Mágicas Ruinas
crónicas del siglo pasado
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| OLAVARRIA Y LOS EMILIOZZI Un rendimiento admirable, pero que obliga a pensar: los 200 kilómetros por hora: ¿límite máximo o mínimo? En el circuito de casi 150 kilómetros donde se cerró la prueba, uno quedó sin alcanzar a dar la primera vuelta: el otro anduvo buscando la batalla por un rato, "hasta que de pronto “sintió” el desperfecto en un ruido raro que, investigado, acusó la rotura de un pistón. Esta última máquina ofrecía la posibilidad de no alcanzar a cubrir el trayecto de vuelta entre Olavarría y la Capital Federal, por lo que resuelve el primero, que tampoco puede andar muy fuerte, formar un pequeño grupo, de manera que uno preste al otro el auxilio necesario en caso de producirse la detención definitiva del motor. Olavarría y los Emiliozzi Se suma al equipo el cronista y se inicia el regreso. A las márgenes del camino todavía espera el paso de los corredores, en grupos numerosos, un público entusiasta, que contribuyó con su presencia a dar esplendoroso brillo a una jornada de discutido resultado en el orden local. Para nosotros, que nos retiramos batidos sin haber podido exponer el resultado de un esfuerzo generosamente dispensado s obre máquina y carrera, es una especie de aliciente, que alcanza a tocar un poquito el corazón, el continuado agitar de pañuelos con que nos despiden. Olavarría y Emiliozzi son dos nombres que, en materia de automovilismo, han sido unidos en la misma proporción dentro de esa vasta zona que encierran las sierras bonaerenses. Emiliozzi era el crédito del pago. Pero lo paró una rueda, y entonces el triunfo fué del que más había hecho por hacerlo caminar, del enemigo que asomaba en todos los cálculos, y del que buscaba el desquite después de haber cedido, en la última carrera a Córdoba y en las Mil Millas posteriores, al poder de una máquina que, como la preparada en Olavarría, parece tener cuerda para rato. Por eso no extraña que en el saludo que nos dirigen se mezcle el nombre de Dante y Torcuato, el binomio Emiliozzi. Es una forma de homenaje de la gente que, al término de la prueba, ha sabido llegarse hasta los lugares de control para gritar en coro: “¡Ganamos o perdemos, a Emiliozzi lo queremos!”. Juan Gálvez: 100 % de seguridad Ese coro lo hizo rabiar a Juancito Gálvez, ganador de la carrera. Una rabia que, sumada al cansancio agotador y a la efusividad de los parciales, lo puso al borde de una crisis que superó con la primera bienhechora refrescada caída desde una botella sobre cuello y espalda. ¿Por qué lo hizo rabiar? Las alternativas de la carrera presentaron dos nombres, ya desde la primera vuelta, como los candidatos a jugar todas las posibilidades para el triunfo. El del vencedor y el segundo, Juan Gálvez y Dante Emiliozzi, respectivamente. Ya se sabe que Juancito es de los que caminan con una seguridad de cien por ciento. Son muy escasas, dentro del millar aproximado de carreras que lleva disputadas, aquellas que lo vieron desertar por fallas en el motor. Y Olavarría, a la que fué con el coche pesado, el que usa para los grandes premios, no iba a resultar la excepción. Anduvo rondándole al triunfo vuelta á vuelta, pero el rival demostró en la lucha que piloteaba una máquina más veloz. Emiliozzi andaba fuerte y descontaba con holgura lo perdido en cada reabastecimiento. Al llegar al quinto circuito, último de la prueba, tenía un margen de segundos favorable, que permitía ya pensar en la victoria final. Pero lo paró una pinchadura, y los dos minutos y pico jugados en el cambio de goma le arrebataron toda posibilidad de conformar a la gente del lugar. Porque ése era el comentario general: “¡Si no hubiera sido por la pinchadura!”... Desde un punto de vista imparcial, el resultado se juzga lógico y consecuencia de las alternativas que puede ofrecer una prueba mecánica. Lo real es que el premio estuvo inclinándose, sin decirse, hasta último momento, entre los dos. Nieve carbónica Estamos comiendo en una hostería ,al borde del camino, a la misma hora en que en Olavarría reparten los premios. Pensamos en Juan, en los Emiliozzi, en Oscar, en el batallador Ángel De Rosa que, como ganador entre los que nunca se adjudicaron una prueba, hizo suyo un premio especial, y la charla que no contiene asomo de amargura deriva hacia el inevitable tema. —Yo ya no sé qué hacer con el auto —dice Segundo Ale, uno de los integrantes del grupo—. Llevo dieciocho carreras con ésta y no he podido alcanzar a clasificarme. Cuando iba ganando una etapa en un gran premio, me di el ‘tortazo”, y cada vez que voy dispuesto a “exprimirlo”, porque lo tengo “afilado”, me pasa algo en la ruta y no puedo llegar... —Cámbialo por un Ford —le dice riendo Staniscia—. ¿Lo vas a cambiar? Staniscia es casi debutante en las lides ruteras. Apareció en las Mil Millas para clasificarse duodécimo en el pelotón diezmado que pudo cumplir el recorrido. Alentado por tan buena performance fué a Olavarría, pero la suerte se le puso en contra: rompió un pistón al promediar la prueba. Comenzamos a hablar de velocidades: —-En Olavarría se dice que Emiliozzi tiene doscientos cuarenta y cinco kilómetros. .. —Parece un poco exagerado —es la respuesta, que comparte como opinión el cronista—, pero los doscientos los pasa largos. .. —Dicen que cuando lo lleva a una carrera tiene que calentarlo. En las Mil Millas, cuando hacía un calor bárbaro, tenía que tapar el radiador con una lona para que mantuviera la temperatura. El misterio de la refrigeración del Ford de Emiliozzi sigue apasionando el ambiente. Hay algunos que hablan de nieve carbónica o de “hielo seco” introducido en el sistema de enfriamiento, y se asegura, por otra parte, que los Emiliozzi hermanos, con Emiliozzi padre, al que se atribuye la creación del sistema, han patentado un tablero de auto que servirá de refrigeradora para llevar bebidas y comestibles durante la marcha. Los 200 kilómetros por hora Hemos estado hablando de velocidades, y a ciencia cierta, después de esta carrera de Olavarría, podemos considerar que en la categoría turismo de carretera de nuestro automovilismo se ha iniciado en forma definitiva un nuevo capítulo. Buscando un título para el mismo, podríamos decir que es el de los doscientos kilómetros por hora. No importa que por ahora sea reducido el lote que puede ubicarse dentro del margen mencionado. Lo importante es que se ha llegado a la cifra, y que conforme marchan las cosas, todo hace suponer que será superada. En momentos de escribir esta nota estamos esperando el resultado de la Vuelta de Santa Fe para confirmarlo y para que nos dé una definición de una lucha en la que aparecen en primer término Juan Gálvez y los Emiliozzi, seguidos a corta distancia por Oscar Gálvez y Carlos Menditeguy, y muy poquito más atrás por otras figuras como Petrini, Peduzzi, Logullo, etc. Al decir que Oscar y Menditeguy se encuentran detrás de los protagonistas principales de la carrera de Olavarría, no nos referimos exactamente a capacidad mecánica y conductiva, sino a lo expresado por los mismos en sus repetidas actuaciones. Con respecto al múltiple deportista que hay contenido en Menditeguy, queremos recordar que, en todas las competencias en que ha intervenido últimamente, ha sabido ser puntero, llevando los promedios de marcha mucho más allá de lo que permitían suponer los cálculos previos. Esta misma circunstancia nos mueve a suponer que su máquina ha de contarse entre las que más rendimiento ofrecen conforme a la potencia del motor. Pero lo innegable es que el régimen de vueltas orilla en forma peligrosa el límite absoluto de seguridad y que en carreras como las que se vienen ofreciendo, en las que la largada representa la orden de pisar la tabla, porque un solo respiro manda atrás con pocas posibilidades de retomar el puesto, velocidad y seguridad deben marchar unidos, y a este respecto los Emiliozzi y Juan Gálvez marcan rumbos con sus repetidos éxitos. Ahora, el Gran Premio Quizá cambie un poco el panorama el próximo Gran Premio, que con sus 20.000 kilómetros y carreteras de características disímiles obligará a olvidar un poco esta escalofriante cifra de los doscientos kilómetros por hora. Pero la verdad es que estamos ya situados en ella y que no habrá factor humano que pueda hacer retroceder las cosas. Lo cual impondrá un estudio concienzudo en la próxima Asamblea de la Comisión Deportiva Automovilista, porque pensamos que a ese ritmo de marcha, los coches “turismo de carretera” han traspuesto ya el límite de seguridad. Resultan altos y de trocha escasa para que un piloto pueda andar en ellos y llevarlos con la misma facilidad con que se lleva una máquina baja y ancha, como por ejemplo aquellas que compitieron en México en la Carrera Panamericana dentro de la categoría “turismo internacional”, y que estaban habilitadas para rendir ese promedio, porque en su construcción se había relacionado la potencia. Estamos en los dosicentos kilómetros, y na aparece (nota: dosicentos y na… textual en la crónica) lejano el momento en que se hará la prueba a Córdoba dentro de ese promedio. Hay un grupo de hombres que se ha distanciado, en punto de preparación, del resto, entre los que hallamos a muy pocos capaces de alcanzarlos, y sería injusto no reconocer que en esta puja trascendental hay un nombre ligado a todo comentario: el de los Emiliozzi. Raúl JEANNERET -pie de fotos- -Dante y Torcuato Emiliozzi, el binomio de Olavarría que con paciencia china y sabiduría de magos han logrado producir un motor que parece surgido de la lámpara de Aladino: mientras mayor potencia produce más se enfría. -Los hermanos Juan y Oscar Gálvez, unidos al automovilismo de rula desde que el mismo alcanzara el ritmo vertiginoso que lo caracteriza hoy día, hace ya bastante tiempo que están habituados con los 200 kilómetros por hora. Revista Esto Es 16.03.1954 |
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