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los argentinos se divierten
COMO SE DIVIERTEN LOS ARGENTINOS
3000 whiskerías, 1509 restaurantes, 2555 bares, 362 “boites” y 137 cines ofrecen al porteño la oportunidad de invertir alegremente su ocio

Una vetusta mitología tanguera, rebosante de guapos lacrimosos y de borrachos veteranos, apuntalados por el '“estaño” confidente, propuso al mundo una imagen de la Argentina disparatada e irreal: la de que somos irremediablemente tristes. Alguno que otro conferenciante ocasional, casi siempre extranjero, elevó la tristeza argentina a la categoría del ensayo, exportando la imagen de un pueblo melancólico,
desconfiado, incapaz de divertirse, íntegra y cabalmente expresado por las apocalípticas letras de los tangos.
Sin embargo, Buenos Aires hoy muestra otra cara: 3.000 whiskerías, 118 “boites”, 244 bares nocturnos, 137 cines, 59 teatros, 62 salones de baile, 3 parques de diversiones e incluso 36 calesitas ofrecen al porteño la ocasión de invertir divertidamente su ocio.
Domingo a domingo más de cinco millones de apasionados espectadores dejaron en los estadios de fútbol 602.254.719 pesos. En las apacibles arenas de San Isidro y Palermo —sedes de la otra pasión argentina— quedaron en 1965 más de 17.000 millones de pesos.
Cualquiera que transite un sábado a la noche por “la calle de los cines”, puede comprobar la existencia de imponentes “colas” en procura de la rituálica y semanal diversión porteña, que incluye, además del film, la porteñísima institución de “comer afuera”. El comer parece ser la diversión predilecta de los argentinos: cualquier circunstancia —ascensos, jubilaciones, despedidas de soltero o recuperación de la libertad— ofrecen excelentes excusas para ese atentado contra el aparato digestivo que en Buenos Aires llamamos, con toda propiedad, “comilona”.
La fisonomía gastronómica de Buenos Aires ha cambiado en los últimos años: el restaurant tradicional parece eclipsarse ante la avasalladora irrupción de los polícromos “grills”, donde conviven amistosamente todas las variantes comestibles: desde la simpleza de un café con leche hasta la magnificencia de un plato de ravioles con pollo. El clásico restaurant a la manera francesa, barroco y solemne, cedió su puesto a las bullangueras cantinas, en las que se han invertido verdaderas fortunas para darles aspecto; de bodegón.
Los viejos cafés de antaño —de los que el Tortoni es un demorado sobreviviente— marchan también hacia el recuerdo. El porteño ya no tiene tiempo de estar, de permanecer, durante horas y horas, revolviendo el café y sus pensamientos. La prisa ha Invadido Buenos Aires y le cambia la cara. Pero aún así, el municipio tiene en sus registros 1.509 restaurants, 2.555 bares, cafés y cervecerías, 542 pizzerías y 380 confiterías y salones de té.
“Sin lugar a dudas el cine es el espectáculo más popular”, afirmó convincentemente el señor Brochiard, gerente de la Asociación de Empresarios Cinematográficos. Durante 1965, 17.345.000 espectadores abonaron en concepto de entradas casi 1.500 millones de pesos. “'No obstante I a competencia que ha significado la T. V. y pese al cierre de 23 salas cinematográficas, el panorama no ha variado: el cine es la meta porteña del sábado”, aseguró el ejecutivo Brochiard.
Claro que no para todos constituye una diversión. Una rápida encuesta realizada en una sala,, céntrica, obtuvo respuestas diversas y hasta sorprendentes: “el cine permite conocer las costumbres de otros países”, “es una forma de escapismo”, “un elemento de combate para la educación de las masas”, o “una manera de perder el tiempo”. Una lánguida y atormentada joven de 20 años proclamó que “el cine era una forma de relax”. No obstante, una fórmula se repitió con insistencia: “No venimos aquí para salir amargados”. - ,
Esta compulsa contrastó notablemente con la realizada en los más exclusivos cines “Lorraine” y “Arte”, donde se manejaron abrumadoras explicaciones estéticas e improvisadas conferencias sobre historia del arte. Un joven —carcomido por la mufa existencial y el acné juvenil— pontificó que el “cine era el vehículo más eficaz para expresar a una generación atormentada”.

La calle del pecado
—En Buenos Aires la gente ya no se divierte. ¿Sabe por qué? Porque no hay plata.
Con esta inapelable sentencia, el sargento Ríos, desde su parada, en 25 de Mayo y Viamonte, abrió las compuertas para el recuerdo, “en los tiempos que el Bajo era una cosa seria”. Ríos lleva 16 años en esa esquina bullanguera, irremediablemente portuaria, donde confluye la apetencia marinera y la de alguno que otro ' porteño enfermo de soledad. Les “piringundines” del Bajo, (40 locales diseminados en 25 de Mayo entre Córdoba y Lavalle) hoy son el obligado remate de las despedidas de soltero, cuando el porteño decide que “una noche de farra es farra”. Pero en general una vez satisfecha su curiosidad, la gente joven escapa de estos lugares. Los testimonios de las “coperas” (en el dialecto municipal se llaman “alternadoras”) vuelcan sus preferencias sobre la clientela “de a bordo”. “El porteño es amargado y viene aquí a descargar sus problemas personales” —aseguró Jany, que lleva 17 años en un local de Viamonte al 300. “La Mesa (así con mayúscula) se convierte casi siempre en un confesionario. Pero nuestros problemas, ¿quién los resuelve?”?.
La noche de: Buenos Aires, tiene también sus lugares exclusivos: “Zum-zum”, la resurrecta “Mau-mau”, la muy “in” “Go go” y otros muchos nombres que parecen elucubrados por bebés de media lengua o tartamudos sin imaginación; José Messina, propietario da “Zum-zum” y con mucha experiencia “en el ruido” ofrece a la clase alta los privilegios de
ciertas exclusividades: admisión seleccionada por un portero "que se las sabe todas” y “que domina los apellidos y las caras de la aristocracia”, música única seleccionada por un “disc-jockey” también único y una reducida pista de baile en la que es posible codearse con altísimos funcionarios y políticos de fuste.
“Whisky a Gogó” inauguró otra modalidad: el cliente “compra” su botella de “scotch”, guardándola bajo llave cuando se retira del local. Su propietario, el señor Viñaqui (“Pinocho” para todo el mundo) cree que el éxito de su negocio fueron los bailes de disfraz (el de los piyamas y el “de la época del 25”), “la mayoría diseñados por Jamandreu”. Go-gó tolera ciertas libertades en la indumentaria, justificadas por Pinocho Viñaqui: “Permitimos la entrada de sport porque los muchachos vienen de navegar”.
La incesante búsqueda de originalidad convirtió a una vieja caballeriza en restaurant de moda: enclavado en la Plaza España, el Mesón Español depara algunas sorpresas: menú impreso en seis idiomas (incluido el japonés), una razón social integrada por un caballo (el pony “Gaucho”), alegres españolas que cantan y sirven las mesas y una adición que oscila en los 1.500 pesos de promedio. Guillermo Macro, “hombre bien conocido en todos los ambientes distinguidos de Buenos Aires", según reza el folleto que se entrega a los concurrentes, dice que su “negocio ofrece la oportunidad única de ingerir platos típicos y la de cantar y bailar como gitanos”.

Los que bailan
—Gasté 100 en la entrada, 57 en cigarrillos y 85 en bebidas. Total 242 pesos y bailé toda la noche. ¿Se puede pedir más? Miguel Torresillas, cocinero, es habitué desde hace ocho años del Palacio de las Flores, un ascendente heredero de la legendaria “Enramada” y del “Palermo Palace”.
Sábados y domingos, las tres pistas del palacio (tango, nativa y de cumbias), congregan un desmesurado público femenino, cuya concurrencia se asegura con un precio casi demagógico: 30 pesos la entrada.
José Cambiaggi, administrador del Palacio, está convencido de que la gente sabe divertirse. Los descomunales escándalos que se protagonizaban en los bailongos antecesores, en Flores y Palermo, no se repiten en el enorme local de Avenida Libertador. “Nuestra concurrencia se aporteñó” —afirma Cambiaggi, quizás convencido de que la condición de porteño es un pasaporte para la tranquilidad.
Es evidente que el concepto de diversión cambia con las generaciones: los antiguos cafés-billares, cónclaves tradicionales de las “barras”, donde se hablaba de fútbol, de mujeres, de caballos y de Gardel, cedieron lugar—hasta no hace mucho— a los juegos mecánicos (las prohibidas “maquinitas”) que congregaban a jóvenes que jugaban en silencio, cada uno en su máquina, sin ninguna comunicación. ¿Las nuevas generaciones son más solitarias? ¿Menos comunicadas?
Los psicólogos han intuido que la manera de divertirse de la gente puede dar importantes pautas para conclusiones psicológicas: “Dime cómo te diviertes y te diré quién eres".
Pero las modas pasan (sobre todo si pesa sobre ellas una prohibición municipal). Tal vez dentro de poco nadie se acuerde de los iracundos que practican "surf" o de los que como una única y postrera posibilidad de diversión desafían la muerte, escalando un altísimo muro de piedra en Libertador y Agüero (que ya cobró varias víctimas).
Cuando nadie se acuerde del “Monkiss” o del “Zorba”, habrá legiones que lo pasarán bien bailando un tango de Troilo o un clásico de jazz "dixieland". Porque los argentinos, en materia de diversiones tenemos ciertos tics, que se repiten a través del tiempo: comer bien, bailar, concurrir al teatro de revistas (aproximándose a la fila 0 a medida que pasan los años), despotricar contra el fútbol pero llenar los estadios, jurar que es la última vez que se pisa el hipódromo, decir que para ver bobadas es mejor quedarse en casa mirando T. V., hacer cola frente a los cines de Lavalle, tomar “una copa”, o quedarnos simplemente absortos tras los ven, fanales de un café, pensando por qué razón la gente andará tan apurada.
Noche a noche habrá “barras" de adolescentes que iniciarán el temerario descubrimiento de “el centro", rematando la orgiástica farra con una pizza a la piedra o un café con leche cuando amanece. Porque recién ahí se saca patente de “calavera”.
Y habrá también un noctámbulo empedernido —confinado a cuarteles de invierno— que asegurará que en Buenos Aires la gente ya no sabe divertirse. ‘‘Porque diversiones eran las de antes”.
Revista 7 Días (La Razón)
29/03/1966
 
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