Mágicas Ruinas
crónicas del siglo pasado


ciudad de masas




Buenos Aires: Historia de cuatro siglos
La ciudad de masas
Por LUIS ALBERTO ROMERO

La integración de los trabajadores, el predominio de las clases medias y la masificación de las costumbres son las características de esta última etapa de la historia de la sociedad porteña. La integración se traduce, sin embargo, en un precario equilibrio de aspiraciones y posibilidades, tras el cual se vislumbran aspectos de nuestra crisis presente.

LA crisis de 1930, que concluyó con el ciclo de la ciudad liberal y burguesa, cerró también el primer gran episodio de incorporación y asimilación de vastos contingentes inmigratorios, finalmente integrados. Pero simultáneamente, sin que se lo advirtiera al principio, otros cambios se gestaban bajo la superficie de una sociedad que parecía haber alcanzado su tranquila estabilidad: nuevas industrias iban reuniendo alrededor de Buenos Aires una masa de trabajadores que también esperaba realizar su experiencia de incorporación e integración.

La integración de los trabajadores
La Segunda Guerra Mundial aceleró esos cambios y en octubre de 1945 las masas trabajadoras irrumpieron en la ciudad y en la vida política al mismo tiempo. Su presencia desconcertó a todos y hasta horrorizó a algunos, que se acordaron de los bárbaros a las puertas de Roma y hablaron del aluvión zoológico. El proceso político del que fueron principales protagonistas —el peronismo— significó una verdadera revolución en la vida social de la ciudad y el país todo, menos real en los planos en que se manifestaba verbalmente —el abatimiento de la oligarquía o el ejercicio del poder popular— que en otros igualmente significativos: el ejercicio de un control efectivo de las condiciones de trabajo, a través de los sindicatos, y una mayor participación en la riqueza de la nación. El trabajo fue dignificado y el consumo se expandió de una manera notoria. De ese modo, la ideología de la justicia social, al tiempo que despejaba un lugar en la sociedad para los trabajadores todos, daba un nuevo cauce a la vieja aspiración al ascenso individual.
La transición no fue fácil, y aquella sociedad que se creía integrada luego de la asimilación de los inmigrantes vivió un nuevo y agudo enfrentamiento, más profundo sin embargo en el plano de las ideas que en el de las realidades. Al peyorativo “cabecita negra” se opuso el no menos combativo “oligarca”, y las fiestas peronistas —las grandes manifestaciones del 10 de mayo o el 17 de octubre— fueron el escenario propicio para expresar unos sentimientos en los que el odio a la vieja élite y a los sectores con ella vinculados se mezclaba con una secreta admiración. Las fiestas acabaron luego de 1955, y con ellas muchas otras cosas, pero lo que constituía el centro de la revolución peronista —el reconocimiento del papel social y político de los trabajadores— no pudo ser borrado. Pronto se
reconstituyó el poder de los sindicatos, sabiamente administrado por unos dirigentes cuya estrategia tuvo siempre como centro la negociación. Paralelamente, se profundizó la tendencia a la asimilación social y |a adopción de formas de vida propias de la ciudad tradicional, que los nuevos grupos consideraban valiosas. Lo que no pudo resolverse, en cambio, fue la resistencia a la integración política de estos sectores, cuya fidelidad al peronismo expresaba la voluntad de no ceder en lo logrado. Proscripciones, inestabilidad, gobiernos militares con breves interludios civiles, todo eso conformó la agitada vida política de la ciudadanía.

El Gran Buenos Aires
Mucho había cambiado e| aspecto de esa ciudad. Gracias a la ley de Propiedad Horizontal, proliferaron los rascacielos y casas de departamentos; lo típico de los barrios comenzó a diluirse y la uniformidad triunfó en todas partes. El viejo centro, cuya transformación había detenido en parte la legislación de alquileres de 1943, sufrió una modificación vertiginosa luego de 1976: crecieron las torres de acero y vidrio, como las de Retiro y Catalinas Norte, mientras que la apertura y ensanche de avenidas y autopistas abría profundas heridas en lo que aún quedaba de la vieja ciudad. Pletórica de automóviles —signo, ellos mismos, de profundos cambios sociales— la ciudad sacrificó a la utopía automovilística mucho de lo que permitía aún una vida humana. Esta crecida movilidad contribuyó también a restar importancia a un centro comercial y financiero que se dividió y reprodujo en cada uno de los barrios de la ciudad.
La población de ésta se mantuvo estable en los 3 millones de habitantes. El crecimiento vertiginoso del Gran Buenos Aires —que pasó de los 4,5 millones en 1947 a los casi 10 en 1980— se localizó en el cinturón suburbano, alimentado por las migraciones del interior y, también, de algunos países limítrofes. Fue un crecimiento desordenado, que repitió, en alguna medida, el de la ciudad a principios de siglo. Loteos y urbanizaciones para la especulación o la casa propia; industrias en busca de espacios amplios; villas de emergencia brotando en zonas baratas o terrenos fiscales, en muchos casos bajos o anegadizos, que se prolongaron en la propia ciudad hasta que fueron definitivamente erradicadas; zonas residenciales para sectores medios y altos —precisamente en las tierras más altas— y hasta lugares de fin de semana: todo se mezcló sin orden ni concierto. Pronto, los servicios fueron insuficientes, el transporte inadecuado —pese a la formidable red de colectivos—, y el viajar se convirtió en uno de los principales problemas del habitante de los suburbios, rico o pobre.

La ciudad de las clases medias
Mezcladas con los trabajadores en los suburbios, las clases medias fueron las dueñas verdaderas de la ciudad. Emergieron victoriosas en 1955, luego de los golpes de la depresiva y oligárquica década del treinta y superada la hostilidad popular de la época peronista.
Radiadas de la ciudad las industrias y los trabajadores, predominaron los comercios, las oficinas, los bancos, los consultorios y estudios profesionales. Los empleados —que antes de la liberación de las costumbres se llamaban “de cuello blanco”—, y sobre todo las mujeres, constituyeron lo más típico de los trabajadores y empleados urbanos.
Junto con el acceso masivo al trabajo de la mujer de clase media —con todos los cambios en la organización familiar que ello implicó— lo más peculiar de este período fue la conquista de la educación. El analfabetismo resultó insignificante, y masivo el acceso a una educación media y universitaria cuya calidad, sin embargo, declinó notoriamente.
Como medio siglo atrás, la educación completaba —quizá para la segunda generación— el ascenso económico. Consolidados socialmente, muchos de sus miembros se abrieron a las más diversas manifestaciones intelectuales y de la sensibilidad: la ciudad conoció las modas más diversas —desde el existencialismo al hippismo— y adoptó expresiones verbales y costumbres tenidas por muy modernas, que muchas veces eran apenas una desprolija traducción de las formas norteamericanas, introducidas masivamente —junto con muchos objetos de consumo— desde mediados de la década del 50.
Sobre todo, se masificaron. El consumo trajo la estandarización y la dilución de cualquier peculiaridad, de cualquier elemento diferencial. Los medios masivos de comunicación —y particularmente la televisión— fueron responsables de que todos consumieran las mismas gaseosas, los mismos jeans o automóviles, y también de que todos empezaran a pensar de la misma manera.
Las propias élites sucumbieron a la masificación, que borró los límites por arriba y por abajo. Perdidos los viejos apellidos en la masa de los parvenus, resultó problemático identificar a una élite con manifestaciones tan diversas en la política, la economía o la cultura. Más aún, a los grupos de altos ingresos les resultó cada vez más problemático distinguirse por algunos atributos específicos que los diferenciaran o legitimaran. La carrera tras algún signo de status —una confitería, un escritor, un balneario— que transitoriamente era in solía terminar rápidamente cuando, descubierto por la masa de consumidores, se transformaba en out.
De ese modo, la sociedad porteña ha experimentado su último y más vigoroso proceso integrativo. Como México o Lima, es hoy una sociedad de masas, pero, a diferencia de aquéllas, de masas de clases medias.
Sin embargo, la contemplación de nuestro conflictivo presente no puede sino hacer dudar de que a tal integración haya sucedido el equilibrio. A diferencia del ciclo anterior, concluido en 1930, la base de la transformación social no ha sido una economía expansiva sino recesiva, a despecho de crecimientos episódicos. Las amplias expectativas que esta sociedad masificada por el consumo alimenta entre los sectores populares y medios son satisfechas cada vez con mayor dificultad. La propia educación, poco coherente con las reales posibilidades del mercado de trabajo, genera continuamente nuevas camadas de profesionales sin ubicación posible y crónicamente insatisfechos. Como en pocos casos, la vida política con sus ciclos reiteradamente repetidos de aperturas y cierres, de esperanzas y frustraciones, refleja hoy los casi insolubles problemas de las masas de clase media.


La “ciudad de masas’’ es el último tramo de esta historia de cuatro siglos cuyas etapas trazó José Luis Romero: se sucedieron en ella la ciudad indiana, la ciudad jacobina, la ciudad patricia, la ciudad burguesa la ciudad en crisis y ésta. Es también la visión de nuestro conflictivo presente, iluminado por la perspectiva de su complejo y aún vivo pasado. □

Revista Redacción
09/1981

ir al índice de Mágicas Ruinas

Ir Arriba