Mágicas Ruinas
crónicas del siglo pasado

Piazzolla / Serrat en Michelangelo
JOLGORIO EN LAS CATACUMBAS
Los coloniales laberintos de un café-concert porteño, Michelangelo, albergaron el martes pasado un costoso y exclusivo espectáculo, animado por Joan Manuel Serrat y Astor Piazzolla

Fue la noche más cara en la corta historia de Michelangelo, el sofisticado reducto musical porteño. Las remozadas galerías del viejo convento de Santo Domingo, en el corazón de San Telmo, recibieron el martes 14 un aluvión de casi 500 personas que colmaron su capacidad. El objeto de tanta ansiedad era la presentación del trovador catalán Joan Manuel Serrat, quien, junto al elenco estable de la casa (Rosanna Falasca, Jorge Sobral, Astor Piazzolla y Amelita Baltar), conformó un show monstruo de 4 horas de duración. Un millonario espectáculo —“prefiero omitir cifras”, se disculpó Luis Isaak (40, tres hijos, gerente administrativo del local)— que obligó a cada asistente a desembolsar 50 pesos nuevos en concepto de entrada y 6 pesos nuevos por consumición. Para soportar el ajetreo, 20 personas reforzaron la dotación habitual que componen 40 empleados. Claro que no fue suficiente: “Agradezca al comisario de la seccional segunda que permite estacionar en las dos veredas y hoy reforzó la guardia en la puerta del local con dos agentes”, reconoció Isaak mientras confidenciaba a SIETE DIAS: “Hoy hemos restringido al máximo las invitaciones; apenas algunos empresarios periodísticos y publicitarios recibieron nuestro convite”.
No era para menos: en los últimos días, las cuatro líneas telefónicas de Michelangelo se atosigaron de llamadas que clamaban reservaciones. Un alud, que incluyó comunicaciones con La Plata, Chascomús y Mar del Plata. “Hubo quien reservó localidades para las dos presentaciones de Serrat —la próxima será el viernes 24— hace más de una semana”, se enorgulleció Luis Rossi (25, gerente artístico). La troupe de asistentes incluyó a algunos herméticos funcionarios de la embajada de España, turistas extranjeros, grandes contingentes de la colectividad catalana de Buenos Aires y, por supuesto, algunas figuras del medio artístico nativo.
La conmoción causada por la presentación del vate español—“Nunca vi tantos preparativos”, confió un anónimo empleado— afectó también al maestro Piazzolla y a los integrantes de su conjunto, quienes esa noche estrenaron unos llamativos conjuntos tipo Mao, totalmente negros y confeccionados en fino brocato, complementados con elegantes mocasines negros de charol con hebilla. Un derroche de elegancia que promovió vanados comentarios. La situación pareció despertar el egocentrismo del violinista Antonio Agri quien, poco antes de subir a escena, mantuvo un animado diálogo con su director y la canora Amelita Baltar:
—Diga la verdad maessstro, ¿con esta pilcha no mato . . . ?
A lo que la Baltar retrucó:
—Sí; Fumanchú es un poroto al lado tuyo.
En esa circunstancia, un desprevenido fotógrafo fue sorprendido por el autor de Adiós Nonino, quien haciendo alusión a la semejanza de sus prendas con los hábitos sacerdotales, le espetó: “Pará, pará un cachito que salimos con la estampita”.
Como era de suponer, la velada no estuvo exenta de sorpresas. Por eso, pocos se sorprendieron cuando, intercalándose sin previo aviso en la programación, el recientemente promocionado cantante Polo Márquez improvisó su propio show: un popurrí de transitados boleros mexicanos que el público entonó, a coro, entusiasmado. (El batifondo obligó a Márquez a solicitar un mayor volumen para su micrófono. Posibilidad que, descartada por los técnicos, lo movió a los integrantes de la orquesta que lo acompañaba: “Despacito, muchachos, porque ni yo me escucho”.
El clímax llegó cuando, casi a la medianoche, arribó Serrat acompañado por sus cuatro músicos, sus guardaespaldas, sus ayudantes y el representante Lazo de la Vega. Entonces, un sutil trabajo de espionaje se puso en marcha para que las admiradoras del cantante no detectaran su presencia en la casa. No obstante, algunas lograron su objetivo: al ingresar al local y tras recibir un mensaje escrito de manos del portero, fue interceptado por una adiposa dama que, luego de asegurarle al cantante que era su prima, le susurró colgándosele del brazo: “Vos sos tan buen mozo o más que en las fotos”. La ignota pariente no fue la única que logró su objetivo. El catalán cruzó otras amabilidades con la Baltar —presenciaron juntos parte de las interpretaciones de Piazzolla— y con la brasileña Maysa Matarazzo, quien tras besarse largamente con él, le inquirió: “¿Cuándo puedo verte? Ahora estoy haciendo periodismo en una televisora paulista y quisiera hacerte una entrevista”.
Justamente, fueron los colegas nativos de la flamante periodista quienes acosaron sin piedad a Serrat. Una persecución que sólo irritó al español cuando SIETE DIAS lo consultó:
—¿Es posible reunirlo junto a Piazzolla y a los funcionarios de la
embajada de España que vinieron a verlo?
—Mira, a las dos de la mañana nunca me junto con funcionarios y menos de la embajada. Con Piazzolla sí porque es músico y además —señalándose con la mano la zona del corazón— toca de aquí.
La rimbombante velada culminó cuando el cantautor J.M.S. trinó las seis canciones —dos en catalán— incluidas en programa. Después, cuando aún resonaban en las viejas catacumbas los compases finales de Fiesta, el juglar español se abocó a planificar el epílogo del show: una excursión hasta El Viejo Almacén, el cercano reducto fanguero; de Edmundo Rivera, encabezada por Serrat, Piazzolla, la Baltar y la otoñal Matarazzo. Eran las tres y media de la madrugada y el frío de la noche había disipado, al parecer, los consabidos efectos del whisky. Los primeros bostezos ya no podían disimularse.
Revista Siete Días Ilustrados
20.07.1970

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