Mágicas Ruinas
crónicas del siglo pasado

Errol Garner
ERROL GARNER
TEMPESTAD SOBRE EL TECLADO

Al recalar en Buenos Aires, el prestigioso pianista norteamericano confesó a SIETE DIAS cuáles son las claves de su arte musical: “Toco de oído: jamás estudié digitación”. Sin embargo, logró un estilo singularísimo que lo ha convertido en uno de los valores más perdurables del mundo del jazz, admirado tanto por el público de Estados Unidos como de Europa

Todo comenzó con una guía telefónica —la del neoyorquino barrio de Manhattan— que le permitía, puesta sobre una butaca, acercarse a las teclas del piano. Sucedió en Pittsburgh (EE.UU.), en 1926, y el incipiente pianista contabilizaba tres años de edad. Ahora, a los 47, Errol Louis Garner sigue tocando el piano como entonces; es decir, "de oído", pero con una reputación que desplegó su nombre en todo el mundo. Sus últimas recaladas internacionales alborotaron Caracas, San Pablo y Río de Janeiro; una gira (“Mi primera visita a Sudamérica”) que lo hizo aterrizar el martes 14 en Ezeiza. El mismo día, impecablemente trajeado de azul, con camisa y corbata rayada al tono, concedió una entrevista exclusiva a SIETE DIAS, “la primera desde que dejé del avión”. Sonriente y cordial recordó su Pittsburgh natal sin nostalgias: "Vuelvo de cuando en cuando para ver a mis padres, pero cuando no viajo reparto mi tiempo entre Nueva York y California. Soy soltero, pero no solitario; podría autodefinirme como un hombre tranquilo. Vivo para la música y tengo la suerte de mantenerme en vigencia, por eso viajo tanto”.
Rematando su nariz de boxeador, el autor de Misty ostenta un bigote espeso y barba prolijamente recortada; lo que le confiere cierto parecido a su colega Thelonious Monk. Se gana la vida desde los siete años con las "blancas y negras", según bautizó a las teclas. Como nunca aprendió música, sus audiencias norteamericanas, europeas y ahora también sudamericanas, gozan el privilegio de escucharlo siempre por “primera vez”: es un improvisador nato y explota estas facultades cada vez que se sienta frente al piano, en su casa o sobre el escenario de una sala atiborrada de público. “Yo uso la digitación toda equivocada y si ahora aprendiera a leer los temas me confundiría —confiesa—. A quienes me preguntan cómo toco les respondo: con las dos manos y todos los dedos, como los chicos”. Su afabilidad y sentido autocrítico esconden, tal vez, su rasgo más saliente: un individualismo feroz que lo lleva a negar enfáticamente influencias pianísticas o encasillamientos de. estilo. "Sí, admiro a Art Tatum y a Earl Hines, pero ningún pianista influyó en la formación de lo que ustedes llaman 'el estilo Garnes’. Si tuviera que elegir a dos pianistas actuales optaría por George Shearing y Ahmed Jamal; me gustan muchísimo. Aunque personalmente prefiero los pequeños conjuntos, creo que las grandes bandas de jazz no han muerto. En Nueva York se han inaugurado varios locales donde el público puede escuchar grandes orquestas y bailar, al estilo de las décadas del treinta y del cuarenta. Los habitués son jóvenes, maduros y viejos. Los fans del jazz no tienen edad. Uno de los reductos más conocidos es el Riverbeat y los hoteles importantes han vuelto a incorporar orquestas a sus salones.”
Los fans porteños, ya suficientemente repuestos de la conmoción que produjo hace dos años la visita de Duke Ellington, pudieron tomar con, tacto directo con otra gigantesca aunque solitaria figura del jazz. En sus dos recitales, programados los días 14 y 16 en el Gran Rex, actuó acompañado por el trio que integran José Mangual (bongó), Ernest Mc Carty (contrabajo) y Bill English (batería), pero su desempeño es único y exclusivo. No se preocupa demasiado por los problemas técnicos que le imponen escenarios desconocidos y sólo espera que haya "luces suaves, pues lo importante es la música”; además, no opina sobre el público. Con una seguridad completamente despojada de arrogancia, afirma: “El público busca a su músico, cuando lo encuentra no deja de verlo”.
Firmando autógrafos para dos compatriotas enfervorizados, con quienes tropezó en los pasillos del Claridge Hotel, donde se alojó ("Perdón, usted Errol Garner, ¿verdad? Lo hubiera reconocido en cualquier parte", atacó uno de ellos. “Lo admiro desde hace años y lo escuché tocar varias; veces. Qué bueno encontrarlo aquí, tan lejos de casa”, se alegró el otro), con grandes floreos de la mano izquierda —es zurdo—, Garner respondió, sobrio y complacido, las preguntas que le formuló SIETE DIAS.
—¿Qué discos de jazz trataría de salvar de un incendio?
—Una pregunta difícil . . . Tengo entre cuarenta y cincuenta álbumes grabados, pero no puedo nombrar un tema favorito. Todos fueron hechos con el mismo amor y sentimiento; si no puedo grabar de esa manera prefiero no hacer nada.
—¿Cómo responde la juventud norteamericana al movimiento jazzístico en su país?
—La juventud siempre respondió positivamente, y lo sigue haciendo.
—¿Es cierto que el jazz es el único terreno donde los negros no han sufrido discriminación en los Estados Unidos? ¿Por qué?
—Es posible, pero dada mi experiencia personal no podría darte razones valederas. He tocado en casi todos los estados de mi país y en todo tipo de lugares; nunca tuve experiencias negativas en ese sentido, jamás sentí hostilidad o agresión.
—¿Usted es enemigo del cool jazz?
—De ninguna manera. Hay estilos en los que no soy muy versado porque mi trabajo me quita tiempo para escuchar a otros compositores como debiera. Cuando tengo oportunidad escucho todo tipo de música; trato de interiorizarme en el free jazz y aprender cosas nuevas. Es posible que el free jazz tenga más vigencia que el cool.
—¿Quién es su cantante de jazz preferido o preferida?
—Peggy Lee. Para cantar baladas prefiero a Sarah (Vaughn), pero cuando se trata de swing opto por Ella (Fitzgerald). Sarah tiene una voz más sexy, es una torch-singer, tiene voz para lamentar un amor perdido. La voz de Ella es más juvenil y fresca.
—¿Frank Sinatra hace jazz?
—Por supuesto, pero en su estilo. Sinatra es también un baladista y no debería cantar otra cosa. Tiene una voz muy cálida.
En el momento de la despedida le entregaron una carta que Garner leyó con seriedad. "¿No será una orden de reclutamiento?”, aventuró SIETE DIAS. E.G. sonrió y guiñando los ojos replicó: “¡Ojalá! Me haría sentir mucho más joven”.
Revista Siete Días Ilustrados
20.07.1970
 
 

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