Mágicas Ruinas
crónicas del siglo pasado

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Un cuerito que vale centavos y ahorra millones de pesos

No vaya a creerse que porque uno de los ríos más caudalosos del mundo baña los pies de nuestra capital, el agua destinada al consumo de la población viene poco menos que de balde. No se trata de sacar agua del estuario y distribuirla a través de cañerías a los cinco millones de habitantes del Gran Buenos Aires, sino que es necesario decantarla y purificarla para asegurar el buen estado sanitario de la urbe, proceso complicado, delicado y permanente que exige el esfuerzo sin desmayo de muchos centenares de hombres y que demanda la inversión de millones y millones de pesos.

Bien para merecer
Ese gran bien que es el agua —bien del cual depende la salud ciudadana, y en el que suelen fundamentarse hasta el buen gusto y el buen humor— no debe tirarse a la marchanta como legado de difunto. Al agua también hay que merecerla. Esos millones y millones que el Estado invierte para brindárnosla en cantidad suficiente y dé calidad superior, bajo el régimen generoso de la “canilla libre”, o sea sin medidor, nos obliga a crearnos una “conciencia del agua”. Y esa “conciencia del agua” se reduce a utilizarla en todo lo necesario para el consumo, higiene y bienestar, pero sin desperdiciarla. El ciudadano que se afeita con el grifo abierto, que cierra mal una llave o que deja para mañana la simple sustitución de un cuerito gastado, por otro nuevo, está despilfarrando el dinero de todos. Por ese cuerito, que cuesta solamente diez centavos, se pierden millones de pesos. Permanentemente gotean en el Gran Buenos Aires, por mal cerradas o por leves defectos de válvulas, unas 50.000 canillas. Con el agua que por ellas se pierde, habría cantidad suficiente para las necesidades de una ciudad como Salta. Si agregamos que esta pérdida es muy inferior a la que producen otras malas costumbres que enumeraremos más adelante, fácilmente comprenderemos que quien así procede, quien no arregla, por ejemplo, el cuerito de un grifo, por desidioso o desaprensivo, perpetra un acto incivil, pues perjudica a sus semejantes y conspira contra la eficiencia de un servicio público de necesidad vital.

Evitemos el medidor
El 30 por ciento del agua que se gasta en Buenos Aires no se consume: se derrocha. Es riqueza desperdiciada; es una ponchada de millones de pesos tirados a la calle. Tal lo demuestran de manera palmaria los estudios y estadísticas que realizan las oficinas especializadas de la Administración Nacional del Agua. Rosario, Córdoba, La Plata y Mendoza tendrían agua suficiente y gratuita para satisfacer todas sus necesidades sólo con la que Buenos Aires desperdicia. Basta esta sola referencia para comprender la razón que asiste a nuestras autoridades cuando propenden a una mayor parsimonia en la utilización de tan importante servicio público.
“¡Use toda el agua que necesite para su higiene o alimentación, pero no la derroche!” Es bueno que el habitante de Buenos Aires escuche este consejo antes de que sea demasiado tarde. De lo contrario, no quedará otro remedio que terminar con el régimen de “canilla libre” y recurrir al medidor, como se hace con el gas y la electricidad. Y entonces serán las lamentaciones y los arrepentimientos tardíos. Llegará el momento de conformarse con el agua estrictamente necesaria y pagarla más que hoy. Estamos aún a tiempo de evitar tan indeseada como justificada medida.

No debe hacerse. . .
Para que la Administración Nacional del Agua no se vea obligada a colocar los antipáticos medidores, es menester que todos y cada uno tengamos siempre presentes los sencillos pero eficaces consejos que a continuación enumeramos:
1º — Arreglar inmediatamente cualquier desperfecto en los grifos o cañerías, por insignificante que parezca.
2º —No dejar abiertas las canillas inútilmente. En una hora se pierde agua suficiente para que una persona viva una semana.
3º — No refrescar la fruta o la bebida colocándola debajo de la canilla y dejando correr el agua. Si se carece de heladera, hágase en un balde o en una olla llena de agua, y con 3 ó 4 litros se obtendrá el mismo resultado que con los 500 ó 1.000 Que se tiran por el otro procedimiento.
4º — Cuando se laven los utensilios de cocina o la ropa, no se haga debajo de las canillas abiertas. Puede cumplirse esa obligación higiénica en la pileta, que para algo más que para adorno se coloca en todas las casas. Primero se jabona y después se enjuaga.
5º — No afeitarse con la canilla abierta ni, menos todavía, olvidarse de cerrarla cuando se atiende el teléfono durante la “afeitada”. Nunca debe echarse en saco roto de que en una sola hora se pierden 1.095 litros por cada grifo.
6º — Limpiar los patios y aceras gastando el agua necesaria, pero no se maten las horas de ocio embelesándose con las curvas voluptuosas y versátiles que dibuja el chorro que mana del pico de la manguera.
7º — No se haga rebalsar la bañera malogrando centenares de litros.
8º — No se “bañen” paredes, tapias, azoteas, tejados, pasadizos y patios a baldazos o con la manguera, para vencer el calor. No sólo se gastarán muchos miles de litros de agua, sino que el efecto será inverso al perseguido.
9º — Cuando se riegue la huerta o el jardín, hágase con agua de pozo. Y, si no se tiene, riéguese a conciencia. No sólo se evitará que la tierra se encharque sino también el derroche de miles de litros de agua purificada que el Estado distribuye sin reparar en costo, expresamente para alimento e higiene de la población.


Pie de fotos
-Cuando el cuerito que ajusta la canilla está gastado da lugar a que el agua gotee, haciendo perder el sueño a los nerviosos y mucho dinero al organismo proveedor del imprescindible elemento.
-Este niño, hijo de obreros, ha leído los consejos de la Administración General de Obras Sanitarias de la Nación, y llena cuidadosamente la cacerola. Para que no se desperdicie una sola gota, debajo tiene el balde, que permitirá aprovechar toda el agua que recoja.
-Al revés del niño que hemos visto, éste deja correr el agua a todo lo que da el grifo, y seguramente, entretenido con la charla del amiguito, dejara que el balde rebalse, perdiéndose buena cantidad de líquido.
-Una canilla que gotea causa la pérdida de 46 litros por día.
-Con una abertura de un milímetro, la pérdida es de 2.088 litros.
-La pérdida llega a 16.400 litros si la abertura es de seis milímetros.
-Si la canilla está abierta nueve milímetros se pierden 25.536 litros.
Y con una abertura de doce milímetros la pérdida alcanza a 33.984 litros.
-Si la abertura es de dos milímetros se pierden 4.512 litros.
-Refrescar frutas y bebidas dejando correr el agua del grifo constituye un verdadero delito. Este chorro derrocha en una hora más de 1.100 litros, lo suficiente para cinco personas por día.
-Idéntico resultado puede obtenerse llenando el recipiente de agua y cambiando ésta tres o cuatro veces. De esta manera, con cinco litros solamente, se obtendrá lo mismo que con 1.100.

Revista Argentina
01.05.1950
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