Mágicas Ruinas
crónicas del siglo pasado

Balbín y Perón
POLITICA 1970
UN PERONISMO BALBINIANO

peron - paladinoEl arraigado espíritu de conservación que distingue a Juan Domingo Perón Sosa (75 años, a cumplirlos el 8 de octubre), se manifestó nuevamente la semana última; alegando que un desconocido intentaba penetrar en su quinta de Puerta de Hierro, Madrid, pidió a la Policía española reforzase la fuerte escolta que lo sigue a todas partes y mantuviera durante las 24 horas la guardia asignada a su residencia.
No es el único gobernante depuesto que mora en territorio español: también está su antiguo amigo Marcos Pérez Jiménez, que hace una década le brindaba asilo en Venezuela y que ahora se niega a ocupar una banca de Senador en Caracas. Con todo, sus exigencias de seguridad no causan demasiado fastidio a Francisco Franco: rumboso, dicharachero, buen compadre de petroleros texanos, veterano de garitos y francachelas, nutre del propio bolsillo a sus guardaespaldas, y las autoridades se limitan a observar sus movimientos con toda discreción.
Al parecer, las inquietudes del expatriado argentino acrecieron en los últimos meses, a raíz del infortunio sufrido por Pedro Eugenio Aramburu; si bien una corona de flores, con su nombre, honró a los Montoneros acusados del asesinato del ex Presidente, se duda de que fuera suya la decisión de enviarla: sería una temeridad extraña a su temperamento, susurran sus amigos.
Pocos días antes, su Delegado personal en la Argentina, Jorge Daniel Paladino, expresaba en Madrid el temor de que Perón fuese objeto de un intento de asesinato, o de un secuestro. En esta época cruel, son riesgos a los que están expuestos los hombres públicos, sobre todo los que no ponen entre ellos y su pueblo una distancia oceánica; pero nadie los pregona. “Lo que tenga que venir, que venga”, suele decir filosóficamente un hombre como Arturo Frondizi, cuya miopía lo inhabilitó para la esgrima y el tiro, aunque no para el box (fue peso pluma amateur en 1926).
Paladino volvió a Madrid el miércoles pasado después de pasar dos días en Roma; ya hace unos pocos meses fue visto rondando el Vaticano, y nadie ignora que está siguiendo la pista de los restos de Eva Perón, cuya repatriación —más probable que la de su consorte— podría cancelar una inadmisible injusticia y contribuir, por lo tanto, a la concordia nacional.
A fines de semana, los círculos peronistas esperaban la llegada de Paladino, contrastando sus interpretaciones acerca de los dos anuncios que había formulado en Madrid:
1.Perón regresaría “antes de fin de año”: se cuenta con el “consentimiento cívico” —alusión a los dirigentes de otros partidos— y el de “los actuales responsables del país”.
2.Peronistas y radicales evitarían la beligerancia recíproca y presionarían conjuntamente en favor de la recuperación institucional.
En ambos casos Paladino se ha precipitado, acaso deliberadamente. Según algunos, el Gobierno podría considerar un proyecto de indulto que permitiría a Perón eludir la acción de la justicia ordinaria; pero la especie no ha podido ser confirmada y, en todo caso, faltaría elegir la oportunidad propicia, que requiere el consentimiento de los estratos superiores del Gobierno.
En cuanto a la colusión radical-peronista, Ricardo Balbín (páginas 18-19) explica su carácter precario (—“Paladino puede ser desautorizado...”— “Mala suerte. Es el riesgo”) y su alcance limitado (“Es absurdo hablar de «alianzas»). Ambas partes convienen —negativamente— en no hostigarse y en precaverse contra toda maniobra tendiente a desintegrarlas. Pero a nadie se le escapa que, si las autoridades distritales del radicalismo sancionan con severidad los casos de inconducta, los peronistas se introducen con soltura en los elencos oficiales, mientras Perón y Paladino se limitan a condenaciones genéricas, invariablemente seguidas de efusivas muestras de amistad.
Una carta de Ernesto Sammartino a la Convención Nacional de su disuelto Partido formula los irreductibles reparos del sector “gorila” de la UCRP. “Un acuerdo de no beligerancia con el peronismo significaría en la realidad de los hechos —arguye—, aunque quieran negarlo las declaraciones dialécticas, no sólo darle un bill de indemnidad por los extravíos del pasado, sino también abrirle prácticamente las puertas para su acceso al poder.” Acusa no sólo al Perón de antes, sino también al de ahora, solidario de Fidel Castro, protegido de Franco y admirador de Mao.
Es probable que la actitud de Sammartino —un aislado— no obtenga sino unas pocas adhesiones en la Convención Nacional (si algún día se reúne). Mucho más sólida es la posición de otros estrategos políticos: siendo la UCRP y el peronismo los dos partidos mayores, está claro que el Gobierno, cuando se abra el proceso electoral, deberá atraerse a uno de los dos para derrotar al otro; y no cabe duda, en ese esquema, sobre cuál de ellos es menos exigente , en materia de principios. Esos círculos i suponen que Perón desea, simplemente, utilizar al radicalismo para elevar sus exigencias, y que cuando las haya satisfecho ordenará a Paladino mutis por el foro; será el turno de Pedro Michellini o de Edgar Sá, quienes confunden al radicalismo entre las sectas liberales y preconizan la unión de Pueblo y Fuerzas Armadas (como si todo el pueblo estuviera en un solo Partido y los militares pudieran servir a un Partido).
A estas objeciones, Balbín puede responder flemáticamente: tampoco él aseguró a su interlocutor sobre el rumbo-futuro de la UCRP: se trata, apenas, de apretar al Gobierno en un par de pinzas, hasta que convoque a elecciones: entonces la opinión se polarizará y todo el antiperonismo tendrá que aglutinarse detrás del radicalismo. Ninguna elección, desde 1954, rindió más de un 35 por ciento de votos peronistas.
Si se leen con atención las respuestas acerca del eterno retorno (ver las columnas siguientes), aparecerán tres notas principales: todos se expiden favorablemente, pocos lo creen posible, y alguno sugiere que Perón no vendrá, pero por decisión propia.
Es como si peronistas y antiperonistas estuvieran de acuerdo en llevarlo a una situación en que ya no podrá soslayar el compromiso sin ponerse en evidencia.
Es hora —se diría— de acabar con la burda ilusión que se impuso a las gentes sencillas, haciéndoles creer que la porfía nacional del período 1955-70 terminará en una fiesta cívica, con un abrazo entre los vencedores y los vencidos de ayer, avergonzados los unos de su anterior conducta y seráficamente dispuestos los otros al olvido y a la armonía. Así como los viejos partidos fracasaron, porque quisieron cancelar diez años de historia, se burlan de la razón histórica quienes supongan que puedan amputársele los últimos quince.
Perón es demasiado sagaz para compartir tales ensueños. Sabe que no habrá elecciones mientras él pueda ganarlas y que no tiene ninguna posibilidad de imponerse por la violencia. No puede, en consecuencia, sino preservar su mito y esperar, si acaso, una rehabilitación histórica.
Pero ese mito, que fue útil al personal político del peronismo para mantener la moral de su clientela, le resulta ya insufrible, porque cohíbe su capacidad de maniobra. Los hombres con fuerza propia —aquellos, sobre todo, que han logrado convertirse en líderes populares de las Provincias— anhelan salir del leprosario, sea para arrimarse al Gobierno o para llegar al cuarto oscuro como un partido democrático.
Las declaraciones de Jorge Daniel Paladino —que aluden a la buena voluntad del Gobierno y de la oposición y que fijan el breve plazo de un trimestre— tienden, probablemente, a socavar el mito de Perón. Este hombre, que algunos creyeron insignificante, ha seguido una línea clara desde el día en que Jerónimo Remorino —un político conservador de Córdoba— lo ubicó junto a Perón para arrancarlo a la crematística influencia de Jorge Antonio y al crónico oportunismo de Augusto Vandor. Ahora aparece como un hábil intérprete de los políticos peronistas cansados del incesante zig-zag, de las eternas triquiñuelas de un Jefe dispuesto a morir en el exilio. 0

UN FILOPERONISMO GENERALIZADO
La noche del martes, el Subsecretario de Asuntos Políticos, Enrique Gilardi Novaro, respondía por escrito un cuestionario (5 preguntas) a propósito del retorno peroniano. “El Gobierno —dijo— no tiene nada que informar al respecto”; eludió la versión sobre el indulto; “el Poder Ejecutivo nacional no ha enviado ningún emisario” a Madrid; no hubo ningún pedido concreto de los peronistas; es posible que el Ministro del Interior dialogue con Paladino, “como con cualquier otro ciudadano preocupado por los problemas políticos del país”.
Entretanto, Primera Plana y otros órganos de difusión recogieron las siguientes opiniones:
•ARTURO ILLIA (en Jujuy): Si Perón desea responsabilizarse de sus actos, debe regresar. Todos los ex mandatarios deben permanecer en el país y responder ante el pueblo por sus actos pasados. Mi Gobierno, en 1964, no frustró el retorno de Perón; él no tenia el propósito de alcanzar la Argentina, puesto que su pasaporte era hasta el Uruguay.
•Alejandro Gomez (efímero Vicepresidente en 1958): La oposición al retorno de Perón es el miedo a Perón, por lo que éste representa como posibilidad revolucionaría. Si en estos quince años se hubiera gobernado para la Nación y el Pueblo, hoy Perón sería una importante pero no decisiva figura.
•ARTURO JAURETCHE (escritor) : El retorno de Perón debe ser considerado desde dos ángulos, el de la lógica —que demuestra no existen razones para que Perón no vuelva— y el de la política práctica —donde queda evidenciado que ese retorno es deseado y reclamado por la mayoría del pueblo argentino—. Precisamente por este último motivo, una minoría que desde 1955 detenta el poder impide plantear la política nacional sobre los términos de una realidad; porque Perón no es un nombre, sino una política con implicancias sociales y económicas. En realidad, la vuelta de Perón es una cuestión que se vincula al conflicto que la Argentina real mantiene con los continuadores de una política perimida, quienes quieren encerrar a esa Argentina real en su cáscara. Ese es el conflicto de fondo.
El retorno de Perón, por eso, debe producirse naturalmente; claro que en el proceso mucho tienen que ver las fuerzas que en la actualidad ejercen el poder. Esas fuerzas hablan de lograr una salida; en realidad, lo que hay que lograr no es una salida —porque se desemboca en otra bolsa del laberinto—, sino un camino. Y el camino es la realización de una Argentina soberana en lo político, justa en lo social e independiente en lo económico.
•JORGE FARÍAS GOMEZ (cofundador de la Intransigencia radical): No creo que Perón piense, siquiera, en venir al país, humillándose a aceptar un “permiso” de entrada y mucho menos a gestionarlo directa o indirectamente. En cambio, no habría que descartar la posibilidad de que venga a Chile, allí donde el pueblo ha triunfado con Salvador Allende, apenas éste se haya afirmado en el poder, o antes, para la asunción del mando, ceremonia a la que también concurrirá —seguramente— un Embajador de Cuba, a cuando menos un representante personal de Castro.
•Oscar Alende (Gobernador de Buenos Aires en 1958-64) : Apoyo toda iniciativa que contribuya a la conciliación nacional. No debe dudarse en adoptar medidas que contribuirán a terminar con el odio entre los argentinos, sentando bases sólidas de pacificación . y reencuentro. Por otra parte observo, con gran complacencia, que ya existe un espíritu público de conciliación. Si yo estuviera en posesión de los medios adecuados, permitiría el retorno del general Perón sin conflictos.
•MANUEL RAWSON PAZ (aramburista) : Si una masa importante del país reclama su regreso, sería una cobardía nuestra que todos los que no participamos de su idea nos opusiéramos a que el señor Perón retorne a la República. Si la paz de los argentinos dependiera de la vuelta de Perón, yo, a pesar de no ser un hombre de fortuna, estaría dispuesto a contribuir a fletar un avión para traerlo al país.
•MIGUEL ANGEL ZAVALA ORTIZ (ex Canciller) : El país, urgentemente, necesita salvar los pozos de la historia, con unidad nacional, democracia integrada, funcionalidad constitucional y Gobiernos libremente elegidos, para lograr un porvenir con independencia, desarrollo sostenido, paz y bienestar social. Todo cuanto pueda contribuir a esos resultados tendría que ser servido y estimulado. Solamente desde ese aspecto deberíamos considerar el regreso del general Perón, cuya decisión personal tendría que ser libre para él y respetable, incluso, para los argentinos que no actuamos en su campo.
•JOSE MARIA ROSA (historiador): El regreso de Perón conviene a los militares gobernantes, para quienes el poder se les hace cada vez más angustioso. A través de sus palabras me parece —en tan nebuloso tema sólo pueden hacerse conjeturas— que la Revolución Argentina es un paternalismo militar a la espera de que “el pueblo tome conciencia”. En lo del paternalismo tienen algo de razón, porque no se podía seguir con la apariencia constitucional apoyada en partidos políticos, poco menos que inexistentes. Los militares tomaron el poder porque los civiles no andaban, como lo pudieron haber tomado los curas o los obreros si hubiesen tenido su organización y sus medios. En cuanto a la “toma de conciencia”, no lo he entendido bien: si es darles a los argentinos una posición política prefabricada, están incurriendo en el error o la ingenuidad de ponerse por arriba del pueblo ; de esos errores o ingenuidades está plagado el camino de los grandes desastres. Tomar ellos conciencia popular, sería lo inteligente y patriótico. Pero tal vez eso es pedirle peras al olmo.
Con esas premisas, juzgo la posible llegada de Perón. No sé si vendrá a cooperar con un paternalismo militar sin horizontes, a enfrentarlo, o si los militares gobernantes harán peronismo apoyados en el jefe del movimiento. En el primer caso, Perón se separaría de su movimiento (mejor dicho el movimiento de Perón), porque un conductor político no puede obrar sino interpretando a los conducidos y él es lo bastante inteligente para no hacerlo. En el segundo, no comprendo para qué vendría al país, donde su presencia lo hace vulnerable. Sólo me queda la tercera posibilidad: que los gobernantes hayan comprendido que el movimiento nacional al que Perón dio su nombre es el país mismo, y a eso responde el regreso de su jefe. Pero tampoco lo creo.
En consecuencia, ni a Perón le conviene volver, ni a los peronistas que regrese traído por los gobernantes. Solamente le convendría al Gobierno, que tendría un plazo más largo de “paternalismo”. Pero, repito, me parece que Perón no es zonzo.
•PABLO GONZALEZ BERGEZ (conservador) : El problema del retorno de Perón se mueve dentro de un clima de insinceridad escandaloso. Creo que ese retorno no lo desea ninguno de los que lo propician, salvo algún desprevenido de menor cuantía cuya opinión no toman en serio los mismos que actúan como sus intérpretes. Pero, sobre todo, una cosa es evidente: quién menos desea el retorno es el propio Perón.
•RAIMUNDO ONGARO (líder sindical) : En 1945 Perón llegó al corazón de la mayoría de los argentinos. A partir de 1955 estuvo presente fundamentalmente en la resistencia peronista y con los mártires del 9 de junio. Hoy está en la conciencia de casi toda la juventud argentina y latinoamericana y en las bases del pueblo, acompañándonos con su guía en la lucha por la liberación nacional y social.
Su regreso a la Argentina ha de ser fruto de la reconquista del poder por el pueblo. A Perón sólo lo puede traer el pueblo, pues sería ingenuo suponer que faciliten su retomo quienes lo derrocaron en 1955. Tampoco se puede creer en el integracionismo frondizista, que ya traicionó varias veces programas y acuerdos nacionales; y nada se puede esperar del Gobierno elegido por nadie, puesto que para impedir la socialización nacional ha decretado desde la pena de muerte hasta la clausura de los convenios de trabajo, persecución y torturas para quienes nos oponemos a la oligarquía y el imperialismo.

_RECUADRO EN LA CRÓNICA_
balbinNo hay “pacto” Perón-Balbín. A través de un personero del ausente, Jorge Daniel Paladino, coinciden simplemente en dos puntos: presionar en favor de un claro plan político y advertir al Gobierno que debe tratar con ellos, renunciando a la tentación de alentar disidencias y defecciones.
El tiempo torturó pacientemente las facciones de Ricardo Balbín desde que el segundo Gobierno Yrigoyen lo enviara, casi imberbe, en una controvertida intervención federal a Mendoza. Cuesta, también, reconocer al tempestuoso abanderado presidencial de 1951 contra el reeleccionismo de Perón, ni al cautivo de Olmos, que pagó el consabido desacato con un año de encierro. Al verlo surge más bien del pasado el candidato de 1958, cuando Arturo Frondizi, su anterior compañero de fórmula, lo tapó con los votos prestados del peronismo.
Desde entonces, se ha convertido en el empecinado símbolo de un viejo partido, de una generación frustrada y de modalidades políticas que el país joven confina en el folklore. La historia asigna a sus figurantes, con frecuencia, un papel que no les cuadra, y los transforma, al menos ante el vulgar esquematismo del público. Pero, aun con el rostro surcado por los años, Balbín es —lo ha sido siempre— un temperamento dramático; su voz, sus gestos, no han cambiado; si la literatura radical de su época es detestable, al menos formaba parte de un estilo de acción fundado en el coraje. Las circunstancias lo han convertido —como dice él— en “custodio” del radicalismo, y hay que creerle, sin duda, cuando jura que está dispuesto a trasmitir esa herencia, vivo.

DIFICILES SIMPATIAS
La semana pasada, en su despacho de abogado, Balbín dialogó con primera plana durante 90 minutos.
—Doctor Balbín: ese acuerdo de que habla Paladino, ¿cómo se formalizó? ¿En qué consiste? ¿A quiénes compromete?
—Le diré. He visto al señor Paladino una sola vez en mi vida. Fuimos a una mesa redonda convocada por un semanario: él llegó acompañado por Kelly y Camus, yo por Leopoldo Suárez y Damiani. Había también tres o cuatro personas que dijeron ser antiguos Comandos Civiles: estaba, por ejemplo, Manuel Rawson Paz. Fue una
reunión muy agradable, y pronto se observó una coincidencia general sobre dos puntos básicos: reclamar la vuelta a la constitucionalidad y la reestructuración de los partidos. Hay una cinta grabada, creo.
—El hecho de que Paladino dijera esas cosas al salir de Puerta de Hierro parece indicar que cuenta con el asentimiento de su Jefe.
—Lo destacó él mismo.
—¿Pero no cree qué ésa, en todo caso, es una de las líneas políticas que Perón deja avanzar simultáneamente, según su costumbre? ¿No sospecha que también autoriza subrepticiamente la colaboración con el Gobierno, y que las conversaciones con radicales sólo le sirven para poner a esa colaboración un precio más y más alto?
—No puedo imaginar nada. En Mendoza, durante una comida, Paladino advirtió que quien aceptase cargos oficiales quedaba fuera del peronismo.
—Varios documentos firmados por usted desde 1966, en nombre del Comité Nacional, postulaban la coincidencia con otras agrupaciones políticas en “la formulación de un programa básico” que garantizara la concordia nacional y un Gobierno constitucional estable. ¿Dónde está ese programa básico?
—No se ha llegado a este punto. Con los dos grupos presentes en aquella reunión hemos reconocido la necesidad de eludir enfrentamientos estériles y de elaborar, precisamente, ese pro
grama básico. Pero todo se hará a la vista de la opinión pública, sin tapujos: es absurdo hablar de “alianzas” como hace este vespertino [La Razón] o de “arreglos”, como supone algún correligionario alarmado.
—La impaciencia electoral los une, por lo visto. Y la voluntad de oponerse a todo empeño del Gobierno contra la cohesión de los partidos.
—No es una actitud electoralista: comprendemos que el Gobierno proceda por etapas. Y la primera debe ser, lógicamente, la reorganización de los partidos. Nosotros permanecemos al frente por disposiciones de la Carta Orgánica, que prevén estos casos de emergencia; cancelado el decreto dé disolución, surgirán las nuevas autoridades del radicalismo, que dirán la opinión del Partido sobre el proceso electoral y sobre contactos con las otras corrientes. No soy sino el custodio de la personalidad partidaria.
—Esa elección interna, ¿se haría con el último Estatuto?
—El proyecto fue del Gobierno Illia y tuvo la aprobación unánime del Congreso. Si se quiere reformarlo, no tenemos inconveniente. La única preocupación es que se intente birlarnos el nombre. Voceros oficiales declaran “perimidos” a “los políticos” (como si ellos no lo fueran); según otros, son las “formas” (pero no definen cuáles) las que deben cambiar. Todo esto es muy confuso. ¿No será que algún sector del Gobierno alienta el sibilino propósito de atentar
contra la tradición del radicalismo?
—Después del Estatuto, habrá que determinar la Ley Electoral. ¿Insisten ustedes en la lista incompleta o admitirán nuevamente la representación proporcional?
—Tenemos una Comisión que trabaja sobre ese tema. Creemos en la conveniencia de respetar el espíritu de la Ley Sáenz Peña, que permite al Gobierno contar con la mayoría necesaria; pero no hay por qué concederle los dos tercios.
—Mientras el radicalismo no se reorganice no será posible, entonces, articular ese “programa básico”: los custodios de las siglas no están habilitados para actuar en nombre de los afiliados. ¿Cree que ese principio es aplicable también al peronismo? Sus dirigentes siempre han sido designados a dedo; no conocen elecciones internas; constantemente invocan la “verticalidad”. A usted mismo, Paladino acaba de atribuirle un mando “vertical”. ¿Cómo tratar con dirigentes que lo son por derecho divino y que representan o no representan según las cartas que llegan de Madrid?
—Nosotros no creemos que, una vez vigente el Estatuto de los Partidos, se los pueda gobernar desde afuera.
—Paladino puede ser desautorizado en cualquier momento. ¿Qué pasa entonces?
—Mala suerte. Es el riesgo. Por eso es necesario que se permita a los partidos reiniciar su vida interna normal.
—A quince años de la caída del peronismo, ¿qué opinión le merece su obra de Gobierno?
—Pudo hacer mucho más, porque contaba con el apoyo popular necesario y no tenía problemas con las Fuerzas Armadas. Trajo a los obreros al primer plano de la escena —lo cual me parece bien—; pero el proceso revolucionario no se cumplió.
—¿Cree usted que el doctor Illia debe almorzar con el Presidente?
—No voy a contestarle sobre eso: no es asunto mío.
—Si a usted lo llaman, ¿irá?
—Sí. Pero yo no significo nada por mí mismo. Respeto a todos los que concurren, pero tampoco ellos significan nada, a menos que se reconozca implícitamente su calidad de dirigentes partidarios.
—¿Dirigentes o custodios?
—Custodios, nada más.
Primera Plana
29/9/1970
 
 

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