Mágicas Ruinas
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EN NUESTRO PAÍS SE DISPONEN A DAR EL PRIMER PASO PARA VIAJES SIDERALES
Por GREGORY SHEERWOOD

Hemos publicado en el número 2248 un notable artículo de Alexander Patrick, quien afirma en él que “muchos que hoy viven podrán ver los rápidos viajes a Marte y a la Luna” Hoy insertamos un reportaje al presidente de la Sociedad Argentina Interplanetaria, ingeniero Teófilo Tabanera, que viaja constantemente hacia los cuatro puntos cardinales del mundo para asistir a la, reuniones de hombres de ciencia que se vienen realizando con el objeto de resolver los viajes siderales, que cada día apasionan más en todas partes.

Ingeniero Teófilo Tabanera••• lo que quiere decir que también usted considera posibles los viajes siderales a la Luna, a los planetas, entre satélites, etc.
—Absolutamente posibles. Y tanto que también nosotros nos disponemos a construir un cohete que excursionará por regiones situadas más allá de los cien mil metros de la Tierra. Es hora de que los argentinos hagamos algo concreto en este sentido. Considero que ha llegado la hora de que también nosotros salgamos de la zona puramente teórica, especulativa, para meternos de lleno en el terreno práctico, en la zona de los hechos visibles, concretos. La construcción de ese cohete es otro de los motivos del viaje que haré dentro de pocos meses al otro lado del océano. Representaré a nuestro país en el Congreso Mundial Interplanetario que se llevará a cabo en agosto en la ciudad de Insbruck, Austria. El problema de los viajes a la luna me apasiona. Quizá dentro de diez, veinte, treinta o cincuenta años usted, yo, cualquiera de nosotros esté metido en un satélite artificial, navegando a mil setecientos kilómetros de la Tierra y a la velocidad de más de veinticinco mil kilómetros por hora...
Observo con atención al que habla. Lo hace despaciosamente, con la naturalidad del que se refiere a acontecimientos naturales, inevitables, comunes. ¡Salta a la vista! Pertenece al grupo de Cristóbal Colón, esto es, de esos individuos que viven mirando siempre hacia adelante, mucho más allá de sus narices, de los que propugnan la realización de lo nuevo en contraste con los que no se cansan de decir: ¡No!... ¡Eso no puede ser!. . ¿Imposible! .. , porque prefieren atenerse a lo precedente, a los hechos y teorías del pretérito, que puede ser pasado remoto o recentísimo. En otras palabras: el enfrentamiento de cualquier problema, por pequeño que sea, implica la superación de numerosas dificultades de distinto orden. Es entonces cuando aparecen netamente diferenciados los dos tipos clásicos del espíritu humano: el que mira con sentido positivo, que analiza los problemas y dificultades para ponerse de inmediato a la búsqueda de las soluciones, investigando y experimentando; y el que mira todo con sentido negativo, que analiza las dificultades para oponerlas como justificativo de su temor de realizar o su desgano de hacer; o aquel otro que lo niega todo por temor a lo desconocido. El conocimiento de la posibilidad de que la Argentina participase en la aventura del viaje sidéreo a la Luna había ocurrido inesperadamente en torno de una mesa de café. La mesa de un café es una especie de Ministerio del Interior, al que afluyen noticias veraces y chismes dé todo calibre acerca de lo que ocurre en la cuadra, en el barrio, en la ciudad. Alguien había llegado a la manera de César: se sentó, pidió café y: ¿Se enteraron?... En Córdoba están construyendo una astronave para viajar a la Luna a principios del año próximo. ¡Ya están seleccionando a los navegantes! Fué la chispa que encendió la polémica interminable: uno quiso llamar a Vieytes para que trajeran una camisa de fuerza para el informante; otros apoyaron, segurísimos de que así sería... Mientras arreciaba el fuego cruzado de los “sí” y de los “no” yo tomo las de Villadiego y aquí estoy ahora, en busca de la verdad, abordando al presidente de la Sociedad Argentina Interplanetaria, ingeniero Teófilo Tabanera, quien viaja periódicamente hacia los cuatro costados del mundo para asistir a los rendez-vous de los que están empeñados en la solución de los viajes siderales. Naturalmente, califica de absurda la noticia lanzada por el contertulio sembrador de rumores fantásticos.
—El viaje a la Luna sería una de las últimas etapas de la aventura sideral —prosigue el ingeniero Tabanera—. En los Estados Unidos, al que se considera el más avanzado en este terreno, están todavía en el período de las primeras experiencias, lanzando cohetes teledirigidos a más de cuatrocientos mil metros de altura
con monos, ratas y otros animales a fin de observar el efecto de los rayos cósmicos y hacer otras numerosas mediciones y observaciones útiles. Se cree firmemente que los Estados Unidos, Rusia y Gran Bretaña están construyendo satélites artificiales. Como se trata de ultrasecretos, el que está interesado en el problema ha de experimentar e investigar por su propia cuenta. De ahí que los argentinos nos dispongamos a construir un cohete que permitirá ver qué pasa más allá de los cincuenta, cien mil o doscientos mil metros de altura. Tenemos que resolver infinidad de problemas. En la Luna, verbigracia, nos cocinaríamos de día y nos congelaríamos de noche, además de que pereceríamos rápidamente de asfixia y de sed, pues no hay, aparentemente trazas de oxígeno ni de agua. Otro aspecto importante que ofrecerá graves inconvenientes a los viajes interplanetarios será la presencia de meteoros, meteoritos y polvo sidéreo. Descartando los meteoritos, que, a pesar de ser los más grandes, algunos de miles de toneladas de peso, son los más escasos, debemos preocuparnos principalmente de los meteoros. Alrededor de ocho mil millones de meteoros entran en la atmósfera terrestre cada día. pero sólo una cantidad ínfima puede ser vista o llegan a la superficie terrestre (meteoritos), pues la atmósfera les disminuye su velocidad y los consume por roce. Pero en el espacio sideral, o en la Luna o en los planetas sin atmósfera, el problema puede ser grave, porque no existe esa capa protectora que posee la Tierra. Los meteoros son partículas de diversos tamaños, desde trece milímetros las mayores hasta cinco diez milésimas de milímetro las menores y viajan a velocidades fantásticas del orden de los treinta a cuarenta kilómetros por segundo. Los cuerpos más peligrosos por su dimensión, aquellos de trece milímetros de diámetro, son los menos de temer, ya que existe una probabilidad de choque de un navío cohete con uno de ellos cada... cinco mil millones de horas. En cambio, los más pequeños, de cinco diez milésimas de milímetro (más pequeño que cualquier grano visible de arena) son. por el contrario, más abundantes y chocaríamos con ellos a razón de dos mil novecientos cincuenta encuentros cada hora. Como su velocidad es enorme, pueden perforar o, por lo menos, dañar la envoltura exterior de la nave si no es suficientemente fuerte. Sin embargo, una chapa de acero de no más de un milímetro es suficiente para salvar el peligro. En cuanto a los tripulantes que salgan de la nave, la cantidad de choques posibles es menor que cuanto ofrece un blanco mayor, pero su vulnerabilidad es mayor. No quisiéramos recibir en nuestro cuerpo un bombardeo de quinientos de esos minúsculos corpúsculos por hora, ni siquiera cincuenta, puesto que, en pocas horas, estaríamos llenos de perforaciones microscópicas, pero dañinas. Tendremos, en consecuencia, que inventar una coraza que esperamos no será tan pesada como las que vimos en los museos y que usaban los caballeros medievales. En cuanto a los rayos Cósmicos, de los que sabemos muy poco, hasta ahora resultan aparentemente tan peligrosos como las irradiaciones que se producen en las pilas atómicas o en las explosiones que de cuando en cuando suceden en alguna región del mundo. Nuestra atmósfera otra vez nos protege de este peligro cósmico, pero en este caso la ayuda el magnetismo de la Tierra, que desvía los rayos, que no son otra cosa que partículas cargadas de electricidad y que se mueven a velocidades de más de cien mil kilómetros por segundo. Estas partículas, sumamente pequeñas, son núcleos atómicos de muchos de los elementos químicos existentes y poseen una energía enorme, mayor de la que pude ser obtenida hoy en día en cualquier fuente de radiación terrestre, natural o artificial. En este aspecto habrá todavía bastante que investigar, enviando cohetes a grandes alturas, tal como lo hacen los norteamericanos. Una vez sabido a ciencia cierta todo lo que puede saberse sobre los rayos cósmicos, habrá que ponerse a la tarea de buscar solución a dos problemas: primero, manera de protegerse de ellos; segundo, posibilidad —si la hay— de aprovechar su energía. En fin, que éstos y muchísimos otros problemas tendremos que resolver con la construcción de ese primer cohete espacial, primera etapa del viaje que algún día no lejano realizaremos a la Luna.
La afirmación simple, sencilla, natural de este hombre de mi ciudad suena a cosa fantástica, desconcertante. Sin embargo, los infinitos acontecimientos de la historia dicen que pronto será realidad uno de esos sucesos recuerda aquel hecho memorable ocurrido el 17 de diciembre de 1903, cuando el profesor y hombre de ciencia doctor Newcomb demostraba ante la Academia de Ciencias de Francia que, debido a los pesados materiales hasta entonces conocidos, era imposible sustentarse en el aire y volar con motor de explosión; ese mismo día, por rara coincidencia, los hermanos Wrigt realizaban su primer vuelo a motor e insistían por décimooctava vez ante las autoridades pertinentes para que se les concediera la patente repetidamente negada por creer que se trataba de ideas des cabelladas. De esto hace poco más de cincuenta años. Hoy los aviones vuelan tan alto y a velocidades que rompen la barrera del sonido.
Revista Mundo Argentino
19.05.1954
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