Mágicas Ruinas
crónicas del siglo pasado


francisco ramoneda




EL HOMBRE Y SU ESTRELLA
COMO RAMONEDA SE CONVIRTIÓ EN EL PINTOR DE LA QUEBRADA DE HUMAHUACA
por LUIS A. SCIUTTO

Variados son los sobresaltos que concurren a la formación espiritual y artística de ese gran pintor argentino que es Francisco Ramoneda, a quien hoy sé le conoce mejor por “El pintor de Humahuaca” o “El pintor de la Quebrada”.
San Telmo, barrio porteño de las casitas chatas con cornisa plateresca y portal español, lo vió crecer. Estruendo de pirotecnia cuando las fiestas patrias, y rumor de candombes entre la Nochebuena y el Carnaval, fueron arrullo de sus sueños de niño, que es en los niños el soñar despierto.
Cursó sus primeras letras en el colegio “Guillermo Rawson”, instalado frente a la iglesia de San Telmo, y allí reveló su facilidad para el dibujo, que iba a cuajar después en vocación y en realidad artística. En la breve e ingenua historia del despunte de esa vocación aparece el subdirector del colegio, don Jorge Félix Miella, el cual, ante un dibujo coloreado de un cóndor, realizado por el alumno Ramoneda, de 9 años de edad, lo elogia con calor, mas no deja de apuntar sus reservas por la horrorosa letra del escolar. Y, ajustándose a un estricto concepto pedagógico, sentencia: la ilustración es muy buena, pero está estropeada por la caligrafía.

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En la familia Ramoneda ya había un estudiante de bellas artes: un hermano del actual pintor, llamado José Jaime, cultor con afición avanzada del arte de Apeles. Ocurrió así que cuando nuestro biografiado se entregó con entusiasmo al estudio teniendo a la sazón doce años, el jefe de la familia, alarmado por esa proliferación de probables artistas en la casa, se opuso terminantemente al propósito de Francisco, expresando que con un pintor alcanzaba... Y ese pintor había de ser José Jaime.
Pero rara vez el empecinamiento paterno puede torcer una vocación cuando ésta, por firme, es, en el hombre, más fuerte que la vida misma. Francisco, dispuesto a salir con la suya, ingresó en los cursos de la Sociedad Estímulo de Bellas Artes en carácter de estudiante libre. Luchó como lo hacen los estudiantes pobres, más en 1918 —año del episodio— que actualmente. Es justo reseñarlo al pasar, porque aspectos que hoy perdieron carácter de problema, eran entonces para los vocacionales pobres barreras que malograron muchas veces a elementos admirablemente dotados.
Ramoneda manifestó en el período de formación una definida tendencia a la pintura dramática en tema y en color. Chocaba con la corriente dominante, ansiosa entonces en la búsqueda y el logro de la pintura de atmósfera, al aire libre, con sol pleno, persiguiendo las dimensiones profundas del paisaje y el relieve de la figura encajada en él. Impresionado por los primitivos, Ramoneda veía cómo las figuras de algunos antiguos que estaban en las preferencias de su sensibilidad carecen de atmósfera, aparecen pegadas al fondo y, sin embargo, alcanzan la total expresión de cuanto quiere y tiene necesidad de decir un artista, intérprete de las voces más altas y recónditas.
En ese momento de la etapa de su formación, tenía a Zuloaga como inspirador magistral. "Las brujas de San Millán” le atraían. Iba a admirar periódicamente a “sus brujas” con la asiduidad de quien acude a la cita de la novia. La entonación de los oscuros profundos y el tema de misterioso dramatismo ajustaban perfectamente al ensamble lírico y plástico de su espíritu.
En el carril de lo que podríamos llamar la línea zuloaguesca, Ramoneda expone en los salones nacionales y gana premios durante el período comprendido entre los años 1921 y 1932, doce años de duros afanes y bellos sueños.
Es entonces cuando un hecho mínimo en su vida de artista se convierte en episodio decisivo: gana una bolsa de viaje para pintar en el interior del país durante tres meses, a elección de lugar.
Como una iluminación, opta por Humahuaca, cuyo paisaje, desconocido para él, ejercía sobre su voluntad la atracción de un llamado. ¿Fué una determinación del subconsciente por la relación entre los cielos y las colinas sugestionantes de los fondos zuloaguescos, con esos telones gigantescos de la Quebrada?
Lo cierto es que el pintor que nunca había salido de San Telmo sintió el presentimiento del motivo y se halló de pronto ante la majestad de un cuadro señor de la proporción infinita, bañado por toda la luz de Dios.
El pintor de la oscuridad quedó maravillado ante la transparencia de la luminosidad jujeña y advirtió que en su paleta estaban ausentes los vibrantes bermellones, los cálidos amarillos, los tiernos verdes “veronés”, los límpidos violetas que figuraban en el paisaje y ya se habían agarrado a sus ojos. Era que había renacido a la luz de un alba nueva.
Desde entonces unió su vida y su arte a la Quebrada de Humahuaca. Y hoy es por derecho — el derecho que otorga la obra— su pintor.

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La Quebrada de Humahuaca, camino ancho abierto como un tajo entre las altas sierras, lo atrajo con sus elementos poéticos. Y vió las noches embrujadas.
Un farolito a lo lejos, como evocación de un San Telmo de estampa; guitarras que suenan acompañando la voz de la serenata doliente; los cardones que elevan los brazos como fantasmas de una procesión petrificada o como figuras de calvario, y arriba, un cielo azul, de un azul extraño, nunca antes visto. ¡Noches humahuaqueñas de belleza conmovedora! Durante el día vibra la violencia estremecida de la luz; la noche aquieta el alma con su misterio. Porque allí, entre los vientos místicos, el hombre siente la presencia de Dios.
Influido por los nuevos elementos naturales a los que se enfrentaba y lo desbordaron con su majestad, Ramoneda transforma su paleta, mas no su técnica, que ajusta a la violencia de los grandes planos, ni tampoco su temática, inclinada a lo dramático. Porque el tema humahuaqueño, en las procesiones, los entierros, el carnaval o simplemente la escena vital del paso del arriero en su única etapa cuando sube o cuando baja de la sierra, tiene la doliente semejanza de esas composiciones de Gutiérrez Solana, pintor de figuras con la tragedia en los ojos.
Ramoneda pinta entonces al colla de la piel de bronce encajado contra un cielo de azules que, por diáfanos, se acercan mientras huyen los horizontes; a la collita de mirada dulce y vestimenta policromada; a la montaña violeta por la que rueda al valle un viento rumoroso.
En 1933 Ramoneda vino a Buenos Aires trayendo su primera producción pictórica luego de su deslumbramiento humahuaqueño. Ya entonces, este autodidacto, nombrado profesor de dibujo de la Escuela de Humahuaca, se había afincado definitivamente en la Quebrada. Adquirió una vieja casona de rancio sabor español e instaló su taller-museo, lugar obligado para detenerse y gustar de hospitalidad y amor a la belleza para cuantos llegan allí o pasan camino a El Potosí y el Altiplano.
Su última exposición la realizó hace pocos meses, con pleno éxito.
Entre los silencios quietos de aquella tierra dormida en sueños de olvido, lejos de las frivolidades ciudadanas y de las deformaciones que la maduración artificiosa a luz de gas neón opera en tantos espíritus selectos o que lo fingen, Francisco Ramoneda pinta con el método del no llevar prisa; estudia, ahonda y, reencontrado con el tema argentino que rima con el sentido dramático de su miraje pictórico, va cumpliendo las arduas etapas —siempre más lejanas— que por anhelo de perfección se impone a sí mismo. Señor de un disconformismo positivo, siente el deleite de la obra cumplida, y recomienza por alcanzarla más bella.
Revista Argentina
01.05.1950
francisco ramoneda

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