Mágicas Ruinas
crónicas del siglo pasado

carlos perciavalle
Perciavalle insólito
Inesperadas definiciones de un popular showman.

Como todos los años, apenas despunta el verano, Carlos Perciavalle cruza el río y se instala en la otra orilla, la de su Uruguay natal. En Laguna del Sauce, a pocos kilómetros de Punta del Este, el actor tiene una casona en la que recibe a sus padres, a sus cinco hermanos, a sus sobrinos y a todos los que conforman el ya famoso clan Perciavalle. Fue allí, antes de regresar a Buenos Aires para poner en marcha sus nuevos proyectos para televisión y teatro, que Carlos Perciavalle recibió a SOMOS. Estas son sus definiciones sobre algunos temas que el popular showman no frecuenta muy a menudo:
—¿Qué hay de auténtico en su asistencia a misa todos los domingos?
-Todo. Mis padres eran ateos y vivíamos en un país en que la Iglesia estaba separada del Estado. Los conocimientos religiosos aparecieron en mi vida en Buenos Aires: tuve curiosidad y empecé a ir a catecismo en la Iglesia del Carmen. Al volver a Montevideo quise tomar la primera comunión. Creo que tenía miedo de perder, al regresar al silencio religioso del Uruguay, a ese amigo Jesús que había descubierto. Ahora, en el verano, voy a misa de once con mi hermana Graciela, que es la única de los seis hermanos que continúa siendo practicante, y con sus hijos. Y hago y siento todo: rezo, me arrodillo, me levanto, canto, le doy la mano al que está al lado mío. tomo la comunión. Mi relación con Dios es fácil, porque una vez que se reconoce su presencia se lo ve realmente en todos lados.
—¿Qué es para usted el matrimonio?
-El matrimonio es la sociedad perfecta. No puedo desligar mi imagen del matrimonio de la de mis padres, y tampoco puedo dejar de aceptar que el de ellos no es el típico: éste es de los que no se rompe nunca y que sigue creciendo a los
74 años de mi madre y a los 76 de mi padre.
—¿Y el divorcio?
-Una tragedia, un corte. No puedo entender cómo se vive en la Argentina por no tener una ley de divorcio. Es decir, en una constante ilegalidad que es insana social y psíquicamente, con el temor de hacerlo en la otra orilla, a escondidas, aunque no tenga un valor legal dentro de la Argentina.
—¿Cómo se vive la homosexualidad en la Argentina?
-Existen ciertos intereses en dividir a la gente, y uno de los intentos de división de la sociedad humana surge de la incapacidad de comprender ciertos aspectos de la naturaleza. En la Argentina tóelos vivimos dos vidas: la que queremos vivir y la que los demás quieren que uno viva, así que para mí ha sido bastante fácil vivir en este país. Nadie está realmente contento ni con quien se acuesta ni con lo que hace. . . pero siguen adelante porque tienen que hacerlo. La sociedad arrastra a ciertas cosas. Si uno interpreta ese desafío desde muy joven y tiene la seguridad en uno mismo que tengo yo, que realmente no me importa lo que dicen los demás, la elección es fácil. Simplemente nunca me sentí diferente del resto. Jamás se me ocurrió que se podía dividir a la sociedad en heterosexual u homosexual. Por supuesto que sé que es así, y también bisexual, y tri. . . Negarlo es ignorancia. Nunca me sentí encasillado ni tampoco he querido rotularme ni ser muestra, ejemplo, víctima o estandarte de la cuestión —entre comillas— homosexual. Antes de las elecciones, en un viaje a los Estados Unidos, un periodista muy importante que vive allá me quiso hacer una nota sobre la persecución homosexual durante el proceso. Contesté que yo no era la persona indicada. Porque yo tomé dos decisiones en ese momento: quedarme en la Argentina y no tener miedo. Además yo hice mi vida durante el proceso, me desarrollé durante esa época y mentiría si dijera que hubo alguna traba en mi carrera. Seguí diciendo desde el escenario lo que pensaba.
—¿Cómo definiría al feminismo de la Argentina?
-Es paradójico observar el movimiento feminista en un país machista al extremo, y que ha sido dominado por dos mujeres casadas con el mismo hombre: Evita e Isabelita Perón. Por ahora los enfoques son desprolijos, como todo en la Argentina, consecuencia de las situaciones y circunstancias locales. Sin embargo, también como todo en la Argentina, va a tener fórmulas únicas y una respuesta milagrosa que aparecerá cuando se vaya aclarando el panorama total. Mientras tanto, las mujeres están desorientadas. Todas mis amigas que están solas, sin pareja, fantasean con la idea de tener un hijo como sea.
—¿Qué sensación le produce la palabra aborto?
-Es un problema grave. Estoy totalmente en contra del aborto y la razón es simple: no como carne para no interrumpir ningún ciclo vital, por lo tanto me parece espantoso abortar. Pero es muy difícil generalizar. El aborto es una cuestión de conciencia personal. Y si hay que abortar, hay que hacerlo legalmente y no exponiendo la vida por esas razones que llevan a los argentinos a tener dos existencias: la que nos impone la sociedad y la que realmente es nuestra.
Sonia Gómez-Paratcha
SOMOS 1/3/85


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