Mágicas Ruinas
crónicas del siglo pasado



LAS MIL Y UNA NACHAS


CABARETS
El aria de la Reina de la Noche
Las mil y una Nachas, de Nacha Guevara, Alberto Favero y Claudio Segovia. Cabaret Literario de Artes y Ciencias (Sala Margarita Xirgu).

nacha guevaraHay que ponerse de pie, aplaudir hasta romperse las manos y gritar: "¡Bravo, Nacha!”. Nacha y compañía, porque el admirable, prodigioso espectáculo del Cabaret Literario, sólo es posible mediante un equipo inteligente y de exacto ajuste, y así han funcionado la Guevara, su marido, Favero, y ese diseñador genial que es Claudio Segovia. Entre los tres han armado el show más resplandeciente e ingenioso que Buenos Aires haya presenciado nunca. No hay una grieta en este edificio perfecto, cuyo signo es la gracia.
Nacha asume así, definitivamente, el reinado que por derecho propio le corresponde. Arduo resultará hallar quien pueda competir con esta mujer fascinadora, una artista que trasforma en poesía todo lo que toca: una poesía excéntrica y delirante, tierna y melancólica, dramática y misteriosa, todo al mismo tiempo. La Guevara puede ser, a su antojo, linda o fea, hombre o mujer, o chiquilín callejero, muñeca mecánica o vedette escuálida de los años 30, madre o vampiresa, pájaro de cuento oriental o espantapájaros, diosa velada o rumbera frenética. Es un prisma, un caleidoscopio, una sorpresa en cada gesto, en cada inflexión de la voz, en cada peluca. De ahí que su radio de acción abarque un espectro prácticamente infinito. Porque, ante todo, es una gran actriz. Y entonces es, también, una intérprete de la canción, bailarina, mimo, parodista.
Las mil y una Nachas es un título que no necesita explicación. Fastuosa revista donde Nacha despliega sus varias capacidades, resulta, a la vez, el ejemplo mayor visto aquí de lo que es el music-hall tomado en serio, y hasta un desafío al claudicante género revisteril, que en Buenos Aires usufructúa cuatro teatros y casi ningún talento. El show del Margarita Xirgu demuestra que tan sólo la inteligencia, unida al fervor y al sudor, alcanza resultados artísticos de veras; que la sentimentalidad y la volátil "inspiración" nunca superan la mediocridad. Ninguna improvisación, por cierto, en Las mil y una: acá hay un pensamiento —y una cultura— detrás de cada palabra, cada ademán, cada detalle. Y nadie podrá declarar que se aburre.
La obertura alude, satíricamente, a la antigua profesión de modelo de la protagonista, entre grandes paralelepípedos de espejos y en medio de un coro de boys vestidos y, sobre todo, maquillados como los maniquís de sastrería de 1935. Ya allí se incuba el delirio, que estalla definitivamente en el cuadro romántico —miriñaque, capota, rizos y mohines— del vals, Envenenando palomas en Plaza San Martín. El contrapunto es constante, y la base formal del arte de la Guevara: la alternancia entre el azúcar y el acíbar, los golpes de sorpresa, el vértigo o la lentitud con que se enuncia una frase, y la morosidad o el seco chasquido irónico con que se la cierra. nacha guevaraNada escapa al mordisco feroz, aunque pueda ser leve, y el Vals del minuto, de Chopin, debe de ser una de las caricaturas más memorables que se hayan visto sobre un escenario porteño. Parodias de cantantes alemanas empecinadas en Heder hubo y habrá miles; pero la de Nacha es una obra maestra de precisión vocal y física, de alucinante exactitud retrospectiva sin caer para nada en la arqueología (aunque el vestido sea una auténtica robe de la década del 40). ¿Y qué decir de la cuota de tango, ese 'Fumando espero' cantado al borde de un cenicero gigantesco, y ese Tango masoquista donde se opera la alquimia de la nostalgia trasformada en un grotesco colosal?
No se agota ahí el caudal de la diva. Si Rosie and John le permite caminar por la cuerda floja que oscila entre el dolor de un payaso y su necesidad vital de ser, ante todo, payaso, el Recital, penúltimo número de la segunda parte, la muestra en su reconocida, cada vez más afinada condición de musa política, en la que logra otra hazaña: no perder el sentimiento poético en medio de la imprecación libertaria. Y, por fin, la apoteosis final, con esa larga cola de tela brillante, ese columpio blanco, los boys —siempre de frac— y las muñecas (Yoli, Glenda, Zoé y Zullyl que hacen las veces de coristas de film de Busby Berkeley. En el bello recinto del Margarita Xirgu, el público deliraba, y con razón.
Aparte de Nacha y Favero, músico excepcional que es también un eficaz actor cómico, las ovaciones van a Claudio Segovia, en cuya carrera estas múltiples Nachas marcan una cumbre que difícilmente otro diseñador vuelva a hol.ar (nota MR.: la grafica borroneada de la revista no permite establecer la palabra) en el país. No es solamente, el gusto impecable, es también el irónico humor; no es solamente la tenue melancolía del Hollywood de los tiempos en que todo era raso blanco capitoné, pisos de charol negro, fracs y melenas platinadas, sino también esas Rivíeras frecuentadas por Chanel, esas tapas de El Hogar o de las latas de galletitas, con palmeras y señoras asexuadas que fuman en largas boquillas y adelantan las caderas al caminar, mientras retraen el pecho; y las repisas geométricas para macetas con cactus, y los artefactos eléctricos como abanicos de cristal azucarado, y el jazz, y el pecado en el fondo de un vaso de copetín. Todo eso, y la muerte también.
Ernesto Schóó
PANORAMA, AGOSTO 16, 1973
 
 

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