Mágicas Ruinas
crónicas del siglo pasado
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Autobiografía VI de Victoria Ocampo. El sexto volumen de la Autobiografía. de Victoria Ocampo, escrito en 1953 y recién editado, tiene como subtítulo Sur y Cía., pero es muy poco lo expuesto sobre la fundación y posterior existencia de la señera revista (1931). El informe se limita a la conocida sugerencia de Waldo Frank sobre la necesidad de crear una publicación literaria representativa de América del Sur. El texto carece de datos vinculados con la parte argentina, es decir: cómo se formó el equipo de redactores y quiénes colaboraron en el nacimiento de Sur. Mallea y Borges ocupan apenas una sola línea. En cambio, Victoria vuelve a insistir sobre el malhadado entendimiento con Keyserling (1880-1946) y también aquí se queda a mitad de camino. Ella misma legitima sus ocultaciones cuando atribuye, tanto a las biografías como a las autobiografías, una crasa impostura, porque uno puede verse a sí mismo sólo en un espejo y es injusto describir personajes cuya presencia real, el sonido de su voz, la mirada, la atmósfera psíquica fueron ignoradas por el autor. Como ejemplo cita el Adriano, de Marguerite Yourcenar (¡en 1953!). Tiene necesidad de Adriano —explica— para hablar de ella misma. Acepto su manera de ser a través del personaje biografiado, pero que nadie quiera hacerme creer que se trata de Adriano "solamente". El es el mármol o el bronce que ha encontrado Margarita para esculpir su estatua. Para Victoria, el género es insincero. La relación con Keyserling que llevaba más de diez años, constituye lo más patético del volumen VI. Pero ella esconde intimidades. Se trataba de hacer venir a estas lejanas regiones a quien era uno de los máximos pensadores del mundo. En las cartas publicadas en volúmenes anteriores, Victoria apela a todo su arsenal de coquetería para convencer al sabio y luego, con recíproca devolución de cartas en el enconado y pintoresco estilo de una ruptura de noviazgo, se escandaliza cuando el agasajado quiere llevar a mayores la cordial relación. Algo similar ocurre con el epistolario de Waldo Frank. Sus palabras sugieren un entendimiento sentimental que va más allá de la amistad puramente intelectual. En estas introspecciones, Victoria tendría que haber mostrado la misma valentía manifestada ante “la Curia” cuando fue considerada persona no grata (pág. 61 a 63). Aquí apareció, en toda su enorme dimensión batalladora, la combativa mujer que siempre relegó la prudencia y el recato gazmoño para enfrentar los celos y la envidia de sus enemigos. Tal vez, Victoria, en sus dudas respecto de la discutida verdad de una autobiografía, quiso que sus manifestaciones fueran interpretadas, que el lector las completase con su imaginación o con los inevitables chismes sobre su persona. Su actitud obliga a leer entre líneas, a medir la fuerza y segunda intención de las palabras. En ese ameno buscar el interior de la cosa, uno quiere dar a Victoria la gigantesca dimensión que la obligó a elaborar una intensa y extensa obra cultural. Si había una mujer a la que sería justo adjudicar la representación femenina de la Argentina, esa mujer fue ella. En medio de mujeres dedicadas al hogar o a la frivolidad de palomas sin amor y sin nido, Victoria, que no fue una gran escritora, fue única, porque jamás bajó los brazos, porque unió el ser con el hacer. ¡Qué difícil habría sido entenderse sentimentalmente con ella! ¿Cuánto hubiera dado uno por conocer a su amado J. y escrutar su personalidad? ¿Prevalece por ser el único amor confesado? ¿Y qué dimensión debía de tener para ocupar con tanto relieve la ajetreada extensión de su vida? Son preguntas que la autobiografía —un género que ella apuró sin mucho convencimiento— responde a medias. Mejor es aferrarse a otras ideas, enfocando los vaivenes de la posteridad que sugiere su libro. Waldo Frank es el más empecinado en creer que a él sólo el futuro le hará justicia. Sin embargo, de todos los nombres citados por Victoria, muy pocos son los que hoy siguen vigentes. Trascender es un milagro que no se atiene a los cánones del talento o la genialidad, y mejor ni pensarlo. Este volumen hace volver a Keyserling y al inusitado revuelo que produjo su visita en 1929 cuando su popularidad llegó hasta los tangos. En Mentiras criollas, Gardel cantaba: “Vas tomuer si analizas / no te hagas el Keyserling/ que es mejor hacer el gil/ ser creyente y no dudar". Hoy muy pocos recuerdan que el Conde nos calificó de tristes, como también son escasos los que, como uno, siguen escuchando al Zorzal. ¡O témpora o mores! (Ediciones Revista Sur.) Jorge Montes Revista Somos 15.02.1985 |
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