Mágicas Ruinas
crónicas del siglo pasado

alberto olmedo rucucu

Señor Olmedo, ¿qué quiere decir Rucucú?

"Apenas le queda un año de vida, quizá muera en el verano próximo". Alberto Olmedo (34), convertido súbitamente en el boom humorístico de 1969, se refería a la cercana agonía de su Rucucú o Ruqueta, como bautizó al hombrecito de bigotes, galera y levita, que enciende el detonante de un humor imprevisible cuando canal 9 de Buenos Aires lo pone en el aire todos los viernes a las 8 y media de la noche, en el programa El botón.
La personificación de esa vertiginosa marioneta humana, a veces chaplinesca, pero casi siempre al margen de toda escuela cómica, lo ha colocado definitivamente en la cima de la hilaridad porteña. Sin embargo, esta especie de bufo mayor de Buenos Aires no parvee asombrarse por su ascendente fama “A mi no me digan que este es mi mejor momento —interpreta—; yo soy capaz de tener muchos buenos momentos, porque acepto la caída y me siento en condiciones de levantarme varias veces". Quienes lo conocen confirman este despliegue de vanidad Su vida, en cambio, no parece demostrar lo mismo: desde 1956 Olmedo transita el progresivo sendero de la fama; un camino desbrozado, sin altibajos, que él mismo sintetiza de esta manera: "Tenia un cómico dentro de mi cuerpo y mucha suerte por afuera".
Quizás la suerte so redujo a rescatar al cómico de adentro y presentarlo sorpresivamente en publico la noche del 31 de diciembre do 1956 ante los directivos del entonces incipiente canal 7. "No sé, me saltó de repente —recuerda—. Estábamos festejando fin de año en uno de los estudios; yo era técnico del canal. De pronto, uno de los invitados comenzó a trompearse con otro se armó un alboroto bárbaro. Para apaciguar los ánimos y en medio de la batahola me subí a una silla y empecé a decir un sarta de pavadas que primero causaron estupor y luego carcajada corrida".
Aquél fue el imprevisible comienzo de Olmedo, el nacimiento de un cómico que durante ocho años había permanecido en el trajinado anónimo de los gabinetes técnicos como switcher. "Frente a un enorme tablero cubierto de botones y con los ojos puestos en ocho grandes monitorees, daba las señales para que las cámaras salieran al aire. A pesar de aquel sufrimiento, yo sabía que algún día iba a dar el gran golpe cómico."

LA GRAN ILUSION
"Fue como un shock, aquélla había sido la más grande trasformación que viví". Olmedo no se refiere a su primera humorada exitosa, sino a su ingreso en el staff técnico de canal 7, "No era para menos —memora—, venía de Rosario, donde todavía no existía ni el menor indicio de la televisión, y de pronto me veo manejando botones, ordenando a los camarógrafos, viviendo un mundo que me parecía mágico”. Sin embargo, no se había costeado el viaje hasta Buenos Aires sólo para terminar con un par de auriculares en las orejas.
“En Rosario siempre anduve lamiendo el escenario; unas veces como integrante de la claque del teatro Comedia; otras, pasándole la escoba a los pasillos, después de cada función”. Aquella proximidad con el mundillo del espectáculo le hacía acunar delirios y fantasías de actor, que pronto se irían trasformando en un libreto de vida. “Mi pasión por aparecer en público me llevó a integrar un equipo de acróbatas que hacía sus exhibiciones en el club Newell's Old Boys”. Fue su primer acercamiento al aplauso, pero, por supuesto, no le bastó. “Necesitaba más, mucho más. Con unos amigos formamos una troupe de humor, que el Centro Asturiano de Rosario contrató con exclusividad. Aquel grupo se desarticuló; uno de sus miembros se hizo empresario, otro ejecutivo, el tercero industrial. Barcia, el más cómico de todos, prefirió la desocupación crónica, y yo me vine para Buenos Aires a conquistarla, aunque parezca una frase hecha”.
Cuando bajé del tren, una ambiciosa idea revoloteaba en su cabeza: "A este monstruo hay que agarrarlo de a poquito —reflexionaba—; empezaré haciendo de boy (bailarines de segundo orden en alguna compañía de revistas)”. Sin embargo, el azar planteó una alternativa distinta. “Pancho Guerrero, que ya era director de televisión (y, para mi suerte, también rosarino), sabiendo que andaba tumbado, me tiró lo que, en principio, me pareció una changa, pero luego resultó ser el complicado trabajo de switcher. Pancho tuvo que mentir: dijo en el canal que yo era un experto en la materia, y juro que hasta entonces ni siquiera había visto un televisor en mi vida”.
De todas maneras, A. O. aprendió rápidamente a vociferar órdenes y oprimir botones- “No sé de dónde saqué tanto interés por dominar un oficio técnico; creo que ahí comprendí que el hombre se adecúa a las situaciones, de acuerdo a cómo le pique el bagre”. Olmedo no quería volver a padecer las angustias económicas que lo visitaban cotidianamente en su melancólica habitación de bohemio en Rosario. "Por eso, y a pesar de que ya tenía un contrato artístico, después de aquella cena de fin de año no largué el trabajo de switcher hasta que la pegué con el Capitán Piluso”.

DE CAPITAN A RUQUETA
La semana pasada olmedo admitió ante SIETE DIAS: “No cabe la menor duda: nadie me ayudó tanto como los pibes”; una opinión que refresca los años en que el Capitán Piluso alborotaba a una densa teleplatea de niños, asomándose al televisor para enfrentarse “a los malditos forajidos”, según el latiguillo usado por el héroe de la historieta.
“Fue por 1959 —precisa A. O.—; entonces, ninguno de los monstruos sagrados del humor quería hacer televisión. El canal 9 me ofreció un espacio de cinco minutos; se trataba de un micro humorístico para chicos. Casi inmediatamente llevaron el programa a media hora de duración y después a una hora; fue un boom, Piluso fue un boom”, repite nostálgico, aunque las aventuras del estrafalario personaje ahora vuelven a difundirse por el mismo canal.
La melancolía que exhala al recordar su primer gran éxito no se eclipsa cuando refiere el impacto que provoca Ruqueta; ni siquiera tambalea ante los brillantes y exitosos cinco años de supervivencia del ciclo Operación Ja Ja. A través de este programa —precisamente— se convirtió en cómico para adultos y tomó contacto con el clan de los hermanos Gerardo y Hugo Sofovich, en el que actualmente milita. “Éramos un grupo sensacional: Marcos Zucker, Fidel Pintos, Juan Carlos Altavista, todos los que hacíamos Operación formábamos una pandilla ideal; hubiera querido seguir con ellos en La Baranda, porque somos buenos actores y amigos; hasta habíamos grabado dos programas, pero no llegamos a ningún acuerdo con los directivos de canal 11, y aquí estoy. .. ¡rucuqueta!", exclama riendo, mientras abre sus manos en el aire.

EL MECANISMO DEL HUMOR
Basta con observarlo en los intervalos de la grabación del tape para descubrir el verdadero resorte de su comicidad. En esos descansos, Olmedo acostumbra jaranear con sus viejos compinches, los cameramen, iluminadores y técnicos. Es posible que, entonces, pergeñe las ideas que luego pondrá en cámara. "No puedo alejarme de esa muchachada por dos razones —explica—: porque les guardo mucho cariño, y porque ellos son la médula de mi humor. No hace falta demasiada atención para advertir que todo lo que hago es jugar con las lentes, los cables y cuanto aparato encuentre en el estudio. Para mi. cada una de esas cosas son personajes vivos, los siento como si fueran mis partenaires. Este criterio, seguramente, me viene de la época en que era switcher; ahí aprendí a humanizar a los aparatos, y cuando digo rucucú y lanzo mi mano contra la cámara, yo conozco la sensación del telespectador; para algo me pasé años frente a un monitor. Otras veces, y en plena grabación del programa, me escondo a los ojos del cameraman, obligándolo a que me busque con su cámara, o si no enredo los cables que andan por el suelo, creando situaciones imprevistas, que suelen concluir, o no, en exitosos gags". Todo esto, por supuesto, lo define como un cómico exclusivamente televisivo; algo que él no trata de ocultar: "Hice cine y teatro, pero no pasó nada; mi medio es la televisión; ahí me la rebusco gesticulando porque, en realidad, todavía no aprendí a tener buena dicción: ni siquiera puedo evitar comerme las eses, como buen rosarino que soy".
Ruqueta Olmedo quizá tenga un único y gran mérito: demistificar, con humor, lo que se ha dado en llamar “la magia del octavo arte”; él simboliza una suerte de hilarante tábano sobre el cada vez menos solemne lomo de la televisión argentina. Pero, además, guarda una secreta y sincera convicción: "No tengo, ni quiero modelos de cómicos para imitar; sé que soy bastante personal y que, a la larga, no faltará quien trate de copiar mi estilo". ■
Revista Siete Días Ilustrados
2/6/1969

alberto olmedo rucucu

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