Mágicas Ruinas
crónicas del siglo pasado

hospital modelo
LA REBELIÓN DELOS MÉDICOS
A los hospitales los mantiene la comunidad. A todos nos atañe el intento de liquidar dos plantas sanitarias modelo, instaladas en Gonnet y Mar del Plata. Los médicos se han rebelado ante medidas oficiales que son un retroceso y una pérdida de tiempo ante un grave problema.
El actual ministro de salud pública elogió estos hospitales. Motivos políticos determinan la ofensiva oficial.


Mar del Plata (Especial). — Hospital es una mala palabra para los argentinos. Hay una inevitable asociación de imágenes desagradables que estallan al nombrarlo. Uno tiene más miedo de "caer en un hospital" que a la misma enfermedad. Son cosa de pobres, de esos pobres de pesadilla de las películas de Buñuel. Pero de pobres que se tienen que llevar la comida, los remedios, las placas para la radiografía, las gasas para la operación, los algodones o el alcohol para las curaciones. De pobres que tienen que llegar antes de las 7 para sacar número y que después de las 12 ya no ven un médico porque todos los guardapolvos llegan y se van en tropel por la mañana. De pobres que tienen que buscar un peso para ayudar a la esforzada cooperadora, que actúa paralelamente en todos los hospitales para que puedan seguir atendiendo. Todo respira mendicidad. Como en otro tiempo, cuando eran hospitales de caridad donde los médicos atendían gratis, como beneficencia pública. Sin embargo, todo cuesta mucho dinero. El presupuesto de Salud Pública de la Municipalidad de Buenos Aires es el más alto de América latina, y esos 10 mil millones de pesos no salen del aire: los pagan todos los porteños, vayan o no a los hospitales. Quiere decir que a cada uno nos tocan, por parte baja, unos 2.000 pesos anuales. Pero aparentemente son gratuitos, y la palabra, la mentira formal, también es un lugar común.

Hospital sin humo ni olor
Este preámbulo se justifica aunque esta nota se aleja geográficamente de Buenos Aires. El público que leyó los diarios el viernes 2 de octubre no entendía bien qué quería decir la derogación de dos decretos en la provincia ni las disposiciones que se tomaban sobre los hospitales de reforma de Gonnet —en las proximidades de La Plata— y Mar del Plata. Esas medidas significaban lisa y llanamente liquidar el intento más avanzado para actualizar los hospitales. Lo que sucedió ya lo sabe el lector. El cuerpo médico y todo el personal se rebeló contra la decisión oficial y tuvo el decidido respaldo del Colegio Médico y la Federación Médica de la provincia de Buenos Aires.
El subsecretario, doctor Mario Tamarit, aseguró que en esos establecimientos "no han encontrado diferencia respecto a lo observado en los restantes nosocomios". El trabajo de este enviado, que recientemente había tratado el problema de los médicos en general, fue conocer en el lugar los parecidos o diferencias con los hospitales comunes y corrientes. De entrada hay que decir que no tienen nada que ver. En el Regional (gemelo al de Gonnet) uno se encuentra con otro mundo asistencial. Sorprende la falta de los clásicos olores a hospital (formol, etcétera) y la abundancia de flores en los pasillos. No hay vidrios rotos y todos los ascensores funcionan. Las caras son alegres. No son “caras de hospital”. No hay ninguna alcancía pidiendo donaciones, y en cambio hay un buzón para presentar sugerencias o quejas. Se ve un reloj fichador. Todo el personal, desde el director a la mucama, marca horario, y cuando no trabaja no cobra. No hay excusas. La gente dice “Buenos días” y “Buenas tardes”. Todo esto no es demasiado importante, pero señala un espíritu. Se recuerdan las series de Ben Casey o Kildare, donde el hospital es un sitio amigo, limpio, acogedor. No una cárcel sin barrotes.

Dos plantas piloto
Mar del Plata y Gonnet tenían que ser las plantas piloto de un proyecto más amplio que tendía a modificar toda la estructura asistencial de la provincia. Habían sido creados por una ley (6462) aprobada por unanimidad del Parlamento (legisladores radicales del Pueblo, inclusive). Permitían elevar la calidad del servicio distinguiendo tres tipos de pacientes, pero una única medicina, la mejor, sin ninguna discriminación. Los pacientes protegidos por mutuales, obras sociales, etc., cuyo pago lo harían esas instituciones como si fueran atendidos en una clínica o sanatorio privado; los pacientes de re cursos propios que pagarían directamente su atención (pero sin ser esquilmados) y los pacientes indigentes, cuya atención corría por cuenta del estado bonaerense. No había ninguna diferenciación en salas o atención.

Los pacientes dicen NO
En Mar del Plata había un edificio rodeado de malezas. Lo construyó la Fundación Eva Perón y quedó abandonado en 1955. Ostilio Di Lucente, un ex guerrillero y tanquista italiano, veterano de El Alamein, se obstinó en cuidarlo como si fuera suyo. Y lo entregó intacto: no faltaba ni una ventana, las máquinas estaban aceitadas, todo limpio. Es uno de esos héroes anónimos que permitieron crear este país, aunque frágiles “héroes” oficiales y publicitados se esforzaron en tirarlo abajo. Se llamó a concurso para cubrir los cargos. Los controló la Federación Médica. El gobierno del doctor Alende, que luego de una experiencia anterior designó a un ministro técnico, no intervino políticamente. A los tres meses de inaugurado cayó el doctor Arturo Frondizi. Allí comenzó la batalla para destruirlo, que, aparentemente, ahora culmina con el decreto del doctor Costa. La puntería se atinó sobre esta iniciativa que no tenía valor político y sí asistencial y docente. Seis ministros de Salud Pública se sucedieron en dos años. Algunos llegaron con toda la intención de cerrarlo. Como el ministro Señoranz, que afirmó: “Vine para cerrar este hospital, pero después de verlo estoy dispuesto a cerrar todos los otros”. El tenaz doctor Costa, que como dirigente radical venció al peronismo en su partido, General Madariaga, antes de la revolución, tuvo varios inconvenientes en su decisión demoledora ya hecha pública. En febrero pasado quiso designar un interventor de manera subrepticia, pero fue rechazado no sólo por el personal médico sino también por el administrativo, el de intendencia, los pacientes y los familiares de los pacientes. Después accedió a que se hiciera una evaluación técnica, como repetidamente lo había pedido el mismo hospital. Pero el dictamen no sólo fue favorable, sino que constituyó un espaldarazo científico. Había sido encargado a especialistas por la Federación Médica de la provincia y el Colegio Médico. Precisamente se conocía este trabajo cuando comenzó la ofensiva contra Gonnet y al producirse la interpelación parlamentaria que dejó en una posición incómoda al ministerio. Y mientras había negociaciones con la gremial médica se toma esta decisión, que fue rechazada. A todo esto se recuerda que el ministro de Asistencia Social y Salud Pública de la Nación, doctor Arturo Oñativia, después de una visita no oficial al Regional, dijo delante de periodistas locales: “Cuando uno llega a un hospital y encuentra la residencia hospitalaria como se realiza en esta Planta Piloto; una escuela de Enfermería que lleva a un nivel técnico al personal auxiliar del médico; cuando uno encuentra
en una sala quirúrgica los servicios de recuperación del post-operatorio como yo encuentro; cuando se observa un archivo con la Historia Clínica, única que permite la evaluación total, o cuando hay servicios auxiliares como los que he visto, uno no puede dejar de felicitar al cuerpo médico de esta Planta Piloto por la gran experiencia que en bien de la comunidad está realizando. Evidentemente, uno encuentra aquí el hospital que ha soñado para todo el país”.
Los médicos de planta, nombrados en concursos rigurosos y controlados, no cobran sueldo. Perciben directamente los aranceles básicos de mutual, menos un porcentaje, que se dedica a educación e investigación. En realidad los cobran con retrasos de 6 y 8 meses. Trabajan 5 horas diarias, como mínimo, y participan en reuniones de estudio y dan clases sin cobrar en la escuela de enfermería. El promedio de honorarios de 1963 fue de 20 mil pesos mensuales. “Puede observarse que tales cifras no son elevadas en relación al horario cumplido y, antes bien, están por debajo de lo que se percibe en cualquier otra actividad”.

Lo barato sale caro
El paciente puede elegir su médico. Este es el mejor índice de su capacidad asistencial. No hay medicina para pobres o ricos. Es una sola para todos. La aceptación se da estadísticamente. El número de pacientes atendidos en el primer semestre de 1964 duplica exactamente al correspondiente a igual período de 1963. La internación de enfermos mutualizados decreció ante la prohibición de la Federación de Clínicas y Sanatorios. Debe recordarse que Mar del Plata, en relación, tiene el mayor número de estos establecimientos en todo el país. En distintas oportunidades el hospital pidió que se permitiera la rebaja de aranceles para beneficiar a los menos pudientes, pero nunca se acordó, pese a que eso teóricamente disminuiría las retribuciones de los médicos. Sin embargo, pese al clima de inestabilidad permanente, creció el número de pacientes privados. De 1962 a 1963 se triplicó, hasta ser más del 56 por ciento del total. Y a pesar de brindar una asistencia de calidad excepcional, dentro de un habitat nada hospitalario, con comidas controladas dietéticamente, sale barato porque el promedio de estada es bajo. "Las camas no dan salud". Comparándolo con los hospitales de Buenos Aires, tenemos que en el Regional el promedio de estada son 7,6 días contra 19 del Álvarez, 30 del Alvear, 24 del Argerich, 23 del Durand, 24 del Piñero, 25 del Ramos Mejía, 24 del Rawson, etcétera. En Mar del Plata el costo de paciente por día son 2.400 pesos, pero multiplicado por 7,6, da un total de 18 mil pesos, manifiestamente inferior al del Rawson, que sale 1.000 diarios, pero multiplicado por la estada de 24 días sale 24.000.
La discusión no se hace en torno de estos datos concretos. Se elige un montón de palabras y se mezclan. La bandera de la medicina gratuita, aunque no sea verdad, atrae. Arancel suena a feo. Los médicos de Mar del Plata, que conocen los elogios de todos los visitantes, han tenido que rebelarse. Por el derecho de curar. De tener un hospital al día. Como debieran ser todos. Basta de malas palabras. "Volvemos al hospital tradicional. Retrocedemos. Pero el esfuerzo revivirá porque el futuro no puede ser detenido. Lástima que continuemos perdiendo tiempo", dijo el director, Dr. Sancholuz, al retirarse del cargo.
Revista Atlántida
11/1964

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