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El pensamiento vivo de Isabel Sarli
Una excursión al ámbito doméstico de la actriz argentina que goza de
más fama internacional; una aproximación a los detalles del rodaje de
su última película; un cúmulo de reflexiones de quienes comparten su
trabajo y sus ocios. En medio de ese universo agitado y pintoresco, la
estrella da cuenta de sus méritos y debilidades, responde a sus
detractores, se inflama ante la mojigatería de la censura, maneja su
negocio con prolijidad de ejecutiva y se rinde, tierna, ante los seres
-racionales o no- que le inspiran afecto. El contradictorio pero
Indiscutible “fenómeno" Isabel Sarli, según la versión de quien más ha
hecho por merecer denuestos, admiración y envidia: ella misma
Todo parecía un extraño sueño, una especie de Hollywood del
subdesarrollo. Sólo faltaba un Federico Fellini que, a escondidas,
filmara la escena que SIETE DIAS presenció la semana pasada en una
quinta de Martínez, en las afueras de Buenos Aires, donde Isabel Sarli
interpretaba los últimos pasajes de su más reciente producción, Fiebre.
La película narra las peripecias de una mujer extraordinariamente
atractiva (Isabel) pero frígida, quien logra despertar al instinto
sexual únicamente ante la visión de caballos —es dueña de un haras—
arrebatados por el celo. Las últimas tomas se filmaron en el pequeño
comedor de la casa de Sarli, henchido de muebles Luis XVI; un
espectacular biombo chino, con carísimas incrustaciones de marfil,
había sido corrido para que, desde el living. tres reflectores
superportátiles (que daban una luz equivalente a decenas de spots
convencionales) iluminaran el vaporoso deshabillé azul de Isabel,
sobradamente escotado. Su piel tenía el tono ladrillo claro que
requiere la película en tecnicolor, y eso le otorgaba la apariencia de
una máscara sobrenatural. Entonces el veterano Juan José Míguez la
tomó entre sus brazos.
—Bien machazo, vos —ordenó, arrodillado frente a ellos, Armando Bo,
munido de un voluminoso libro cinematográfico casi totalmente en
blanco, ya que Bo improvisa las escenas sobre la marcha.
—Cualquier cantidad —aseguró Míguez, tomándola con rudeza por los
hombros. Como una mosca, como un hada pegajosa, el maquillador Orlando
Valone (35) tocaba y retocaba el renegrido y espeso pelo de la Sarli,
atento siempre a la misma onda, al mismo pliegue sobre la frente,
acariciando con profesional adoración los bucles de la diva. Ella,
cuidadosa, levantaba una y otra vez su Inseparable espejito redondo
para vigilar cada detalle.
—Ahora, vos, Juan José, le decís lo tuyo —ordenó Bo, con su aire de
boxeador angélico, totalmente entregado a su trabajo. Míguez debía
informarle que Fiebre, un padrillo propiedad de la heroína, se había
mancado y debía retornar al haras. “Me da pena —debía responder
Isabel—, pero por otro lado me alegro, ya que por fin conocerá el
amor.” Pero a Isabel no había manera de sacarte palabra: estaba
pendiente del ángulo, de la cámara, de la luz, del peinador y sobre
todo del fotógrafo de SIETE DIAS que merodeaba la escena.
—¡No, de atrás no me saque, que salgo bizca! —tronó la estrella.
—¡Habla, decí algo! —se desató Bo en su papel de director.
—No se preocupe del fotógrafo —sugirió Míguez.
—¡Dale, Fellini! —sonrió ella, amistosa, en tanto volvía al espejito y
al peinador. Según sus críticos, Isabel Sarli no es una actriz, ¿pero
cómo negarte su singular carisma? Una demostración de esa cualidad se
tuvo enseguida.
—Llamado de Nueva York—anunció la mucama.
Isabel fue al aparato y se impacientó. (¡Cómo tardan!), a los escasos
dos minutos de espera. SIETE DIAS accedió a atender la comunicación,
mientras Isabel volvía
a repetir la escena para el fotógrafo de la revista. Finalmente, tras
un caos de voces de telefonistas, emergió una: "I am Ben Kasewitz",
dijo alguien a miles de kilómetros, desde su oficina neoyorquina.
Isabel dialogó con él en perfecto inglés: se trataba de un contrato,
de un depósito de 5 mil dólares, del doblaje de alguna película.
Ninguna estrella argentina, aunque lo desee, recibe este tipo de
llamadas con la frecuencia con que, al parecer, lo hace Isabel Sarli.
Prominentes distribuidores norteamericanos, alemanes, ingleses,
franceses, se comunican con ella a diario, y ella, personalmente,
arregla todos sus asuntos económicos y financieros. “Tiene una IBM en
la cabeza”, se alegra Bo, su socio, aunque la precisión con que
respondió a Kasewitz no dejaba lugar a dudas sobre su lucidez para los
negocios.
A pocos metros de allí, en la enorme cocina, la madre de Isabel, con
un simple batón de entrecasa y su plácido aire de vecina de barrio,
inspeccionaba la preparación de abundantes sandwiches de jamón,
medidas de whisky y café en tazas de porcelana china, a cargo de las
mucamas. "Somos una gran familia , susurró Bo al cronista, y así es:
hace casi diez años que Isabel Sarli filma con el mismo equipo.
Pulcra, jamás se desnuda ante iluminadores y utileros que no conoce, y
cuando son necesarias escenas de ese tipo (que suelen trascurrir
arriba, en la alcoba de la quinta), todos desalojan la pieza; quedan,
apenas, los imprescindibles: el camarógrafo Francisco Miranda (50), el
iluminador Américo Hoss (50) y el director. Si se enferma algún
integrante de ese elenco, la Sarli no trabaja, nadie la saca de la
huraña intimidad de su hogar, donde vive con dos caniches (Cheyenne
Body y Jack), un perro de policía (León), dos flamencos (Los Locos
Adams), un ciervo (Bambi), infinitos pájaros y un gato, que no sólo
tiene nombre sino también apellido. “Son todos Sarli, son mis chicos”,
afirma la estrella.
También hay allí tres automóviles, once tapados de visón, numeroso
personal de servicio y una piscina ovalada, en medio de un parque
prolijamente diagramado. La quinta en un barroco y relumbrante
conglomerado de objetos, animales y seres humanos, con algo de lujo
asiático y otro poco de hacinada casa de barrio: junto a estatuillas
carísimas conviven adornos de fantasía, baratos, chillones. Un alto
muro de ligustro, impenetrable, la rodea por sus cuatro costados.
ROJO Y VERDE
Para sus films, la sociedad Bo-Sarli no gasta —a menudo— un peso en
decorados ni tampoco deja que se evada ningún dinero inútil: aun sus
críticos más acérrimos admiten que la astucia y la economía del
binomio los convierten en los más hábiles productores cinematográficos
del país. Una larga secuencia en un harás, por ejemplo, se consiguió
durante la estadía de todo el equipo en el establecimiento Record,
propiedad que un rico bodeguero mendocino posee en la provincia de
Buenos Aires. “Con argentinos así vamos a llegar lejos: nos ofreció
todo sin permitir que le pagáramos un solo centavo; nos dejó trabajar
y, además, comimos como locos”, sonríe Bo. En caso de necesidad,
filman en gratuitos escenarios naturales: claro que, como asegura
Míguez, “la diferencia con otros productores es que Bo paga
religiosamente y durante todo el tiempo de filmación corre con la
comida, el whisky y esas pequeñas atenciones que parecen tonterías
pero que ayudan a trabajar”. Sarli jamás trabaja con otras primeras
figuras que puedan retacearle atractivo, lo cual no deja de tener su
lógica: ella es el producto que consumen con notoria avidez los
públicos latinoamericanos, estadounidenses, europeos. El otoñal Míguez
exhaló una queja pero lo hizo con sensatez: “Yo no trabajo mucho ahora
—admitió—. Ese imán que tienen los actores de tiras de televisión hace
que algunos se olviden de uno, pero yo leo mucho y el otro día me
informé que el viejo actor Robert Young, de 63 años, todavía hacía
papeles de galán. Para eso no hace falta andar manoseándose con
chiquilinas ni nada de eso. ¡Con arreglar el libreto convenientemente,
basta!”
Otro de los galanes de Isabel en este film es un virtual desconocido,
el modelo publicitario Claude Marting (francés, 38, un hijo, “casado,
pero no fanático”), cuya imagen difundió profusamente una serie de
cortos comerciales: “Yo soy un joven veterinario que viene a llenar un
vacío en la vida de la heroína y parcialmente lo logra. Ella estaba
casada con un hombre famoso, fuerte, sano, que muere. Aunque la
protagonista trata de encontrar la felicidad con otros hombres, no lo
logra y entonces aparece su frigidez; sus sentidos sólo se sacuden al
ver cómo aman los animales. Su relación con el caballo, al que ha
visto nacer, crece con su soledad; ella está atada psíquicamente al
animal. Esa extraña situación se interpone en el triángulo que forman
su marido muerto, ella y yo, hasta que finalmente se va con el caballo
a Estados Unidos, donde habrá de venderlo".
El relato de Marting esclarece la trama del film, tanto como la
presencia del modelo publicitario aclara la precaución con que se
mueve el binomio para manejar sus cosas: "De cualquier manera, aunque
no me paguen sumas exorbitantes, la Asociación de Actores fija un
mínimo de 300 mil pesos viejos que los productores respetan", explica
Marting, enterado de que el mercado al que Bo-Sarli dirigen sus obras
puede prescindir perfectamente de estrellas locales. Según el
bronceado Marting, “el desnudo es el fuerte de Isabel; es una mujer
hecha para andar desnuda. Su cuerpo es firme, se lo garantizo yo. lo
cual no implica haberle faltado jamás el respeto”.
Al parecer, el cuerpo de Isabel tiene poco que ver con su mente, un
tema en el que coinciden los actores que trabajaron con ella y ahora
el propio Míguez: “Cuando llegan esas escenas fuertes, de contacto
físico, ella tiembla como una hoja. Yo la conozco, y por eso la tomo
con precauciones, le dejo la iniciativa para que se sienta cómoda.
Además nunca acepta besos en la boca. Son detalles que por ahí no se
advierten pero que ayudan a definirla Cierta vez, en México, ante una
toma hecha a 20 metros, un actor la besó en la boca y la Sarli lo
rechazó violentamente y terminó por expulsarlo de la película. con
lucidez cartesiana, Martin reflexionó: "Ella se adaptó a un cuerpo que
es el suyo, pero que no es de su agrado. Sin embargo, es una perfecta
business woman. Ella utiliza la imagen de su cuerpo: ése es su
negocio. ¿Qué hay de malo en mostrar cómo toma un baño? Es muy
higiénica. ¿Es erótico eso? ¿Acaso Esther Williams no se bañaba?". sin
duda, pero de otra manera. Los interrogantes de Marting conducen a
otros, acaso, más importantes: ¿Qué pasa por la cabeza de una mujer
que aborrece la promiscuidad del contacto físico y cuyo negocio es,
sin embargo, explotar la imagen de su hermoso cuerpo? ¿Hasta qué punto
todas las represiones de una sociedad enajenada convierten a Sari i en
una válvula de escape, en una incitación al voyeurismo, es decir, a la
gratificación estéril de públicos sexualmente insatisfechos, que
compensan sus déficit con la fascinación que irradia su imagen?
Cuando sus empleados afirman que “Isabel personalmente no es erótica,
todo lo contrario", abren otros interrogantes: Isabel Sarli ¿es
cómplice de una sociedad reprimida y represiva pero también es víctima
—en su vida personal— de esa sociedad que la obliga a ganarse la vida
exhibiendo sus formas? Para algunos es una víctima que no la pasa nada
mal: cálculos de enemigos aviesos estiman que su fortuna es semejante
a la de las máximas celebridades del cine. Pero también se regodean
pensando en lo que sucederá dentro de diez años, cuando la actual
exuberancia de su cuerpo se agoste y deje de ser un producto
exportable. Otros, igualmente maliciosos, auscultan su notable
vocación de solitaria: “No tiene amigos, salvo dos o tres
homosexuales, a quienes confía sus secretos, como a buenas amigas".
Otros cargos: "Es una nueva rica que sin embargo no disfruta nada de
lo que gana: su quinta de Martínez costará 70 millones de pesos, su
espléndida mansión en La Reja —camino a Luján—, donde también filma,
puede valer el doble, sus vestidos hechos por Paco Jamandreu pueden
significar 150 mil pesos cada uno, pero no disfruta nada de eso".
Hay toneladas de envidia en estos cargos, como en las sibilinas
referencias a su primer marido, “al que habría despachado con diez mil
dólares y un lmpala". ¿Injurias, mentiras, rencores? Es probable; pero
ese cóctel sirve para crear en torno a Isabel un clima delirante: su
actual opulencia se mezcla con una inevitable previsión del futuro,
con una soledad que se parece a la de Gloria Swanson o Marilyn Monroe.
Sólo fenómenos tan peculiares como el que protagoniza la Sarli pueden
despertar semejante oleada de rumores, con sus dosis de verdad y
mentiras, de admiración y alevosía. Pero, a todo esto, ¿cómo es ella?
“LA PORNOGRAFIA ME ASQUEA”
—Debe estar lindo el centro ¿eh? A veces me dan unas ganas de caminar
por Santa Fe y mirar vidrieras ... pero no puedo. Lo veo todo de paso,
cuando el chofer me lleva por las tardes a la oficina. Yo no sé
manejar, ¿sabe?.
Isabel suele usar en su casa una bata corta, pero ahora está con un
palazzo amarillo, sentada sobre la alfombra del living, que otra vez
volvió a ser simplemente un living Come cantidades increíbles de
sandwiches (“Y sin embargo no engordo, siempre estoy en 56 kilos a la
mañana nado, claro, me encanta nadar; en La Reja tengo una piscina de
25 metros para mí solita"). Sus caniches, con estruendosos collares de
perlas de chafalonería, comprados en Estados Unidos, merodean sin
cesar. “A Cheyenne le tuve que sacar los colmillos; es muy celoso”, y
muestra dos cicatrices en la palma de su mano. Los acaricia, se
enfurruña con ellos, les habla como a niños. “¿Si me gustan los
chicos, si querría tener uno? (Pausa larga y sonrisa.) Para eso
necesitaría conseguir un marido y por ahora ... Y tal como viene
encadenada la cosa, no creo que pueda pensar en eso ni en chicos
míos."
—¿Cuál es su relación con Armando Bo?
—Con Armando somos socios y estas películas son nuestro negocio.
Siempre trabajo bajo su dirección porque hasta ahora las cosas van
saliendo muy bien. Cada uno cumple su papel en esta sociedad
cinematográfica. Yo, por ejemplo, me encargo de los papeles: para algo
estudié hasta tercer año comercial y después quería ser secretaria,
¿no? Bueno, ahora soy la secretaria de mí misma. Me gusta sentarme en
el suelo y escribir a máquina mi correspondencia. Tengo como 75
carpetas en mi oficina, donde atiendo con toda prolijidad cada uno de
los asuntos y no se me escapa nada.
Isabel nació en Entre Ríos. Sarli es el auténtico nombre de su madre,
María Helena (60), por la que siente devoción. La "maroma” nació
entrerriana por casualidad, ya que era la quinta hija de una familia
napolitana que inmigró a la Argentina. Una característica une a madre
e hija; son mujeres solas para las cuales el mundo, tal vez, fue el
lugar donde la pelea constituía el único medio para sobrevivir. A los
3 años Isabel y su madre viajaron a Buenos Aíres, apoyadas por la
familia Sarli. Cuando Isabel entró a trabajar como secretaria a Eter
Publicidad, sostenía "principios medio puritanos que no abandoné hasta
hoy: no fumo, no bebo, soy muy retraída. ¡No canto ni siquiera durante
el baño! El otro día mamá entró sin avisarme y pegué un grito bajo la
ducha. Ella se rió, pero yo soy así, qué va a hacer. ¡Juicio, Jack!"
Calma con palmoteos al caniche, que trepa sobre el cronista. “¡Qué
amigo suyo que se hizo este perro! Pero tenga cuidado, es medio loco.
Tiene 70 años, es decir 7, pero como dicen que cada año de los perros
se cuenta por 10 de los hombres ... ¿No se sirve otro sandwichito,
usted? Collares, pulóveres, capitas, yo les traigo todo a mis chicos
cuando vengo del exterior. Adoro a mis bichos ... Venga que le muestro
al Bambi. Pero con cuidado que se asusta y se escapa, pobrecito.
Perdió los cuernitos una vez que vino un fotógrafo y lo quiso
retratar. El Bambi se escapó asustado y se los rompió contra unas
ramas.”
Un sigiloso paseo por el parque, con el acoso perruno y los
deslumbrantes rojos, amarillos, verdes, azules del enorme papagayo
Perico Sarli, que Isabel se trajo de Puerto Rico. El ciervo está ahí,
atado, y detrás, en una habitación, pajareras y más pajareras con
decenas de aves. Después, un ascenso al desván donde está el
escritorio de Isabel: un cuartito atiborrado de latas de película y de
afiches de la sexy sonriendo en actitud voluptuosa. En un armario
guarda sus carpetas; sobre la mesa, decenas de fotos (bajo el cristal)
y una de pie en marco plateado, la que ilustra esta nota: las Sarli,
madre e hija como una negación —tan verdadera como inútil— de todos
los afiches de las paredes. “Luego de empezar como secretaria, allí en
Eter, me tomaron una foto por casualidad para un aviso publicitario;
me hice modelo para avisos en diarios y revistas, después fui Miss
Argentina y por fin las películas. —Sólo una. Setenta veces siete, con
Leopoldo Jorre Nilsson; las demás 22 a partir de 1959, con Armando Bo
—.
Para mi, hacer cine es como trabajar de secretaria en una oficina. Por
eso no me doy con el ambiente y soy de pocos amigos. No voy a fiestas,
no frecuento la vida nocturna. Después de mi horario me encierro en
casa y me olvido de la profesión”.
Pero desde aquellos 25 mil pesos que cobró por El trueno entre las
hojas (octubre de 1958) hasta el millón de dólares de ganancia bruta
que, según versiones, significó Fuego, I. S. se convirtió en una
empresaria que explota su propia imagen en base a una receta que,
según sus críticos, mezcla siempre los mismos ingredientes: la mujer
insaciable, codiciada, a la que montones de hombres disputan y poseen,
a veces con brutalidad. Para Isabel, todo esto, sin embargo, es “haber
llegado”. Sus palabras: "Yo era muy buscavidas cuando trabajaba como
secretaria: hacía extras, vendía terrenos ganando el cuatro por
ciento, me llevaba material para trabajar en casa”. Sus detractores —y
aun sus admiradores— están de acuerdo en que Isabel no es actriz:
"Armando mismo me buscó por mi físico, no por actuación; pero esto es
como ir al colegio: con el tiempo se aprende; tan burra no soy”. No lo
es, pero la práctica tal vez tampoco sea todo para acceder a cierto
nivel artístico.
¿Dicen que yo hago cine erótico, con sexo? ¡Pero si eso está a la
orden del día! ¿Por qué cerrar los ojos? A pesar de la mojigatería que
hay en la Argentina, donde se tapan las cosas y no se habla de los
problemas humanos, se los elude, en el mundo se están haciendo
películas muy reales. Ahí está Perdidos en la noche, que es una
maravilla y que aquí la cortaron toda: yo la vi cuatro veces. Es ese
tipo de realismo el que hacemos nosotros. El de Mujeres apasionadas,
que ahora se está dando aquí y que habla de problemas más que
sexuales, afectivos. ¿Cómo no hacerlo si el tema está ahí, dentro de
la vida de cada uno? De este film cortaron una escena fundamental,
extraordinariamente hermosa, que cuenta la lucha física de dos amigos,
de dos hombres desnudos; son diez minutos que en cualquier parte del
mundo el espectador adulto puede ver. ¿Por qué aquí no?”
Para muchos, hay una diferencia de calidad entre las películas citadas
por Isabel y las que ella misma produce y protagoniza. "Pero aun en
ese caso, ¿qué tiene que ver? ¿Acaso el censor puede determinar la
calidad estética? ¿Con qué derecho?” Para otros, el tipo de cine que
hace Sarli es una válvula de escape que desvía tensiones, distrae,
evita reacciones violentas, impide que la crisis de una sociedad
caótica sea asumida con lucidez política por sus integrantes.
Finalmente, Sarli representaría el papel de guardiana de una sociedad
represora: "¿Acaso no son subversivas películas como Bonnie and Clide,
que incitan al crimen y a la violencia? Nosotros no llamamos a la
rebelión ni a nada de eso”. Tal vez —para muchos— el tipo de cine
erótico que cultiva Sarli sea un subproducto que contribuye a impedir
toda reacción violenta, un "cine para onanistas”. Pero Sarli rechaza
violentamente que su cine sea pornográfico.
"¡Eso es absurdo! Cuando fuimos a Dinamarca, Armando insistió en que
viéramos, para conocer, una película del ciclo de la Exposición de
Pornografía de Copenhague. Entré y la escena que vi me escandalizó, me
asqueó, me enfureció y salí de inmediato. “Devuélvanos los diez
dólares de la entrada", le grité al productor que estaba en la puerta.
Él sonrió: Isabel, para ver Fuego yo pagué en Nueva York. Pero estaba
equivocado ese hombre. Lo nuestro no es pornografía: no es como esas
películas asquerosas que dan en Nueva York ... Un señor que desde la
pantalla indica que va a enseñar cómo hacer el amor ... Eso es una
inmundicia. Lo nuestro no, tiene argumento, se basa a veces en casos
reales, científicos, con aval de médicos. Son casos de hoy día; es
inútil taparse los ojos y no ver. Yo sé lo que digo porque comparo,
viajo mucho por el mundo, veo mucho cine y del bueno... Por ejemplo,
acá nunca se dará una película que se llama Aquellos días tranquilos
en Clichy, que tiene nada menos que el respaldo intelectual de Henry
Miller, escritor que me gusta mucho y cuya calidad y talento nadie
puede negar. Aunque aquí esté prohibido. Pero si se descuida, aquí
prohíben hasta la Biblia y los griegos y absolutamente todo. Bueno: en
ese film, que es la autobiografía del escritor, hay una escena entre
dos adolescentes desnudos y dos prostitutas en una bañadera, que aquí
nadie verá y que sin embargo no es pornográfica porque es real. Como
nuestras películas."
¿Es lícito mezclar a Henry Miller, Perdidos en la noche y los films de
Armando Bo, todo en la misma bolsa? Los críticos cinematográficos
tendrán su opinión, pero, como dice Isabel, “el censor no es Dios para
determinarlo. ¿Y por qué no se mete con las series atroces que todos
los días los chicos ven por la televisión, donde se mata como si nada
y se enseña violencia todos los días?”.
Isabel aún se desgañita contra Rififí, película que, según su opinión,
enseñó a robar; luego asegura que en sus últimas películas “hasta
aprendí a emocionarme; antes no podía llorar en los films”. Con
respecto a las diferencias de calidad que puede haber entre sus
películas y films como Perdidos en la noche por un lado, y las
pornográficas por el otro, afirma: “El cine pornográfico se hace con
esas chicas a las que les pagan 50 dólares para que hagan cualquier
cosa en Miami, mientras lo nuestro es sexo pero con argumento. El tipo
de film ‘X’ (con sexo) que figura en los catálogos de venta de los
distribuidores y todos los grandes films últimos, menos Aeropuerto,
entran en esa clasificación."
Nadie puede negar a Isabel —más allá de sus propias películas— que su
explicación de la agonía del cine nacional se acerca mucho a la
verdad: "Como dice Armando, acá solamente se pueden filmar películas
patrióticas o pavadas, porque la censura castra todo intento de hacer
cine que hable de la realidad, mientras que en todo el mundo se tiende
a eso”. Acepta que le asquea la procacidad, "ya que soy medio
puritana; por ejemplo, los besos en la boca no los hago nunca porque
son inútiles e innecesarios”. Breve meditación: “Mi sueño es
convertirme en productora y directora de películas para chicos, con
animalitos y cosas así".
Vuelve una y otra vez sobre el tema de su aislamiento: "Armando me
dice que soy insoportable. «Te sentís mirada —me dice—, tratás mal a
'los periodistas, pero el día que no vengan, que nadie te mire,
entonces vas a sufrir»". Y luego delira, dentro de su absoluta
lucidez: "Pero yo no creo que una tenga que eternizarse en el mismo
papel. Ahora soy la imagen del pecado, muy bien; pero con el paso de
los años puedo cambiar de papel. Para eso estoy mejorando cada vez más
como actriz." Después, una nueva andanada contra la censura: "Acá se
vive todo a escondidas, no queremos reconocer cómo es la verdad de la
cosa, nos engañamos entre nosotros y a nosotros mismos, pero eso,
¿adonde conduce?".
Se compara con Esther Williams: "Yo vendo imagen de pecado, ella de
nadadora. ¿Si me molesta mi papel? No, estoy satisfecha; el público me
sigue y tengo mucho público femenino, aunque aquí no se note porque
mis películas no se pueden proyectar aquí. Pero no hay mal que dure
cien años”. Mientras tanto, sigue filmando películas cuyo rodaje dura
entre 12 días y un mes, y que Armando Bo pergeña e improvisa sobre la
marcha. "Como Fellini, o tantos otros”, asegura Sarli. Refunfuña
acerca de su mal carácter: "Y ... me sale la sangre napolitana" y
encomia sus lecturas: "Tengo la enciclopedia Colliers, me encantan los
estudios sobre flores y bichitos".
¿COMPLICE O VICTIMA?
Tres películas anuales, cuentas en dólares, viajes, algunas
propiedades, lucidez, puritanismo, sentido comercial, dotes físicas
antes que de actriz, un personal de servicio con el que se intuye una
familiar camaradería, una similar extracción social, una enorme
soledad, una fructífera sociedad con Armando Bo, un socio con el que
se encuentra para trabajar (Bo vive con los suyos, como padre de un
clan familiar al que defiende como lobo a sus cachorros), un
retraimiento, una dependencia materna y una timidez que a veces roza
la mojigatería que ella denuncia. Lo que es y lo que parece. Los
abalorios de ose rompecabezas constituyen un fenómeno discutible pero
innegable: se llama Isabel Sarli. Una self made woman, una
contradicción constante. Una víctima —sin duda en jaula de oro—, pero
también un miembro de la sociedad de consumo, que ella —"eterna
buscavidas"— sabe aprovechar con lo que tiene más a mano.
Algún día —porque todo verdor perecerá—, Isabel supone que podrá
ingeniárselas para seguir conquistando a un público que prefiere no
ver, con el que se comunica desde la intimidad de su comedor o su
alcoba —como si fuera otra persona— produciendo películas sobre
pasiones desatadas. Todo en medio de un clima casero, casi
surrealista. ¿Cómo se puede vencer al tiempo, al desgaste, a las
exigencias del mercado? Son problemas que hoy no la preocupan. Es que
a los 33 años, Isabel Sarli todavía tiene mucho cine realista por
delante.
GERMAN ROZENMACHER
Siete Días Ilustrados
14/12/1970
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