V.C.

Revista Somos
15.03.1985
narciso ibañez menta

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