Mágicas Ruinas
crónicas del siglo pasado
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| La política es cosa de mujeres Hasta ahora se hablaba casi exclusivamente de hombres de Estado. Parece que habrá que empezar a referirse a mujeres de Estado. Primero en Asia, y después en Europa, el cursus honorum abre inesperados horizontes al sexo presuntamente débil. En la tarde del 19 de enero de este año, cuando el Presidente del Partido del Congreso (que tiene mayoría absoluta en el Parlamento indio) la proclamó Primer Ministro de la India, con 335 votos —contra 169 de Moraji Desai, ex ministro del gobierno Shastri—, Indira Gandhi lloró de alegría: algo que suelen hacer también los varones, cuando les toca esa deferencia. La señora Gandhi, hija del Pandit Nehru, tiene 48 años, es viuda, con dos hijos, y asume la complicada herencia de guiar a un pueblo de 450 millones de personas, de las que más de la mitad se muere de hambre y cuyas divisiones religiosas son resorte de constantes querellas, sin contar con el peso del coloso chino, en la frontera Nordeste, y la frágil paz con el Pakistán. Sin embargo, la señora Gandhi ha asumido sus tareas con la inteligencia y la sutileza que se le reconocen desde que, en la adolescencia, participaba de las actividades de su ilustre padre. El viaje que, a principios de este mes, hizo la Primer Ministro —única mujer que en este momento ostenta ese cargo en el mundo— a los Estados Unidos y Europa (Occidental y Oriental), le significó un triunfo personal más allá de lo imaginable, y un sólido refuerzo de la imagen de su país ante las grandes potencias. La crónica de su gira norteamericana comenzó, no obstante, con una desilusión: unos 2 mil habitantes de Washington se volcaron sobre Pennsylvania Avenue, a pesar de los mordiscos de un viento glacial, para saludar el paso de la señora Gandhi; la esperaron en vano, porque la oficina de protocolo del Departamento de Estado —con un flamante director, James D. Symington— olvidó difundir la novedad de que el desfile ceremonial se había cancelado. El “sari” y la pollera Pero ésta fue la única —y mínima— nube en la visita de Indira a USA. “Con simple dignidad y una vibrante y cálida sonrisa —recuerda el semanario Newsweek—, la Primer Ministro irradiaba un encanto tan refulgente como el de sus saris de seda.” En su honor se ofreció una de las fiestas más trepidantes de la temporada oficial de Washington: tras un concierto de violín por Isaac Stern, hubo un baile tan frenético que una sorprendida Lady Bird pudo descubrir una pollera abandonada debajo de un piano, en el vestíbulo de mármol. Aunque la señora Gandhi no bailó (“Mis compatriotas no lo aprobarían”, explicó), el Presidente Johnson lo hizo sin parar, hasta las dos de la madrugada, con damas de la oficina de prensa de la Casa Blanca, y con esposas de parlamentarios. Lyndon Johnson quedó de tal manera fascinado con la señora Gandhi, que le hizo el cumplido de prolongar en exceso la recepción previa al banquete, la noche siguiente, en la Embatada de la India. “La razón de que se lleve tan bien con LBJ —explicó un funcionario de la Presidencia— es que se parece a Lady Bird, pero habla como un hombre.” Fue precisamente esa fuerza que se esconde detrás de la gracia de Indira, lo que le ganó el respeto del Presidente Johnson. Una conversación entre ambos gobernantes, prevista para 45 minutos, duró casi una hora y media. Una fuente informativa cercana a esa reunión expresó admirativamente que “la señora Gandhi jugó con habilidad”. En lugar de hacer pedidos concretos a Johnson, la señora Gandhi empezó por impresionarlo con su apoyo al enfoque norteamericano de que el gobierno de Hanoi debería mostrarse más abierto a las propuestas de paz en el Vietnam; luego se manifestó más que encantada de urgir las reformas que los expertos norteamericanos proponen para la India. En el brindis del banquete de despedida, LBJ anunció los planes, valuados en 300 millones de dólares, de una fundación indo-norteamericana para luchar contra el analfabetismo, mejorar las técnicas agrícolas y promover intercambios estudiantiles. Después de conquistar a Washington, Indira voló a Nueva York, donde habló con el Club Económico y cautivó tanto al Gobernador del Estado, Nelson Rockefeller, que éste se deshizo en elogios: “Es encantadora, es única, es total”. Cuando Indira Gandhi trepó a un jet rumbo a Londres (y Moscú, lo cual fue discretamente oscurecido), un funcionario de la administración Johnson enunció: “Los resultados de esta visita de seis días podrán no sentirse en varios años, paro ha habido un comienzo”. Las siete inglesas Ese comienzo parecía muy sustancioso. Apenas la señora Gandhi se había alejado de Washington, el Presidente Johnson enviaba un mensaje al Congreso pidiéndole mil millones de dólares para aliviar el hambre en la India; hacia fines de la semana pasada, el Comité de Agricultura había endosado el pedido y despejado el campo para la aprobación final. Mientras tanto, la viajera —que previamente había deslumbrado con su lucidez y su elegancia al difícil general de Gaulle— fascinaba a Harold Wilson y hacía sonreír a los adustos jerarcas del Kremlin. Por fin, ceñida con una guirnalda de jazmines y claveles, sumergida en una marea de efusivos ministros, generales y diputados, la fatigada Indira logró llegar hasta los micrófonos que la aguardaban a su regreso en el aeródromo de Nueva Delhi: “Estoy contenta de haber vuelto”; y se la aplaudió. Una hora después, los médicos se muestran severos. La Primer Ministro ha abusado de sus fuerzas, debe descansar dos días enteros. Pero la popularidad de Indira sube a las cumbres, los diarios entonan unánimes loas a esta mujer que, según ellos, ha sabido evitar que su visita a los poderosos de este mundo tuviera un humillante aire de mendicidad. El golpe maestro ha sido, para un país tan celoso de su “tercerismo” como la India, el haber balanceado el peregrinaje a Washington con las etapas en París y Moscú; a punto que los Diputados comunista: indios, que fulminaron el proyecte del viaje a USA, no han tenido nada que reprochar a la gran dama, a su regreso. Mientras la señora Gandhi descansaba de sus fatigas, un grupo de señoras inglesas se aprestaba a cubrir cargos importantes en el nuevo gabinete de Wilson. Ahora, además de la sempiterna Jennie Lee, viuda del líder laborista Aneurin Bevan y Ministro de Educación y Ciencias de Gran Bretaña, hay otras seis mujeres al frente de los asuntos públicos ingleses: Alice Bacon (Subsecretaría del Interior), Margaret Herbison (Jubilaciones y Pensiones), Eirene White (Subsecretaría de Asuntos Extranjeros). Bárbara Castle (Trasportes), Shirley Williams (Trabajo) y Judith Hart (Commonwealth). ¿Faltará mucho para que una mujer sea la titular de 10 Downing Street? Casi podría apostarse a que no. ♦ PRIMERA PLANA 26 de abril de 1966 |
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