Mágicas Ruinas
crónicas del siglo pasado

bailes
VIDA MODERNA
¿BAILAS, MARIA?

Durante siete días, dos redactores de primera plana empolvaron sus más raídos jeans, le dieron vía libre a rechinantes camisas —cromático pecado de juventud—, perdieron horas tratando de convencer a dos mujeres que éste era un, informe distinto; que todo sucedía los jueves, los viernes, los sábados, los domingos; que los bailongos no dan a luz su ritmo nocturno sino a partir de medianoche.
Este será un recuento de usos y costumbres, de comportamientos y actitudes. Era necesario preguntar, mimetizarse, aprender algunos pasos, cabecear, acercarse al cómo y los porqués. Pero lo trascendental fue observar, ir escribiendo una nota con la mirada, tal vez por aquella simplista fórmula matemática: cuatro ojos valen más que dos. Se verá:

PRIMERA NOCHE
María tiene el pelo rígido como un cadáver con hedor a spray. Anda por la treintena; los pantalones con florcitas le abrazan esos muslos que han comenzado a desmayar, cuando la intimidad lo permite. La blusa refulge en su nylon detonante, aunque se persigna ante la calidez de las miradas. Con los labios embadurnados y la sonrisa colgada sin arrepentimientos, este sábado supo arrimarse al centro con su atadito de alegría: se pintó la cara de kermesse, con premio único. Baila y baila, girando sobre baldosas con rombos blancos y negros; bebe cerveza, fuma más cigarrillos que los que se atrevería en toda una semana. La Chola y la Tizi le susurran encendidos secretos, en donde los varones jamás huelen a lavandina. Pero ahora —¡qué lástima!— el rimmel de las pestañas, en su ojo derecho, se ha vuelto todo grumos.
“Las chicas son trabajadoras: peluqueras, enfermeras, domésticas. Me saludan. «¿Qué tal, D’Amico?»; y yo, ¿qué voy a hacer?, no me pongo en orgulloso. No señor: yo también las saludo; a ellas les gusta, y es un arma para defender el negocio.” Carmelo D’Amico, 59, argentino, extremadamente pudoroso en confesar su estado civil, traje marrón Príncipe de Gales, orquesta guaraní con trece-profesores-trece, camisa blanca con dibujos en blanco, moño azul, desconfiado, amable, nuevamente desconfiado, monumental anillo de sello en el anular izquierdo, zapatos negros y puntiagudos, demodé, recatado, charlador, blanco clavel ajado en el ojal, pelo de coloración sospechosamente negra (con reflejos rojizos), empresario del salón La Argentina, escudriñador de su clientela, dixit. “Este baile es popular, sí, pero muy decente: no tenemos personal de vigilancia. Es que el público, en calidad, es siempre el mismo; en cantidad, cada vez menos”. Pese a todo, el local perdura merced a una implacable tozudez. El viejo caserón de Rodríguez Peña, entre Sarmiento y Corrientes, cobija, en horarios diurnos, una populista Sociedad de Socorros Mutuos, mientras las horas de la noche observan el advenimiento de parroquianos ansiosos de socorros individuales, teñidos esta vez con cierta sensualidad arrolladora: de viernes a domingo, entre doscientas cincuenta y setecientas personas se deslizan, más o menos acompasadamente, en tanto las tres orquestas estables del salón retumban variantes de la jarana: tango, tropical, guaraní. En los seis años que lleva al frente del local, D’Amico no ha transigido jamás con la música grabada: las agrupaciones dividen salomónicamente sus cinco horas de forcejeo instrumental, en entradas de 20 minutos.
El amplio espacio cubierto de La Argentina semeja una alianza de colores y perfumes, de brazos y antebrazos, de collares y camisas empapadas; todo en revuelo, en excitado parloteo, cuando D’Amico, o la tropical Guatambó, se enardecen versus los pentagramas. Des-
pareja suerte corresponde a la típica de Oscar Delmar cuando, ya frente a las partituras, escasas parejas se animan a salir al descampado. “Casi nadie sabe bailar tango, con o sin cortes; no se arriesgan”, filosofa don Carmelo. Esos 20 minutos son aprovechados, en canje, para otear el ambiente (ellos) y salir de, o entrar en, dudas, (ellas). Poco después, cuando otros ritmos menos comprometidos con la sapiencia tallan sobre el escenario, los varones más atrevidos imponen sus metodologías lingüísticas para conseguir compañera de escarceo: se acercan hasta la mesa en que se posó la dama y realizan su honorable proposición, en el tono más íntimo y discreto posible. Si ella rechaza el convite, habrá una retirada pródiga en sofocones. Es posible, también, que la respuesta de la ninfa no encuadre dentro de las posibilidades normales: es que, por lógica, el local puede verse frecuentado por chicas con destinos más procaces que sus ocasionales contertulias. “La que es ... así, pide una copa, no tiene interés en salir a bailar. Mira a los hombres. Si la vemos provocadora, se la llama, se la invita a retirarse y se le devuelve el dinero. Esto no es una confitería, es una casa familiar”, pontifica D’Amico.
El grueso de las chicas, las que no intentan otro tipo de suertes que las emociones danzadas, no prosperan en compañía de un mismo joven toda la noche; subterfugios, veloces huidas al bar, interminables excursiones por el toilette, sirven a las desilusionadas para salir de, o entrar en, dudas (ellas). Poco recomendable. No obstante, a la finalización del evento, las veredas se pueblan de muchachos anhelantes. A la rastra de alguna mamá, o de amigas menos conciliatorias, las cenicientas suelen constatar, con un simple guiño o un gruñido, la posibilidad de un encuentro futuro. “¿Qué va a hacer?: se divierten. Aquí vienen muchos paraguayos y correntinos cultos —se ilusiona el músico-empresario— sólo para escuchar mi orquesta. Los que vienen a bailar son gente modesta, trabajadora, pero honrada. La mayoría son muchachos que tienen un puesto en el mercado, o están en un taller mecánico. También vienen médicos; gente humilde, pero culta (sic).”
No fue, sin embargo, la coherencia ensoñativa del empresario lo que decidió a Edmund Valladares a trasladar su equipo de filmación a los pasillos de La Argentina. Doce horas lidió allí con entusiasmados bailarines, hasta lograr material para su film Nosotros, los monos. Ya estrenada la cinta, D’Amico observó que el realizador había incurrido en una falta de tacto inadmisible: pese a haber incluido un pasaje en que la orquesta desgranaba Amor de madre, el nombre del intérprete no figuraba por ninguna parte. Claro, también es factible que en el próximo trabajo de Valladares la salvedad sea diplomáticamente reparada: Nosotras, las siervas contará con abundante material recogido en el mismo escenario.

SEGUNDA NOCHE
María es socarrona. Tiene siempre una palabra a manera de cachetazo. Los 'jo pans' se le aferran a la piel con desesperación; pulseras y collares bailan en tomo a su cuerpo. Le gusta Delon en la pantalla del cine, pero si lo tuviera en carne y hueso no sabría qué hacer con él. Aparenta 15 años, o 40, o 100: tiene veintipico.
El señor Eduardo carece de apellido y edad, aunque se le escapó lo del matrimonio y un hijo de 10 años. Cumple, pese a esos fundamentales huecos en su curriculum, con las funciones de administrador en Okey, un local cuyo nombre los parroquianos acentúan en la primera vocal, considerado líder del dancing económico. “La gente que viene es joven y humilde. Las chicas son negritas, chinitas —clasifica Eduardo— y la mayoría es habitué de la casa. Vienen algunos novios, inclusive creo que han salido matrimonios; pero eso no lo puedo afirmar, porque no tengo mucho contacto con la gente”. El salón, un primer piso en Bartolomé Mitre casi esquina con Pueyrredón, intenta semejanzas con la competencia de fama más ilustre: un ingenuo juego de luces y una discoteca que no desdeña a Manal, The Beatles,, o Credence Clearwater Revival, gestionan la ilusión. Sin embargo, Okey seguirá siendo 'El Okey': pese a la insistencia del escondedor Eduardo. (“Hay poco lío, hace años que no llevamos problemas a la comisaría”), los enviados de Seguridad Personal suelen frecuentar las penumbras del local, en busca de menores con documentos adulterados, o descarriadas ovejitas incursas en el meneado Escándalo 2º H. Previendo situaciones engorrosas, los popes de Okey encargan a dos de sus empleados que interdicten el regreso a la mujer que haya salido del local.
El método propuesto, y aceptado, para inducir una salida a la pista, es el mitológico cabezazo: mirando fijamente a la presa, el hombre insinúa sus intenciones. Todo se resuelve con miradas, con gestos. Terminantemente, el sí excluye cualquier otro tipo de rendición. Casi una costumbre, la mujer abandona a su compañero, luego de traquetear juntos varias piezas: en la variedad está el gusto, dicen los y las que se gratifican variando. Estas hijas de la tierra son fieles al dicho y hecho. “Eso sí: cuando ponemos un tango —se irrita Eduardo—, no sale a bailar nadie. Claro que no hay mal que por bien no venga: en esos minutos, los mozos trabajan como locos”.
De miércoles a domingo, Okey únicamente atiborra su pista la noche del sábado, cuando ocho centenares de jóvenes se avienen a dejar, en la mínima boletería, 300 pesos si pertenecen al sexo fuerte, y 100 si al opuesto. Veinticinco personas ofician, de anfitriones profesionales, acomodándolos, sirviéndolos, proveyéndoles música e iluminación, negándoles la entrada cuando no pueden justificar 18 años cumplidos. Una vez adentro, superadas vallas e inconvenientes, los clientes se dedican a la mínima consumición de naranjada, cerveza y ginebra en cantidades lógicas, recordando, como un hecho condicionado, los dos preceptos con los que funciona el local de Miserere: quien arriba por primera vez, es muy factible que planche toda la velada: quien se pelea, lo hace a sabiendas de que jamás podrá repetirlo, porque no le permitirán volver a vivir las emociones zonales. Obediente, la concurrencia se dedica, con sencillez, a su pueril bucanería.

TERCERA NOCHE
María es oscura. A veces, el color de su piel se confunde con el fondo de su risa. Baila con uno, con otro, con aquel que le dice no sabe qué pavadas al oído. María es lejana. Se mueve, se contrae, canta, le sonríe a las sombras. Vive como detrás de un vidrio. Sola en la pista, una pierna adelante, las manos hacia arriba; la otra pierna estirada, los codos pegados a los flancos; la cintura arqueada, la cabeza girando. Un, dos, tres, cuatro. Rítmico, militar, el baile se torna obligado requisito para sentirse bien con su oquedad. Quien diga que María tiene pajaritos en la cabeza, agraviará a la ornitofilia.
“La seccional 23ª nos da con todo: vienen siempre a pedir documentos, mesa por mesa. Se llevan a los pibes que nos pasan, en la entrada, con documentos falsos o prestados. Si nos agarran en infracción, nos multan con 4.200 pesos la primera vez, 6.800 la segunda, y así sucesivamente. En una misma noche, qué cosa, llegaron a caer seis veces: Toxicomanía, Robos y Hurtos, Moralidad, la seccional, la Municipalidad, la Policía Militar”. Más allá de las paredes de la oficina, alguien anuncia algo a los gritos: “El locutor es amigo de la casa; a veces, hasta subo yo o algún loco que se anime. Esto es bien familiar: falta el mate y la pava”. Quien navega en semejante vendaval de contradicciones es Osvaldo Bellagamba, 55, casado, dos hijos, socio gerente del Palacio Güemes, un local que, desde Plaza Italia (Thames 2331), supo cobrar fama hace más de veinte años, cuando cobijaba zapateos y castañuelas bajo el nombre de Cortijo Español. Ahora lodo es distinto. “Desde hace dos años, los salones decayeron en forma alarmante. Yo digo que es por falta de plata, o la apertura de nuevos night clubs. La gente se moderniza: le gusta, más que la media luz, la oscuridad total, el nidito de amor. Van a la perdición, y encima están contentos. No importa, nosotros ya lo decidimos: el Palacio Güemes está en venta. Queremos 120 millones de pesos”, cotizó Bellagamba.
De jueves a domingo, el embaldosado local se abre a la consideración pública: un millar de ansiosos se aglomeran ante la puerta, los sábados, y la ignoran el resto de la semana.
La modesta gaseosa: es, hoy, la vedette : los bolsillos agonizan. “Y... nadie pretende que tomen un whisky; todos los que vienen son elemento puloil. Lo que baja es la jarra de agua con hielo que ponemos en el mostrador. A esa sí que la cambiamos a cada rato”, informa el irreal gerente. Tan pródigo en entusiasmo se muestra cuando, siguiendo repetidos ejemplos, prohíbe la entrada a una chica que, luego de merodear la pista, en algún momento salió a la calle. “En eso somos inflexibles: la que sale, no entra de nuevo. Resulta que se plantan para hacer la travesura, Y quieren volver a conquistar a otro.” Claro, ella siempre en ganancia: cada tres hombres que atraviesan los umbrales del Palacio, sólo una mujer se aviene a probar suerte.

CUARTA NOCHE
María viene del Sur. Se larga del tren en Constitución, camina por la plaza, medio chancleteando, se desinteresa ante los requiebros. se dormita, impreca. se hace un ovillo, tirita, ríe, charla a los tropezones. Ignora cómo responder de primera intención: un graznido incoherente, prodigiosa mezcla de “¿Ah?” con sabor a pito, es espetado a manera de interlocución.
“Desde el ‘63, la gente pegó un vuelco: ya no quiso más al tango. En mi época, en cambio, se bailaba hasta en las esquinas. Era el tiempo en que las barras bravas copábamos los conventillos, los sábados y domingos.” Remembranza apasionadamente melancólica, proviene de un hombre alto, vigoroso, con rasgos marcados, que se acoda en la pequeña mesita de su despacho: Miguel Medile, 56, ex cliente, ex empleado, actual socio gerente de Dado Rojo, Bernardo de Irigoyen 1465, allí donde Plaza Constitución se vuelve turística capital de la miseria. “La gente de tango era inquieta, peleadora —recuerda premeditadamente—, se ofendía de nada: bastaba con que lo pisaran bailando para que el hombre se cabrease. Yo no era bravo, no, pero sabía defender mis intereses. Cuando comenzó el fox trot, le poníamos el pie a los que lo bailaban en la Mariano Moreno. Corría el año ‘41. Pucha, si todavía me acuerdo los tiempos de la típica Florida, tocando tangos a media luz.”
La realidad, hoy, es otra: Dado Rojo está irremisiblemente perdido: las topadoras puestas en marcha por el demoledor Manuel Iricíbar borrarán, con unos pocos golpes, toda una historia de sensualidad musicalizada. “Cuando vino el rock —se acuerda Medile—, la Municipalidad prohibía bailarlo; pero cuando se iban los inspectores, nosotros siempre pasábamos un par de temitas: la gente se enloquecía. De ahí en adelante, cada vez pusimos menos tangos. Cuando lo hacíamos tocar 45 minutos —el mismo tiempo que la música moderna—, todo el mundo se moría de aburrimiento, era un suplicio. Resulta mucho más fácil aprender esta música diabólica.” Alcestes Pignani, 62, recatado socio de Medile, le sale al paso a su recelo con un “y bueno, al fin de cuentas la juventud no se equivoca: es mejor que la de antes”.
Pese al juvenil alegato del maduro Pignani, la juventud ya no comulga con las apetencias de los nostálgicos socios: domingo, a las 23.30, el local agoniza entre los berridos de José Feliciano y la individual soledad de un único cliente, “La gente que viene —especifica Medile— es trabajadora: sirvientitas, obreros, algunos empleados de tienda. Son del Tigre, La Plata, Olivos, Quilines; ninguno de la zona. Esta gente no va a bailar al barrio. Eso sí: cada tres meses se notan caras nuevas; los milongueros emigran. El hombre es más constante, pero la mujer varía por lo que le dicen las amigas.” De todas formas, Medile no se inquieta ante los éxodos: después de Carnaval ya estará instalado en su nuevo negocio, con más aspiraciones que las hasta ahora exhibirlas. Mi Club, un antiguo salón convertido en decadente estacionamiento, volverá a competir con las cotidianas luminarias de la tentación bailada.

QUINTA NOCHE
María especula, se detiene, juega al gato y al ratón con la benevolencia de su escote, con ligas y breteles, elásticos y ojales que hacen pender una no muy decorosa espada de Damocles sobre la cabeza de sus acompañantes. Vive en Caballito, o en Temperley. Alguna vez, un día, no se acuerda, vio el aviso en el subte: “Sea un Pitman o una Pitgirl”. Y ella fue. Remitos, pagarés, facturas, voces nasales desde la otra punta del hilo telefónico, las órdenes de don Pedro, tantas veces rematadas con una invitación a cenar. No, María no es de nadie. Ocho horas por día teclea la Olivetti, se lima las uñas, teclea nuevamente: pertenece a una máquina de escribir y a un trocito de lija. Pero, después, no es de nadie así como así: la que elige es María.
El pequeño señor Félix viste camisa impecable, pero con cuello pasado de moda. Sus pantalones, de color habano, pasan por recién sacados de la tintorería; pero, qué pena, son un talle mayor que el correspondiente. El señor Félix transita noches, y alguna madrugada, en una oficina de acuerdo a sus pretensiones, al fondo de Desirée, un primer piso de Cerrito y Sarmiento que lo tiene por encargado. El pequeño señor Félix teme dar su filiación: no tiene apellido ni familia, no tiene edad, apenas sostiene un. pétreo rostro, prototipo de identi-kit. Accede a murmurar: la misma organización que explota el local comanda los destinos de Jezabel, otro presuntuoso primer piso, en Corrientes entre Carlos Pellegrini y Suipacha. De todas maneras, no le interesa hincar demasiado en el tema: está seguro que es la misma milonga.
“Aquí viene gente de entre 20 y 30 años —secretea Félix, en un desliz—, de acuerdo al tipo de música que ponemos. Si metemos ritmo tropical, vienen tipos grandes; con el beat, en cambio, vamos a la moda.” La moda, en Desirée, cuesta 1.200 pesos, justificados bajo el apelativo gástrico de “consumición mínima”. El dancing sobrevive los miércoles, cuando los organizadores proponen su carnaval carioca. “En realidad, ponemos la misma música de cualquier día, pero lo seguimos llamando así porque es tradición de la casa.” Tuvo que reconocer, siguiendo las huellas de otros colegas, que el negocio viene muriéndose. “Se van terminando los habitués, la gente se renueva, pero, igual, el movimiento es muy escaso. Lo que pasa —filosofa el señor Félix — es que, ahora, los muchachos pasan la noche en el bolín, aporque va cualquier cantidad de mujeres.” La presumible multitud que colma aquellas canchas infestadas de belleza, constituye un vacío imposible de llenar en Desirée: sábado a medianoche, no más de quince almas segregaban sus melancolías en el local de Cerrito.

SEXTA NOCHE
María viene del fondo de la noche. Lleva la alegría hacia adentro, donde no se vea, pertrechada bajo la tibieza del vestido. Hay otras que deambulan, adiposas e insomnes, por entre los globitos de la gaseosa y la gravedad de la cumbia o la guaraña. Sus hombres, durante la semana, amanecen en la calle: peones, albañiles, recuperan la confianza el sábado, cuando frente a la palangana y al espejo del ropero, se atavían tipo diversión. Aquella otra María, la más joven, la muchacha, la que todavía está escuchando el final del cuento de hadas, enrosca ahora su brazo en el de una amiga, o se escuda tras su madre, imponente fragata empavesada, al decir de Oliverio Girondo.
“Al principio, cuando estaba Perón, venía gente de afuera, un poco brava. Ahora, al que se porta mal lo suspendemos cinco o seis semanas; y después, si nos parece que ya tiene bastante, le levantamos la suspensión”.
Augusto Alcestes Pignani, 31, soltero, dueño de un astillero, una empresa de barcos areneros y tierras forestadas en el Delta, codifica las penalidades. Pignani es, además, el heredero de una familia que, tradicionalmente, se ha ocupado de hacer bailar a los humildes: sobrino de uno de los socios en Dado Rojo, hijo de quien fuera empresario del Palacio de las Flores, un edificio que la familia alquila a la Concentración de Floricultores para hilvanar, en sus tres enormes pisos, las esperanzas y apetencias de morenos visitantes. En la conducción del negocio se le asocian su cuñado, Roberto Alfredo Martínez, 41, casado, un hijo, empleado en Gas del Estado, y su primo, Carlos Luis Cambiaggi, 20, soltero, estudiante de Ciencias Económicas. El trío, atildado, eficiente, rodeado de una aura poco usual en los propietarios de esos salones, se unió a partir de 1969 con la intención de perdurar una primacía cuantitativa sobre sus émulos.
“La clientela —dice Martínez— es estable. Éste es el único entretenimiento que tienen al alcance del bolsillo. Creo que el salón se ha convertido en una especie de club, de lugar de cita. La gente que viene aquí es gente de fútbol, de box y baile”. Precisamente para evitar la contaminación ambiental, en la puerta, sobre la calle Basavilbaso, tres fogueados cancerberos cuidan que los menores aguarden su tiempo. También las actitudes sospechosas son investigadas. “Cuando vemos a uno que tiene la mirada brillosa o tambalea —narra Cambiaggi—, le hacemos preguntas para sentir el aliento. Si tiene olor a alcohol, aquí no entra.”
La edad de la concurrencia (oscila entre los 18 y 30 años en el piso de música beat; se eleva notablemente en los de nativa y típica) jamás podría deducirse, si, como con los equinos, la dentadura estuviese en juego: el lugar común es un escrupuloso deterioro de los dientes, o la ausencia, lisa y carencial. No obstante, a veces ríen.
Otra de las salvedades: excepto femeninas cabezas regadas por manzanillas, las testas son morochas; ellos, de pelo negro, bastante corto y encrespado; ellas, de melena lacia y azabache. “A veces vienen chicos bien, de apariencia agradable, de esos que uno no se imagina en estos lados —relata Pignani—. ¿Para qué vienen? Cualquiera se lo imagina: para el levante. Pero no enganchan nada, nunca salen acompañados. Las chicas son negritas, provincianas, y prefieren los que son como ellas.” Adustos correntinos y santiagueños encuentran allí una buena excusa para entablar relación. Previendo excesos en esa sociabilidad tan primitiva, el trío, secundado por una veintena de conspicuos guardianes, recorre pacientemente los salones. “Muchas veces tuvimos que sacar gente, pero todavía nunca hubo que repartir —explica Pignani—. Claro que si algún día me la quieren dar, no me voy a quedar quieto. Pero, bueno, yo creo que eso difícilmente llegue a ocurrir: la época de los guapos se terminó. El muchacho de hoy es más sumiso, más educado. Si encontramos una pareja besándose o abrazándose, la llevamos aparte para no hacerle pasar calor, y les explicamos que eso aquí no está permitido. Sin excepción, todos lo entienden muy bien.”
Otra restricción menos encomiable hubo que soportar hasta 1964: no se permitía el acceso sin saco y corbata. Para obviar incidentes, los organizadores proponían, a cambio de una seña módica, la posesión de una corbata durante toda noche. Luego, una vez concluido el baile, el bien vestido la devolvía en el guardarropa, reembolsando su dinero. Pero a veces la pequeña cuota tentaba a los parroquianos, quienes optaban por aquerenciarse con la prenda y volvían a casa con ella puesta.
Ahora corren otros tiempos. La clientela habitual se descuelga de trenes y colectivos con partida en Valentín Alsina, Avellaneda, Bernal. No faltan, allí, los vecinos zonales. “Esto será muy Barrio Norte, pero está lleno de pensiones”, advierte Martínez. Los tres pisos del Palacio de las Flores suelen atiborrarse, los sábados, con un público que decrece en cantidad y entusiasmo, según se ascienda de piso. La enorme planta baja, reservada para el fácil frenetismo del beat nacional, dobla en número y estoicismo a los telúricos que merodean por los salones superiores. El tercer piso, dedicado a la música nativa, reúne ínfima cantidad de danzarines, rodeados por una inmutable masa de curiosos: dividen sus intereses entre la cerveza negra y la Zamba de Vargas. Eso sí, desde 1945 hasta hoy, el tango siempre ocupó el segundo piso del edificio: una manera inconsciente de demostrar que a la música de Buenos Aires siempre la han tirado al medio.
Raúl Domínguez. 53, casado, dos hijos, posee un pequeño quiosco en el florido antro. Desde 1949, cuando empezó a transitar, quedamente, la noche del local de Retiro, Domínguez ha visto nacer y morir varias formas de vida. “Es cierto, antes venía más gente que ahora, pero eso se debe a que entonces el varón venía a conquistar una mujer; ahora hay más libertad, y sólo vienen a bailar por placer”. También desde la época en que agonizaban los años ‘40, Domínguez se nutrió de gente que le adquiría pequeñas cosas. “En cigarrillos, lo que más vendo son rubios; el negro no sale. En golosinas, casi todos llevan chiclets o pastillas de mentol. ¿Por qué?: me parece que por moda, o porque están nerviosos. A mí, Pignani me tiene dicho que no venda demasiados chiclets, porque los muchachos terminan tirándolos al piso”. Cientos de plastrones negros, como islotes sobre el embaldosado, le dan la razón al comerciante. De todas maneras, la única queja que parte de sus labios no se refiere a esa pegajosa costumbre, sino a una situación más concreta, con raíces menos frívolas: “Antes tenía un socio, pero ahora estoy solo; ¿qué voy a hacer?: esto ya no da para dos.”
Gladys Jacob, 21, soltera, es agradable, jugosa. La ropa recorre su cuerpo con un crujir de nylon. Suele arriba.
entre las doce de la noche y la una de la mañana; se encarama hasta el piso folklórico, pero, súbitamente, recuerda sus necesidades, y regresa a las pistas más bajas. Borrada para siempre su tonada cordobesa (hace cuatro años que partió de la provincia), ahora dedica el tiempo libre a trajinar salones de baile: su única diversión, esgrimirán los comprensivos. Allí, en el Palacio de las Flores, tiene un amigo inseparable, que se escuda en motivos familiares para escaparle al cuestionario. Ella, sin embargo, es menos atormentada: “Aquí vengo de vez en cuando. Con mi novio vamos o Olivos, a Niño, porque a él no le gusta este ambiente. Aquí, si no bailo con él [su acorralado compañero], no bailo con nadie; en los otros lados, con el que me venga a sacar.” Pero aclara a tiempo: “Si me gusta”.
Avatares menos complejos transitan Juan Carlos Pity Chanampo, 28. catamarqueño, empleado en el restaurante Casa de Carlos, y su novia María Teodora Dory Suárez, 23, salteña, doméstica: luego de doce meses brincando las pistas del Palacio de las Flores, el lugar en que se conocieron, han aceptado la idea del casamiento, se sienten respaldados por los 80.000 pesos que redondean a fin de mes. “Ella, al principio, no me llevaba el apunte —recuerda Chanam-pe—, pero después de vernos muchas veces en el baile, cambió la cosa. Ahora venimos con una barra como de quince o veinte, y bailamos imitando a los de Música en Libertad. Después de casados, creo que vamos a seguir viniendo: es lo único que nos divierte.” No obstante, suelen acomodarse en las butacas de un cine. “Vimos la serie de James Bond —se entusiasma Dory—, y la última película del bigotudo, ¿cómo es?; sí: Bronson. Yo no me peleo por el programa, pero las que más me gustan son las de convoy.”
Augusto Pignani usa ropas discretas, ocupa su mano derecha con un attaché, maneja un Fairlane de subido rojo. Con un lenguaje elegido y criterioso, reconoce la lejanía de este negocio con su vida privada. “Es que soy muy sentimental. Esto es muy sacrificado y con lo otro vivo bien. No necesito el Palacio de las Flores, pero me dolería venderlo, que se hablara de estos bailes que hizo mi padre, y yo no tuviera nada que ver.”

SEPTIMA NOCHE
Llega un momento en que están solos, en que la multitud de cabezas iguales, de torsos iguales, de sudores iguales, ya no los protege. Allí se desdoblan: pensar, sentir, correr, gritar, olvidarse -cuando se forma parte de un racimo—, es fácil, es simple, lo colma de tibieza. Ahora, después, sólo en el andén o en la parada del colectivo, la realidad se agiganta, lo atrapa con una red inexorable. Unidos por un destino común, por un nacimiento común, los Monstruos del Bajo (Julio Cortázar lo sabe) perduran en el encuentro. Miedo, desinterés, ignorancia: tres posibilidades que frecuentan, los habitantes de las milongas, para acomodarse dentro de su caparazón, y obviar destinos menos duros, más lúcidos.
Distintas acepciones tiene el vocablo baile para los dos sexos que lo realizan: las mujeres esperan encontrar vestigios de la seguridad siempre añorada; los hombres, buscan el pie para iniciar una relación que es más difícil entablar en la calle. Ellas, groseramente sumergidas en una semiinconsciencia, intuyen que allí encontrarán hombres para toda la vida; o, al menos, dentro de los límites temporales de sus esperanzas. Ellos, abiertamente indefensos, excluidos de otra posibilidad, saben que no hay más remedio que bucear entre mujeres de su misma coloración, para conseguir algo llevadero. Nadie se engaña, aunque la realidad venga pintada como el arco iris. Allí, apretujados, se sienten con un cuerpo común a todos: nadie puede atacarlos, todo está en casa, todo queda en familia.
De pronto, en la séptima noche, el murmullo se trepa por las columnas del salón, escala las ventanas, se pega a los muros exteriores, lame el asfalto de la calle, se introduce en las densas pizzerías de Plaza Italia, en los bodegones de Paseo Colón, en los copetines al paso de Plaza Miserere. Hacinados en los pasillos del tren, o el colectivo, transpirados, somnolientos, los oscuros danzarines visten cuerpos de héroes. Y María, simplemente María, está soñando, porque ella también tiene derecho.
8/11/72 • PRIMERA PLANA Nº 471







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