Mágicas Ruinas
crónicas del siglo pasado

Alfredo Alcón
ALFREDO ALCON Y SU ULTIMA EXPERIENCIA TEATRAL
“LAS BRUJAS EXISTEN”

En momentos en que el teatro argentino atraviesa una aguda crisis, no deja de sorprender que un empresario resuelva montar un espectáculo basado en una obra de neto contenido social, desdeñando el negocio más o menos seguro que representan las comedias frívolas. Más inusual resulta aún que uno de los actores más taquilleras de la actualidad, codiciado por productores de cine y televisión, se decida por el trabajoso camino de la actuación cotidiana, en horario nocturno, despreciando sabrosos contratos y la comodidad de grabaciones o filmaciones esporádicas y adaptadas a sus necesidades. La importancia de la decisión se comprende más si se tiene en cuenta que esa misma obra ya había sido puesta en escena varias veces en Buenos Aires, por compañías de indudable prestigio. Si, además, la obra en cuestión —y la actuación del primer actor— obtiene de la crítica especializada un elogio pocas veces tan unánime, no cabe duda de que la temporada teatral se encuentra frente a uno de sus mejores exponentes. Ese es, precisamente, el caso de Las brujas de Salem, estrenada hace pocas semanas en el porteño teatro Blanca Podestá, por una compañía encabezada por Alfredo Alcón, José Slavin y Alicia Bruzzo, bajo la dirección de Agustín Alezzo.
El caso Alcón merece ser tratado en forma particular. Desde su debut profesional en La isla de la gente hermosa (1950; antes había estudiado en la Escuela Nacional de Arte Dramático) hasta el presente, se convirtió en una especie de niño mimado del ambiente artístico argentino. Así, toda su carrera estuvo signada por actuaciones de real jerarquía, no sólo en el país sino en el exterior; especialmente en España, donde la popularidad del ídolo es tanta o mayor que en Argentina. Imposible de encuadrar en un estereotipo, encarnando a los más dispares personajes, ya sea en teatro, cine o televisión, aún hoy, a los 42 años, parece sorprenderse ante las críticas favorables. Empeñado en lograr, a través de su trabajo, “un firme compromiso’’ con la realidad en la que vive, la semana pasada recibió en su camarín a un redactor de Siete Días. En la charla, no sólo desgranó buena parte de sus pensamientos acerca del teatro actual, sino que aceptó un juego propuesto por el periodista: que el propio Alcón efectuara preguntas a quien quisiera y que él mismo aventurara las respuestas que formularían sus imaginarios entrevistados. El contenido de esa experiencia, consumada entre bocado y bocado de un sustancioso sandwich de matambre que el actor engullía a modo de única cena previa a su actuación, es el que se transcribe a continuación:
—¿Por qué decidiste actuar en Las brujas de Salem?
—Desde hacía tiempo tenía ganas de hacer teatro y no encontraba nada de autor nacional. Entonces, un domingo que tenía libre, me puse a releer las obras de Arthur Miller y cuando llegué a Las brujas de Salem la encontré muy actual y se le dije a Alezzo. A él y a Slavin les pareció bien, y empezamos a trabajar. Hay una frase de Miller que define claramente la actualidad de la obra: “El equilibrio entre la libertad individual y el orden social, todavía está por encontrarse”.
—¿Eso le da actualidad a la obra?
—Claro. Expresado más claramente, quiere decir que los que detentan el poder siempre disfrazan, con características sagradas, la persecución de quienes están contra ellos. En la época en que está ambientada la obra se acusaba de brujería a los que enfrentaban al régimen imperante. Hoy, es indudable que acusaciones y persecuciones provenientes del poder, no faltan.
—En tu primera respuesta, decís que no encontrabas ninguna obra de autor nacional; ¿querés decir que no hay buenos autores nacionales?
—No, había muchas obras de autores argentinos que me gustaban, pero los personajes no eran para mí. Encontrar una relación entre la obra y uno es casi un milagro. No se da tan fácilmente. Así como en cine o televisión uno puede limitarse a representar un papel, aunque el tema no le guste, en teatro tiene que ser distinto: une tiene que sentirse consustanciado con el texto para que ese subir todos los días a decirlo sea una especie de testimonio.
—Actualmente se habla con frecuencia de vincular, en arte, el trabajo con la ideología. . .
—¡Ojo! Este es un punto muy delicado. Yo pienso que ese concepto lo tienen que tener todos los hombres. Supongo que el papel de los artistas viene a ser una especie de ensayo de lo que deben ser todos los trabajos del hombre. La gente no tendría que expresar cesas que no siente en su trabajo. Todos tendrían que sentirse artífices de su vida. Hay una frase muy común: “Fulano no tiene nada que ver con su trabajo”. Eso es terrible.
—¿Te sentís identificado con el personaje de John Proctor?
—Con todos los personajes el actor tiene que sentirse identificado, pero reconozco que Proctor tiene mucho que ver conmigo: cobija ideales parecidos, idénticos miedos, las mismas debilidades y las mismas ganas de librarse de ellas que puedo tener yo.
—¿La obra tuvo algún problema de censura?
—En teatro, la censura es menor porque se supone que la gente que lo frecuenta es minoría; desgraciadamente, eso es cierto. Una pieza de gran éxito puede ser vista por 60 mil personas, a lo sumo. Es decir que nunca una obra teatral va a representar algún peligro inmediato para el sistema. Podrá servir, sí, para que un individuo encuentre, dichas por otros, cosas que él ya sentía. No creo que esa circunstancia sea tan amenazadora como para que la censura se ocupe mucho.
—¿Por qué el teatro se ha convertido en un espectáculo de minorías?
—Yo pienso que el problema fundamental es educativo: hay que crear la necesidad de presenciar una obra. En París, por ejemplo, un domingo a las tres de la tarde te encontrás con salas que dan a Moliere en funciones para escolares y hay más chicos allí que en un circo. El teatro, como otro montón de cosas, es víctima de un mecanismo que toma a la gente como tonta o idiota y cree que sólo se interesa o preocupa por tonterías. Por otro lado, aun para la gente que se ha inventado la necesidad de leer, ver teatro o escuchar música, no puede hacerlo porque no tiene plata.
—Ese deterioro del teatro, ¿es un fenómeno mundial o se observa sólo en el país?
—Los problemas del teatro argentino, además, son de subsistencia. Cada vez que vengo a mi sala, cada vez que pienso en el éxito de la obra Lisandro, de David Viñas, que trabaja a lleno desde hace bastante tiempo, me doy cuenta de que es un milagro que eso ocurra a pesar de lo que cuesta un kilo de carne. Con el precio del transporte o de la ropa, es realmente milagroso que haya gente de clase media o baja que se anime a pagar una entrada. Eso es importante: el espectador argentino es de clase media para abajo: la clase alta sólo va al teatro en Europa.
—Vos sabés que hay muchos actores desocupados y reconocés que la situación es alarmante; sin embargo, tu primera afirmación fue “tenía ganas de hacer teatro. . .” Eso supone que podés hacer la obra que quieras en el momento que quieras. ¿Eso no es contradictorio?
—No, el hecho de que yo sea un poco la excepción no impide que vea la situación en su conjunto. Per eso pienso que es un milagro cada vez que salgo a escena. En cuanto al “tener ganas de hacer teatro”, me refiero a una necesidad vital. Es un acto físico, como hablar por teléfono o decir algo cara a cara. Esa sensación se extraña mucho cuando hacés cine o televisión. En teatro no hay intermediarios. Es el único medio en el que te sentís útil. Lo que das al público de teatro es más trascendente de lo que le das en cualquier otro medio.

LOS INTERROGANTES DEL IDOLO
Entre inquieto y divertido, A. A. aceptó la segunda parte del reportaje, no sin antes ensayar una leve protesta: “¡Uf!, preguntar y contestar uno mismo es casi inhumano, cruel”. Finalmente, se brindó de lleno al juego propuesto. En general, cada personaje propuesto, cada pregunta formulada, iba acompañada por una carcajada que devenía en adusta seriedad mientras masticaba la supuesta respuesta. En el texto que sigue cesa la intervención del periodista de Siete Días. Tanto las reflexiones como las aclaraciones y diálogos son transcripción fiel del largo monólogo de Alcón:
Al primero que le preguntaría sería a mí mismo. Más que un interrogante concreto, es un estado de ánimo casi permanente. Verbalizado quedará más o menos así:
—¿Vale la pena que yo esté aquí?
—Depende de los días. A veces llegaría a contestar con un rotundo
No. Por lo menos, si me comparo con la gente que lucha con todo por las cosas que quiere o piensa, equivocados o no. También pienso que, a lo mejor, esto de venir todas las noches a decir “Yo soy John Proctor”, es un escape, no sé. El saldo general es el miedo a que realmente no valga la pena. Tengo la sensación de que a mí se me dio mucho: todos me ayudaron y me apoyaron; el público me quiere, el periodismo, la crítica, todo a mi favor; tengo figura, tengo voz, tengo salud. . . Y no puedo evitar preguntarme permanentemente: ¿estoy usando todo eso para algo que sirva realmente?
Después me volvería hacia el público, porque en ese campo tengo muchos interrogantes. Me gustaría que me respondieran lo siguiente:
—¿Por qué van al teatro? ¿Qué sienten cuando ven algo que les gusta o algo que no? ¿Qué tipo de relación tienen conmigo?. Estos interrogantes también me los formulo a menudo: hace veinte años que hago teatro y todos los días paso dos o tres horas con cientos de personas que hacen tanto al espectáculo como yo mismo. ¡Tanta gente y pensar que nunca los voy a conocer! Los oigo gritar, oigo sus voces, sus murmullos, sus aplausos y no sé qué caras tienen, cómo son, qué piensan. No sé lo que me contestarían, ni me le imagino. En cambio, sé qué es lo que me dolería mucho que me contestaran.
—Fui al teatro para pasar el rato.
Después de encarado mi diálogo con el público, pasaría a los críticos. A ellos tengo dos preguntas que hacerles. A algunos les preguntaría:
—¿Por qué han tenido tanta fe en mí desde el principio?
—Perqué te veíamos tan desprotegido que teníamos ganas de ayudarte.
A otro gran sector de críticos casi les gritaría:
—¿Cómo es que pueden vivir del razonamiento solamente, conformándose con el mero papel de jueces? (Hay muchos que me dicen o escriben que les gustó mucho mi obra, pero yo los miro y no aplauden o no se ríen, porque no corresponde a su investidura. Eso los lleva a algunos a separarse del espectáculo, porque está preparado para testigos y no para jueces).
—Somos sólo jueces porque no nos animamos a ser testigos, porque serlo es compartir una pasión, es un acto creador por excelencia. En cambio, ser juez implica una mera tarea de clasificación, sin compromisos.
Revista Siete Días Ilustrados
14.08.1972
 
 

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