Mágicas Ruinas
crónicas del siglo pasado

vicepresidentes
La cuestión vicepresidencial
por Félix Luna
El folklore político de Estados Unidos ha producido un viejo chiste que suele reflotarse cada vez que la convención demócrata o republicana se aboca a la proclamación de una fórmula presidencial. El cuento dice que una vez hubo tres hermanos, los tres con muy mala suerte. Uno se hizo marino y en alguno de sus viajes desapareció. El otro se hizo minero y en alguna de sus andanzas nunca se supo más de él. Al tercer hermano lo eligieron vicepresidente de Estados Unidos y después de esto también fue totalmente olvidado.

El cuento, casi de humor negro, refleja en términos de grotesco el papel secundario que desempeñan los vicepresidentes en Estados Unidos. Generalmente, quienes integran el binomio presidencial en segundo término surgen en los "caucus" partidarios para arrastrar un núcleo decisivo de delegados o como solución de avenimiento de las corrientes enfrentadas en la nominación del primer término. Sin embargo, cuando algún presidente murió y ese olvidado vicepresidente debió ser extraído de su sillón del Senado para asumir el Poder Ejecutivo, casi siempre supo llenar cumplidamente su nueva responsabilidad. Fue el caso de Johnson y Truman, como antes lo había sido el de Roosevelt (Theodore) y Coolidge. Con abstracción del juicio que puedan merecer sus respectivas administraciones, nadie puede dudar de que esos ciudadanos, llamados por un azar a ejercer la primera magistratura de su país, trataron de agrandarse para estar a la altura de sus inesperadas obligaciones.
Nuestra Constitución Nacional, calcada de la norteamericana en éste como en tantos otros aspectos, atribuye al vicepresidente de la Nación las mismas oscuras funciones que su inspiradora: sólo un artículo de su texto, el 49, se ocupa directamente del vicepresidente. Es el que le confiere la función de presidente del Senado y al mismo tiempo limita su voto al caso de empate. Las otras cláusulas constitucionales que aluden al vicepresidente de la Nación lo hacen refiriéndose conjuntamente al presidente, imponiéndole las mismas normas en materia de elección, incompatibilidades, inhabilidad, destitución, dimisión, juicio político, renuncia y retribuciones. Las reformas constitucionales de 1860, 1898, 1949 y 1957 jamás se ocuparon del vicepresidente. Aparentemente, ninguna experiencia aconsejaba modificar sus pacíficas funciones. En cuanto a los gobiernos de facto, basta una lista de los ciudadanos que fueron designados vicepresidentes en aquellas oportunidades para advertir que su actuación fue olvidable: Enrique Santamarina del gobierno de facto de Uriburu (renunció al mes y medio), Sabá H. Sueyro del de Ramírez (falleció poco después de asumir) y luego Edelmiro J. Farrell y Juan Pistarini. Las excepciones a la regla fueron Perón (vicepresidente de Farrell) e Isaac Rojas, que lo fue de Lonardi y Aramburu. Pero cuando Onganía asumió la presidencia de facto en 1966 prescindió de designar vicepresidente y ni Levingston ni Lanusse salvaron la omisión.

¿UN CARGO INUTIL? La tradición norteamericana, nuestra propia tradición constitucional y de facto y las desvaídas personalidades que, en algunas oportunidades, ocuparon la segunda magistratura de la Nación, han confluido en la elaboración de una creencia colectiva disminuyente de la significación del vicepresidente en nuestra vida institucional. Pregúntese a cualquier argentino relativamente informado sobre temas históricos quiénes fueron Mariano Acosta, Francisco Madero o Norberto Quirno Costa, y difícilmente sabrá responder que desempeñaron el, segundo cargo del Estado bajo Avellaneda y Roca. El mismo Juan Esteban Pedernera es más conocido como guerrero de la Independencia que por su función vicepresidencial con Derqui. Motivos obvios me mueven a omitir de la nómina de vicepresidente olvidados a Pelagio B. Luna. Pero dudo si no habría que incluir en esta lista a Salvador María del Carril y a Marcos Paz a pesar de que ambos ejercieron el Poder Ejecutivo durante lapsos prolongados: el primero por las largas estadías de Urquiza en su palacio San José y el segundo por la extensa permanencia de Mitre en el frente paraguayo.
De todos modos, la vicepresidencia de la Nación es, en la creencia común, un cargo casi inútil. Cuando Sarmiento dijo que Adolfo Alsina tendría como única ocupación tocar la campanilla del Senado, expresaba un juicio que en esa época todavía no se tenía claro, por falta de experiencia institucional, pero que después se ha generalizado: habiendo presidente y estando éste sano y bueno, el vice es un cero a la izquierda ...
Y sin embargo no es así. Ni ha sido así. La presencia de los vices en el gobierno ha obedecido, generalmente, a razones de integración política, ideológica y regional. El vice suele completar aquello que puede faltarle al presidente. Una ligera revista de nombres fundamenta este aserto, empezando por esa sana tradición cívica que obligaba moralmente a componer toda fórmula presidencial con un porteño y un provinciano. Esa tradición empezó con Urquiza y Del Carril, binomio que no solamente comprendía a un entrerriano y un porteño (Del Carril era sanjuanino de origen pero por su residencia, afinidades políticas y mentalidad, era un típico porteño) sino también a dos hombres que simbolizaban la fusión del federalismo y el unitarismo en la nueva etapa política abierta después de Caseros. De Mitre en adelante, la pareja presidencial se integró invariablemente con un provinciano y un porteño y esta receta se respetó a lo largo de un siglo. Creo que la primera vez que se la dejó de lado fue con Illia-Perette, provincianos los dos. En el caso de Cámpora-Lima la trasgresión fue peor, porque ambos eran oriundos de la misma sección electoral de la provincia de Buenos Aires.
Pero la fórmula porteño-provinciano (o viceversa) expresaba en una época la necesidad de un binomio gobernante que reflejara la superación de los antagonismos de Buenos Aires y el interior, inaugurados desde el origen mismo de nuestra vida independiente. Se justifica que, borrada esta histórica antinomia en el plano político, el dúo presidencial ya no se componga en función de esta preocupación. En cambio, la importancia del vice como compensador político o ideológico —y aun personal— del presidente ha subsistido. Casi siempre el ciudadano condenado a "tocar la campanilla del Senado” tiene una significación real en este sentido, pese a la creencia común.
Veamos: Alsina fue el jefe del poderoso partido Autonomista, la primera fuerza porteña auténticamente popular después de Caseros; su vinculación con Sarmiento, que carecía de partido, daba a la candidatura del sanjuanino un fundamento político amplio y sólido. Pellegrini aportó a la postulación de Juárez Celman el apoyo de los restos del autonomismo alsinista. Elpidio González significó la presencia del radicalismo neto a la pálida candidatura de Alvear; a poco andar, el antagonismo del presidente y su vice se hizo notorio, pero ello no quita que el sentido de la nominación de don Elpidio haya sido el que se señala. Con los dos gobiernos de la Concordancia esta significación fue todavía más clara: Roca fue a Justo lo que Castillo fue a Ortiz, es decir, la homologación del apoyo conservador a un candidato antipersonalista, esencia del acuerdo que condujo la vida política del país entre 1932 y 1943.

LA SOLIDARIDAD Y SUS VARIANTES.
La significación del vicepresidente, empero, está relacionada con aspectos , eventuales, con salidas posibles a situaciones de emergencia. Es en estos casos cuando la personalidad y gravitación del segundo mandatario del Estado adquiere mayor relevancia. Pellegrini constituyó la salida a La crisis de Juárez Celman: pero no protagonizó solamente una solución constitucional sino una real apertura política que permitió al roquismo oxigenarse y cobrar vigencia por quince años más. El acceso de Figueroa Alcorta al Poder Ejecutivo, vacante por fallecimiento de Quintana, aparejó un tournant completo, un drástico giro que culminó con la liquidación del roquismo. De La Plaza, al sustituir a Sáenz Peña, se negó a rectificar la dirección adoptada por su antecesor en relación con el sufragio popular y la imparcialidad oficial; pero estuvo a punto de ceder a la presión de los conservadores, aterrados por el "malón radical" —como dijo alguna vez De la Torre. El caso de Castillo, retrogradando espectacularmente en la política de saneamiento electoral de Ortiz, es tal vez el "caso límite". Pero hagamos un poco de política-dicción y pensemos lo que hubiera ocurrido si Martínez, en vez de achicarse ante la hombrada de Uriburu, hubiera intentado una salida decorosa y viable a la crisis del yrigoyenismo de 1930. O pensemos qué hubiera pasado si Gómez no hubiera renunciado en 1958 y hubiera permanecido como un término opositor al presidente, en el jaqueado gobierno de Frondizi.
Por algo fue que Yrigoyen —que sabía un poco de política— insistió en 1916 en aquello de la fórmula solidaria. El grupo "azul" del radicalismo intentaba completar la fórmula que indudablemente encabezaría don Hipólito, con un hombre de su sector: Melo o Gallo, o en último caso Saguier o Goyeneche. No les aflojó Yrigoyen: sabía que su futuro gobierno, con un Congreso mayoritariamente opositor, corría el riesgo de naufragar bajo un juicio político del que sería beneficiario el vicepresidente. Y sabía que un integrante del grupo "azul” (el mismo que más tarde se haría antipersonalista y luego justista) sería, como vicepresidente, una permanente tentación para los legisladores opositores. Por eso, con esa su destreza insuperable para acuñar fórmulas verbales y denominaciones políticas, lanzó entre sus íntimos la consigna de "fórmula solidaria”. Así fue consagrado candidato a vicepresidente su antiguo amigo Luna, con cuyo apoyo podría contar siempre. Y así ocurrió, aunque poco antes del fallecimiento de su vice las relaciones entre ambos se habían enfriado, sin que esto alcanzara a trascender al plano político.
La solidaridad entre los dos términos de una fórmula presidencial parece, pues, una condición indispensable para la buena marcha del Estado. El recuerdo de las hostilidades que el sector alvearista del Senado desató contra Elpidio González, presidente del cuerpo como vicepresidente de la Nación, es bastante elocuente sobre la inconveniencia de posturas antagónicas dentro del binomio gobernante.
Como lo es también el más reciente de Gómez, rodeado por edecanes, asesores y contact-men propios, y manifestando su disidencia con la política económica, gremial y educativa de su presidente.
Pero esta solidaridad debe operar en el marco de los matices que saludablemente deben diferenciar al presidente de su vice. Porque hay que señalar que las compensaciones que personalizan (o deben personalizar) los vices no se dan solamente en el plano político. Lo aconsejable es que también se establezcan en el aspecto personal. Si en toda pareja que trabaja en común parece lógico que la impulsividad de uno se equilibre -con la prudencia del otro, la rudeza de uno con el buen sentido del otro, la hosquedad de uno con la simpatía del otro, también parece sensato que en toda fórmula presidencial se busquen estas y otras armonías similares. En 1946 Perón era —y sigue siendo— un "pícnico", para usar la terminología de Gregorio Marañón: activo, locuaz, madrugador, dinámico, extravertido. Su vice (hablamos del primero que tuvo, Quijano, olvidando a Teissaire que duró poco más de un año en su cargo) era todo lo contrario: un correntino apaisanado, cazurro, quieto, parco en palabras, moroso en su ritmo personal. Un panorama bastante semejante al que ofreció el binomio Illia-Perette, aunque, claro está, en sentido inverso.
Esta deseable armonización de personalidades se ha dado también en el aspecto referido a la edad, lo cual es lógico. El anciano Quintana hizo designar como su eventual reemplazante a Figueroa Alcorta, un cuarentón que llevaba la fortuna dondequiera fuera. Un hombre relativamente joven como Ortiz completó su fórmula con Castillo, que era viejo: pero aquí se quemaron los papeles porque Ortiz se enfermó dos años después de asumir y, en cambio, su anciano sucesor sobrevivió a su propio derrocamiento. Pero si es cierto que algunos vices fallecieron en ejercicio de su cargo (Paz en 1868, Luna en 1919, Quijano en 1952) hay que recordar que la expectativa de un fallecimiento, en relación con este funcionario, es la contraria: que el finado sea el presidente. O por lo menos, que el renunciante sea el presidente. Por eso debe extrañar que cinco vicepresidentes hayan asumido el Poder Ejecutivo (Pellegrini en 1890, por renuncia; Uriburu en 1895, por renuncia; Figueroa Alcorta en 1906, por fallecimiento; a lo que podríamos agregar a Guido, presidente provisional del Senado, que asume en 1962 por derrocamiento) y que sólo uno haya renunciado (Gómez en 1958). Esta corta estadística evidencia que, entre otras esperanzas más optimistas, la que normalmente se cifra en un vicepresidente es que pueda reemplazar al titular del Poder Ejecutivo sin que ¡la falta de éste apareje catástrofes institucionales.
Es por esto que la tradición tienda a componer fórmulas más o menos solidarias, recíprocamente compensadas en sus términos, expresiones de modalidades políticas razonablemente diferentes, pero nunca enfrentadas. Aun los binomios de la Concordancia, aunque personalizaban al antipersonalismo y al conservadorismo, expresaban en conjunto una concepción del país casi idéntica. Castillo pudo bloquear el proceso de saneamiento electoral iniciado por Ortiz, abroquelarse en un neutralismo que su predecesor aborrecía, adoptar medidas económicas nacionalistas que Ortiz acaso no hubiera compartido; pero su visión del país no era demasiado diferente de la de su compañero de fórmula. Y esto ocurrió con todos los que sucedieron, como segundo término de la fórmula triunfante, a los presidentes que originariamente acompañaron.
Porque las experiencias políticas e institucionales también enseñan otra verdad: que el presidente y su vice tienden inevitablemente a separar sus caminos una vez llegados a sus altas magistraturas. Son muchos los motivos: la diferenciación de funciones de cada uno, el fatal crecimiento de los respectivos entourages, tal vez, subconscientemente, un cierto resentimiento del vice por lo que considerará su destierro a la árida mesa del Senado y su famosa campanilla... El hecho es que casi siempre sucede una divergencia en los destinos personales que antes marcharon paralelos. Esos dos
hombres que vivieron juntos las luchas partidarias, que compartieron las peripecias de la campaña electoral, que vibraron en común con el alborozo del triunfo, al hacerse cargo de sus respectivas funciones se alejan, a veces sutilmente, a veces de manera espectacular. Su misma función de relevo eventual promueve en torno al vicepresidente la expectativa de determinados círculos y terminan por influir en sus propias expectativas. Se necesita ser un bon viveur como Roca (hijo) o una personalidad consciente de sus propias limitaciones como Quijano, para permanecer en el justo y preciso lugar que debe ocupar un vicepresidente. Ese lugar que no está señalado por la Constitución sino por el buen sentido, la prudencia y la solidaridad con el primer mandatario.

LA CUESTION VICEPRESIDENCIAL Estas reflexiones, estos antecedentes, nos llegan —es obvio decirlo— ante la perspectiva de unos comicios en los que no se duda de que Perón triunfará. Pero unos comicios que el líder justicialista afrontará cuando el paso del tiempo, ciego e indetenible, pone sobre sus hombros una alta carga de años. La cuestión presidencial siempre apasionó a los argentinos. Ahora los argentinos y principalmente sus dirigentes deben pensar también en la cuestión vicepresidencial.
Ni el segundo magistrado de la Nación es ese oscuro segundón que una ligera creencia popular supone, ni sus funciones tienen por qué limitarse a la rutinaria conducción del Senado. Debe ser un permanente consejero del primer magistrado en la medida que esté unido a él por una vinculación política de fondo y por un conjunto de valores personales compensatorios de las carencias del presidente. Debe ser, tal como lo sugiere la Constitución, el agente de enlace de mayor jerarquía entre el Ejecutivo y el Legislativo. Pero el vice es, básicamente, un titular del poder Ejecutivo en expectativa; un estadista en reserva, listo para ejercer las más altas funciones del Estado de un minuto a otro en plena capacidad, en el instante que duna un infarto o una hemiplejía. Como ocurrió con Truman o Johnson y entre nosotras con Figueroa Alcorta, De la Plaza o Castillo.
Si el folklore político norteamericano pudo inventar el chiste que recordamos al principio, también allá y acá ha ocurrido a veces lo contrario: un ilustre desconocido que fue proyectado desde el anonimato a la más delicada responsabilidad pública. Y la Nación es demasiado importante para correr el albur de un presidente eventual cargado de incógnitas, desconfianzas o flaquezas.
Revista Panorama
16.08.1973
 
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