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Los profesionales del crimen
Hoy se habla de una serie negra (sin comillas ni mayúsculas) con la misma naturalidad que de un elzevir o un sandwich. Pero ocurre que el editor Louis Elzevir nació en 1540 y John Edward Montagu, conde de Sandwich, en 1625.
La “Serie Negra” (con comillas y mayúsculas), en cambio, hizo su aparición en el, relativamente, reciente 1945. Veinticinco años para convertirse en nombre común es todo un record. Responsable de esta acelerada carrera hacia la fama: Marcel Duhamel. Estilizado, cara de pájaro, mirada inquieta y penetrante, recuerda la figura de Dashiell Hammett o, cuando está cansado, la del duque de Windsor. Gran viajero, músico —a veces es posible escucharlo cantar al estilo café concert—, intimó con numerosos escritores americanos y, como ellos, ejerció una multitud de oficios. Un rasgo de coquetería le impide confesar la fecha de su propio nacimiento; en cambio, con motivo de cumplirse los veinticinco años de su unión inseparable con esa dama de negro que en cierto modo es también su hija, accede con gusto a hablar de ella.

MARCEL DUHAMEL: Ahí va la historia de la Serie Negra. Hacía ya unos cuantos años que habíamos dejado atrás el dadaísmo y el surrealismo. Estos movimientos, o por lo menos el último, al cual yo estaba ligado aunque sin pertenecer verdaderamente, se habían caracterizado por su rechazo de los buenos modales, las ideas heredadas y las formas clásicas. De allí esa necesidad de descubrir o redescubrir —actitud que en nosotros correspondía a un gusto profundo— esos géneros tenidos hasta entonces por despreciables: novelas populares, folletines ilustrados, literatura de terror, libros policiales.
Aspirábamos a una renovación. Y ésta llegó de Estados Unidos, donde la prohibición había transformado la mayor parte de los ciudadanos honorables en cómplices de contrabandistas. La corrupción, el rapto, el asesinato estaban a la orden del día. Allí, de esos elementos, nació una nueva literatura que revolucionó el género policial precisamente porque se alimentaba de la realidad. Yo me deleitaba con la lectura de esos libros, pero debía hacerlo en inglés porque no existían traducciones. Sentí la necesidad de suplir esa falta. Comencé traduciendo algunas obras para mi exclusivo placer: El pequeño César, de Burnett, por ejemplo. Así fue surgiendo la primera idea de la Serie Negra. Después de 1944 advertí que el negro, el thriller, se había desarrollado considerablemente en Estados Unidos y en Gran Bretaña y que allí se podían encontrar cantidades de cosas interesantes.
Viajé a Londres, donde me encontré con Peter Cheney. Al cabo de cinco horas de discusión y una docena de wiskies me cedió los derechos de sus primeros libros. Lo mismo con Hadley Chase. Ya teníamos para iniciar una colección. Jacques Prévert la bautizó Serie Negra y Germaine Duhamel, mi mujer, diseñó el formato.

PREGUNTA: ¿Dónde aparecieron los primeros thrillers en América y en qué época?
M. D.: Los primeros en Black Mash, una revista que publicaba noticias policiales y de espionaje. Allí está el comienzo, el glorioso antepasado que ha contado entre sus colaboradores a algunos de los más grandes autores negros americanos, comenzando por el mayor: Dashiell Hammett. Así que todo arrancó a partir de la realidad: primero, la americana; después, la de Inglaterra y la de Francia. Si un día nos pusimos a contar historias de gangsters, ladrones de joyas o arreglos de cuentas entre muchachos malos, es simplemente porque existían gangsters, ladrones de joyas y arreglos de cuentas.
P.: ¿Entonces se podría afirmar que en sus orígenes es un género típicamente norteamericano?
M. D.: En sus orígenes, sí. En Hammett, en Chandler, estaba la violencia americana porque el americano es funcionalmente tumultuoso y su sociedad fundamentalmente violenta. Pero si nació una escuela francesa es porque previamente hubo una realidad francesa que la alimentó.
P.: ¿Piensa que es necesario ser o haber sido un truhán para poder escribir libros de la Serie Negra.
M. D.: Es útil. Un truhán o un periodista policial. En todo caso, conocer a fondo aquello de que se está hablando. Es el caso de Auguste Le Bretón, de Ange Bastiani y de José Giovanni. También Albert Simonin ha conocido de cerca lo que narra. Y Chester Himes, todo o casi todo lo que evoca es documento: Harlem, la delincuencia negra. El lo vivió. Al comienzo, bajo el efecto de la furia y el miedo a los blancos, escribía novelas antirracistas. Pero cuando se trasladó a Francia todo aquello no podía nutrir sus personajes. Vino a verme y le aconsejé que escribiera una policial. Me contestó: “No sabría hacerlo”. Quince días después había terminado su primer thriller: La reina de las manzanas. Aquí fue un suceso y, de rebote, lo hizo célebre en América. Así fue como se convirtió en Horace Mac Coy.
La Serie Negra es la fusión de la experiencia y el talento. Es necesario tener algo que contar y saber contarlo. Cuando un autor joven se me acerca para pedirme consejos, comienzo por alejarlo del pensar. Para eso están la filosofía, la poesía, el ensayo. Es indispensable no olvidar que el valor número uno entre nosotros —salvo en las novelas en las que la fantasía o el humor dominan— es la credibilidad. Sí el autor no cree en su historia, ¿cómo puede esperar que la crea el lector? Parta de un hecho aislado, le digo, de una experiencia en lo posible vivida; cuando haya terminado, corte los dos tercios del comienzo y del final, y abrevie el resto. Entonces trate de imaginar visualmente el resumen que le queda. Y reescriba totalmente el libro de acuerdo a las imágenes que desfilan ante sus ojos: decorados, ambiente, personajes, movimientos, diálogos.
P.: Sin embargo, pese a esa inspiración realista, ha nacido paralelamente una mitología de la Serie Negra alejada de la realidad.
M. D.: La mitología de la Serie Negra no ha sido un producto de ella misma, sino de una cierta categoría de sus lectores. Y, si existe, es la resultante de una transposición de autores que fuerzan, exageran, fabulan y confabulan. ¿La glorificación de la virilidad truhanesca? Me hace gracia. Dado el carácter de los personajes de la Serie Negra, generalmente jóvenes y normalmente constituidos, esta virilidad me parece normal. Cualquiera a los veinte años es capaz de 'baiser une chévre'. Y si no ¿a qué edad? En cuanto a la amistad y el carácter sagrado que generalmente asume en el ambiente, lo mismo que el honor, los considero como una alegre broma. Sin duda hay algo de verdad en eso, pero poco.
P.: ¿Qué quedaría, entonces, como carácter esencial de la Serie Negra?
M. D.: El testimonio. También un cierto humor. Humor negro, capaz de provocar angustia. Polansky, por ejemplo. Para mí el humor es la clave de todo. La única venganza, la única defensa contra el absurdo de la existencia.
P.: También lo trágico es patrimonio de la Serie Negra. Indudablemente, ha sido necesario experimentarlo muy vivamente para crear una colección donde la muerte es siempre el personaje principal.
M. D.: ¿Y quién no lo ha experimentado? No me creo un ejemplar aislado dentro de mi especie. Podríamos suponer que yo sea un tipo particularmente sensible. Pero se trataría de mi propia historia y no de la Serie Negra. Durante mucho tiempo he guardado el recuerdo de un cura que un domingo, siendo yo muchacho, gritaba en la capilla: “Mis queridos hermanos: yo muero, ustedes mueren, todos nosotros morimos”. Fue la primera vivencia de la muerte y me golpeó bastante. Es probable que estuviese predispuesto. En las páginas del Petit Journal de 1905 me había familiarizado con la representación concreta de la muerte. Más tarde tuve por libro de cabecera El albergue sangrante de Peyrebeille.
P.: Resulta difícil imaginarlo a usted como un alumno modelo.
M. D.: Sin embargo, más tarde obtuve una beca para entrar a la escuela primaria superior. Y allá fui, cerca de Montreuil-sur-Mer. Los becarios eran alojados en un antiguo convento, junto a los jubilados, los locos y los huérfanos. La imagen todavía no se me ha borrado. Complétela con mi descubrimiento del humor negro: Jarry y Swift. Añada mis lecturas cotidianas: Les Pieds Nickeles y L’Epatant. Tenga en cuenta un medio modesto y pobre. Agítelo todo y tendrá mi infancia.
P.: ¿Podríamos colocar el erotismo al lado de lo trágico y del humor?
M. D.: Sin duda está presente en la Serie Negra, pero sólo es soportable dentro del contexto. Por otra parte, no confundamos erotismo con sexualidad. Y todavía falta mucho por recorrer y conocer en estos terrenos. Personalmente me siento incómodo por cierta actitud, llamémosle juguetona, de algunas mujeres durante el amor. Tal vez yo sea un poco delicado. Pero para mí el amor tiene un carácter grave. Por eso valoro tanto el humor de Apollinaire en Las once mil vírgenes. Y era Jarry quien hablaba de los órganos consagrados al pudor. Admirable definición.
P.: ¿De qué manera definiría a los franceses?
M. D.: El francés es 'bistrotier', viejo combatiente profesional, necrófilo, chauvinista, hablador, y en su conjunto el pueblo más torpe del mundo, después de los ingleses, alemanes, holandeses y algunos otros. Imbatible en las conversaciones frente al estaño. Por otra parte, si bien a menudo es sórdido, a veces puede ser también sublime. Vea si no a Queneau y a Jean Douassot.
P.: ¿Siente usted horror por la mediocridad?
M. D.: ¿La mediocridad? Es algo vago. Podría decir que la detesto y también que la amo. Lea, o relea, el Diner de tétes, de Jacques Prévert: Aquello que piadosamente / aquello que copiosamente. Allí está todo, de la A hasta la Z.
P.: ¿Qué futuro ve usted, en nuestra sociedad soñolienta, para la Serie Negra? ¿El género no está amenazando declinar?
M. D.: Si bien es cierto que —y pienso en algunos libros recientes— tiende a veces a parodiarse a sí mismo, por otra parte se renueva. El hecho de que el boulevard Saint-German esté atestado de flics (canas) no significa que no pueda existir la novela policial. La desaparición de la diligencia no suprimió las novelas de aventuras. Lo mismo ocurre con la Serie Negra: siempre habrá crímenes, violencia, arreglos de cuentas. ■
CONFIRMADO - 13 de enero de 1971

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