Mágicas Ruinas
crónicas del siglo pasado

Jenaro Vazques Rojas
MEXICO
HA MUERTO UN EMULO DE ZAPATA

Es probable que las circunstancias en que se produjo la muerte del guerrillero Jenaro Vázquez Rojas ingresen, definitivamente, en la leyenda. La culpa: falta de una convincente explicación oficial. Según el Ministerio del Interior, Vázquez Rojas murió el 2 de febrero a consecuencias de un accidente automovilístico: el vehículo que conducía cayó a un precipicio, a 30 kilómetros de Morelia. Según fuentes opositoras, ligadas de alguna forma a las tendencias insurreccionales, el líder guerrillero fue muerto por tropas del Ejército, que le tendieron una emboscada. Una semana antes, habían sido capturados algunos contactos urbanos de la guerrilla que opera en las montañas de Guerrero, y se dice que alguno de ellos —sometido, a torturas— dio datos que permitieron al Ejército preparar la emboscada contra Jenaro Vázquez Rojas.
Pero si la forma en que se produjo su muerte es, y probablemente seguirá siendo, oscura, en cambio resulta clara la forma en que llegó a convertirse en el guerrillero más famoso y más buscado de México. Vázquez Rojas, que nació en 1934, era hijo de un dirigente campesino del Estado de Guerrero. De él, que era un exponente típico del campesinado que siguió a Emiliano Zapata durante la Revolución agrarista de 1910, Jenaro parece haber heredado su pasión por los problemas sociales, a los que, sin embargo, tuvo oportunidad de dar la espalda: fue uno de los pocos niños del poblado de San Luis Acatlán —Municipio de Tlalistlahuaca— que completó sus estudios primarios. En su primera adolescencia, mientras estudiaba para graduarse como maestro rural, Vázquez Rojas se hizo militante de la Asociación de Campesinos de su Municipio. Su graduación no hizo sino acentuar su actividad política, que terminó por absorberlo completamente. Fundó, entonces tenía 21 años, una especie de federación de agrupaciones campesinas zonales, con el nombre de Asociación Cívica Guerrerense.
La Federación no planteó, al principio, más que reivindicaciones locales, limitándose a reclamar ante las autoridades judiciales por los constantes abusos que los caciques políticos y los terratenientes cometían contra los campesinos. Tenía un abundante material de trabajo: el Estado de Guerrero es uno de los más pobres de México. Tiene un millón y medio de habitantes, de los cuales un millón son campesinos sin tierras. En la actualidad, en Guerrero se pagan los salarios más bajos del país: un promedio de nueve pesos diarios (1 dólar equivale a 12,50 pesos mexicanos).
Esta situación se mantiene estacionaria, en Guerrero, al menos desde 1910, cuando el Presidente Francisco Madero, asustado por el corte socialista que asumía la Revolución en los estados del Sur, bajo el impulso de Emiliano Zapata, envió a Guerrero al general Juvencio Robles al mando de un cuerpo de Ejército, para defender las propiedades rurales de los terratenientes. Con la muerte de Emiliano Zapata, la Revolución agrarista quedó definitivamente detenida en el estado de Guerrero. El reparto de tierras a los campesinos cesó por completo, y muchos pequeños predios volvieron a manos de sus antiguos propietarios, los latifundistas.
La Federación fundada por Vázquez Rojas resumió el cúmulo de quejas que, contra el orden instituido, había sedimentado el campesinado de Guerrero durante muchos años. Creció hasta transformarse en una fuerza política de primer orden, aunque mantuvo su estructura de organización puramente sindical y mutualista. Pero, en 1963, bajo el Gobierno de Adolfo López Mateos, un acrecentamiento de las tensiones sociales y un aumento coincidente en el poderío de la Asociación Cívica Guerrerense, terminaron por enfrentar al Gobierno y a los campesinos. Vázquez Rojas era ya el máximo dirigente de la Federación que, a través de una serie de demostraciones y petitorios que ganaron el apoyo masivo del campesinado, logró hacer renunciar al Gobernador Raúl Caballero Aburta.
Ese hecho marca el momento de máximo esplendor y el comienzo del declive de la asociación cívica. Los terratenientes de la zona se sintieron amenazados en sus intereses, y movieron toda su influencia en los círculos gobernantes de México. La Asociación fue víctima de intrigas y persecuciones y sus líderes detenidos. Fue la primera prisión de Jenaro Vázquez Rojas, que desde ese momento se convirtió en un habitué de todas las cárceles del estado de Guerrero. La presión oficial y las disidencias internas acabaron con la Asociación Cívica Guerrerense. El enfrentamiento abierto con el Gobierno, que aparecía claramente ligado a los intereses de los terratenientes y de los caciques políticos, contribuyó a radicalizar a una parte importante de los sindicalistas campesinos. Durante cuatro años, Jenaro Vázquez Rojas dividió su tiempo entre sus tareas de maestro rural y su trabajo de organizador de asociaciones campesinas. Logró construir, sobre las cenizas de la Asociación Cívica Guerrerense, una Asociación Cívica Revolucionaria, que ya no se planteaba tareas solamente sindicales y apenas si hacía caso de las reivindicaciones parciales: su programa abogaba por el socialismo, la reforma agraria y la liquidación de los latifundios. Es decir, una reformulación del famoso grito zapatista, resumido en dos palabras que marcan la historia moderna de México: “Tierra y libertad”.
Guerrero tiene una tradición violenta: sus campesinos son pobres, pero no se han desprendido jamás de los viejos Mauser y los viejos revólveres de las luchas de 1910. En 1967, durante una asamblea de campesinos en la que participaba Vázquez Rojas, un grupo de matones a sueldo de los terratenientes zonales asaltó el local de la Asociación Cívica. Se produjo un tiroteo, en el que uno de los asaltantes resultó muerto de un balazo. Vázquez Rojas fue detenido y acusado de asesinato. Lo condenaron a prisión perpetua.
Menos de un año después, el 22 de abril de 1968, un comando de la Asociación Cívica Revolucionaria atacó la cárcel de Iguala, donde estaba Vázquez Rojas, y lo puso en libertad. El comando y el recién liberado huyeron inmediatamente en dirección a las abruptas sierras tropicales de Guerrero, recibiendo —como la Policía comprobó después— refugio y víveres en todos los pueblos rurales que debieron atravesar.
La sierra es el refugio tradicional de todos los perseguidos por la justicia, en Guerrero. Allí estaba ya, por ejemplo, el ex maestro Lucio Cabanas, con un grupo de ex estudiantes y de campesinos que habían protagonizado meses antes un enfrentamiento armado con la Policía, también durante una asamblea campesina. De la unión del grupo de Vázquez Rojas con el de Lucio Cabanas parece haber surgido el grupo inicial del Ejército de Liberación del Sur, que comenzó a operar en la zona pocos meses después de la fuga de Vázquez Rojas.
Los viejos contactos del ex presidente de la Asociación Cívica Guerrerense deben haberle servido de mucho. Durante once meses, la reducida tropa del flamante ejército guerrillero tuvo tiempo de entrenarse, pertrecharse y desarrollar teóricamente cuál iba a ser su estrategia política. Hasta ese momento, la figura de Vázquez Rojas sólo tenía una trascendencia local, pero las primeras acciones del Ejército de Liberación del Sur le otorgaron un ámbito nacional. Gran parte de la izquierda mexicana sufría, en esos años, la tentación guerrillera común a toda Iberoamérica, y encontró en Vázquez Rojas un paradigma y un líder.
En ese lapso, los guerrilleros parecen no haberse limitado a recoger las donaciones del campesinado, sino que adoptaron una política agresiva: cobrar impuestos a los hacendados de la zona, luego de algunas demostraciones de fuerza que incluyeron secuestros, “detenciones” esporádicas y “expropiación” de animales. Según informes extraoficiales —el Ejército y el Gobierno nunca admitieron sino a medias la existencia de guerrillas en Guerrero—, los efectivos de Vázquez Rojas en esa etapa preparatoria se multiplicaron: los veinte hombres que, sumando sus efectivos y los de Lucio Cabanas, tenía al principio, se convirtieron en alrededor de 300, entre los que había estudiantes, viejos luchadores sindicales campesinos, y hasta antiguos miembros de bandas de bandoleros ganadas por la prédica agrarista y revolucionaria del jefe.
El 11 de abril de 1971, la presencia del Ejército de Liberación del Sur en las montañas de Guerrero se hace inocultable. Ese día, el “Comité Armado de Liberación Emiliano Zapata” secuestró a cinco hacendados de la zona cercana a la sierra. Uno de ellos fue sometido a “juicio revolucionario”. El tribunal, integrado por campesinos y guerrilleros, lo encontró culpable de haber hecho asesinar a seis campesinos que se negaban a someterse a sus disposiciones despóticas: fue fusilado. Los otros cuatro pagaron un rescate y recobraron la libertad, pero luego del episodio se negaron a hablar con la Policía y el Ejército.
Aunque siguió negando la existencia de guerrillas —el poder político, en México, reivindica su condición de continuador de la Revolución de 1910: no puede, lógicamente, declararse adverso por principio a la lucha armada—, el Gobierno tomó medidas enérgicas. En mayo de ese año destinó 25 batallones —que sumaban 8.500 hombres—, al mando de los generales Alfredo Álvarez Taboada y Jesús Betancourt Espinoza, a rastrillar la Sierra Madre del Sur. La operación comenzó en Atoyac de Álvarez, incluyó la ocupación —que fue resistida por los campesinos, armados de los mejores Mauser— de más de veinte poblados, tradicionalmente hostiles al Ejército: detrás de cualquier uniforme convencional, los campesinos de Guerrero creen descubrir al sargento que asesinó a Emiliano Zapata.
La guerrilla de Vázquez Rojas logró eludir el cerco, merced al excelente conocimiento del terreno que poseía. El dispositivo del Ejército, calcado del que Robert Mc Namara elaboró para todas las fuerzas armadas latinoamericanas en lucha contra la guerrilla (que consiste en repartir dádivas entre la población más cercana al lugar donde opera la guerrilla, para restarle a ésta apoyo logístico), se mostró ineficaz. En noviembre del mismo año, la guerrilla de Jenaro Vázquez Rojas realizó su operativo más audaz, que al tiempo que daba testimonio de su éxito contra el cerco de exterminio, daba testimonio de su crecimiento, de su influencia ya no sólo en el campo, sino en las ciudades. Un comando urbano dependiente del Frente de Liberación del Sur (que para ese entonces ya se llamaba “Frente de Liberación Nacional”, secuestró al rector de la Universidad estatal de Guerrero, Jaime Castrejón Díaz. Este resultaba para los guerrilleros un paradigma del “intelectual cipayo, vendido a los intereses de la dominación cultural”, según la definición de un comunicado del Frente.
Castrejón era —y sigue siendo— el representante en Guerrero de la empresa norteamericana Coca-Cola, y por sus expertas manos de empresario y académico pasan, al parecer, los hilos del poder político del estado sureño.
Por la libertad de Jaime Castrejón Díaz, el Frente pidió 200.000 dólares y la libertad de 30 prisioneros del régimen de Luis Echeverría. Luego de cuatro tensos días de tratativas, en los que quedó evidenciado el reconocimiento gubernamental a la existencia de las guerrillas, los guerrilleros liberaron al rector luego de recibir la noticia de que nueve presos —el resto fue declarado por el Ejército “oficialmente desaparecidos”— habían recuperado su libertad y viajaban a Cuba, y una bolsa de arpillera con más de 200.000 dólares.
En noviembre, el Ejército estableció un nuevo cerco sobre la Sierra Madre del Sur, en Guerrero, que tuvo tanto éxito como el anterior. A partir de esa fecha, se multiplicaron los asaltos a bancos de las ciudades del Sur, y aún en esta Capital. Se declaraban responsables de ellos distintos organismos, formados generalmente por estudiantes: la influencia organizativa y política de Vázquez Rojas crecía en todo el país.
La esposa de Jenaro, Consuelo Solís Morales, fue detenida —junto con los seis hijos del guerrillero— el 31 de enero, cuando planeaba dirigirse a Cuba, a fin de encapar a lo que llamó “venganza del Gobierno”. El 2 por la noche se confirmo la muerte de Jenaro. Horas antes, su mujer había sido puesta en libertad y había dicho a los periodistas: “He enseñado a mis hijos a considerar a su padre un hombre muerto. Hace cuatro años que no lo veo. Sé que su lucha es desesperada, pero no conozco a nadie que tenga tanto amor por su pueblo”
8/11/72 • PRIMERA PLANA Nº 471
 
 

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