Mágicas Ruinas
crónicas del siglo pasado

pesca pirata en nuestras costas
"Piratas" en nuestras costas
Naves de diversos países se acercan a nuestras costas, penetran en nuestras aguas y se llevan nuestros pescados. Nadie se lo impide. El despojo se concreta (ATLÁNTIDA lo comprobó desde a bordo de un barco y desde un avión) a la vista de los sufridos pescadores argentinos. Competencia desleal que atenta contra nuestra industria, que pierde así mercados.
A BORDO DEL "PATAGONIA"
Por Alberto Laya
Fotos Jorge Aguirre


—Cretinos, ¿cuándo dejarán de robarnos? Sucios, indecentes, piratas. . . ¡Ojalá que tu alma se pudra como tu barco!
Los gritos se perdieron en el mar. En un mar monótono, intensamente verde. Ningún eco devolvió la blasfemia. A cincuenta metros unos ojos codiciosos brillan como dos pequeñas escamas. Yo ya sentía la angustiosa ráfaga del mareo. Hacía cuatro horas que navegábamos y un rancio olor insoportable nos revolvía el estómago a nuestro fotógrafo y a mí. Al rato convertí al mar en una gigantesca palangana.
—No grites más. No te oyen. Trabajá y mordete la lengua.
Dos brazos robustos cayeron a lo largo de un cuerpo cobrizo. Unos minutos antes parecían dos nerviosos mástiles agitados y amenazantes.
pesca pirata en nuestras costas—Siempre nos pasa lo mismo. Nos roban frente a nuestras propias narices. Si tuviésemos un cañón ya los habríamos mandado al fondo del mar.
Junto a nosotros se desarrollaba un viejo drama, repetido como ese olor inaguantable. Un absurdo drama contemplado a ras de agua y a 30 metros de altura, desde donde la lente indiscreta de otro de nuestros fotógrafos sensibilizaba desde un avión la batalla pacífica de la pesca.
Era muy temprano. En mi nariz tenía todavía el insoportable tufo a encierro del camarote. Una mezcla diabólica de casi todos los olores desagradables del mundo. Claro, lo raro es que allí, en el “Patagonia” —homónimo del que recientemente se tragó el mar—, un barco pesquero de ocho cuchetas y en donde la gente se pasa tres días sin bañarse, hubiese habido un refrescante olor de naranjas. Habría sido inadmisiblemente insólito. Ya los pescadores habían tirado su primer lance. Otros habían hecho lo mismo. Pero pertenecían a otros países. Y estaban en nuestras aguas, en esas aguas que un código que nuestros pescadores no entienden denomina legalmente "aguas jurisdiccionales". Eran, pues, los ladrones, los intrusos, los punguistas del mar. Hombres resignados como los nuestros, hombres que quisieran dejar de hacer lo que están haciendo, hombres que están pensando siempre en la costa, hombres para quienes el volver del trabajo todos los días es un milagro. Y allí estaban. Barcos brasileños, españoles e israelíes pescando en aguas argentinas, cometiendo pacientemente un despojo que nadie castiga. Había también japoneses, pero éstos, autorizados, pescan atún para nosotros. Cuando se me pasó el mareo me dieron ganas de gritar como ese marinero exaltado cuya blasfemia se la tragó el mar a cincuenta metros de esos pequeños ojos rasgados que refulgían como dos diminutos peces saltando en la arena.

Pero, ¿por qué?
Me costaba creerlo. El mar, era evidente, no podía ser de todos. Era la batalla de todas las horas. Una lucha invisible, sin espectadores, sometida a una industria intensamente evolucionada y que puede convertir a un pobre en un millonario o dejar que un pobre siga siendo un miserable.
—Usted no lo puede creer, pero lo está viendo. A veces no quisiéramos volver a salir nunca más. Vienen aquí porque les conviene. Yo no sé, verdaderamente, qué hace nuestro gobierno.
—Y ustedes ¿qué han hecho?
—Protestar, pedir, indignarnos.
—¿Y?
—Nada. Ni nos oyen ni nos escuchan. En lugar de ser pescador sería mucho más negocio ser pizzero.
Detrás de este visible, audible y palpable drama, más allá de esa vida sacrificada de comidas nerviosas y apuradas que terminan generalmente en una úlcera, se esconde uno de los pocos absurdos con una explicación lógica. La empresa española Oscanova, por ejemplo, pesca con sus barcos en la plataforma argentina y vende a su país el pescado nuestro en un treinta por ciento más barato que el pescado que le vende la Argentina. Nuestro país, por ser un país extranjero, tiene que pagar en España un recargo para poder ingresar su producto. Numerosos capitalistas que trabajan en la pesca argentina aseguran que es muy difícil reconquistar los mercados perdidos, tales como los de Brasil, España e Israel. Sin ocultar su preocupación y, en muchos casos, su ira, afirman que la actitud de nuestro gobierno al respecto ha sido poco resuelta.
—A mí que no me vengan con promesas. Sólo queremos que se respeten nuestros derechos.

Hicimos rico al país
"Nosotros le dimos al país una industria poderosa. ¿Qué era la industria marplatense del pescado hace cuarenta años? Nada. Vino pesca pirata en nuestras costasgente honrada a trabajar y mire lo que pasó. Nosotros hicimos rico al país.” Convenía, por supuesto, no contrariar a este viejo pescador que había inculcado ese ‘‘maldito oficio” a sus hijos y que no pararía hasta inculcárselo a sus nietos. Su irritación podía haber sido clasificada como la del ‘‘arrebato de los justos”.
Seguíamos navegando. El primer lance ya había terminado. Duró una hora. A partir de entonces ya no tuvimos paz. El pescado estaba en cubierta. Nadie podía dejar de hacer lo que estaba haciendo. Todo parecía dominado por un ritmo mecánico. El pescado no puede estar mucho tiempo en cubierta porque se pone blando. Se lo encesta y va a la bodega, donde se lo encajona y se lo acondiciona con hielo. Los pescadores habían comido en cinco minutos en una mesa para liliputienses: cincuenta centímetros por un metro. Pero nadie estaba de mal humor. Se habían levantado a las cinco. Se acostarían a las 23.30.
—Muchos creen que nos damos buena vida. Sólo se compadecen de nosotros cuando un barco desaparece y se traga a toda la tripulación. Entonces los diarios hablan de los chicos que dejaron. Se hacen la novela. Ahí comienzan a comprendernos, a comprender esta vida de perros. Pero se olvidan pronto.

Ricos y pobres
Por suerte me había liberado de una cucheta asfixiante como un nicho. El “Patagonia” estaba ya en puerto. Su carga estaba por hacer tierra. Me acordé entonces de la gente honrada que había hecho rico al país. La encontré.
En Mar del Plata nació la industria del fileteado, base de la fortuna de un pionero llamado Antonino Espósito, de origen italiano y de comienzos muy humildes. Tiene 40 años de edad y es apodado “Corazón” por su bondad nunca desmentida. Su establecimiento se llama Esdipa S.A.I.C. y actualmente es el más importante de los dedicados al fileteado, es decir al pescado libre de cabeza, vísceras y espinazo. Allí se lo enfría y se lo empaqueta. Desde los diez cajones diarios obtenidos en su iniciación se llega ahora a dos mil. Es una sólida empresa que factura treinta millones de pesos mensuales. Cuenta con 400 obreros, de los cuales el 35 por ciento está constituido por mujeres. Otro caso parecido al de Espósito es el de Francisco Abreu, nacido en Vigo y dueño de un secadero de bacalao. Hace ocho años que llegó a Mar del Plata con 40.000 pesos y al poco tiempo de arribar comenzó a pedir prestado para dar de comer a sus tres hijos. Hoy tiene un horno donde se secan 6.000 pencas de bacalao y una fábrica de 800 metros cuadrados. Sigue tan desaliñado como siempre. Usa la ropa rotosa y a la puerta de su saladero lo espera todos los días un Cadillac celeste comprado al joyero Ricciardi en 620.000 pesos.
—Se me dio por comprar un Cadillac como se me podía haber dado por llorar.
He aquí dos palpitantes casos humanos a quienes los salvaron la fe y la imaginación. Son dos triunfadores. Hay otros. Otros que no vencerán nunca. Pertenecen a un mundo menos afortunado. Son los pescadores que salen todos los días a la imprevista aventura del mar y que trabajan penosamente para alimentar a los suyos. Pero viven. La pesca los atrapó y ya no
pueden salir de ella porque, con todas sus mordientes etapas, es “un oficio que hace renegar mucho, pero que se nos metió como un veneno’’.
Numerosos establecimientos dedicados a la industrialización del pescado han hecho de Mar del Plata el centro de la actividad del “gran presente y del notable futuro’’. Los pescadores siguen sin entender de leyes. Lo único que saben y quizá lo único que les importe es que junto a ellos, a un palmo de “nuestras propias narices’’ y sobre zonas vedadas, esos barcos intrusos —“diga, mejor, ladrones’’— les saquen el pescado de la boca. Se resisten a creer que tanto esfuerzo sea capaz de mantener indiferentes a quienes debieran dar la palabra definitiva para evitar un despojo que se comete todos los días y que es, concretamente, una profunda sangría a la economía argentina.

Aguas jurisdiccionales
¿A qué obedece la clandestinidad de los “barcos ladrones”? Simplemente, a una invasión de aguas jurisdiccionales. Ellos pueden hacer lo que se les antoje sólo en alta mar, la cual, según la definición jurídica, es “aquella parte del mar que no está sometida a la soberanía o jurisdicción de Estado alguno y que se halla delimitada por las aguas territoriales o jurisdiccionales de los Estados”. Pero ¿hasta dónde la Argentina ejerce su soberanía marítima? El 11 de octubre de 1946 la República Argentina, siguiendo el ejemplo de otros países latinoamericanos, incorporó a su derecho positivo el principio jurídico de que la soberanía argentina se extiende al mar epicontinental y a la plataforma submarina. A pesar de ello hoy se aplica el Código Civil (inciso del artículo 2340), que establece que forman parte del dominio público, nacional o provincial “los mares adyacentes al territorio de la República hasta una distancia de una legua marítima medida desde la línea de la más baja marea”. Es decir, que el mar territorial tiene en nuestra legislación un ancho de tres millas, medidas desde la línea de las bajas mareas. Actualmente, en el Derecho Internacional, la extensión del mar territorial es variable, si bien en la mayoría de los casos oscila de tres a seis millas.
Desde el “Patagonia” vi cómo se violaba ese limite. Los gritos de aquel pescador con sus brazos agitados como dos pequeños mástiles amenazantes no pertenecían a un “Tratado de la desesperación”, sino a un “Tratado de la razón”.

Pesca de altura y costera
En Mar del Plata se realizan dos clases de pesca: la costera y la de altura. La primera es la pesca menor, practicada por barcos de pequeño tonelaje, “las cenicientas del mar”, cuyos productos son rematados en la popularmente llamada banquina. La segunda es la pesca mayor (merluza y atún) y la realizan barcos que son considerados los más caros del mundo por tonelada, porque cubren la misión múltiple de ser a la vez cargueros, frigoríficos y tractores, función ésta concretada en la pesca de arrastre. Sus tripulaciones son las mejor remuneradas dentro de la actividad pesquera, a tal punto que el capitán gana 150.000 pesos mensuales; el maquinista, 80.000; el primer pescador, 60.000, y el cocinero, 50.000. Cuentan, además, con seis o siete tripulantes, cada uno de los cuales cobra de 45.000 a 50.000 pesos mensuales. Estas cifras admiten diversas variaciones, pues la tripulación se reparte el 25 por ciento de lo producido por la pesca del mes. Los barcos realizan entre siete u ocho viajes por mes y en cada viaje pueden llevar hasta 1.300 cajones de pescado, o sea 70.000 kilogramos (con hielo para el consumo), y pueden totalizar hasta 110.000 kilogramos llevándolo a granel, es decir, suelto.

“Seguimos esperando"
—Nosotros seguimos esperando. ¿Qué otra cosa podemos hacer?
El 15 de julio de 1963 le fue formulada al entonces ministro de Marina, contraalmirante Carlos A. Kolungia, una denuncia firmada por la casi totalidad de las industrias extractoras de la pesca y de su reducción, conservación y comercialización. Fueron puestas a su disposición numerosas pruebas que establecían la violación de la plataforma argentina. En ella se dio una nómina de los barcos identificados y que realizaban sus tareas pesqueras en abierta oposición a las leyes del mar: "Sotomayor” (español), “Santa María”, “Candelas”, “Salvatierra”, "Itu” y “Cristo Redentor”, ¡brasileños! Tal denuncia fue desoída.
—Caramba, ¿qué debemos hacer para que nos oigan?
La espera no es, precisamente, la mejor consejera para la impaciencia. Actualmente se debate una ley que fijará definitivamente los derechos de la pesca, ley que tiene ya media sanción del Senado. Lo dije en rueda de pescadores.
—Oiga, usted no nos miente ¿verdad? Ya estamos cansados de tanto prometer.
Sí, los pescadores han esperado demasiado. Nuestra industria pesquera no merece tanto desprecio. Los pescadores siguen haciendo lo que ya no quisieran hacer más. ¿Qué otro remedio les queda? Entretanto, el drama persiste. En aguas argentinas, a la vista de quien quiera verlos, los barcos “piratas” siguen alzándose con un producto codiciado que parece ser de todos y que sólo nos pertenece a nosotros. La pesca no es únicamente una iluminada estampa para turistas curiosos. Es algo más. Mucho más. Es trabajo, riqueza y fe. Deseemos que aquel grito que se perdió en el mar (“Cretinos, ¿cuándo dejarán de robarnos?”) no se pierda en los oídos de unos hombres que tienen la obligación de escuchar y de sancionar la ley que dé a cada uno lo suyo.
Revista Atlántida
11/1964
pesca pirata en nuestras costas
pesca pirata en nuestras costas

ir al índice de Mágicas Ruinas

Ir Arriba