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La historia en las calles
Avenida Virrey Vértiz
JOSE LUIS LANUSA
La avenida Vértiz fué la que durante muchos años condujo, a través de
Palermo, al Hipódromo Nacional a los aficionados a las carreras. Tal
vez esta circunstancia no le hubiera disgustado al espíritu de Vértiz,
ya que él fué gobernante amigo de las diversiones populares; fué el
que inauguró (con gran escándalo de algunos puritanos) los bailes de
máscaras de la Ranchería, y después el teatro; y el que trajo la
imprenta a Buenos Aires, e hizo alumbrar las calles y arboló el paseo
de la Alameda con ombúes y con sauces llorones.
Bien se merecía una avenida recordatoria este virrey progresista e
ilustrado, que tanto se preocupó por la comodidad, la cultura y la
felicidad de los porteños. Pero actualmente la avenida Vértiz ha
pasado a llamarse Avenida Libertador General San Martín; a Vértiz
apenas le ha quedado un breve tramo en Belgrano, en las inmediaciones
de las barrancas.
Quede para los ediles la consideración de si Vértiz merece o no una
recordación más ostensible. Los habitantes de Buenos Aires
mantendremos de él —de todos modos— un recuerdo mezclado de
agradecimiento. Vicente Fidel López, al ocuparse de Vértiz en su
Historia de la República Argentina, sugiere (fue el lugar donde
existió el paseo de la Alameda. que entonces se llamaba Paseo de Julio
y ahora avenida Leandro N. Alem, debía ostentar el nombre (y una
estatua) del hombre que tanto hizo por nuestro progreso edilicio. Por
ahora el que fuera conocido popularmente corro virrey de las
luminarias deberá contentarse con las breves cuadras de Belgrano,
mezcladas con otras calles que evocan a virreyes de menor
significación.
Hay que recordar también que Vértiz fué americano. Había nacido en
Mérida de Yucatán, en México. Siguió la carrera de las armas en
España. Fué un hombre típico del siglo de las luces, como se llamó al
siglo décimo-octavo, y amigo de Carlos III, el monarca progresista que
auspició numerosas reformas liberales. Es claro que su conducta
escandalizó a los reaccionarios de entonces y sigue escandalizando a
los reaccionarios de hoy (los que todavía admiran a Felipe II y en su
defecto se quedan con Juan Manuel de Rosas o con cualquier otro
dictador). Tanto peor para los reaccionarios.
Vértiz permaneció en nuestros pagos cerca de quince años. Llegó a
Buenos Aires en 1768. cuando contaba unos cuarenta y nueve años de
edad. Venía con el titulo de inspector general de las tropas del Río
de la Plata. En 1770 pasó a ocupar el cargo de gobernador. Fué el
último gobernador de Buenos Aires y (después de creado el virreinato)
el segundo virrey, como gobernador —de 1770 a 1777— desplegó una
intensa actividad edilicia. Obligó a los vecinos a alumbrar sus calles
y negocios con candiles. Se ocupó de la instrucción pública
estableciendo lo que se llamó reales estudios y el Real Colegio
Convictorio Carolino, en locales que habían pertenecido a los jesuitas
antes de su expulsión. Frente a los reales estudios puso al canónigo
Juan Baltasar Maciel, uno de los personajes más ilustrados de nuestra
época colonial. Vértiz fué un gobernante que supo rodearse de gente
ilustrada, y valorarla. Muchas de sus iniciativas progresistas fue
ron, indudablemente, el fruto de esta colaboración. Su obra —que hoy
llamaríamos obra social— se completa con su preocupación por la
moralidad pública: fundó (en otro edificio vacante por la expulsión de
los jesuítas) una Casa de Recogidas, regida por una abadesa.
Si fomentó los bailes, fué sin duda porque los creyó un medio de
diversión honesto y una escuela de sociabilidad. (También Sarmiento se
preocupó por las diversiones públicas y fomentó las reuniones de
baile). Los bailes de la Ranchería (funcionaban en la esquina de Perú
y Alsina) dieron un tono amable y alegre a esta ciudad chata que se
empecinaba en el atraso y en la Insociabilidad. Merecieron críticas,
como es natural, y el gobernador se vió envuelto en ruidosas polémicas
con algunos personajes eclesiásticos.
Por esos años —1777— se instauró el Virreinato del Río de la Plata.
Buenos Aires pasaba a ser la sede del representante directo del Fuego
y las Malvinas y desde el lago Titicaca hasta la Tierra del Fuego y
Las Malvinas y desde la cordillera hasta el Paraguay y el Uruguay.
Buenos Aires empezaba a tener humos de gran ciudad y fué Vértiz, sin
duda, el que más contribuyó a su engrandecimiento.
Después del breve virreinato de Cevallos, Vértiz volvió a ser la
primera autoridad del Río de la Plata. Su esfera de acción se expandía
enormemente: debía ocuparse de establecer poblaciones en la Patagonia,
de contener a las indias del Chaco, de vigilar los establecimientos de
las Malvinas. .. Pero no dejó de preocuparse por la ciudad de su
residencia. Mandó levantar un censo, que dió para Buenos Aires la
cantidad de 30.000 habitantes. Inauguró la Casa de Niños Expósitos,
obra de indispensable asistencia social, y un Asilo de Mendigos. Se
ocupó de la nivelación y adoquinado de las calles, embelleció el paseo
de la Alameda y volvió a auspiciar representaciones teatrales en el
Teatro de la Ranchería. Proyectó la creación de la Universidad, que no
pudo inaugurarse durante su mandato, y trajo por primera vez a Buenos
Aires los beneficios de la imprenta.
Esta primera instalación ,de la imprenta en nuestra ciudad merece un
recuerdo más detenido. Los trabajos de la imprenta iban a servir para
sostener la casa que hospedaba a los niños abandonados. Pero había que
encontrar la imprenta. Vértiz se enteró de que existía una en el
colegio que había sido de los jesuítas en Córdoba. Pero los jesuítas
habían sido expulsados en (1767 y la imprenta había quedado arrumbada
en un sótano del colegio, ahora en manos de los franciscanos. Vértiz
la mandó pedir, encargando al (rector que se la cediese a buen precio
“en concepto a que no se sirve de ella y al bien común para el que se
solicita”. La imprenta llegó en una carreta de bueyes. Fué
recompuesta. (Costó más la compostura que la compra). Pero faltaban
obreros que supieran manejarla. Vértiz mandó ci. ciliares a todas las
provincias del virreinato pidiendo un obrero idóneo en trabajos de
impresión. Por fortuna le avisaron de Montevideo que allí había un
andaluz que estaba ocupando plaza de soldado en el batallón del Fijo y
que decía haber aprendido él oficio en una imprenta de Cádiz. Estaba
dispuesto a pasar a Buenos Aires y se “comprometía a cumplir los
deseos del señor virrey por el sólo gusto de besar sus pies”.
Vértiz recibió al andaluz con muestras de alegría. Lo presentó al
Cabildo, y como era mozo en edad de merecer, le propuso que se casara
con alguna de las huérfanas de la Casa de Niños Expósitos y a tal
efecto —cuenta López— mandó que se las presentaran todas para que
eligiera la que mejor le pareciese. El joven andaluz se negó a elegir
por sí mismo y defirió esa preferencia en el virrey, que al fin tuvo
que complacer a su favorito, uniéndolo a la que le pareció más
cumplida por su belleza, su ingenio y su natural virtud, viniendo a
constituirse sobre este honesto y meritorio cimiento una familia
distinguida de Buenos Aires”.
De aquella imprenta abandonada por los jesuítas y manejada por un
andaluz tímido nació la prensa de Buenos Aires. Sus utilidades estaban
destinadas al sostenimiento de los niños expósitos. Sus orígenes
fueron humildes. Imprimió documentos del gobierno, novenas, cartillas.
Después, ya a principios del siglo siguiente, salieron de ella
nuestros primeros periódicos. Ella es la madre del periodismo porteño
y preside en el recuerdo a todas las publicaciones que hoy esclarecen
o enturbian la mente de los argentinos.
Revista Mundo Argentino
14/12/1955
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