Mágicas Ruinas
crónicas del siglo pasado

isabel sarli

El pensamiento vivo de Isabel Sarli
Una excursión al ámbito doméstico de la actriz argentina que goza de más fama internacional; una aproximación a los detalles del rodaje de su última película; un cúmulo de reflexiones de quienes comparten su trabajo y sus ocios. En medio de ese universo agitado y pintoresco, la estrella da cuenta de sus méritos y debilidades, responde a sus detractores, se inflama ante la mojigatería de la censura, maneja su negocio con prolijidad de ejecutiva y se rinde, tierna, ante los seres -racionales o no- que le inspiran afecto. El contradictorio pero Indiscutible “fenómeno" Isabel Sarli, según la versión de quien más ha hecho por merecer denuestos, admiración y envidia: ella misma

Todo parecía un extraño sueño, una especie de Hollywood del subdesarrollo. Sólo faltaba un Federico Fellini que, a escondidas, filmara la escena que SIETE DIAS presenció la semana pasada en una quinta de Martínez, en las afueras de Buenos Aires, donde Isabel Sarli interpretaba los últimos pasajes de su más reciente producción, Fiebre. La película narra las peripecias de una mujer extraordinariamente atractiva (Isabel) pero frígida, quien logra despertar al instinto sexual únicamente ante la visión de caballos —es dueña de un haras— arrebatados por el celo. Las últimas tomas se filmaron en el pequeño comedor de la casa de Sarli, henchido de muebles Luis XVI; un espectacular biombo chino, con carísimas incrustaciones de marfil, había sido corrido para que, desde el living. tres reflectores superportátiles (que daban una luz equivalente a decenas de spots convencionales) iluminaran el vaporoso deshabillé azul de Isabel, sobradamente escotado. Su piel tenía el tono ladrillo claro que requiere la película en tecnicolor, y eso le otorgaba la apariencia de una máscara sobrenatural. Entonces el veterano Juan José Míguez la tomó entre sus brazos.
—Bien machazo, vos —ordenó, arrodillado frente a ellos, Armando Bo, munido de un voluminoso libro cinematográfico casi totalmente en blanco, ya que Bo improvisa las escenas sobre la marcha.
—Cualquier cantidad —aseguró Míguez, tomándola con rudeza por los hombros. Como una mosca, como un hada pegajosa, el maquillador Orlando Valone (35) tocaba y retocaba el renegrido y espeso pelo de la Sarli, atento siempre a la misma onda, al mismo pliegue sobre la frente, acariciando con profesional adoración los bucles de la diva. Ella, cuidadosa, levantaba una y otra vez su Inseparable espejito redondo para vigilar cada detalle.
—Ahora, vos, Juan José, le decís lo tuyo —ordenó Bo, con su aire de boxeador angélico, totalmente entregado a su trabajo. Míguez debía informarle que Fiebre, un padrillo propiedad de la heroína, se había mancado y debía retornar al haras. “Me da pena —debía responder Isabel—, pero por otro lado me alegro, ya que por fin conocerá el amor.” Pero a Isabel no había manera de sacarte palabra: estaba pendiente del ángulo, de la cámara, de la luz, del peinador y sobre todo del fotógrafo de SIETE DIAS que merodeaba la escena.
—¡No, de atrás no me saque, que salgo bizca! —tronó la estrella.
—¡Habla, decí algo! —se desató Bo en su papel de director.
—No se preocupe del fotógrafo —sugirió Míguez.
—¡Dale, Fellini! —sonrió ella, amistosa, en tanto volvía al espejito y al peinador. Según sus críticos, Isabel Sarli no es una actriz, ¿pero cómo negarte su singular carisma? Una demostración de esa cualidad se tuvo enseguida.
—Llamado de Nueva York—anunció la mucama.
Isabel fue al aparato y se impacientó. (¡Cómo tardan!), a los escasos dos minutos de espera. SIETE DIAS accedió a atender la comunicación, mientras Isabel volvía
a repetir la escena para el fotógrafo de la revista. Finalmente, tras un caos de voces de telefonistas, emergió una: "I am Ben Kasewitz", dijo alguien a miles de kilómetros, desde su oficina neoyorquina. Isabel dialogó con él en perfecto inglés: se trataba de un contrato, de un depósito de 5 mil dólares, del doblaje de alguna película. Ninguna estrella argentina, aunque lo desee, recibe este tipo de llamadas con la frecuencia con que, al parecer, lo hace Isabel Sarli. Prominentes distribuidores norteamericanos, alemanes, ingleses, franceses, se comunican con ella a diario, y ella, personalmente, arregla todos sus asuntos económicos y financieros. “Tiene una IBM en la cabeza”, se alegra Bo, su socio, aunque la precisión con que respondió a Kasewitz no dejaba lugar a dudas sobre su lucidez para los negocios.
A pocos metros de allí, en la enorme cocina, la madre de Isabel, con un simple batón de entrecasa y su plácido aire de vecina de barrio, inspeccionaba la preparación de abundantes sandwiches de jamón, medidas de whisky y café en tazas de porcelana china, a cargo de las mucamas. "Somos una gran familia , susurró Bo al cronista, y así es: hace casi diez años que Isabel Sarli filma con el mismo equipo. Pulcra, jamás se desnuda ante iluminadores y utileros que no conoce, y cuando son necesarias escenas de ese tipo (que suelen trascurrir arriba, en la alcoba de la quinta), todos desalojan la pieza; quedan, apenas, los imprescindibles: el camarógrafo Francisco Miranda (50), el iluminador Américo Hoss (50) y el director. Si se enferma algún integrante de ese elenco, la Sarli no trabaja, nadie la saca de la huraña intimidad de su hogar, donde vive con dos caniches (Cheyenne Body y Jack), un perro de policía (León), dos flamencos (Los Locos Adams), un ciervo (Bambi), infinitos pájaros y un gato, que no sólo tiene nombre sino también apellido. “Son todos Sarli, son mis chicos”, afirma la estrella.
También hay allí tres automóviles, once tapados de visón, numeroso personal de servicio y una piscina ovalada, en medio de un parque prolijamente diagramado. La quinta en un barroco y relumbrante conglomerado de objetos, animales y seres humanos, con algo de lujo asiático y otro poco de hacinada casa de barrio: junto a estatuillas carísimas conviven adornos de fantasía, baratos, chillones. Un alto muro de ligustro, impenetrable, la rodea por sus cuatro costados.

ROJO Y VERDE
Para sus films, la sociedad Bo-Sarli no gasta —a menudo— un peso en decorados ni tampoco deja que se evada ningún dinero inútil: aun sus críticos más acérrimos admiten que la astucia y la economía del binomio los convierten en los más hábiles productores cinematográficos del país. Una larga secuencia en un harás, por ejemplo, se consiguió durante la estadía de todo el equipo en el establecimiento Record, propiedad que un rico bodeguero mendocino posee en la provincia de Buenos Aires. “Con argentinos así vamos a llegar lejos: nos ofreció todo sin permitir que le pagáramos un solo centavo; nos dejó trabajar y, además, comimos como locos”, sonríe Bo. En caso de necesidad, filman en gratuitos escenarios naturales: claro que, como asegura Míguez, “la diferencia con otros productores es que Bo paga religiosamente y durante todo el tiempo de filmación corre con la comida, el whisky y esas pequeñas atenciones que parecen tonterías pero que ayudan a trabajar”. Sarli jamás trabaja con otras primeras figuras que puedan retacearle atractivo, lo cual no deja de tener su lógica: ella es el producto que consumen con notoria avidez los públicos latinoamericanos, estadounidenses, europeos. El otoñal Míguez exhaló una queja pero lo hizo con sensatez: “Yo no trabajo mucho ahora —admitió—. Ese imán que tienen los actores de tiras de televisión hace que algunos se olviden de uno, pero yo leo mucho y el otro día me informé que el viejo actor Robert Young, de 63 años, todavía hacía papeles de galán. Para eso no hace falta andar manoseándose con chiquilinas ni nada de eso. ¡Con arreglar el libreto convenientemente, basta!”
Otro de los galanes de Isabel en este film es un virtual desconocido, el modelo publicitario Claude Marting (francés, 38, un hijo, “casado, pero no fanático”), cuya imagen difundió profusamente una serie de cortos comerciales: “Yo soy un joven veterinario que viene a llenar un vacío en la vida de la heroína y parcialmente lo logra. Ella estaba casada con un hombre famoso, fuerte, sano, que muere. Aunque la protagonista trata de encontrar la felicidad con otros hombres, no lo logra y entonces aparece su frigidez; sus sentidos sólo se sacuden al ver cómo aman los animales. Su relación con el caballo, al que ha visto nacer, crece con su soledad; ella está atada psíquicamente al animal. Esa extraña situación se interpone en el triángulo que forman su marido muerto, ella y yo, hasta que finalmente se va con el caballo a Estados Unidos, donde habrá de venderlo".
El relato de Marting esclarece la trama del film, tanto como la presencia del modelo publicitario aclara la precaución con que se mueve el binomio para manejar sus cosas: "De cualquier manera, aunque no me paguen sumas exorbitantes, la Asociación de Actores fija un mínimo de 300 mil pesos viejos que los productores respetan", explica Marting, enterado de que el mercado al que Bo-Sarli dirigen sus obras puede prescindir perfectamente de estrellas locales. Según el bronceado Marting, “el desnudo es el fuerte de Isabel; es una mujer hecha para andar desnuda. Su cuerpo es firme, se lo garantizo yo. lo cual no implica haberle faltado jamás el respeto”.
Al parecer, el cuerpo de Isabel tiene poco que ver con su mente, un tema en el que coinciden los actores que trabajaron con ella y ahora el propio Míguez: “Cuando llegan esas escenas fuertes, de contacto físico, ella tiembla como una hoja. Yo la conozco, y por eso la tomo con precauciones, le dejo la iniciativa para que se sienta cómoda. Además nunca acepta besos en la boca. Son detalles que por ahí no se advierten pero que ayudan a definirla Cierta vez, en México, ante una toma hecha a 20 metros, un actor la besó en la boca y la Sarli lo rechazó violentamente y terminó por expulsarlo de la película. con lucidez cartesiana, Martin reflexionó: "Ella se adaptó a un cuerpo que es el suyo, pero que no es de su agrado. Sin embargo, es una perfecta business woman. Ella utiliza la imagen de su cuerpo: ése es su negocio. ¿Qué hay de malo en mostrar cómo toma un baño? Es muy higiénica. ¿Es erótico eso? ¿Acaso Esther Williams no se bañaba?". sin duda, pero de otra manera. Los interrogantes de Marting conducen a otros, acaso, más importantes: ¿Qué pasa por la cabeza de una mujer que aborrece la promiscuidad del contacto físico y cuyo negocio es, sin embargo, explotar la imagen de su hermoso cuerpo? ¿Hasta qué punto todas las represiones de una sociedad enajenada convierten a Sari i en una válvula de escape, en una incitación al voyeurismo, es decir, a la gratificación estéril de públicos sexualmente insatisfechos, que compensan sus déficit con la fascinación que irradia su imagen?
Cuando sus empleados afirman que “Isabel personalmente no es erótica, todo lo contrario", abren otros interrogantes: Isabel Sarli ¿es cómplice de una sociedad reprimida y represiva pero también es víctima —en su vida personal— de esa sociedad que la obliga a ganarse la vida exhibiendo sus formas? Para algunos es una víctima que no la pasa nada mal: cálculos de enemigos aviesos estiman que su fortuna es semejante a la de las máximas celebridades del cine. Pero también se regodean pensando en lo que sucederá dentro de diez años, cuando la actual exuberancia de su cuerpo se agoste y deje de ser un producto exportable. Otros, igualmente maliciosos, auscultan su notable vocación de solitaria: “No tiene amigos, salvo dos o tres homosexuales, a quienes confía sus secretos, como a buenas amigas". Otros cargos: "Es una nueva rica que sin embargo no disfruta nada de lo que gana: su quinta de Martínez costará 70 millones de pesos, su espléndida mansión en La Reja —camino a Luján—, donde también filma, puede valer el doble, sus vestidos hechos por Paco Jamandreu pueden significar 150 mil pesos cada uno, pero no disfruta nada de eso".
Hay toneladas de envidia en estos cargos, como en las sibilinas referencias a su primer marido, “al que habría despachado con diez mil dólares y un lmpala". ¿Injurias, mentiras, rencores? Es probable; pero ese cóctel sirve para crear en torno a Isabel un clima delirante: su actual opulencia se mezcla con una inevitable previsión del futuro, con una soledad que se parece a la de Gloria Swanson o Marilyn Monroe. Sólo fenómenos tan peculiares como el que protagoniza la Sarli pueden despertar semejante oleada de rumores, con sus dosis de verdad y mentiras, de admiración y alevosía. Pero, a todo esto, ¿cómo es ella?

“LA PORNOGRAFIA ME ASQUEA”
—Debe estar lindo el centro ¿eh? A veces me dan unas ganas de caminar por Santa Fe y mirar vidrieras ... pero no puedo. Lo veo todo de paso, cuando el chofer me lleva por las tardes a la oficina. Yo no sé manejar, ¿sabe?.
Isabel suele usar en su casa una bata corta, pero ahora está con un palazzo amarillo, sentada sobre la alfombra del living, que otra vez volvió a ser simplemente un living Come cantidades increíbles de sandwiches (“Y sin embargo no engordo, siempre estoy en 56 kilos a la mañana nado, claro, me encanta nadar; en La Reja tengo una piscina de 25 metros para mí solita"). Sus caniches, con estruendosos collares de perlas de chafalonería, comprados en Estados Unidos, merodean sin cesar. “A Cheyenne le tuve que sacar los colmillos; es muy celoso”, y muestra dos cicatrices en la palma de su mano. Los acaricia, se enfurruña con ellos, les habla como a niños. “¿Si me gustan los chicos, si querría tener uno? (Pausa larga y sonrisa.) Para eso necesitaría conseguir un marido y por ahora ... Y tal como viene encadenada la cosa, no creo que pueda pensar en eso ni en chicos míos."
—¿Cuál es su relación con Armando Bo?
—Con Armando somos socios y estas películas son nuestro negocio. Siempre trabajo bajo su dirección porque hasta ahora las cosas van saliendo muy bien. Cada uno cumple su papel en esta sociedad cinematográfica. Yo, por ejemplo, me encargo de los papeles: para algo estudié hasta tercer año comercial y después quería ser secretaria, ¿no? Bueno, ahora soy la secretaria de mí misma. Me gusta sentarme en el suelo y escribir a máquina mi correspondencia. Tengo como 75 carpetas en mi oficina, donde atiendo con toda prolijidad cada uno de los asuntos y no se me escapa nada.
Isabel nació en Entre Ríos. Sarli es el auténtico nombre de su madre, María Helena (60), por la que siente devoción. La "maroma” nació entrerriana por casualidad, ya que era la quinta hija de una familia napolitana que inmigró a la Argentina. Una característica une a madre e hija; son mujeres solas para las cuales el mundo, tal vez, fue el lugar donde la pelea constituía el único medio para sobrevivir. A los 3 años Isabel y su madre viajaron a Buenos Aíres, apoyadas por la familia Sarli. Cuando Isabel entró a trabajar como secretaria a Eter Publicidad, sostenía "principios medio puritanos que no abandoné hasta hoy: no fumo, no bebo, soy muy retraída. ¡No canto ni siquiera durante el baño! El otro día mamá entró sin avisarme y pegué un grito bajo la ducha. Ella se rió, pero yo soy así, qué va a hacer. ¡Juicio, Jack!" Calma con palmoteos al caniche, que trepa sobre el cronista. “¡Qué amigo suyo que se hizo este perro! Pero tenga cuidado, es medio loco. Tiene 70 años, es decir 7, pero como dicen que cada año de los perros se cuenta por 10 de los hombres ... ¿No se sirve otro sandwichito, usted? Collares, pulóveres, capitas, yo les traigo todo a mis chicos cuando vengo del exterior. Adoro a mis bichos ... Venga que le muestro al Bambi. Pero con cuidado que se asusta y se escapa, pobrecito. Perdió los cuernitos una vez que vino un fotógrafo y lo quiso retratar. El Bambi se escapó asustado y se los rompió contra unas ramas.”
Un sigiloso paseo por el parque, con el acoso perruno y los deslumbrantes rojos, amarillos, verdes, azules del enorme papagayo Perico Sarli, que Isabel se trajo de Puerto Rico. El ciervo está ahí, atado, y detrás, en una habitación, pajareras y más pajareras con decenas de aves. Después, un ascenso al desván donde está el escritorio de Isabel: un cuartito atiborrado de latas de película y de afiches de la sexy sonriendo en actitud voluptuosa. En un armario guarda sus carpetas; sobre la mesa, decenas de fotos (bajo el cristal) y una de pie en marco plateado, la que ilustra esta nota: las Sarli, madre e hija como una negación —tan verdadera como inútil— de todos los afiches de las paredes. “Luego de empezar como secretaria, allí en Eter, me tomaron una foto por casualidad para un aviso publicitario; me hice modelo para avisos en diarios y revistas, después fui Miss Argentina y por fin las películas. —Sólo una. Setenta veces siete, con Leopoldo Jorre Nilsson; las demás 22 a partir de 1959, con Armando Bo —.
Para mi, hacer cine es como trabajar de secretaria en una oficina. Por eso no me doy con el ambiente y soy de pocos amigos. No voy a fiestas, no frecuento la vida nocturna. Después de mi horario me encierro en casa y me olvido de la profesión”.
Pero desde aquellos 25 mil pesos que cobró por El trueno entre las hojas (octubre de 1958) hasta el millón de dólares de ganancia bruta que, según versiones, significó Fuego, I. S. se convirtió en una empresaria que explota su propia imagen en base a una receta que, según sus críticos, mezcla siempre los mismos ingredientes: la mujer insaciable, codiciada, a la que montones de hombres disputan y poseen, a veces con brutalidad. Para Isabel, todo esto, sin embargo, es “haber llegado”. Sus palabras: "Yo era muy buscavidas cuando trabajaba como secretaria: hacía extras, vendía terrenos ganando el cuatro por ciento, me llevaba material para trabajar en casa”. Sus detractores —y aun sus admiradores— están de acuerdo en que Isabel no es actriz: "Armando mismo me buscó por mi físico, no por actuación; pero esto es como ir al colegio: con el tiempo se aprende; tan burra no soy”. No lo es, pero la práctica tal vez tampoco sea todo para acceder a cierto nivel artístico.
¿Dicen que yo hago cine erótico, con sexo? ¡Pero si eso está a la orden del día! ¿Por qué cerrar los ojos? A pesar de la mojigatería que hay en la Argentina, donde se tapan las cosas y no se habla de los problemas humanos, se los elude, en el mundo se están haciendo películas muy reales. Ahí está Perdidos en la noche, que es una maravilla y que aquí la cortaron toda: yo la vi cuatro veces. Es ese tipo de realismo el que hacemos nosotros. El de Mujeres apasionadas, que ahora se está dando aquí y que habla de problemas más que sexuales, afectivos. ¿Cómo no hacerlo si el tema está ahí, dentro de la vida de cada uno? De este film cortaron una escena fundamental, extraordinariamente hermosa, que cuenta la lucha física de dos amigos, de dos hombres desnudos; son diez minutos que en cualquier parte del mundo el espectador adulto puede ver. ¿Por qué aquí no?”
Para muchos, hay una diferencia de calidad entre las películas citadas por Isabel y las que ella misma produce y protagoniza. "Pero aun en ese caso, ¿qué tiene que ver? ¿Acaso el censor puede determinar la calidad estética? ¿Con qué derecho?” Para otros, el tipo de cine que hace Sarli es una válvula de escape que desvía tensiones, distrae, evita reacciones violentas, impide que la crisis de una sociedad caótica sea asumida con lucidez política por sus integrantes. Finalmente, Sarli representaría el papel de guardiana de una sociedad represora: "¿Acaso no son subversivas películas como Bonnie and Clide, que incitan al crimen y a la violencia? Nosotros no llamamos a la rebelión ni a nada de eso”. Tal vez —para muchos— el tipo de cine erótico que cultiva Sarli sea un subproducto que contribuye a impedir toda reacción violenta, un "cine para onanistas”. Pero Sarli rechaza violentamente que su cine sea pornográfico.
"¡Eso es absurdo! Cuando fuimos a Dinamarca, Armando insistió en que viéramos, para conocer, una película del ciclo de la Exposición de Pornografía de Copenhague. Entré y la escena que vi me escandalizó, me asqueó, me enfureció y salí de inmediato. “Devuélvanos los diez dólares de la entrada", le grité al productor que estaba en la puerta. Él sonrió: Isabel, para ver Fuego yo pagué en Nueva York. Pero estaba equivocado ese hombre. Lo nuestro no es pornografía: no es como esas películas asquerosas que dan en Nueva York ... Un señor que desde la pantalla indica que va a enseñar cómo hacer el amor ... Eso es una inmundicia. Lo nuestro no, tiene argumento, se basa a veces en casos reales, científicos, con aval de médicos. Son casos de hoy día; es inútil taparse los ojos y no ver. Yo sé lo que digo porque comparo, viajo mucho por el mundo, veo mucho cine y del bueno... Por ejemplo, acá nunca se dará una película que se llama Aquellos días tranquilos en Clichy, que tiene nada menos que el respaldo intelectual de Henry Miller, escritor que me gusta mucho y cuya calidad y talento nadie puede negar. Aunque aquí esté prohibido. Pero si se descuida, aquí prohíben hasta la Biblia y los griegos y absolutamente todo. Bueno: en ese film, que es la autobiografía del escritor, hay una escena entre dos adolescentes desnudos y dos prostitutas en una bañadera, que aquí nadie verá y que sin embargo no es pornográfica porque es real. Como nuestras películas."
¿Es lícito mezclar a Henry Miller, Perdidos en la noche y los films de Armando Bo, todo en la misma bolsa? Los críticos cinematográficos tendrán su opinión, pero, como dice Isabel, “el censor no es Dios para determinarlo. ¿Y por qué no se mete con las series atroces que todos los días los chicos ven por la televisión, donde se mata como si nada y se enseña violencia todos los días?”.
Isabel aún se desgañita contra Rififí, película que, según su opinión, enseñó a robar; luego asegura que en sus últimas películas “hasta aprendí a emocionarme; antes no podía llorar en los films”. Con respecto a las diferencias de calidad que puede haber entre sus películas y films como Perdidos en la noche por un lado, y las pornográficas por el otro, afirma: “El cine pornográfico se hace con esas chicas a las que les pagan 50 dólares para que hagan cualquier cosa en Miami, mientras lo nuestro es sexo pero con argumento. El tipo de film ‘X’ (con sexo) que figura en los catálogos de venta de los distribuidores y todos los grandes films últimos, menos Aeropuerto, entran en esa clasificación."
Nadie puede negar a Isabel —más allá de sus propias películas— que su explicación de la agonía del cine nacional se acerca mucho a la verdad: "Como dice Armando, acá solamente se pueden filmar películas patrióticas o pavadas, porque la censura castra todo intento de hacer cine que hable de la realidad, mientras que en todo el mundo se tiende a eso”. Acepta que le asquea la procacidad, "ya que soy medio puritana; por ejemplo, los besos en la boca no los hago nunca porque son inútiles e innecesarios”. Breve meditación: “Mi sueño es convertirme en productora y directora de películas para chicos, con animalitos y cosas así".
Vuelve una y otra vez sobre el tema de su aislamiento: "Armando me dice que soy insoportable. «Te sentís mirada —me dice—, tratás mal a 'los periodistas, pero el día que no vengan, que nadie te mire, entonces vas a sufrir»". Y luego delira, dentro de su absoluta lucidez: "Pero yo no creo que una tenga que eternizarse en el mismo papel. Ahora soy la imagen del pecado, muy bien; pero con el paso de los años puedo cambiar de papel. Para eso estoy mejorando cada vez más como actriz." Después, una nueva andanada contra la censura: "Acá se vive todo a escondidas, no queremos reconocer cómo es la verdad de la cosa, nos engañamos entre nosotros y a nosotros mismos, pero eso, ¿adonde conduce?".
Se compara con Esther Williams: "Yo vendo imagen de pecado, ella de nadadora. ¿Si me molesta mi papel? No, estoy satisfecha; el público me sigue y tengo mucho público femenino, aunque aquí no se note porque mis películas no se pueden proyectar aquí. Pero no hay mal que dure cien años”. Mientras tanto, sigue filmando películas cuyo rodaje dura entre 12 días y un mes, y que Armando Bo pergeña e improvisa sobre la marcha. "Como Fellini, o tantos otros”, asegura Sarli. Refunfuña acerca de su mal carácter: "Y ... me sale la sangre napolitana" y encomia sus lecturas: "Tengo la enciclopedia Colliers, me encantan los estudios sobre flores y bichitos".

¿COMPLICE O VICTIMA?
Tres películas anuales, cuentas en dólares, viajes, algunas propiedades, lucidez, puritanismo, sentido comercial, dotes físicas antes que de actriz, un personal de servicio con el que se intuye una familiar camaradería, una similar extracción social, una enorme soledad, una fructífera sociedad con Armando Bo, un socio con el que se encuentra para trabajar (Bo vive con los suyos, como padre de un clan familiar al que defiende como lobo a sus cachorros), un retraimiento, una dependencia materna y una timidez que a veces roza la mojigatería que ella denuncia. Lo que es y lo que parece. Los abalorios de ose rompecabezas constituyen un fenómeno discutible pero innegable: se llama Isabel Sarli. Una self made woman, una contradicción constante. Una víctima —sin duda en jaula de oro—, pero también un miembro de la sociedad de consumo, que ella —"eterna buscavidas"— sabe aprovechar con lo que tiene más a mano.
Algún día —porque todo verdor perecerá—, Isabel supone que podrá ingeniárselas para seguir conquistando a un público que prefiere no ver, con el que se comunica desde la intimidad de su comedor o su alcoba —como si fuera otra persona— produciendo películas sobre pasiones desatadas. Todo en medio de un clima casero, casi surrealista. ¿Cómo se puede vencer al tiempo, al desgaste, a las exigencias del mercado? Son problemas que hoy no la preocupan. Es que a los 33 años, Isabel Sarli todavía tiene mucho cine realista por delante.
GERMAN ROZENMACHER

Siete Días Ilustrados
14/12/1970

 

ir al índice de Mágicas Ruinas

Ir Arriba