Mágicas Ruinas
crónicas del siglo pasado
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| LA MUERTE DE LOS ASTRONAUTAS RUSOS EL FIN DE UNA ESPERANZA Paradójicamente, el accidente que costó la vida a los tres cosmonautas demostró que en algo los rusos tenían razón: el espacio todavía no ha sido domado, y los riesgos son tan grandes que quizás sea más prudente ensayar con el uso de artefactos teledirigidos del tipo Lunokhod antes que insistir en que sean hombres los que investiguen el sistema solar El miércoles 30 a la madrugada fueron las radios las encargadas de sembrar la sorpresa, de anticipar la noticia más penosa de la historia astronáutica: los tres tripulantes de la estación orbital Salyut —Víctor Patsayev, Vladislav Volkov y Georgi Dobrovolsky—, recordmen absolutos de permanencia en el espacio (24 días), habían sido encontrados muertos en el interior de la cápsula que los traía de retorno, a pesar de que la operación de aterrizaje había sido aparentemente perfecta. Si bien otras tragedias anteriores terminaron con la vida de 12 astronautas soviéticos y americanos, en este caso hay algo de particularmente siniestro en el hecho de que la muerte no se conociera, ni fuera previsible, hasta que los técnicos accedieron al interior de la cápsula: en realidad, al completarse el aterrizaje los rusos estaban festejando el buen término de una exitosa misión. Una paradoja más: según un informe exclusivo de la agencia DAN —solicitado por SIETE DIAS a principios de semana y terminado de elaborar 48 horas antes del desastre—, si algo andaba realmente bien eran la salud y el sistema de control médico a larga distancia de la estación orbital. Sobre la base de ese informe exclusivo la primera parte de esta nota intenta explicar cuáles eran los objetivos de la misión Salyut; una segunda parte analiza el accidente. Lo concreto es que una ilusión y una esperanza desaparecen junto con los cosmonautas: el espacio no es bastante inocuo, la tecnología todavía no superó todos los riesgos; en particular, la ingravidez no es el "tigre de papel” que los rusos desdeñaban y pensaban doblegar con gimnasia y entrenamiento rudo. Sin embargo, el drama en algo les da la razón a los soviéticos: cuando pusieron en marcha el plan Lunokhod hicieron notar a sus colegas americanos que "todavía no podía pensarse en utilizar tripulación humana sin correr demasiados riesgos". AGRICULTURA Y SILLONES Además de las habituales imprecisiones de la prensa soviética, uno de los motivos por los que es difícil precisar los objetivos de una misión espacial rusa reside en que, generalmente, se le encomienda a la tripulación una serie de tareas muy diferentes entre sí. En el caso del laboratorio espacial Salyut, y gracias a las posibilidades sin precedentes de la instalación, la variedad de tareas fue mayor que nunca; baste con decir que una de las investigaciones realizadas a bordo intentaba medir el grado de humedad del suelo, palmo a palmo, en casi toda la extensión del desmesurado territorio ruso: obviamente, en las zonas cultivadas es más fácil llevar un control estricto, pero los bosques y estepas son tan amplios que ningún servicio de guardaparques podría pronosticar con seguridad sobre una sequía inminente. Otro punto de investigación tendió a establecer un mapa espectral: un análisis con espectrógrafo permite —según la expresión de los científicos— "leer las huellas digitales" del suelo. En otras palabras: si una variedad de maleza desplaza a otra en un rincón remoto de la tundra, o si a causa de las nevadas tempranas la temperatura media en una provincia desciende por debajo de lo acostumbrado, un laboratorio espacial es quien primero puede saberlo. La importancia de esos datos —por ahora de uso puramente científico— es imaginable: saber de antemano si hay que sembrar tal o cual variedad de cebada —resistente al frío, o más bien a la sequía, o que no se pudra si abundan las lluvias— puede significar la diferencia entre una excelente cosecha y un desastre. Pero, sin duda, la experiencia más rica recogida por la estación Salyut, estaba centrada en los propios tripulantes. Por un lado, los sistemas de control médico a distancia alcanzaron, en esta misión, un grado de sofisticación sin precedentes: un complejo sistema electrónico registró y trasmitió a la base Baikonur datos sobre temperatura, ritmo cardíaco —mediante un electrocardiógrafo y también mediante un aparato denominado sismocardiógrafo—, respiración, tensión sanguínea en el interior de la arteria ilíaca (más confiable que los métodos "de superficie”), tono muscular y otras variables que los médicos rusos no precisaron. De todos modos, un segundo aspecto de la actividad humana a bordo fue la que concentró la atención de los experimentadores: como nunca antes, la misión Salyut tendió a ensayar métodos operativos y técnicas de eficacia. Sucede que la realización de un plan complejo no puede llevarse a cabo si cada movimiento de los astronautas no es previsto y llevado a un máximo de sencillez, velocidad y comodidad. La falta de gravedad es el mayor desafío en esos casos: un objeto usado no puede ser “dejado" en cualquier parte; un botón pulsador no puede quedar a más de “medio segundo de distancia" o exigir que el astronauta se tenga que levantar a pulsarlo; la limpieza de un habitáculo de 100 metros cúbicos —equivalente a una habitación de 6 por 6 con el techo a 3 metros de altura—, en el cual tres personas viven, trabajan, se entretienen cultivando hortalizas, comen y duermen, durante semanas enteras, también requiere una técnica depurada: obviamente no se pueden dejar latas tiradas, por así decir. Cuestiones aparentemente menores pueden convertirse, a tal distancia de la Tierra, en problemas de primera importancia. EL FIN Y EL PRINCIPIO Hasta el martes 29, los resultados de la misión podían considerarse más que satisfactorios. Después de tres semanas de trabajo los tres técnicos se encontraban en excelente estado físico: a pesar de no ser demasiado jóvenes (el decano era Dobrovolsky, con 43 años, y lo seguían Patsayev, de 38, y Volkov, de 35) los viajeros habían logrado, merced a un prolongado entrenamiento antes de la partida, mantenerse en buen estado físico. Cierto es que el médico Arcadi Yeryomin los había notado, a través de las comunicaciones radiales, "un poco fatigados", pero eso era absolutamente normal dadas las circunstancias. En todos los demás aspectos, la misión Salyut había sido un éxito; lo principal: se había logrado mantener a tres personas durante tres semanas sin que el laboratorio espacial se convirtiera en un caos de objetos flotantes a causa de la ingravidez. Todo lo contrario: a pesar de su nacionalidad, los tripulantes habían demostrado una eficiencia francamente “a la americana". A las 21.28, hora de Moscú (15.28 en Argentina), los jefes terrestres de la misión ordenaron poner en marcha el operativo de retorno; sin mayores inconvenientes los tripulantes abandonaron el laboratorio, se embarcaron en la nave Soyuz XI, la desacoplaron de la estación orbital y se separaron de lo que fuera su segundo hogar. Luego accionaron los cohetes de frenado y la Soyuz, al perder velocidad, comenzó a caer hacia Tierra. Tanto los datos recogidos automáticamente por radio como las comunicaciones verbales de los astronautas demuestran que todo anduvo bien hasta rozar las primeras capas de la atmósfera; durante algunos segundos más, los sistemas de verificación dieron resultado positivo. Poco después, la cápsula penetró en el túnel ciego: debido al roce con el aire, la superficie exterior de la astronave adquirió tan alta temperatura que —como sucede sin excepción con todos los cohetes rusos o norteamericanos— las comunicaciones radiales quedaron momentáneamente bloqueadas. Después de unos 10 minutos los paracaídas de frenado consiguieron amenguar la velocidad de la Soyuz hasta los valores calculados y el contacto con la superficie, constatado a la 1.35 del miércoles 30 (19.35 del martes para Argentina) en algún punto de Siberia, fue aparentemente normal. Un helicóptero de los servicios soviéticos de rescate se acercó inmediatamente a la cápsula y abrió las escotillas: en su interior, los tripulantes yacían amarrados a sus asientos, muertos. Al margen de la repercusión de la noticia en el público, los expertos en temas científicos intentaron precisar más los motivos de la triple muerte. En un primer momento, la ambigüedad de la información oficial pareció demostrar que aún los científicos de Baikonur y Moscú se hallaban totalmente desconcertados por el accidente. Lo notable es que, puesto que los astronautas se encontraban bien antes de ingresar a la atmósfera y 40 minutos más tarde se posaron en forma normal en el suelo (de otro modo la cápsula habría sido encontrada semienterrada), la muerte debió producirse durante el frenado. Una falla en el sistema de oxígeno es poco probable. Otra hipótesis, la de una súbita descompresión, pareció desde el comienzo más razonable. Pero, ¿cómo explicar que la pérdida se produjera en ese instante tras haber resistido la nave un viaje por el espacio exterior, más peligroso y sembrado de meteoritos? Por otra parte, los astronautas llevaban puestos sus trajes espaciales, a prueba —entre otras cosas— de descompresiones. Más probable —si se descarta un incendio, y al cierre de esta edición no había motivos para creer que existió tal cosa— es que los corazones no hayan resistido la brusca desaceleración del ingreso a la atmósfera, tras tres semanas de perezosa actividad en la ingravidez. Si fue eso lo que pasó, si tres síncopes fueron la causa de la tragedia, la teoría soviética según la cual la ingravidez se contrarresta con gimnasia habría sido demasiado optimista. En el marco de una historia astronáutica que ya costó 15 vidas, la posibilidad de un acuerdo espacial ruso-norteamericano parece cada vez mayor, sobre todo en cuanto pueda ahorrar vidas, ya sea mediante el uso de máquinas exploradoras automáticas —como el Lunokhod ruso—, o apelando a estaciones orbitales giratorias (las proyectadas en principio por los estadounidenses), en las cuales la fuerza centrífuga provea un reemplazo para la gravedad y los corazones no se vuelvan haraganes, vulnerables, fatalmente débiles. Siete Días Ilustrados 5/7/1971 |
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