Mágicas Ruinas
crónicas del siglo pasado

eva giberti
“El Chacal, no: un ser humano”
(firmado EVA GIBERTI)

Carlos Eduardo Robledo Puch es un joven de. . . No, en realidad no hace falta redactar su biografía. Todos, de un modo u otro, estamos al tanto de ella. Sobre él mismo, sobre su personalidad, sus crímenes y su actitud, se gastó tinta y papel como pocas veces se ha hecho. De todo se dijo de él: desde “salvaje asesino” y “chacal”, hasta “el pobre joven víctima de una sociedad enferma”. ¿Qué hay de cierto en todo eso? Probablemente poco. Se le ha dicho psicópata cuando el término exacto sería sociópata. Se lo agredió, se le tuvo lástima, hubo compasión y también odio. Para dejar las cosas claras, como son, EXTRA entrevistó a Eva Giberti.

EXTRA: ¿Se lo está tratando realmente como a un enfermo? Y... ¿Hasta qué punto es cierto todo lo que se dice sobre él?
Eva Giberti: —Si es un enfermo hay que tratarlo con el cuidado y la discreción que se merece y se le da a todo enfermo. ¡Jamás debe exhibírselo como caso clínico! Además, psicológica y socialmente es muy arriesgado hablar de una persona cuyo único diagnóstico completo lo poseen quienes están estudiando su personalidad a través del contacto directo. En cuanto a la segunda pregunta, hay que aclarar que los diagnósticos que se hacen a través de sus conductas son siempre parciales. Sólo tienen en cuenta los aspectos que los medios de comunicación dieron a publicidad. Por lo tanto, los datos con los que se habla sobre Robledo Puch son selectivos y están siendo combinados por quienes hablan de él según sus propias convicciones y formación, según la teoría de la personalidad que cada uno comparte. Y de todos modos sin contar con los elementos necesarios.
E.: —Varias veces se ha considerado a los padres tan culpables como al mismo joven. Se los ataca, se los acusa.
E. G.: —Es muy significativo el interés que hay en mostrar el supuesto déficit que habría en su educación familiar. Esto se lo digo con la autoridad que me concede el hecho de ser una de las primeras personas en nuestro medio que se ocupó de la orientación y educación de padres y el haber trabajado con grupos y familias durante dieciséis años. Insistir en la responsabilidad de los padres como único factor, o por lo menos como factor más importante, en este caso, es simplificar peligrosamente las causas de la delincuencia. Y al respecto me gustaría citar el libro de Plácido Horas, en el cual se encara este tema con especial cuidado. Cuando una madre o un padre asumen conductas erradas, no hay ninguna razón para maldecirlos o criticarlos. Hicieron lo que pudieron. Y si bien es cierto que no constituyen un modelo —no me refiero específicamente a los padres de Robledo Puch—, lo sensato está en aprender a ser mejores sin necesidad de denigrar a quienes ya tienen que asumir la desdicha de un hijo desviado.
E.: —Pero aún así se pretende tomar a este caso como un ejemplo. Como una enseñanza a los padres y a la comunidad.
E. G.: —Detrás de todo este alboroto se advierte el intento ingenuo, pueril, de que este caso sirva como ejemplo a los padres en general. Que a través de este caso “se porten bien” para que no les ocurra lo que a los padres de Robledo Puch. Es más o menos como fusilar a alguien para que sirva de escarmiento a otros. Ya sabemos que no es el camino más eficaz.
E.: ¿Pero no cree posible una educación comunitaria a través de este ejemplo?
E. G.: —Una cosa es la información del público y utilizar episodios desdichados como tema de enseñanza y otra cosa totalmente distinta es promover odio, miedo y rechazo hacía otro ser humano, que sea cual fuere su diagnóstico es, antes que nada, una persona. No hace falta tener mucha imaginación para comprender y descubrir qué es lo que se esconde detrás del interés sostenido con que se usan y describen los hechos de Robledo Puch. Me acuerdo que hace años André Cayatte hizo una gran película, “Nous Somnies des Asessins” (Todos Somos Asesinos), en donde no sólo planteaba la responsabilidad de la sociedad y de las instituciones frente al delito, sino también el grado de participación de cada uno en patología social. Ye me pregunto si quienes gritan que hay que lincharlo, si quienes siguen atentamente todos los artículos sobre este joven, son ejemplos de calidad personal.
E.: ¿Y qué es lo que tenemos que ver nosotros —personas— con este caso?
E. G.: —El otro fenómeno psicológico implícito es el siguiente: “Todo lo malo y lo peligroso lo tiene Robledo Puch. En cambio yo soy bueno y el malo es él. Menos mal que hay malos que me permiten sentirme bueno. Así yo estoy tranquilo”. Hace años que Festinger describió estos fenómenos de proyección masiva, que en el fondo constituyen uno de los motores principales del éxito de las noticias policiales. Allí se encuentran chivos emisarios para que se hagan cargo de conductas patológicas.
E.: Aparentemente usted estaría rechazando todos los estímulos y móviles externos que llevaron a Robledo Puch a esta situación: padres, sociedad . . .
E. G.: —No, no se trata de desconocer esas responsabilidades. Se trata simplemente de negarme a utilizar mi profesión para aproximar diagnósticos que no ayudarían ni a Robledo Puch ni a sus padres.
E.: ¿Y la pena de muerte?... ¿Serviría de algo? ¿O más bien habría que pensar en rehabilitación?
E. G.: —Los jueces tienen la cabeza para pensar y elementos para sentar jurisprudencia, así que no creo que se use la pena de muerte. La solución está en el diagnóstico, ya que éste trae un pronóstico. Luego, lo que hay que hacer con él depende de sus posibilidades de ser rehabilitado, de que la institución que se ocupe de él disponga de los medios técnicos necesarios y de averiguar qué es lo que le ocurre realmente; no, no lo sé.
E.: ¿Se pudo evitar este caso? ¿Se podrán evitar? ¿Se rehabilitará Robledo Puch?
E. G.: —La pregunta mayor que yo me hago, y que le hago a quienes están preocupados por este suceso, es si la sociedad y las instituciones ocupadas del cuidado y la rehabilitación de enfermos y delincuentes han hecho o harán por él más de lo que papá y mamá Robledo Puch han hecho hasta ahora.
Revista Extra
03/1972
 
 

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