Mágicas Ruinas
crónicas del siglo pasado

viaje a la luna
Lo que se opone aún al viaje a la Luna
por FELICIEN DROUARD
El profano, enterado ya de las interpretaciones exclusivamente estratégicas del problema, quiere conocer su importancia práctica. También se le dice, aquí, “para qué sirve” un satélite artificial.

La reciente tentativa de Estados Unidos de enviar un cohete a la Luna, que resultó un fracaso, despertó de nuevo el interés público por la conquista espacial. Pero, ¿para qué sirven los satélites artificiales y los viajes interplanetarios?
Empecemos recordando algunas leyes elementales que rigen los satélites y los vuelos a través del espacio. Se sabe que una piedra irá tanto más lejos cuanto sea lanzada con más fuerza. Imaginemos que nuestra fuerza pueda multiplicarse de forma tan fantástica que logremos lanzar esta piedra a una velocidad de 25.000 kilómetros por hora. Recorrería una distancia enorme y, sin esfuerzo, podría atravesar el Atlántico antes de que la fuerza de la gravedad la hiciese caer. Imaginemos ahora que logramos lanzar esta piedra a una velocidad todavía mayor, es decir, a 30.000 kilómetros por hora. ¿Qué ocurriría? Una vez más atravesaría el océano, pero iría mucho más lejos que en el caso anterior. Podemos decir que sobrepasaría la Tierra y no volvería a caer antes de llegar a su punto de partida. En nuestro ejemplo teórico no se ha tenido en cuenta ninguna resistencia atmosférica que amortiguase la piedra antes de su caída: continuaría, pues, dando vueltas con la velocidad inicial, 30.000 kilómetros por hora, hasta volver al punto de partida.
Daría, pues, otra vuelta a la Tierra. Su arco, ligeramente curvado, seguiría la forma del Globo o, como dicen los científicos, permanecería en su órbita indefinidamente.
Pero la Tierra tiene atmósfera. Ninguna piedra —ni ningún satélite— puede lanzarse y dar vuelta a la Tierra a la altura de un árbol. Se quiere decir que los satélites deben pasar la resistencia atmosférica. La ausencia de la resistencia atmosférica y 'la velocidad son lo que permite la evolución de los satélites.
Parecerá curioso que el peso o la masa de un satélite no tenga ninguna relación con su órbita. Si una pluma se separase de un satélite de diez toneladas estando situado fuera de la gravedad del aire, permanecería junto al satélite siguiendo el mismo camino.
Sin embargo, existe una ligera huella de la atmósfera inclusive a algunos centenares de kilómetros de la Tierra, y esta huella haría que cayese antes la pluma que el satélite. Esta resistencia atmosférica, por débil que parezca, ha condenado a los satélites, hasta el presente, a un fin cierto.
Más allá de estos centenares de kilómetros, las huellas- de la atmósfera desaparecen tan rápidamente que los satélites del futuro podrán vivir durante millares de años y hasta es posible que indefinidamente.
Cuando mayor sea la altura a que es lanzado un satélite, es menos necesario que su velocidad sea grande para que pueda permanecer en su órbita una vez se ha situado en ella. (La velocidad de la Luna, por ejemplo, no es muy superior a los 3.000 kilómetros por hora.)
Pero cuanto más lejana sea la órbita en que se quiere situar un satélite, tanto mayor debe ser la velocidad inicial y, consiguientemente también, el gasto de energía.

Velocidad de evasión
Para colocar en órbita un satélite que pese entre 500 kilogramos y una tonelada es necesario un proyectil cuyo primer cuerpo posea un motor de una fuerza que se calcula entre las 200.000 y las 400.000 libras. Estos proyectiles ya existen.
El lanzamiento de satélites exige en la actualidad proyectiles cuyo peso sea unas mil veces superior al mismo satélite. Pero esta proporción podrá disminuir hasta cincuenta o cien veces gracias a los nuevos combustibles.
Si se quiere lanzar no un satélite, sino un verdadero vehículo del espacio, capaz de alcanzar la Luna, será necesario un proyectil de lanzamiento con una carga útil mucho mayor. Su último cuerpo debe poder alcanzar una velocidad de 40.000 kilómetros por hora. Esta velocidad, llamada “velocidad de evasión”, es la necesaria para que pueda escapar a la fuerza de gravedad de la Tierra. Esta velocidad es asimismo necesaria para la utilización mínima de carburante.

Las tres dificultades
Tres clases de dificultades ofrece la exploración de la Luna. Consiste la primera en enviar un proyectil del que cabe esperar únicamente que se pose violentamente en su superficie o que dé vueltas a su alrededor. La segunda dificultad consiste en lograr un aterrizaje sin violencia. Finalmente, logrado el correcto aterrizaje, queda el problema más difícil: el viaje de regreso a la Tierra.
En el primer caso, el proyectil puede ser muy parecido a un satélite. Para lograr el aterrizaje correcto será necesario idear un sistema de frenos, ya que como no existe atmósfera en la Luna no se puede producir de otra manera la paralización del artefacto.
Para lograr la tercera meta —el viaje de ida y vuelta Tierra-Luna-Tierra— será preciso añadir otros proyectiles que permitan salir de La Luna.
Para que un hombre llegue a la Luna, y vuelva sano y salvo a la Tierra, será preciso un proyectil de extraordinaria fuerza, que se calcula del orden de dos millones de libras.
Afortunadamente, para explorar la Luna y sus planetas más próximos no es necesario que hagan el viaje los hombres ni es necesario el retorno de los instrumentos allí enviados.
Casi todo los que los hombres de ciencia quieren saber de los satélites y de los viajes a través del sistema solar puede ser detectado por instrumentos y desde allí transmitido a la Tierra. Esta transmisión es relativamente fácil, gradas a la existencia de material electrónico de pequeñas dimensiones y gran solidez.
El lector puede preguntarse después de estas noticias: El esfuerzo que significa este proyecto ¿resulta rentable? He aquí lo que esperan obtener algunos sabios, gracias a los satélites y a los proyectiles interplanetarios.
Utilidad de los satélites
Un satélite situado en órbita puede tener tres utilidades:
1) Puede guardar muestras del nuevo y extraño en que gira.
2) Puede "mirar” hacia la Tierra y verla como nunca fué vista.
3) Puede proyectarse hacia el universo y registrar datos que jamás se conocieron, debido a la existencia de la atmósfera.
El medio en que se desenvuelve un satélite no está vacía más que si se habla en términos terrestres. En realidad, este vacío es rico en energía, en radiaciones, y contiene un gran número de partículas que se desplazan rápidamente.
Por primera vez también los satélites nos podrán facilitar imágenes detalladas en tres dimensiones, de la gravedad terrestre y de su campo magnético. Por este medio podrán realizarse trascendentales experiencias destinadas a verificar determinados aspectos de las teorías de Einstein sobre la relatividad.
Un satélite orientado de la Luna a la Tierra permitirá grandes progresos en la meteorología y en la precisión del tiempo
Las estaciones meteorológicas terrestres y marítimas no pueden vigilar, en realidad, más que una décima parte de la atmósfera. Dos o tres satélites meteorológicos podrían controlar regularmente todas las nubes del Globo.
Otros instrumentos instalados en un satélite harían posible medir, por primera vez, la cantidad de energía solar que penetra en la atmósfera terrestre y su reflexión en el espacio a través de las nubes, los océanos, los continentes y las grandes extensiones polares.

La otra cara de la Luna
Cuando merced a los satélites las observaciones hagan grandes progresos, otros satélites provistos de otros instrumentos podrán “ocuparse” de la Luna. Este fué precisamente el propósito de la primera tentativa norteamericana al enviar un cohete lunar.
Las fotografías de la parte posterior de la Luna —su cara escondida— tal vez no tengan mucho interés, pero también es posible que revelen cosas insospechadas hasta el presente. Más interesante científicamente es saber si la Luna tiene o no tiene campo magnético. Teniendo en cuenta que nadie sabe por qué en la Tierra existe un campo magnético, averiguar si lo hay o no en la Luna ayudará posiblemente a resolver este misterio. Pero lo que más interesa a los hombres de ciencia sobre la Luna, hace referencia a sus orígenes y a su historia: ¿Estaba la Luna originalmente en estado de fusión? ¿Posee un medio fluido como la Tierra? ¿Cuál es la naturaleza de la superficie lunar?
La contestación a estas preguntas esclarecería no pocos misterios en torno del origen de la
Tierra y del sistema solar.

Los planetas vecinos
Los planetas más próximos a la Tierra son Marte y Venus. Sobre Marte se saben ya las cosas necesarias para suponer en este planeta la existencia de alguna forma de vida.
En cierto sentido enviar instrumentos científicos a Marte y a Venus será más fácil que lograr un aterrizaje perfecto en la Luna, debido a que estos dos planetas poseen una atmósfera que podrá frenar los proyectiles. De la misma manera se supone que estas atmósferas podrán sostener globos equipados de material meteorológico y fotográfico.
Estas expediciones científicas hacia la Luna y los planetas ocuparán la vida de los científicos durante algunas décadas. Pero llegará un día en que el hombre no podrá resistir la tentación de hacer el viaje. ¿Cuándo llegará este día? Acaso dentro de diez o veinte años. O también en el siglo próximo. Todo dependerá en gran medida de lo que se haga para ampliar y acelerar las investigaciones que están en curso.

Revista Mundo Argentino
17/09/1958
viaje a la luna

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