Mágicas Ruinas
crónicas del siglo pasado

crisólogo larralde
HABLAN LOS CANDIDATOS A LA VICEPRESIDENCIA
Nuestro Ideal Consiste en Mantener Intactos - Dice Crisólogo Larralde - la Libertad, el Derecho de Autodecisión y la Iniciativa Privada

EN abril de 1954 hay elecciones de Vicepresidente. La muerte del doctor Quijano dejó acéfala la presidencia de la Cámara de Senadores. Muchos comentarios se tejieron en torno al posible llamado a elecciones. El presidente del bloque radical, doctor Emilio Ravignani, declaró en una entrevista que le hizo ESTO ES, el 13 de enero de 1954: “Concretamente puedo decir que el país necesita un Vicepresidente emanado de la voluntad popular y no nacido de soluciones transitorias. Y como ya no existen los colegios electorales, las decisiones del pasado resultarían inaplicables. Por lo tanto —concluía el eminente constitucionalista— la única salida visible es el llamado a elecciones”.
Esa opinión terminante fué dada a conocer por nuestra revista —repetimos— el 13 de enero próximo pasado, y en la tarde de esa misma jornada, se dió a conocer oficialmente el llamado a elecciones para Vicepresidente. ¡La opinión del doctor Ravignani había resultado realmente profética! El 25 de abril del año 1954, el pueblo argentino seria convocado nuevamente para que emitiera su opinión sobre los destinos del país.
Estas reflexiones nos embargan, mientras dejamos atrás la vereda hormigueante de la avenida de Mayo y penetramos en el edificio donde trabaja Crisólogo Larralde, candidato del partido Radical.
Larralde nos espera con la mano tendida, sonriente, cordial, poniendo en evidencia su calidad de auténtico hombre de pueblo, llano, sin ninguna clase de tiesura. Mientras nos invita a sentarnos, advertimos la sencillez del escritorio donde trabaja: su guardapolvo blanco doblado sobre una silla, un retrato del general San Martín en la pared del fondo, unos versos de Almafuerte encuadrados en un rincón. Podemos leer fugazmente los dos primeros:

No te des por vencido ni aun vencido,
no te sientas esclavo ni aun esclavo.

Profundas palabras de no conformismo, de lucha agresiva, dura, constante. Tal es la tónica de nuestro interlocutor, tales sus gustos personales, que se evidencian en los menores detalles.
—¿Qué nos puede decir del comienzo de su carrera política? —inquirimos cuando nuestro huésped declara estar a nuestra entera disposición.
—¿Sobre mis comienzos en la política? —Larralde se restriega los brazos, reflexivamente—. Pues, empecé escribiendo en la prensa libertaria, en una época en que, malogrados mis estudios, tuve que realizar los trabajos más duros y más heterogéneos. Fui sucesivamente peón de reparto, aprendiz gráfico, juntador de maíz en dos cosechas, ayudante de herrero, cargador de bolsas en Casa Amarilla, por ahí —señala vagamente el candidato radical—, cerca de la estación Sola. Me ganaba la vida como podía y en cuanto podía, hasta que a raíz de un articulo que publiqué en el diario radical de Avellaneda, don Hipólito Yrigoyen me mandó llamar por intermedio de Diego Luis Molinari, a cuya familia me unían desde siempre vínculos de verdadero afecto.

Hipólito Yrigoyen y diez centavos
—Recuerdo —continúa Larralde con un gesto de ligera melancolía— que el Hombre me recibió en su casa de la calle Brasil 1039. Me trató como un gran señor que era; se habló de política, de los radicales Jóvenes, de mi articulo, del porvenir de esta patria grande. Se habló; en fin, de muchas, de muchísimas cosas...
Larralde se queda en silencio, como si regustara un recuerdo cordial. Finalmente sigue:
—Después de esa entrevista, que para mi fué realmente histórica, abandoné la casa de la calle Brasil y empecé lentamente el regreso a pie hasta mi casa, que quedaba en el Barrio del Bajo, en Avellaneda. ¡Carecía de los diez centavos indispensables para pagar el tranvía, en aquella época en que ganaba sesenta pesos mensuales!
—Sí, si. Otras épocas..., otras épocas, en que milité en los medios proletarios y avanzados de Avellaneda, estudiando a fondo las doctrinas sociales, la historia del desenvolvimiento obrero y de sus luchas revolucionarias.
—Una época romántica... —volvemos a interrumpir.
—... para algunos —acota Larralde con una sonrisa—. Porque, en mi calidad de hijo de trabajadores, tuve que luchar, y luchando comprendí el profundo sentido del individualismo y de la libertad, para llegar a sentir aversión a cualquier forma de totalitarismo.

Una opinión radical sobre el 17 de octubre
Para ratificar las características de su formación y de su pensamiento, el candidato radical a la vicepresidencia de la Nación nos lee, con voz pausada, un párrafo de su ensayo Antecedentes de la política social argentina: "Asistimos a la condenación de las manifestaciones populares del 17 y 18 de octubre; diarios, gremios, instituciones y partidos se empeñan en demostrar que los manifestantes no fueron pueblo ni obreros auténticos; que eso que desfiló era una horda de descamisados. El ciudadano que esto escribe —puntualiza enfáticamente Crisólogo Larralde—, hijo de una inmigrante que trabajó como sirvienta y de un obrero que perdió hace 8 años su vida mientras conducía un carro, declara que en esa multitud que desfiló encontró gente del pueblo; se halló a si mismo en los niños de zapatillas rotas y mal vestidos; en muchos o en todos los que fueron tildados de descamisados. El también conoció con sus cinco hermanos el hacinamiento de una sola habitación de madera y la promiscuidad de los inquilinatos; supo qué es carecer de medias, ropas y botines, y alguna vez comenzó sus estudios secundarios poniéndose los pantalones largos de su padre, un saco rehecho por su madre, camisa y sombrero usados, provistos por algún generoso vecino".
Los ojos de Larralde parecen de vidrio cuando concluye la lectura; sus brazos desnudos descansan sobre la carpeta de su escritorio; su cara trasunta una interrogación agresiva.
—Antes y después del año 30 —interrogamos después de un silencio macizo—, ¿qué actuación le cupo, Larralde?
—¿El año 30? Es un año singular. —Lo que se llama una fecha...
—Una fecha trágica —concluye Larralde, y la sonrisa se diluye—. Una fecha trágica para el país, porque señaló la conjugación exitosa, mediante la fuerza, de los intereses foráneos, que no nos conciben sino como colonia, y de los internos al servicio del privilegio económico y social.

Entre el periodismo y la intransigencia
—Durante esos años —continúa— hice periodismo activo y combativo en el diario "La Libertad”, de Avellaneda, propiedad del ex diputado nacional don Fabián Onsari. Estas actividades se alternaban constantemente con el estudio y la investigación sobre temas históricos, sociales y obreros, lo que en realidad constituye mi vocación más profunda. En 1922 fui presidente del Comité de la Juventud Radical, y posteriormente pasé al Comité del Partido, ocupando así todos los puestos, desde vocal hasta presidente.
—Todo el escalafón —sugerimos.
—Todo el escalafón —acepta Larralde—, hasta llegar a ser convencional y secretario de la Convención de Buenos Aires en 1943.
—¿En los prolegómenos de la revolución ?
—Sobre esa fecha —precisa nuestro huésped— participé activamente en la creación del Movimiento Intransigente y Renovador, y mi firma fué una de las tres que suscribieron la convocatoria.
—Es lo que se llama la génesis de la Intransigencia..
—En ese instante inicial —dice Larralde con contenido entusiasmo—, una figura sobresalió por sus valores morales y espirituales: el ilustre maestro don Roque Coulin, de Rosario, a quien la Asamblea de Avellaneda designó su presidente.
Recordamos que, en representación del sector Intransigente, Larralde, Juntamente con Arturo Frondizi y Antonio Sobral, formó parte de la Junta Nacional Reorganizadora del Radicalismo, que presidió en 1946 el coronel don Gregorio Pomar, y a quien acompañaron, por el sector Unionista, los señores Monfarrel, Garay, Mihura, Fajre, etc.
—En los años siguientes, Larralde, ¿qué actuación tuvo?
—Fui elegido por la provincia de Buenos Aires miembro del Comité Nacional, hasta que en 1950 ese organismo, presidido por el doctor Santiago H. del Castillo, me designó para la reorganización del radicalismo metropolitano, misión que posteriormente ratificó la Convención de la Capital.
—¿Cuánto tiempo duró su actuación en la Capital Federal?
—Hasta el 8 de junio del 51, fecha en que el comido interno puso fin a mis tareas de interventor.

Su carrera política
De pronto, nuestro interlocutor parece marcar un paréntesis en la ilación de sus recuerdos:
—Con Ricardo Balbín y Emir Mercader, fui electo diputado en los comicios históricos del 5 de abril de 1931, en los cuales el radicalismo triunfó amplia y estupendamente sobre los candidatos del gobierno.
—¿Cómo continúa su historial político?
—En 1941 encabecé la lista de senadores por la tercera sección electoral de Buenos Aires, pero aun cuando resulté electo, decliné ocupar la banca, considerando que el comicio babia sido una trampa para la ciudadanía. En 1948 integré, con el doctor Juan Prat, del Azul, la fórmula para la gobernación de Buenos Aires. Y en 1948, en el mes de marzo, fui candidato a diputado , nacional, pero me eliminé de la lista por considerar de mayor importancia mi candidatura a Intendente Municipal. Aun descontando la derrota creímos todos que la obligación fundamental era darle al radicalismo de Avellaneda una fuerte base municipal.
Larralde continúa con la enunciación minuciosa de su carrera política —la carrera de los honores, como la llamaban los antiguos romanos.
—Finalmente, para las elecciones del 11 de noviembre de 1951 fui elegido candidato a gobernador de Buenos Aires, acompañado en la fórmula por el distinguido dirigente de Tres Arroyos don Ricardo Rudi.
Ahora Larralde parece meditar sobre los últimos años de su activa vida política, sobre ese pasado inmediato. Sus brazos descansan a ambos costados del sillón. Su frente despejada y su firme mentón se colorean con la tenue luz amarilla que entra por la ventana.
—Actualmente tengo 52 años de edad —dice por último—, y he sido llevado por mis correligionarios a una de las más altas candidaturas dentro del panorama político nacional. Son 34 años, 34 años —repite lentamente—, 34 años sin interrupción en la faena política, en esa dura y sacrificada faena, la que soláis. mente he interrumpido en aquellos días de 1930, 1932, 1935, 1939 y 1951 en que estuve preso, y en aquellos otros, ya muy distantes y esfumados por el tiempo, en que el vociferante chico anarquista de pantalón corto corría como el viento, escapando a la dureza nada utópica del rebenque policial.

Optimismo. Lucha. Ideales
Pero los recuerdos lejanos, ya tristes, ya melancólicos, son dejados de lado por la premura de lo Inmediato, por la urgencia insistente de la lucha diaria. Y Larralde nos habla de los próximos comicios:
—La convocatoria para el 25 de abril —nos dice— me encuentra, como siempre, fiel a nuestro destino y con indomable voluntad de lucha. Pensamos batirnos en el terreno de las ideas, reclamando la derogación del estado de guerra interno en vigor desde hace dos años, y el restablecimiento de las condiciones indispensables para la confrontación democrática.
Cuando Inquirimos un esbozo de su plan de lucha, nuestro interlocutor va puntualizando pausadamente todos los puntos que le Interesa señalar:
—Como siempre, nos mueve a los radicales la pasión por la libertad, esencia de nuestro existir. De esa libertad que los totalitarismos califican de prejuicio burgués, al decir marxista; de cadáver putrefacto, según la opinión mussoliniana; o de algo inservible para comer, según la afirmación peronista. Y quienes más necesitan de esa libertad son aquellas masas humanas a quienes los sistemas despóticos les enseñan, para su mal, a despreciarla. Me refiero a las clases trabajadoras, que en algunos regímenes, no obstante sus tesis revolucionarlas, viven sometidas a la servidumbre del salarlo, soportando las duras sanciones previstas en un código penal del trabajo, y que, en otros, cambian su destino, su autonomía sindical, su derecho de huelga, por un aguinaldo, por feriados y por promesas de copiosos bienes que nunca llegan.

Libertad de prensa y Federalismo
—A ustedes —nos dice Larralde señalándonos—, a ustedes, los periodistas, les decimos de nuestra creencia, de nuestra firme creencia en la libertad de prensa, que no es tanto el derecho a escribir como el derecho a informarse. A informarse sin partidismos, como no debe haber partidismos en el arte, ni en la literatura, ni en la educación, ni en el teatro, ni en la radio, ni en la televisión. Todo eso debe estar al servicio del pueblo, pero de ninguna manera —concluye el candidato radical cortando las silabas con la mano— condicionado ni orientado según el interés del grupo gobernante.
—Entendemos que el radicalismo aspira a restaurar un federalismo integral —inquirimos.
—En efecto —admite Crisólogo Larralde—. Luchamos por la restauración del federalismo y de la vida municipal, a los que asignamos primordial importancia a lo largo de nuestra carrera política, en tanto entendemos que la hipertrofia del poder central los ha hecho desaparecer.

Sobre comunismo y sobre imperialismo
—Somos decididamente adversarlos de los comunistas —declara Larralde con un ademán rígido— y entendemos que se les deben otorgar las mismas condiciones de lucha que ellos otorgarían a un partido opositor. Somos antimaterialistas y luchamos contra el materialismo entendido como filosofía y como actitud ante la vida. Pero, en el plano social, .discriminamos rigurosamente entre esa concepción y la lucha auténtica y necesaria de todos los hombres por sus derechos económicos, porque creemos que nadie tiene derecho a tildar de sensual a la clase obrera porque pide un aumento de salario o una mejora de índole material, sin advertir que la misma clase empleadora que niega esas mejoras es, a su vez, sensualista y materialista.
—¿Quiere decir eso que el radicalismo, y usted en particular, apoyan decididamente las conquistas obreras?
Larralde se inclina hacia adelante:
—Decidida y totalmente —afirma sin vacilar—, pero promoviendo un desarrollo mayor, a fin de que los trabajadores de toda índole logren su seguridad económica y el ensanchamiento de su libertad, a la vez que el afianzamiento de los conceptos morales como inseparables de la organización de la familia y del Estado.
—¿Y sobre el tema tan discutido del imperialismo y los pactos internacionales?
—Nuestra posición es terminante —nos dice—. Defendemos nuestra soberanía política y nuestra personalidad internacional, luchando contra toda clase de imperialismos y rehusando nuestra adhesión a pactos que nos llevan a la guerra y nos convierten en elementos pasivos frente a las indeclinables obligaciones que tenemos de decidir sobre nuestro destino. Vuelvo a repetir —insiste Larralde—. Estoy expresamente definido como adversarlo del comunismo y de sus planes de captación mundial, que se realizan siempre sobre la liquidación de las soberanías y sobre la anulación del individuo.

Capital y trabajo: los elementos dialécticos
—No creemos ni utilizamos la declamación anticapitalista —continúa nuestro interlocutor—; pero si nos definimos contra los excesos del capital estatal o privado. Para mi, el capitalismo no es un engendro del diablo ni un producto de alquimia. Es un sistema devenido de procesos económicos, de hechos políticos y sociales y de descubrimientos de todo orden ya establecidos con precisión por la historia. Hoy, en estos momentos, todos sentimos que son los hombres, los Individuos, y no el dinero ni el privilegio del nacimiento ni la fuerza ni los Estados totalitarios, los verdaderos protagonistas y los señores indiscutibles de la vida. Nuestro ideal, por lo tanto, consiste en mantener intactos la libertad, el derecho de autodecisión y la iniciativa privada, en la medida en que sostenemos que nada hay fuera de la libertad y nada se puede dar sin ella. En absoluto. Renegamos, correlativamente, de los regímenes dictatoriales, donde no hay nada más que un término activo y otro pasivo: el llamado conductor y la masa obediente que jamás llega a tener opinión ni a formar conciencia. Sólo en las democracias existe una opinión pública, una conciencia nacional.

Las mayorías y las minorías: la otra pareja dialéctica
Larralde se pasa lenta y minuciosamente el pañuelo por el cuello; un fugaz comentario sobre el tiempo se impone abriendo un breve paréntesis, pero nuevamente las ideas parecen amontonarse en su frente:
—Respecto del problema de las mayorías y de las minorías, quisiera aclarar que, si bien las primeras son las fuerzas responsables del gobierno, en ningún momento exhiben mejor la dignidad de su pensamiento y la legitimidad de su fuerza que cuando respetan el ejercicio del derecho de las minorías, que son también fuerzas constructivas. En los países democráticos —aquellos que no tienen un partido único—, la voluntad popular posibilita el tumo de los partidos políticos en el ejercicio del poder público. Por lo tanto, los hombres de gobierno deben comprende lo accidental de su función y lo inútil que resulta, a la larga, la imposición de las llamadas "doctrinas nacionales”, que no perduran sino lo que el propio régimen que las proclama. Alguna vez lo he dicho: las piedras del tiempo muelen a los hombres, hacen polvo a los partidos, y de las montañas de polvo de palabras y gestos, el cernidor de la historia salva como sustancia inmortal el paso adelante, la conquista, que es, siempre, siempre —reitera nuestro huésped—, la obra de todos. Hasta de los que la negaron.

Definición del radicalismo
El tiempo ha corrido rápidamente y ya un ancho rayo de sol se dibuja sobre el piso del escritorio, pero Crisólogo Larralde quiere dejar bien aclarada la posición doctrinaria del radicalismo:
—De nada vale la oposición sistemática —dentro del ámbito argentino— el antiperonismo. Los radicales no somos anti de nada ni de nadie. Estamos seguros de ser una fuerza doctrinaria, moral y humana, afirmativa y progresista, preocupada en estos momentos, más que por ganar elecciones, por prepararse a servir en función de partido nacional cuando suene la hora argentina que el destino nos señale como nuestra. No trabajamos para hoy ni tenemos la panacea en nuestras manos, pero venimos luchando desde 1891 —concluye el candidato radical a la Vicepresidencia, poniéndose de pie para dar por terminada nuestra entrevista—, y queremos combatir, aun en las penosas condiciones actuales, para merecer el futuro y sentir que en la aventura del hombre jamás hemos dejado de empujar con nuestro corazón, con nuestra solidaridad, adelante, siempre sin odios.
David VIÑAS
Revista Esto Es
16.03.1954

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