Mágicas Ruinas
crónicas del siglo pasado

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MIRAMAR
¿Y SI VENDIERAN LA DE PEDRITO?

Displicentes, extienden mantas en la vereda tibia de la plaza de Miramar. Sobre ellas, ostentando una ternura temerosa de ciertas fragilidades incipientes, ordenan sus manufacturadas mercancías: collares, carteras, cinturones, medallas pirograbadas con imágenes violentamente heroicas. Los destinatarios de la mélange (viandantes adormecidos, jovencitas lánguidas, prósperos lugareños) revolotean entre los artesanos, cautivados por el despliegue de inteligentes frivolidades en la vía pública. Pero, claro, tampoco hay felicidad que dure cien años: tres expedientes solicitando autorización legal para instalar la feria duermen el sueño de los pacientes en marplatenses oficinas municipales. Desde el verano de 1970, la treintena de muchachos que integra el grupo sufrió cotidianas persecuciones, que finiquitaban con el arresto de los feriantes y el secuestro de los productos exhibidos.
“Es que la gente aún cree que, para el artesano, es condición indispensable ser toxicómano: a mí no me interesan las drogas; me ofrezco para cualquier prueba sanguínea”, narra Zamba, 24, largo pelo rubio, integrante también de La Cofradía de la Flor Solar, portavoz de los exiliados. “Nos dicen hippies —se enfurece—: nada que ver. Los que sí existen son esos hippitos de domingo, y es por la imagen de ellos que nos acusan a nosotros de vagancia. Tenemos un nivel intelectual bastante alto: hay un electrotécnico, un dentista, un médico; yo fui misionero, y estoy recibido de técnico químico. Lo que pasa es que a esto no se llega así como así, sino después de una elección muy profunda. De alguna manera, es el retomo a la esencia”. Y suspira: “En este camino sigo con mi apostolado”.
La historia cuenta que en los primeros días del año actual, Roberto Ramos, uno de los responsables del grupo, gestionó un permiso verbal ante la Municipalidad de General Alvarado, y una autorización escrita en su Dirección de Turismo, para instalar bártulos y chucherías en cualquier lugar y horario. Es así que, a partir del Día de Reyes, los feriantes ocuparon, desde la hora del almuerzo, la bajada a la playa en Avenida Mitre y Costanera; y, desde las 18, un sector en la plaza central de Miramar. Poco después, un rumor amenazaba con quitarles el sueño: la Cámara de Comercio local, merced a celosos razonamientos, proyectaba el desalojo de los callejeros. La respuesta al Establishment se tradujo en un pergamino que reunía, entre otras, las firmas de treinta y cinco comerciantes del terruño. “No embromamos a nadie —justifica Ramos—: nuestros productos no son competitivos con los del comercio estable. Creo que este tipo de persecución es denigrante: nos tratan como delincuentes.” Consecuente con esa irritación, la última orden de la Intendencia arrojaba al grupo de su ubicación privilegiada, pero, en cambio, les ofrecía un desolado recoveco junto al muelle de la ciudad. Allí, a cambio de 6.000 pesos mensuales por tienda, los artesanos podían expender sus productos libremente.
Luego de cuatro años de un trajinar limítrofe a lo clandestino, de corridas atropelladas, de estadías más o menos prolongadas en comisarías zonales, los jóvenes mercachifles siguen renegando contra las confusiones ideológicas: “Nos dicen comunistas, por vender imágenes del Che Guevara. Si vendiéramos la de Pedrito Rico, ¿qué seríamos?, ¿eh?”. Eso mismo es lo que deben estar preguntándose los popes municipales: ¿Qué serían?, ¿eh?.
Revista Primera Plana
15.02.1972
 

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