Mágicas Ruinas
crónicas del siglo pasado
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| CRISIS DE ACTORES: TODO PARA VENDER A principios de octubre, un clima de zozobra impregnaba ya reuniones y ensayos. Los contratos que habitualmente suscriben en esta época canales de televisión y actores, no habían comprometido formalmente para el año próximo más que a un equipo completo: Gente de Teatro. Por lo demás, el gremio entero parecía tropezar con una crisis económica tan generalizada como la de un ayer menos remoto que olvidado. Treinta y tres actores, cuatro ejecutivos (uno por cada canal de Buenos Aires), siete miembros del personal administrativo de la Asociación Argentina de Actores, su presidente, su secretario general y su asesor legal, esbozaron durante dos semanas ante Panorama una reseña social-económica de la crisis. A partir de estas investigaciones, es posible imaginar una clasificación de las características y deterioros en la relación televisión - actores, que condujeron a la debacle. DIECINUEVE AÑOS DESPUES. Una industria cinematográfica francamente agónica, la ausencia casi total de verdaderos empresarios teatrales y la desaparición masiva de los radioteatros, parecen colocar a la inmensa mayoría de los actores en directa dependencia de una fuente de trabajo única: la televisión. Diez años después de la instalación de Canal 7, un puñado de cubanos importa “el negocio" (Canal 13 - Proartel), impecablemente armado a niveles de eficacia empresaria. Es entonces cuando el medio comienza a absorber, poco a poco, el interés de los actores. El teleteatro, una aventura que el Adelantado Fernando Heredia ensayó tempranamente en la emisora estatal, estiró en interminables "tiras” sus primitivas historias de una semana de duración, relegando paulatinamente el interés de las añejas seriales, más económicas. Desde entonces, una marea de cursilería extendida entre las dos y las siete de la tarde, dilatándose con más audacia o más talento hacia la noche, conchabó los esfuerzos de grupos cada vez más numerosos de intérpretes llegados de otros medios o inventados exclusivamente para la pantalla chica. Los picos del género en la tarde, Simplemente María o Nuestra galleguita, campeonas de audiencia y extensión, culminaron un proceso que en ese mismo momento, después de haber alcanzado 30 puntos de rating y cuatro años de lacrimógena continuidad, comenzó a deteriorarse. ACUMULACIONES PELIGROSAS. “En todo el mundo el proceso ha sido exactamente el mismo”, clama Juan Pallí, vicepresidente de Proartel. Y blandiendo un enorme gráfico, en el que figuran los sinuosos procesos del rating, reconoce: “Naturalmente, la curva ascendente de audiencia se ha detenido; pero esto era previsible. En cambio, es la retracción publicitaria la que afecta directamente al negocio”. No sólo directa sino también trágicamente: "El 30 por ciento de incremento en las ventas, que nuestra empresa consideró como la más pesimista posibilidad con la cual planificar nuestros movimientos del año en curso, no sólo no ha sido cubierto a esta altura del ejercicio, sino que ya derivamos nuestra esperanza a cubrir, trabajosamente, los promedios del año anterior”. Pero las empresas no han sido hechas para perder ni para mantener estático su ritmo de ganancias. La consecuencia más obvia en pos de aventar tales posibilidades es ahorrar en las inversiones. “Si antes se contrataba a equipos enteros para cada teleteatro, ahora sólo se compromete a la pareja protagónica. Pero eso no significa una real merma de trabajo para actores —imagina Pallí—; tan sólo, quizá, otro tipo de relación con la empresa.” En efecto. Hasta el año último, los contratos mensuales (o trimestrales renovados automáticamente) por tiras o programas unitarios aseguraban (verbo insólito en la farándula) una retribución fija a cambio de una labor más o menos estable, durante 12 meses. Una pequeña clase media “artística”, nacida a expensas de esa relación, incorporó vivienda y auto al rubro de los sueños realizados y prefirió imaginar que nada cambia demasiado bajo el sol televisivo. En cambio, la primera sacudida seria del mercado marca un rumbo adverso a las economías del gremio actoral. El contrato que ligaba a Víctor Laplace, 25 (Un día en la muerte de Joe Egg) con el equipo de Una vida para amarte, acabó en septiembre pasado “y se limitaron a no renovarlos", explica con una sonrisa cansada. Por su parte, Víctor Fasari, 29, vivió una agonía más compleja en relación a Muchacha italiana viene a casarse. “Primero —enumera, agobiado— nos rebajaron el 20 por ciento del cachet, después nos exigían permanecer parados durante las 8 horas de grabación, protegiendo la Integridad de las sillas del decorado. Finalmente, echaron a Fernando Siro, nuestro productor, y ocho compañeros del elenco que trabajábamos sin contrato, decidimos solidarizarnos con él.'' Desde entonces, Fasari ya ha vendido su pequeño auto y el departamento en que vivía. Obviamente, este “nuevo tipo de relación con la empresa” arroja al gremio a una reconsideración de sus recursos económicos, que se trasforma, insensible, significativamente, en revisión de sus medios expresivos. En principio, los ejemplos más notorios de independencia frente al problema los brindan los equipos de trabajo (como Gente de Teatro) prestigiados por una labor marginada del resto de la adocenada producción televisiva. Claro que nadie ignora las dificultades de la receta. Además de exigir talento, el tipo de éxito logrado por los integrantes del “clan Stivel” demandó, en su hora, renunciamientos y riesgos económicos considerables. En 1967 Federico Luppi, galán famoso de Cuatro hombres para Eva, cobra un cachet mensual de 150 mil pesos de entonces. En ese mismo año renuncia a continuar en el elenco seleccionado por Nené Cas-callar, para trasladarse al staff de Gente de Teatro. Tres años después, los casi míticos fulgores de Cosa juzgada (un programa que cuesta a Canal 11 dos millones de pesos viejos por emisión) lo gratifican por mes con unos cuatro mil pesos de ahora. Menos, sin duda, de lo que permitiría suponer tanto prestigio. TENTACIONES DEL EXCESO. Los decadentes fervores del teleteatro consiguieron, sin embargo, la adhesión de actores de todos los niveles. Atraídos por el canto de sirena de un status que sólo el trabajo televisivo podía proporcionarles (cuando no por razones más exquisitas, pero igualmente mejor remuneradas que en otros medios), llegaron y se quedaron; o huyeron, abrumados. Entre los primeros, Ignacio Quirós, 39, que trabaja ininterrumpidamente en TV desde hace 10 años, confiesa que durante el último lustro su cachet se incrementó anualmente en un 20 por ciento, hasta arribar a su cotización actual: 4.800 nuevos pesos al mes, por dos programas semanales. Claro que, en este momento, uno de esos dos programas es el que comparte con el Grupo de los 6, "el proyecto de trabajo más gratificante que he realizado en televisión”, mientras a sus ingresos se suman los 3 mil que destila por mes su actuación en Esta noche no, querida, en el Ateneo. Con Quirós, Alberto Argibay, Oscar Ferrigno y el ubicuo Luis Brandoni, junto al autor Osvaldo Dragún y el director Alberto Rinaldi, participan de una experiencia inusitada. Fueron convocados por Alejandro Romay para formar el equipo al que el sumo sacerdote de Canal 9 responsabilizó totalmente por ‘‘la creación del programa que quieran hacer”. Entre los que prefirieron abstenerse de los goces económicos proporcionados por la cuota vespertina de lágrimas José María Gutiérrez, 48, es terminante: ‘‘Yo no hago tiras; no puedo, aunque quiera, decir esas cosas”. En 1969 decidido a “ser razonable y no morirme de hambre”, aceptó un papel especial que lo comprometía a una sola aparición por semana en Mini, el ángel del barrio. Terminado su contrato de un mes, no tuvo fuerzas para renovarlo. Aunque, gracias a esas soberbias, en lo que va del año ha ganado 2 mil pesos nuevos por un par de protagonistas vertidos en el Teatro universal del Canal 7, y aunque su participación en las Historias de no creer, que emite el 11, promete gratificarlo con la cuarta parte de lo que le ofrecería una tira, Gutiérrez no se imagina por eso heroico.. Tampoco se solaza con la crisis que amenaza empobrecer a sus compañeros más transigentes. Prefiere explicarla en términos sociológicos: “¿Cómo podría pretenderse un nivel económico aceptable para una superestructura que se ocupa supuestamente del arte, cuando ese nivel no alcanza a cubrir las necesidades mínimas de una infraestructura educacional?”, se escandaliza, arqueando infinitamente las cejas mefistofélicas. Además de los coros ejecutivos a nivel empresario, insistentes en que la decadencia del teleteatro no es más que un problema de ciclos en el gusto del público, existen otras precisiones para enfocar el fenómeno. “Como en radio, la grabación de las historias impone al espectador una lejanía, otro engaño, que lo decepcionan rápidamente. Por otra parte —puntualiza, inmenso, preciso, implacable, el secretario general de la Asociación Argentina de Actores, Carlos Alberto Carella—, los autores repiten sus fórmulas y los actores sus gestos, deteriorados por el mismo cansancio; es imposible prodigarse sin correr ese peligro. En Inglaterra —enfatiza—, un actor Considera colmada su participación en el medio cuando cumple cuatro meses de trabajo anual. Claro que allí gana, por ese lapso, como para solventar una vida decorosa el resto del año. Pero esos cuidados, naturalmente, debe tenerlos el actor. Las empresas, en todo caso, se limitan a cambiar una cara cuando se gasta demasiado.” No es extraño que un protagonista riegue de “machetes" (resabio de las pruebas escritas escolares) el camino de su personaje en cámara, cuando no ha aprendido el papel. Pocos saben, sin embargo, que la Asociación ha intentado, reiteradamente, encontrar la cláusula que obligue a los autores o a la empresa a entregar los libretos con suficiente anticipación como para ser estudiados; y a hacer, además, mayor cantidad de ensayos. El último convenio firmado por el gremio actoral en 1967, después de una huelga de 13 días, a fines del año anterior, no ha sido actualizado desde entonces en razón de la total intransigencia de ATA (Asociación de Teledifusoras Argentinas). Entretanto, nuevas recetas de doble filo son ensayadas en los últimos años. Los programas seudoperiodísticos, por ejemplo, de los que Jorge Salcedo, presidente de Actores, abomina. “Es imposible prestarse a esos manejos —se excita—. Los actores invitados aportan su prestigio y su rating para cobrar, en lugar del cachet que les corresponde, la tarifa fijada como mínima”. Y además de ser utilizados malamente, podría agregarse que colaboran en el mantenimiento de un estilo de programa que representa su abierta (y más barata) competencia. TODOS LOS FUEGOS, EL CAMINO. “La televisión no puede prescindir de los actores —reflexiona Sergio Renán—; el razonamiento opuesto, en cambio, sería posible.” Sin perder de vista esa realidad es obvio, sin embargo, que el panorama no parece demasiado alentador. Una disposición por la que la radiotelefonía oficial debía volver a emitir programas “en vivo” (en principio entorpecida por la falta de espacio vital que aqueja a las emisoras del Estado, hacinadas en un mismo edificio), fue finalmente burlada con la propagación de radioteatros grabados entre 1950 y 56, cintas por las que ya ningún actor percibe un centavo. Otras fuentes de recursos como la publicidad o el doblaje, no admiten coherentemente la defensa de una Asociación empeñada en señalar que “las producciones artísticas deben propagarse por los medios para los que han sido creadas”. Verbigracia, los largo-metrajes prodigados ahora por los canales, amenazan dos industrias: la cinematográfica y la televisiva. Las series merecen una objeción más implacable, ya que fomentan, sin duda, una suerte de “colonialismo cultural”. En definitiva, bregar por la participación de actores en medios no creativos, como publicidad, o incluso mortalmente competitivos para su tarea real, como las series dobladas, es un error al que ninguna crisis (real o digitada) podrá arrastrarlos con facilidad. En cambio, otras fantasías alimentan las esperanzas de los más lúcidos. "Es posible que la crisis, si es que existe, nos haga mucho bien. Trabajar menos puede también ser una elección muy sabia -—filosofa Cipe Lincovsky—, y recuperar otros medios de expresión es una necesidad, como la de valorar el trabajo en equipo.” El teatro, el cine, las giras, pero sobre todo la concentración de fuerzas paralelas, el sueño de fabricar en grupo un producto más sano y valedero que ofrecer al mercado en cualquiera de esos rubros, acaso resulten una buena apuesta para cambiar el signo de las cifras que regían, hasta hace muy poco, el destino de la mayoría de los actores argentinos (ver recuadro). "En todo caso —razona Norma Aleandro—, en tanto haya qué vender —un departamento grande, después uno chico, después el auto—, vale la pena intentar todo y no entregarse a la mediocridad mientras el pretexto no sea mucha hambre.” Hay ejemplos. A partir de otra crisis anterior, Duilio Marzio, singularmente ajeno al medio televisivo desde que, bajo su presidencia, la Asociación cumplió la implacable huelga del 66, ha vivido en los últimos cuatro años del teatro. Ahora, en gira junto a Lautaro Murúa con El sirviente, afirma haber "redescubierto los goces de la profesión. Los ensayos y las improvisaciones, el contacto con un público apasionado, compensan muy bien algunas vicisitudes económicas. Todo consiste —sonríe— en vencer el temor reverencial que suelen inspirar algunas fuentes de trabajo”. ♦ Aída Bortnik *.recuadro en la crónica.* Empresas: Cuatro formas de la cautela Un representante de cada canal capitalino reconoció, ante Panorama, aunque con diversas reservas, la existencia de una crisis (ya añeja a nivel empresario) y de un reajuste de cuentas en las reglas del juego. No fueron explícitos en cuanto a otros ahorros en diversos rubros (se sabe que sólo Canal 13 y Proartel habrían prescindido de unas 200 personas en diversas categorías no artísticas), pero alcanzaron, entre todos ellos, a esbozar un análisis revelador. Luis Pico Estrada (Canal 7). Naturalmente, no habrá tiras ni series este Canal. Pero sí toda la programación en vivo que podamos permitirnos, sobre todo emisiones periodístico-informativas. Hemos pedido a Sergio Renán que estudie la posibilidad de reducir al máximo su presupuesto ("Grandes Novelas”) y la manera de nacionalizar ese estilo. Sin duda, haremos con él otros programas, ya que su talento y su visión del medio son impecables. En cuanto a los teleteatros unitarios, la producción en sí es cara, pero están obvia y generalmente inflacionados, y esas desmesuras no coinciden con la realidad televisiva. Alejandro Romay (Canal 9). Aunque quisiéramos, y no es el caso, no podríamos prescindir de la programación en vivo; no estando ligados a ninguna compañía internacional, las ofertas de series y films que nos llegan, en general ya han pasado por dos selecciones. Aceptarlas sería colocarnos, automáticamente, en tercer lugar. Desde mediados de este año, en cambio, hemos logrado que Argentores reconsidere su política. Ahora los títulos de teleteatro no pertenecen a su primer autor, sino al Canal. Eso evitará las repeticiones inconcebibles, obvias en el trabajo de quien escribe dos o tres programas semanales durante meses y años. Planificamos entregar a 4 ó 5 autores la responsabilidad de cada ciclo, y confiamos en elevar así el nivel general. En cuanto al ahorro, si bien es verdad que exhibíamos seis tiras y ahora sólo tres, pensamos llegar a cinco teleteatros en la tarde. Las economías, fuera de contratar sólo a la pareja protagónica, se hacen en otros rubros. Rescindimos los 25 compromisos internacionales (Raquel Welch, Mina, Serrat, etcétera) que comprometían demasiados dólares. Además, en el futuro, repartiremos los papeles secundarios entre figuras de menos cartel. Todo es cuestión de evitar desafueros, pero sin llegar a la tragedia. Alfredo Scalise (Canal 11). Un talk-show de tres horas y media diarias (como "Matinée”) devora 5 millones, mientras que un teleteatro de 30 minutos insumía al Canal 3 millones y medio. Pero aunque el cambio parezca brusco, está lejos de serlo. Hace dos años que el negocio televisivo reestructura sus fórmulas, y es justo que así sea. Los gastos desaforados tenían más que ver con la inexperiencia que con la eficacia o el talento artístico o empresarial. En cuanto a los actores, no pensamos en absoluto disminuir su participación en nuestros ciclos. Más bien, la política sería repartir mejor el juego, dar acceso a gente que no trabajaba y no precisamente por falta de talento. Los que tengan ahora menos programas que en otras temporadas, ya han sido gratificados por el medio con una popularidad masiva, incluso mal invertida en algunos casos, con giras no siempre honestas. En cuanto a la economía del Canal, su salud es perfecta, entre otras cosas, porque nunca hemos sumergido a la empresa en competencias desorbitadas. Juan Pallí (Canal 13). La declinación de audiencia es la razonable a esta altura de la televisión en la Argentina. El problema, en realidad, no es de rating sino de finanzas. Los teleteatros (género del que no soy particularmente devoto) seguirán siendo cuatro por la tarde. La diferencia es que sólo contratamos a los protagonistas. Las demás medidas operativas contemplan dos aspectos imprescindibles: son efectivas y efectistas. Hay una racionalización de las funciones y un contralor más severo de tiempo humano y materiales. Compramos pelucas en lugar de alquilarlas, desarmamos escenografías para ahorrar madera y no contratamos ya gente ni espectáculos con el solo objeto de que no los tenga la competencia. Eso es todo. ♦ Panorama, 3/11/1970 |
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