Mágicas Ruinas
crónicas del siglo pasado

Carlos Lavagnino
Carlos Lavagnino: La sociedad pide ciencia
Carlos Lavagnino (doctor en ciencias astronómicas, 46 años, 1 hija) es investigador con dedicación exclusiva en el Observatorio Astronómico de La Plata. Durante cinco años fue miembro del Comité Asesor de Ciencias de la Comisión Nacional para la UNESCO, donde dictó cursos de información didáctica. En su diálogo con Panorama, denso y difícil de trasmitir sin frustrar su coherencia, Lavagnino analizó los problemas que atraviesa la ciencia en la Argentina.

—¿Cuál es, según su opinión, el estado actual de la ciencia argentina?
—Corresponde bastante bien a la situación y al estado de la sociedad argentina. No considero imposible, sin embargo, una definición circunscripta a la ciencia. Es la única que como científico me interesa formular, puesto que se trata de una contribución que rara vez puede hacer quien no lo es. El estado de la sociedad argentina es tal que no necesita de la ciencia argentina. Si hay excepciones, son 'a pesar de todo'. Cuando se pretende innovar, se recurre a expertos extranjeros. Lo malo no es recurrir a la ciencia y la técnica foráneas, sino despreciar el saber acumulado en el país.
—¿Cuál es, entonces, el estado de la sociedad argentina?
—Nuestra ciencia no es decisiva ni en el campo ni en la industria. Siguiendo un proceso de larga data —que unido a la asfixia presupuestaria origina una enseñanza escolástica—, las escuelas contienen cada vez menos información científica. Crece, entonces, la distancia entre nuestra información y la disponible en el resto del mundo. La ciencia actual no requiere sólo grandes capitales y grandes instalaciones sino gigantescos recursos humanos. Los procesos naturales son también el resultado de grandes números en juego. A ellos deben su existencia los cuerpos celestes y los seres vivos. Cuando los norteamericanos se vieron sorprendidos con el primer Sputnik, no adoptaron la posición de proveer mejor a los científicos disponibles sino que iniciaron una campaña de investigación docente y de promoción del interés escolar y universitario hacia la ciencia.
—¿Cómo son nuestros científicos?
—Hace bastante que alcanzaron la calidad de exportación. Nos faltan los recursos que los países industrializados ponen a su disposición. Según la doctrina de Bernardo Houssay, esos países son ricos porque invierten mucho en ciencia y técnica. Como durante trece años el apoyo del gobierno al CONICET no creció en proporción a su éxito, hay que suponer que somos intrínsecamente refractarios al buen sentido o que la tesis de Houssay no era correcta. La historia de la ciencia no demuestra que Houssay estuviese en lo cierto. A lo sumo, se trata de una coincidencia tan significativa como aquella famosa de que los ríos generalmente pasan por las ciudades.
—¿Qué alternativa propondría usted?
—Crear una sociedad que necesite, angustiosamente, de la ciencia. Lo que dejamos ahora de hacer porque resulta caro lo será diez veces más mañana. Como la maduración de un científico tarda entre 20 y 30 años, al cabo de una generación, los estados de nueva industria nos habrán dejado atrás. Ninguna política de promoción científica es mala en sí misma; mucho menos para la persona que, gracias a ella, puede realizar su tarea de investigación. Pero si la universidad no está bien dotada, los equipos de investigación pierden su carácter específico. Lo esencial del hecho universitario es el encuentro de dos voluntades: aprender descubriendo y descubrir enseñando. Para eso, la universidad puede ser guiada y financiada —o no— por el Estado pero, una vez emprendida su tarea concreta, no debe aceptar otra autoridad que la suya. Eso haría imposible el método científico. Otro obstáculo para la concreción de ese ideal es la pretensión de considerar a la universidad como una reducción en pantógrafo del panorama político del país.
—¿Cuál es la situación de la ciencia que usted practica?
—La astronomía —ahora tan alejada de las urgencias prácticas— es más fuerte en los países que disponen de una economía industrializada. Esto vale para la astronomía norteamericana, muy débil hasta la guerra de secesión, perdida por los esclavistas y ganada por los industrialistas. Si ocurre esto con la astronomía, que parece hecha para la elevación de los espíritus, ¿qué pasará con la física, la química o la biología?
—¿Cuál es la participación de los científicos en el desarrollo nacional?
—Una de las verdades mejor silenciadas en este mundo es que los científicos participan —aunque no quieran ni sepan— en la conservación o en el desarrollo de la sociedad. Cuando se formula una política científica, se utiliza la información que contienen los descubrimientos y observaciones de los especialistas. Siempre hay una política, implícita o explícita. Cuando a fines del siglo XIX Herscehel trabajaba en Inglaterra, sólo existió para la política de la corona después que descubrió Urano. El rey lo liberó, entonces, de ganarse la vida fuera de la astronomía.
—¿Usted es partidario de las políticas explícitas?
—Siempre que sean correlativas de un mejoramiento de la producción social. No es justo aplicarles a los institutos lo que ningún empresario acepta: que se fijen tasas de crecimiento e inversión carentes de vínculo con las condiciones reales de trabajo. Es una idea que no estuvo presente en la creación del CONACYT. No existieron las consultas a los equipos de trabajo sino a algunos funcionarios.
—¿Qué política científica es posible, entonces, en la Argentina?
—Tiene algunos requisitos fundamentales y quizá únicos. Apoyar, por todos los medios prácticos y legales, el desarrollo de la gran industria en los renglones más adecuados a nuestra realidad socioeconómica. Crear, además, una universidad que esté realmente abierta a todos los que quieran disfrutar de la libertad de investigar, enseñar y aprender. Ya no se trata de desarrollar sino de conservar. Nos estamos descapitalizando científicamente. Toda medida de promoción selectiva o de planificación podrá retardar la catástrofe, pero no la impedirá. Existirá un sistema nacional de la ciencia cuando cada equipo de científicos sea un sistema racional fundado sobre proyectos de investigación.
A. B.
PANORAMA, MARZO 7, 1972
 
 

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