Mágicas Ruinas
crónicas del siglo pasado

marilu marini
DANZA: MARÍA LUCIA MARINI ES MARILÚ MARINI
No podía haber elegido nada mejor el Di Tella para despedirse de su sede de la calle Florida (aunque la semana última se decidió que continuará en ella durante todo el mes de junio) que el nuevo espectáculo de Marilú Marini, denominado, precisamente, María Lucía Marini es Marilú Marini. ¿Y quién es esta muchacha cuyo extraño rostro alcanza cada vez más la sugestión del de la Garbo, cuya ‘‘presencia” escénica es tan magnética que nadie puede dejar de mirarla cuando ella, con su planta imperial, pisa el tablado? Porque aunque no bailara, aunque no hiciera absolutamente nada, Marilú está ahí y basta.
Fuera del escenario se trasforma, vuelve a ser una walkiria imponente pero apacible, una pepona rubia, de habla casi monótona, con ojos que al reír se vuelven dos rayitas trazadas en una cara que fue, indudablemente, rozagante, arrebolada, como la campesina holandesa cuya vestimenta de alguna manera copia en este momento (con mezcla de niñita renacentista de esas que pintaba Bronzino), tirada en el suelo de su torre de San Juan y Rincón, donde vive con su segundo marido, el músico Carlos Cutaia (el primero fue el arquitecto y pintor Oscar Palacios). Marilú habla y juega con su pelo, se lo enrosca en la nuca y lo desenrosca con un gesto pausado aunque enérgico, mientras evoca el pasado.

BAILAR ES MI DESTINO. Nació en Buenos Aires, en el Hospital Rivadavia, y pasó su infancia hasta los diez años en Mar del Plata. Empezó, como tantas otras niñitas aplicadas, a estudiar danza clásica por aquello de que fortalece las piernas, la edad del desarrollo, la gracia femenina y esas cosas. “Siempre me encantó bailar —afirma este cuadro de Rubens parlante, tironeándose las guedejas—: de chiquita, con una amiga, hacía teatro y bailaba en el patio de mi casa”.
A los once años está de vuelta en Buenos Aires y sigue con el clásico, guiada por un tal profesor Misín, “total y absolutamente desconocido", afirma. Esto era en La Lucila, donde la familia Marini se había instalado. "Hacían recitales en el Ateneo de Mujeres y en la Cultural de Martínez para fin de año: a mí me fascinaban los papeles de las grandes locas románticas, todas tutú blanco y cisnes moribundos, pero no sé por qué siempre me daban los papeles cómicos”.
Con un menudo puntapié certero descarta algunos de los almohadones que la tapizan —extendida ahí en la alfombra, como una gran gata rubia— y prosigue: “Durante dos años no hice sino esas espantosas danzas presuntamente humorísticas: por ejemplo, me tocaba hacer de holandés con otra chica que hacía de holandesa, era un pas de deux, una cosa totalmente absurda. Después me encargaron algo que se llamaba Mi primer vals, con la coreografía exacta como debía ser pero tropezándome, cayéndome y haciendo todo para cualquier parte”.
Pero todo llega, y el momento romántico llegó para la incipiente bailarina. Lo malo es que no se acuerda muy bien qué era, con música de Grieg, aunque sigue pensando que le resultaba “fascinante”. En ese momento, papá Marini, como buen señor burgués dueño de una próspera industria, empezó a pensar en los horribles peligros que acechaban a su hijita en el mundo de la danza y puso un veto momentáneo a las inquietudes de Marilú.

EMPIEZA EL BEGUIN. Que fue momentáneo lo prueba el hecho de que al tiempo la Marini estaba afanándose y sudando en las clases de gimnasia rítmica y de danza regidas por Dora Kriner, ex bailarina del Colón y mujer del compositor Roberto García Morillo. Hay un viaje a Europa con sus padres, al recibirse de maestra, que duró seis meses y al cabo del cual se la ve trajinando de nuevo, esta vez en los cursos de la Universidad dictados por María Fux, donde fue compañera de Juan Falzone, Alberto Ribas y otros profesionales hoy notorios.
“Allí fue donde de veras empecé a bailar —reflexiona Marilú, sentándose a la manera yoga—. La Kriner me enseñó muchas cosas, pero con la Fux comencé a perder el miedo, a romper con muchas cosas, porque me aterraba al principio dejar en libertad mi yo íntimo, animarme a mostrarme distinta de lo que habitualmente había parecido durante esos años, frente a mis padres, frente al mundo en general.”
También Patricia Stokoe tuvo que ver con su formación: "Le debo mucho a nivel de conocimiento corporal y de despejar a la danza de una especie de mistificación que no conduce a nada”. Por ese entonces, Marilú formó una compañía de danza moderna para niños, llamada —“qué horror”, acota— El Cascabel, cuya primera realización fue sobre un poema de Nicolás Guillén, Ay, señora mi vecina, me robaron mi gallina, “totalmente coreografiada e inventada por mí”.

PARTIR ES MORIR UN POCO. “Ya sentía ganas de bailar mis cosas, pues intuitivamente percibía que mi mundo me era propio, distinto de la enseñanza que había recibido”, explica. Contaba con un sólido apoyo técnico, tenía una actitud abierta hacia las cosas, sentía que algo dentro de ella cobraba fuerza y pugnaba por expresarse. Hizo planes y conoció a Graciela Martínez y Ana Kamien, con quienes trabajó en Danza Actual, la primera vez que se usaron en la Argentina elementos plásticos y coberturas de stretch para ejecutar un baile totalmente imaginativo, poblado de monstruos y espolvoreado de humor. Justamente, el humor es uno de los rasgos constantes de Marilú, en la vida y en la escena. La semana pasada, al debutar en el Di Tella con María Lucía Marini, etcétera, le sucedieron varios percances que hubieran puesto en fuga a cualquier bailarina tímida: se le rompieron breteles del traje, se le desataron las zapatillas, la cinta grabada se interrumpió en un momento. Ella no perdió el aplomo, siguió bailando como si tal y, desafiante, interrogó a la cabina de sonido, en voz alta y de cara al público: "¿Y ahora qué pasa?".
Algo parecido se preguntó también para sí misma, hacia 1965, cuando estaba en Nueva York. Había ido a estudiar con Merce Cunningham y al ver una función de su compañía se desilusionó: “Ya no pude volver a las clases, fui al teatro a buscar algo que yo necesitaba y, claro, él por supuesto no tenía por qué darme justamente eso”. Entonces estudió jazz, engordó ("la angustia, supongo”), aspiró a ser corista de Mata Hari, un musical que duró un día en cartel (“de todos modos me rechazaron porque no sabía zapateo americano”); dio clases a "gente importante, como la mujer de Lawrence Alloway; el crítico que inventó el pop art, la palabra pop", pasó modelos, etcétera. "Fue un año de enfrentarme conmigo misma, en soledad; acababa de separarme de mi primer marido, con quien conservo una buena amistad aunque él vive ahora en Londres. Necesité huir de todo eso, asimilar la separación; sentí que crecía, ' que había un cambio en mí.”
Volvió con la idea de seguir huyendo, pero en cambio se quedó e hizo un espectáculo en Di Tella, Cuarenta y cinco minutos con Marilú Marini (1967), una admirable demostración de ascetismo expresivo. “Me gustó mucho hacerlo. Lo había empezado a preparar en los Estados Unidos, mientras a la vez trabajaba con dieciséis gimnastas varones en la confección de un gran show. Cuarenta y cinco minutos fue una especie de ensayo, muy valioso porque por primera vez estuve sola en un escenario.”

SER YO, SIMPLEMENTE. Piensa que en ese momento cometió un error: no volver a irse, a trabajar sola. Prefirió unirse al grupo de Alfredo Rodríguez Arias y ser la increíble cautiva de Love & Song (1968) en Di Tella; y, en ese mismo tablado, una pavorosa, refulgente, espléndida Madre Ubú en Ubú encadenado, una realización de Roberto Villanueva. Con los Rodríguez Arias se marchó a Venezuela y regresó, por incompatibilidad de caracteres; previamente, pasó por Estados Unidos y Europa, en París se reencontró con Graciela Martínez y juntas tramaron un ballet que se estrenó en un castillo medieval.
Ahora se siente muy feliz con su flamante presentación: “Quise hacer algo que fuera danza, simplemente danza, utilizando ciertos recursos que conforman o determinan un ámbito, un lugar". Lo que trasunta María Lucía Marini es la personalidad de una mujer que vive,
baila y ama sin esquemas previos, y que funde su propia, inagotable energía con la música (Chopin, Manal, Max Roach, Satie, Spooky Tooth, Vanilla Fudge) para hacer brotar sensaciones, sentimientos y hasta maneras de medir el tiempo que configuran una danza distinta.
En ningún momento deja de ser ella, aunque el arte la trasforme en otra cosa: con un vestuario de inspiración oriental y el torso casi desnudo (un invento de Gioia Fiorentino), arrastrada por la fascinación de los sonidos, ingresa en un éxtasis casi total, con esa maravillosa entrega de la gente joven que cree en lo que está haciendo pero sin solemnidad alguna. Cuando termina un número, con toda naturalidad se seca el sudor, se retoca ligeramente el maquillaje, toma un poco de agua y reemprende su tarea con gozo infantil. Entra con una rama de olivo, una manzana y un vaso de agua en las manos, y es como si dijera: “Acá estoy, soy de ustedes, todo lo que hago y doy es para ustedes". Y el público lo entiende perfectamente.
“Siento que todo está cambiando, sobre todo las relaciones entre los seres humanos; es como si cantaran, la gente se habla, se comunica, se mira, se toca, se quiere, se ama en forma distinta." Marilú da clases no sólo porque tiene muchas cosas que dar a sus alumnos sino también porque los alumnos, a su vez, le dan cosas a ella, “y esa reciprocidad es inapreciable”. “El otro día leí que un místico decía que el amor es cólera extinguida; el amor es algo que viene luego de una gran lucha, de una gran descarga de energía; después de una puesta en claro, de ese encuentro, vienen la paz y el amor.” Y concluye: "Yo soy Marilú Marini y Marilú Marini elige para expresarse bailar o estar arriba de un escenario. Me siento un ente muy teatral, de alguna forma. Hacer un espectáculo no significa para mí abrir una puerta hacia lo desconocido, ni ¡luminar a nadie; es, simplemente, mostrar un trabajo, mi trabajo, para ser más yo cada vez”.
PANORAMA, JUNIO 2, 1970
 

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