Mágicas Ruinas
crónicas del siglo pasado
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| La Argentina de los años 30 LA LEGION CIVICA Al llegar el general con varonil decisión dieron, tal como los otros, el grito de la Legión. El sargento que mandaba ¿Legionarios? preguntó. Y la escuadra —una voz sola— ¡Por la Patria!, contestó. Lisardo Zía. “¡Oh, señor! En la República Argentina no hay hombres malos. Por lo menos en dos días no saldré a pedir limosna. ¡Gracias, señor!”, repitió lagrimeando Margarita Santángelo, una viejecita de 85 años, al salir del único comité radical abierto en Buenos Aires, en Corrientes al 4400, aquel 25 de mayo de 1933. “Un poco de pan, señor, para matar el hambre, démelo en nombre de la patria de usted”, imploró otra. El motivo del agradecimiento y la súplica fue el reparto de víveres y ropas que el radicalismo hizo con motivo del aniversario de la Revolución de Mayo y los encargados de acercar “la ayuda del partido al pueblo" fueron Arturo Fundezio, Bernardino Garaguso y Raúl Colombo. La crisis que comenzó a enredar la vida cotidiana se amplificó en Luján, cuando las aguas del río cubrieron la ciudad dejando sin techo a 1200 familias. La opaca imagen de la basílica servía de respaldo a un chico que protegía a su perro esquelético, fotografiado en los diarios con este alentador epígrafe: “Ten fe, hijo, que la Virgencita hará bajar las aguas”. También una generación de lectores encontró motivos para entristecerse con la muerte del escritor colombiano José María Vargas Vila, ocurrida el 24 de ese mes en Barcelona. En la tarde del 25 de mayo de 1933 la población de Buenos Aires congregada en el centro para festejar la fiesta patria tuvo oportunidad de presenciar un espectáculo inusitado. La gente que paseaba con la infaltable escarapela por la zona de plaza Lavalle, Diagonal Norte y Florida, escuchó de pronto este anuncio: ¡Ahí viene la Legión! Se acercaban marchando al compás de tambores, con sus jefes al frente y en escuadras de dieciséis hombres perfectamente alineados y uniformados, luciendo camisas, pantalones y birretes de reservista, color gris, medias y zapatos marrones, correaje militar reglamentario y los galones que indicaban el rango jerárquico correspondiente. Así desfilaron seis mil hombres muy erguidos, marcando el paso rítmicamente. Cuando la Legión Cívica se alejó de Corrientes y Florida surgió una manifestación radical gritando: “¡Viva la democracia! ¡Abajo el fascismo!" Al pasar ésta frente al diario nacionalista La Fronda, en Florida y Lavalle, se produjo un tiroteo en el que cayó muerto Joaquín Arcado Cifuentes, un chico de 10 años que agitaba inocentemente una banderita argentina en su mano. De esa muerte se acusarían mutuamente radicales y nacionalistas. “La reacción fascista ensangrentó otra vez las calles de Buenos Aires”, clamó Critica, volcada entonces a favor de sus enemigos de tres años antes. "Reapareció en la calle Florida el siniestro y criminal Klan Radical”, contestó La Fronda. La disputa ardió en torno a la capilla ardiente del muchachito, retirado con premura de la morgue del hospital Rawson para velarlo en una dependencia de la Unión Cívica Radical. “Después de asesinar —denunciaron los nacionalistas— el radicalismo explota a sus víctimas”. En una caricatura dialogaba Marcelo T. de Alvear con sus conmilitones: "Es una suerte, Marzelo, que los muchachos del comité hayan muerto al chico, porque con Alem no vamos a ningún lado y el viejo tarda demasiado”. Pero el pibe Cifuentes no fue la única víctima que se cobró aquel tiroteo. En Carlos Pellegrini y Diagonal Norte fue prácticamente degollado Jorge Schulz, de 53 años, un infeliz padre de nueve hijos, cuya muerte explotó Crítica con macabra literatura. LAS LEGIONES. Los legionarios existían en el país desde antes de la revolución del 6 de septiembre. Un grupo de ciudadanos nacionalistas convinieron en actuar unidos clandestinamente contra el gobierno de Yrigoyen, bajo el nombre de Legión de Mayo. Triunfante el movimiento militar de Uriburu, el propio jefe revolucionario disolvió esa Legión con un discurso de despedida que estuvo a cargo de Matías Sánchez Sorondo. Al poco tiempo sobrevino el descalabro electoral del 5 de abril y el presidente provisional comprendió que llevaba todas las de perder. En lugar del consenso popular por medio de las urnas soñó entonces en una fuerza civil semimilitarizada que le sirviera de respaldo, por lo que el 20 de mayo de 1931 el gobierno reconoció oficialmente a la Legión Cívica Argentina. En el decreto la calificaba de “asociación de hombres patriotas que condensa el espíritu de la revolución de septiembre y que moral y materialmente están dispuestos a cooperar en la reconstrucción institucional del país”, autorizándolos “para que concurran los días domingos y feriados a los cuarteles a recibir instrucción militar y prácticas de tiro”. El coronel Juan Bautista Molina y el teniente coronel Emilio Kinkelín fueron los jefes militares que la dirigían, y cinco días después sus integrantes des- filaron por primera vez frente a la Casa de Gobierno, en esa oportunidad con traje de calle. Uriburu les dio la bienvenida. "La corriente enérgica y pura que viene con vosotros —les dijo— significa renovación y juventud, paz y progreso, orden y jerarquía de valores en nuestra vida pública intoxicada. Será el soplo fuerte y salubre que derribará lo carcomido, tonificará lo debilitado y aventará los gérmenes perniciosos de toda demagogia." "Legionarios —los arengó—: como jefe de la revolución soy vuestro jefe, y os aseguro que, a pesar de las acechanzas de todo orden con que sordamente se intenta contrariarla, ella, sostenida por vuestra acción patriótica y valiente, seguirá su marcha vencedora hasta la plena realización de su programa.” En las páginas del matutino La Fronda apareció una curiosa descripción en verso del desfile. “Pronto se quedó cubierta / de punta a punta la calle. / Al frente de las legiones / iba don Floro Lavalle —-escribía Lisardo Zía—. Todos son patriotas hechos / en el amor al deber, / y si no temen a nadie / saben hacerse temer. / Al frente de sus brigadas / iban, entre los primeros, / Roberto de Laferrére / con Adriano Díaz Cisneros. / Estaba don Juan Carulla / y don Ernesto Palacio / y otros muchos que no nombro / porque me falta el espacio.” CONTRAOFENSIVA. No había pasado un mes cuando La Prensa, el 17 de junio, atacó a la Legión por entrenar a chicos en edad escolar en el uso de armas mortíferas. En seguida el fuego graneado se desencadenó desde diversos frentes políticos y periodístico. “Legiones malamente copiadas de los camisas negras de Mussolini y de los camisas pardas de Hitler, grupos que sólo son una asociación de comités palaciegos y presupuestívoros, amparados en la impunidad y sólo eficaces por esa circunstancia.” Eran algunas de las acusaciones que daban la tónica general. El ambiente se caldeó por los acontecimientos europeos, donde operaban organizaciones con mística de violencia, arrollando a los gobiernos democráticos que se debatían entre crisis políticas, económicas y huelgas. En América latina los golpes revolucionarios entronizaron gobiernos fuertes; de ellos, el más trascendente tal vez haya sido el de Getulio Vargas, en el Brasil, quien procuró establecer o estado novo, secundado por civiles uniformados y militarizados. La Legión Cívica, entonces, despertó suspicacias favorecidas por su forma de actuar y fue acusada de ser "guardia pretoriana, con facultades de persecución y privilegio de empleos, organizada y armada desde el Ministerio de Guerra”. Algunos nacionalistas intentaron defenderla señalando que sus críticos ignoraban la historia argentina, pues las milicias tenían una secular tradición; según ellos habían nacido junto con la independencia política del país. Luis L. Boffi, haciendo caso omiso de esos justificativos, dijo en su libro Bajo la tiranía del sable, que la Legión fue creada en el momento' que Uriburu sintió que bajo sus pies el suelo no era firme, y que la integraban "jóvenes ociosos de nuestra aristocracia, que formaron sus primeros planteles, agrupó después en sus sedicentes batallones una turba heterogénea de gente de mal vivir y de empleadillos, de desocupados profesionales y de postulantes perpetuos ... Una turba, en una palabra, de gentes sin convicción ni fervor; pero con armas, con garantías de impunidad y con apoyo policial” OBJETIVOS A CONQUISTAR. Durante el gobierno de Uriburu la Legión se acuarteló frecuentemente en sus "fortines” para reprimir desórdenes. En las elecciones del 8 de noviembre de 1931, de las que surgió presidente el general Justo, los legionarios cumplieron sus deberes cívicos en las primeras horas de la mañana, y en seguida se concentraron en sus reductos en previsión de que los radicales pretendieran entorpecer el acto electoral. A partir de entonces se preocuparon en especial de la custodia de Uriburu. En esos tiempos el Consejo Superior de la Legión Cívica Argentina estaba formado por Floro Lavalle, Juan E. Carulla, Roberto Acosta, Juan Carlos Navarro, José Antonio Aguirre, Federico G. Leloir, Adolfo Mujica, Jorge Castex, Carlos Ribero, Roberto G. Zimmermann, Nicolás Accame y Juan Jones (coroneles ambos), Julio A. García Victorica, Santiago Rey Basadre y Juan G. Ezquerra, colaborando con ellos, como asesores técnicos, numerosos jefes y oficiales del ejército. A mediados de 1932 la Legión dio a publicidad su programa, que fundamentalmente apuntó a la defensa de los objetivos morales, económicos y políticos de la revolución de septiembre; mantuvo el propósito de reformar la Constitución con vistas a una Argentina corporativa, con propiedad para los trabajadores rurales y urbanos, reglamentaba la inmigración y prohibía el acceso a cargos gubernamentales para los extranjeros. El 1º de agosto dos legionarios, Camila y Díaz Vieyra, fundaron el diario Bandera Argentina. “Lo que se impone es destruir la democracia política y sustituirla por un sistema de organización corporativa —decía en el editorial del 11—. Hay que rehacer la estructura del Estado, reemplazando el liberalismo de izquierda por una entidad nacional formada de jerarquía y disciplina." Tres días más tarde publicó la foto de un acto de masas nazis con este epígrafe: “¿Cuándo veremos una cosa igual en la plaza de Mayo?”; además, el periódico trascribía habitualmente el texto completo de los discursos de Mussolini e Hitler. En la segunda mitad de ese año los nacionalistas conspiraron para hacer una contrarrevolución en el supuesto de que triunfara alguno de los movimientos subversivos radicales en marcha. La Legión Cívica estuvo con ellos. AL ATAQUE. En abril de 1933 el Consejo Superior de la Legión emitió su Ley Orgánica, exigiendo a los legionarios "virtud heroica y espíritu de sacrificio”; pedía que se adquirieran únicamente productos argentinos y se consagraran a la destrucción de los partidos políticos, declarando guerra a muerte al marxismo. Bregaba por una Argentina dividida en siete federaciones, integrada por sindicatos nacionalistas. Para lograr ese objetivo los legionarios debían comprender fundamentalmente que “la educación democrática liberal es fatalista, depresiva, inerte y destructiva, mientras que la educación nacionalista, en cambio, es expresiva, afirmativa, finalista, activa y constructiva". Quince días antes, Hitler había obtenido en Alemania facultades excepcionales para gobernar, y con ellas, la entronización del nazismo en el poder. Por esos días el presidente Justo firmó un decreto prohibiendo el uso de la bandera roja en los actos políticos, y el 19 de mayo se produjo un gran tumulto en la Cámara de Diputados. Desde la barra un grupo de legionarios arrojó volantes ofensivos sobre el sector socialista y veinticuatro horas más tarde, reunidos en la plaza del Congreso, efectuaron un acto de repudio al parlamentarismo y a los partidos. Curiosamente, al otro día todo un batallón de legionarios, con su flamante vestimenta y en rígida posición de firme, dio la bienvenida en el puerto al vicepresidente Roca, que regresaba de Inglaterra de firmar el discutido convenio con Runciman sobre las carnes. POR EL ORGULLO NACIONAL. Santiago Díaz Vieyra, legionario, cofundador del diario Bandera Argentina (1932-1942) y Cabildo (1942-1945), recordó ante Panorama que “la Legión Cívica Argentina era una organización seria y bien estructurada. Mientras los otros nacionalistas de la época formaban pequeños grupos muy dados a la polémica verbal, los que integrábamos la Legión creíamos que la revolución de septiembre debía ser defendida con la acción directa y el riesgo personal". “Dentro de la Legión el teniente coronel Kinkelín tenía el cargo de inspector general; yo era su ayudante, a la vez que jefe de brigada. Junto con Garulla constituimos una sección que se llamó Agrupación Legión Cívica Teniente General Uriburu. Con el objeto de prepararnos convenientemente —explica— concurríamos a los cuarteles los sábados, domingos y feriados. Madrugábamos, recibíamos instrucción militar y costeábamos todos los gastos de nuestro propio bolsillo, incluido el uniforme de legionario. En una edad en que la mayoría de los jóvenes se dedican a las diversiones, nosotros con seriedad y sacrificio nos preocupábamos de estar listos para cualquier eventualidad.” “Para comprender a nuestra organización —aclara— hay que situarse bien en el tiempo y lugar. Nos sentíamos hastiados de los caudillitos de parroquia con su politiquería que degradaba al país. Como una soñada antítesis nos sumergíamos en el deleite de la lectura de Acción Francesa, y las ideas renovadoras de Charles Maurras y León Daudet despertaban nuestra admiración. El ejemplo europeo nos ofrecía una Francia decadente, con la inmoralidad a flor de tierra, y frontera de por medio estaba una Italia fuerte y unida, no obstante haber soportado ésta la dura prueba de las huelgas, ocupaciones de fábricas y gobiernos endebles de corta duración. Veíamos en Mussolini el gran caudillo que restableció la jerarquía de su patria y les había inyectado a los italianos un nuevo espíritu y despertado su orgullo nacional." “Uriburu provocaba entre los legionarios un entusiasmo de esa naturaleza, con sus dotes de caudillo militar, como lo demostró el 6 de septiembre, valiente, decidido, desinteresado. Su paralelo ideológico era Leopoldo Lugones, que con su pluma y su capacidad intelectual abría nuevos senderos para nuestra lucha. Por eso —concluye Díaz Vieyra— la muerte de Uriburu fue un golpe tremendo para los legionarios porque nos quedamos sin jefe. El movimiento se encontró desorientado y sin la figura imprescindible para la gigantesca empresa de grandeza nacional que era nuestra meta.” El 1º de agosto estalló una huelga universitaria de 24 horas como repudio por el arribo a la Argentina de quince mutilados alemanes de orientación nazi. Cuando desembarcaron se produjo al lado mismo de la planchada un serio tumulto que terminó en tiroteo, y para restablecer el orden debieron actuar las fuerzas de la policía y la Prefectura. Cierto día de ese año 1933 —cuenta Juan E. Carulla en su libro Al filo del medio siglo— recibió un perentorio llamado telefónico de Matías Sánchez Sorondo para que se trasladara sin falta a la Dársena Norte, acompañado de no menos de veinte legionarios, para recibir a cierto militar amigo que regresaba de Europa. “Grande fue mi sorpresa —agrega— cuando se nos invitó a subir a bordo para presentar nuestros saludos al barón Edmundo von Thermann, nuevo embajador del Tercer Reich.” En recuerdo de la revolución militar y como homenaje a Uriburu el 10 de septiembre desfilaron en la Capital Federal unos 3.000 legionarios de Buenos Aires, Córdoba y Mendoza. Marcharon hacia la Recoleta precedidos por el ayudante general de comando, teniente primero Alberto de Oliveira Cézar (quien había integrado la delegación argentina que negoció en Londres el pacto Roca-Runciman) y por los jefes de brigada con garrotes al hombro. ASESINATO DE GUEVARA. Una de las figuras nacionales que la Legión Cívica apoyaba era Martínez de Hoz, gobernador de la provincia de Buenos Aires. Poco después de la celebración del nuevo aniversario de la revolución, el 19 de septiembre, fue baleado, en Temperley, el tren en el que regresaba de un acto oficial, a pesar de estar escoltado por legionarios. En respuesta, la comandancia de la Legión dio una enérgica orden del día. “Vista la frecuente agresión de hecho de que son objeto los legionarios en los últimos tiempos —decía—, sin que medie provocación alguna de parte de éstos, y no siendo posible continuar tolerando un tal estado de cosas, el inspector general y comandante militar ordena: Todo legionario que sea agredido de hecho aisladamente repelará la agresión en forma efectiva, teniendo presente que ninguno de los miembros de la Legión Cívica Argentina debe tolerar sea menoscabada su condición de tal.” Una semana después, el 28, se realizó un acto socialista en la ciudad de Córdoba. Culminó la serie de discursos el diputado provincial José Guevara, quien horas antes, en un reportaje publicado en el vespertino Córdoba, denunció tres atentados hacia su persona de parte de los legionarios, sospechando que esa noche podía ser agredido nuevamente. El vaticinio se cumplió; cuando Guevara hablaba, se acercó a la tribuna un individuo vociferando: “Abajo el fascismo y el Ejército!” Fue, sin duda, la señal para que sonaran once disparos desde diferentes lugares y el orador cayera mortalmente herido. Uno de ellos se había alojado en su cabeza. Al día siguiente Nicolás Repetto presentó en la Cámara de Diputados de la Nación un pedido de informes al ministro del Interior. Para responder, concurrió Leopoldo Meló, quien se limitó a leer un telegrama del gobernador cordobés comunicándole brevemente los sucesos. Repetto expresó su sorpresa por tan escuetas noticias, cuando era una situación creada por organizaciones que "el señor ministro no sólo tolera sino que también ampara”. — ¡Ni tolero, ni amparo! ¡Eso no lo consiento! —gritó Melo. —Tal vez en un debate sereno ..., —propuso el diputado socialista. —Eso es lo que deseo. Cualquiera que sea el que sustituya a la autoridad irá a la cárcel y será entregado, a la justicia. —No estoy inventando un hecho ilusorio, ni incurro en una fantasía —agregó Repetto—. Traduzco solamente sucesos ocurridos hace poco. Por esta ciudad de Buenos Aires han desfilado en estas últimas semanas, contando con la expresa autorización del gobierno de la Nación, ciudadanos uniformados que llevaban a retaguardia un camión con este rótulo: “Tropas de asalto”. Toda la bancada socialista (2 senadores y 43 diputados) viajó a Córdoba y participó del sepelio de los restos de José Guevara, que fueron acompañados por unas 20.000 personas hasta el cementerio San Jerónimo. El gobierno clausuró entonces todos los locales de la Legión Cívica en la provincia y se detuvo a varios legionarios cuya presencia en el acto socialista quedó probada por una foto aparecida en el diario Córdoba. El doctor Manuel Augusto Ferrer, defensor de uno de los legionarios más comprometidos —Lorenzo Crease—, reconoció que "ante el anuncio de la realización del mitin socialista, diversos grupos de afiliados de la Legión Cívica concurrieron a la esquina de las calles Belgrano y Achával Rodríguez con el exclusivo fin de disolver la proyectada reunión. No podía faltar mi defendido, no. Y fue con la valentía de un cruzado a interrumpir el mitin socialista desde cuya tribuna hacíase gala de una postura anticristiana. Producido el desorden, Crease, como ha declarado ante el juez, hizo al aire varios disparos de revólver”. Por falta de pruebas todos los acusados salieron en libertad al poco tiempo, sufriendo algunos condenas que no sobrepasaron los dos meses por atentado a la libertad de reunión. Eustafio Vergara, que se jactaba de conocer el nombre del asesino de Guevara, apareció muerto de un balazo un mes después. AVANCE Y DISPERSION. La serie de atentados prosiguió sin pausa. Antes de cumplirse las cuarenta y ocho horas del asesinato de Guevara era tiroteada una manifestación de estudiantes universitarios reformistas en Mendoza; el 20 de octubre, en un acto socialista en Avellaneda, fue muerto un obrero; el 4 de noviembre, mientras hablaba Repetto en la Capital, asesinaron a un menor; al día siguiente disolvieron a balazos otro mitin socialista en Rojas, provincia de Buenos Aires. El clima de intranquilidad y desasosiego fue la nota predominante en todo el territorio nacional. Una de las principales figuras del nacionalismo de ese período, Roberto de Laferrére, opinó que “de las 30.000 personas que alguna vez formaron en las filas de la Legión, podríamos seleccionar escasamente 5.000 animados por un espíritu desinteresado. Los 25.000 restantes deben ser eliminados sin contemplaciones, para empezar a estudiar qué porción de los 5.000 elegidos deben ser conservados en definitiva ... Esa multitud enorme e incoherente, sin alma y sin disciplina, traicionó la inspiración que le había dado origen". Carlos Ibarguren (h) en un libro dedicado a Laferrére, al comentar lo antedicho, denomina a la Legión Cívica "agrupamiento oportunista, cuyos comandos civiles, puramente nominales, estaban ocupados por muchos arribistas, mediocres personajes y figurones”. Por esas razones y por no encontrar, después de Uriburu, quién la depurara y la manejara con energía, fue decayendo paulatinamente. Hacia 1941, fecha en la que el totalitarismo europeo estaba en su apogeo, las cifras reales de afiliados de la Legión Cívica alcanzaba escasamente a 1.500, según estimaciones policiales para la Comisión Investigadora de Actividades Antiargentinas del Congreso Nacional. Al no aparecer el jefe anhelado, los legionarios se dispersaron. ♦ Oscar A. Troncoso Panorama, 3/11/1970 |
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