Mágicas Ruinas
crónicas del siglo pasado

La Costa
Las viejas, nuevas playas
Durante 10 días, Magdalena Sánchez Elía recorrió las playas desde el Cabo San Antonio hasta Mar de Ajó. Este es su informe.

“Son las aguas más yodadas de la zona”, propagandeó el hombre. Luego, avergonzado por su proselitismo en favor de San Clemente del Tuyú, intentó justificarse por el lado de la medicina: “Sin duda son ideales para los de la zona cuyana”. Su entusiasmo es explicable. Uno de los 4.000 clementinos permanentes vio ascender vertiginosamente la columna turística en los últimos años: llegaron a ser 35.000 permanentes en 1969, trayendo todo el progreso del caso. Ocuparon los 60 hoteles o residenciales de segunda y tercera categoría por 8 a 15 $a diarios sin comida y 18 a 28 $a con ella; habilitaron no menos de 1.000 departamentos para el alquiler veraniego por 700 y 800 $a mensuales, inundaron la otrora desierta Calle Uno de juegos mecánicos para niños y adolescentes. A Go-Go, el mejor de sus boliches, reabrió hace dos meses su patio entoldado, la falsa chimenea y la enorme guitarra que decoran las paredes y su techo de damero al quinto año de vida. Como antes (más que antes), su dueño, Juan Huryn (23), alternará con los parroquianos, consciente del éxito de la sociabilidad. “Es que el público está compuesto por una gran mayoría de familias de clase media para abajo”, sociologizó William Patiño (48, 3 hijos), el orgulloso presidente de la Sociedad de Fomento local.
Si el objetivo es la costa atlántica del cabo San Antonio hasta Mar de Ajó, la única vía de acceso es la Ruta 2 hasta Dolores, 207 kilómetros a lo largo de los cuales conviene satisfacer necesidades gastronómicas. Luego, a través de General Conesa, 107 kilómetros más hasta San Clemente, inicio de una ristra de seis playas que evaden el estruendo y la promiscuidad de Mar del Plata. Las empresas de ómnibus Río de la Plata o Expreso Buenos Aires hacen el trayecto desde la capital por 12,5; el dato lo maneja en la actualidad la troupe de campamenteros porteños: los 3 campings clementinos totalizan una capacidad para 950 carpas y opción a baños, agua caliente y proveeduría por 3 $a diarios.
“NO importa que no haya muchas cosas que hacer —se despreocupa Huryn—: se puede ir a pasear al faro, caminar hasta el vivero Cosme Argerich o aprovechar el muelle; en temporada se sacan buenas corvinas negras y a partir de abril, tiburones.”
Son los propios clementinos los que aprovechan el auge, la rara posibilidad de pescar tiburones desde la costa. El acceso al muelle cuesta 0,5; el alquiler de un caña, 1 $a por hora.
Un poco más al Sur, a 36 kilómetros por un mal camino de tierra, el balneario Las Toninas ofrece, en abierta contraposición, la calma de un balneario nuevo, 250 habitantes permanentes, 3 hoteles por 6 $a diarios y comida a la carta. La definición de Enrique Díaz (32, 1 hijo), gerente de la inmobiliaria local, anuncia esas características como si fueran un mérito: “El auge comenzó hace cuatro años, y todavía no hay nada: ni deportes, ni cine, ni confiterías, ni entretenimientos nocturnos; sólo playa y tranquilidad”. La tendera Isabel de Gómez, factótum de la única librería, atiende otros detalles: “Aquí las cosas salen muy caras; antes no había siquiera un colectivo que llegara hasta aquí y los habitantes se aprovechaban. La leche, por ejemplo, la cobraban 20 pesos viejos más que en Santa Teresita”, se quejó.
Si no se puede renunciar al precio de la leche, será necesario citarse en la propia Santa Teresita, a 6 kilómetros. Tiene otra ventaja: el único golf club de la zona, emplazado en los terrenos de la familia Leloir. No muy lejos del deambular de los 300 socios, suele veranear el propio Nobel Luis Federico Leloir, y el regusto a oligarquía de su apellido marcó desde hace años un nivel económico mayor entre sus vecinos. El centenar de hoteles marcan sus precios de 19 a 26 $a diarios, y suelen ser insuficientes para los 70.000 turistas anuales. Como corresponde a un mayor nivel adquisitivo, las diversiones se reparten en dos canchas automáticas de bowling,
dos cines, juegos mecánicos, vuelo en el aeródromo y 10 confiterías bailables. Entre ellas, La Mosca Loca, un local pequeño que atosiga sus mesas a 3 $a por cabeza.
A 15 kilómetros, La Lucila del Mar reivindica el veraneo familiar. Nada de hoteles: sólo casas de factura discreta y una, multicolor, que oficia de confitería bailable y actúa como polo de desarrollo de dos balnearios incipientes: Playa Grande y Costa Azul. Un poco más al Sur figura San Bernardo, a juicio de los habitués de la zona, el mejor de la cadena. Fundado en 1943 por la Compañía Inmobiliaria del Este, fue planificado con un férreo criterio de residenciales y calles arboladas. "Todo esto era un descampado feroz, plantamos árboles y luchamos contra los depredadores", recordó ante Confirmado Arnaldo Dávila (49, soltero). “Cuando se hizo el loteo el progreso era una vaga esperanza; creo que esto fue una obra de fe”, exageró. El año pasado, el Sindicato de Luz y Fuerza invirtió 300 millones viejos en la compra de uno de los 7 hoteles, el Bello Horizonte. Los restantes alquilan sus piezas por 40 y 50 $a diarios: la atracción de La Tranquera, el boliche más lindo de la zona, parece ser la mayor razón. “Aquí vienen muchos brigadieres y artistas: Fernando Siro, Antonio Prieto, Medina Castro”, generalizó su dueño Erwin Trottnow, un alemán empecinado en conservar el lugar para solaz de las familias: baile de 18 a 22 para menores y hasta la madrugada para los restantes.
Poco antes del gran desierto de playas que lleva a Pinamar, como última posta, Mar de Ajó luce este año calles destrozadas para el divertimento de sus 3.500 moradores y 50 000 turistas. “Es que es un público regular, ni artistas ni dinero, como en San Bernardo”, se despreocupan los pobladores. La época en que el ancho de su playa ofrecía campo abierto para las picadas automovilísticas parece pretérita. Alquilar caballos a 4 $a la hora o un poco de fútbol son las únicas posibilidades.
Revista Confirmado
23.12.1970
 

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