Mágicas Ruinas
crónicas del siglo pasado

Abraham Moles diagnostica un arte - enfermedad: el “kitsch”
Desde París, escribe Pepe Fernández.

Al pie de la colina de Montmartre, en un edificio moderno, vive un erudito: físico-matemático, filósofo, sociólogo, profesor en la Universidad de Estrasburgo, Abraham Moles. Es también el autor de un libro de moda: Psychologie du Kitsch, l’art du bonheur.
Uno se pregunta, antes de tocar el timbre, si va a encontrarse con un hombre muy serio, doctoral, que ha tratado un tema aparentemente divertido.. Respuesta: una hora y media más tarde, al salir, se tiene la convicción saludable de haber encontrado un hombre apasionante y divertido que ha hablado de un tema muy serio. Un hombre con tendencia a gordito, sonriente, dinámico, con ojitos muy vivaces detrás de los anteojos, que debe recibir, sin ninguna duda, con la misma-curiosidad a cualquiera que se presente: mucama, periodista, alumno, editor o cartero. El mismo placer con que toma de un trago un jugo de pomelo, se lanza a explicar el kitsch, su kitsch.. .
kitschPanorama: ¿Por qué se interesó en el kitsch?
Moles: Ante todo, uno estudia ciertos asuntos porque los ama un poco...
—Y así, hablando, para el que no ha leído su libro, ¿cómo definiría usted el kitsch?
—Y bien, naturalmente, es el arte del mal gusto y de la felicidad... pero ¿quién rechaza la felicidad? Todos tenemos esa idea de la pequeña casita, bien nuestra. Saber todo es una idea de la cultura en Europa Central, en los países fríos. La casa bien abrigada, donde se está bien y donde se desarrollan esos sentimientos de una vida un poco cerrada al exterior. Esto parece ser algo muy importante en la sociedad burguesa contemporánea, una sociedad donde los contactos sociales se vuelven cada vez más difíciles. Entonces, como yo
he vivido muchos años en Europa Central, Alemania, Suiza, pude ver lo que eran las pequeñas ciudades donde hace frío; muy íntimas, decoradas sus casas con un cierto mal gusto que en Alemania tiene un nombre: kitsch. Allí se dice: "usted sabe... lo falso, lo auténtico ... lo importante es lo confortable”. Un arte para todos los días. ¿Existe un arte de la felicidad? He aquí la pregunta que surgía espontáneamente y la que me llevó a escribir el libro sobre el kitsch, a partir de un concepto que para los alemanes era bastante claro porque existía una palabra para definirlo.
Y hay una estrecha relación entre las palabras que usamos y la manera en que comprendemos el mundo, como los lingüistas lo han demostrado. Entonces primero traté de analizar la idea de
kitsch, y al darla a la luz se impuso tan espontáneamente porque era una idea fuerte, importante, en el plano de una cierta sociología del papel del arte en una sociedad de consumo, una sociedad burguesa. Yo propuse ya esta idea hace algunos años en un curso de la Facultad de Estrasburgo y en textos que publiqué, particularmente en la revista Communications, muy esotérica, muy científica, que se publica en Francia. Allí expliqué qué era el kitsch, y luego la palabra tuvo éxito. Ahora el tema es tratado por otros autores: hubo un libro que apareció algunos meses después que el mío, y una revista que a mi parecer desvirtúa la esencia del tema, reduciéndolo solamente a un punto de vista erótico, casi pornográfico, demasiado parcial. En fin, esto sería un anexo del tema...

UN ARTE PARA LA VIDA COTIDIANA. La palabra kitsch se refiere al confort, lo viejo mezclado con lo nuevo, lo nuevo con lo viejo, simplemente... Si usted quiere, una idea que me parece fundamental es el arte. La obra artística profunda es en sí, si no revolucionaria, por lo menos renovadora, original, y por consecuencia difícil de comprender y de ser aceptada. De modo que el arte encierra dificultad, y el hombre corriente, el de todos los días, tiene necesidad de una vida espontánea y no está siempre dispuesto a fatigarse tratando de comprender. Entonces, el arte para todos los días es el antiarte. Es, digamos, aquello que no exige grandes esfuerzos, que no es trascendental: son los caramelos rosados, las cajitas con un paisaje de pinos pintado, casitas de madera, costureros con ventanitas en forma de corazón. El confort de las alfombras de productos sintéticos; los gadgets de las grandes tiendas, tan divertidos para jugar; las innumerables formas de ceniceros; ese arte religioso que tanto se vende en los lugares de peregrinación... En fin, todo esto no es pecado, es un poco dulce, o mucho, pero simpático: el arte para todos los días, y justamente el antiarte, como decíamos, porque el verdadero arte no es para todos los días.
Así fue cómo me sentí llevado hacia una especie de reflexión sobre un problema social. Yo pretendo, y por eso escribí mi libro, y el tema está de moda, que habrá muy pronto, sino ya no los hay, coleccionistas de kitsch. Y es interesante para un escritor, un investigador, un filósofo, si usted quiere, ver cristalizarse una idea a partir del momento en que él define, introduce una palabra. Cristalizarse un gran número de tendencias. Naturalmente, yo no he inventado el kitsch en Francia: existe en todos los países de tendencia burguesa. Pero aquí he dado un nombre a ello, y la idea comienza a tomar forma en pocos meses, desde la publicación de mi libro, y antes, unos tres o cuatro años, por los cursos y publicaciones que le mencioné.
Y bien, el ciclo social-cultural ha tenido tiempo de ponerse en marcha, por así decir, y ahora comienza la cosecha. Usted verá la aparición de libros kitsch, de colecciones kitsch, de negocios kitsch, de una moda kitsch en el vestido y el maquillaje, que ya está surgiendo...
—Sí, justamente acabo de ver una emisión por televisión sobre la moda kitsch en París y en Londres: ropa, maquillaje y alhajas falsas. Mostraron negocios, boutiques, totalmente kitsch...
—¡Usted lo ha visto! ¡Y en esos negocios usted podía comprar objetos kitsch que le permitirán ser más kitsch de lo que era hasta ahora! ¡Ja ja ja! Es muy apasionante ver desarrollarse este mecanismo casi frenético, con una rapidez única de este siglo veinte. Y me interesa señalar su importancia, sus tendencias latentes... en fin, seamos modestos, no soy el único... hay otros autores, como el del libro que ha seguido el mío de cerca, que continúan y desarrollan la idea y la investigación. No se trata de hacer una propaganda del kitsch, sino de inducir a tomar conciencia del fenómeno. Finalmente aparecerán antologías sobre ese campo, que cobra su valor porque había todo un potencial kitsch en la sociedad contemporánea. Yo iría más lejos todavía, retomando la fórmula de hace un momento: el antiarte para todos los días ¡es el 98 por ciento de la vida estética actual! ¿Usted se da cuenta? ¡Es una masa fenomenal! Hablo del ómnibus, de la tienda, de los muebles, de la instalación burguesa con todo su decorado, o sea de problemas muy profundos. Hay una vida kitsch, hay héroes kitsch, una literatura, una música. Y hay ahora una recuperación de todo esto. Aquí pienso en las ideas de Marcuse, el filósofo americano que ha criticado ciertos aspectos de la sociedad burguesa.
Hay una recuperación aun del funcionalismo del Bauhaus. En otros términos, existe un kitsch del funcionalismo, lo que es una paradoja extraordinaria, puesto que el funcionalismo nació y se produjo en contra de lo que fue kitsch en la Europa Central del 1900. Nació en contra de todo ese arte decorativo, de ese desbordamiento de neocualquier cosa, de esos castillos góticos reconstituidos, de todo lo falso. Nosotros buscamos la autenticidad, decía el movimiento de Weimar. Y bien, él ha buscado, encontrado, creado una cosa muy importante, pero a partir del momento en que era importante, y de que nadie, ningún arquitecto, ningún fabricante de muebles, de lámparas o no importa qué podía ignorar la lección del funcionalismo, a partir de ese momento hay gente que va a convertirlo en moda, adaptarlo, vulgarizarlo para todos los días, dando origen al kitsch del funcionalismo. De manera que usted ve cómo, evidentemente, pasamos aquí de un movimiento estético a un movimiento social.
Yo no sé exactamente lo que sucede en América latina, en la Argentina, pero seguramente existe un kitsch como lo existe en España y en todos los países que adoptan las normas de la sociedad occidental. Y ese kitsch de América del Norte, que impone su producción masiva en todas las grandes tiendas, es algo muy extraordinario. Es todo un universo que se propone, que se cristaliza bajo nuestra mirada, y es interesan tejara un autor haber desempeñado el pequeño papel de dar una palabra para designar la cosa que ya existía.

UNA IDEOLOGIA DE LA FELICIDAD.
abraham moles—Es cierto: en mi caso, por ejemplo, en este momento tomo conciencia del kitsch, porque usted me da la palabra, hasta el punto en que bruscamente me siento casi invadido por el kitsch...
—Porque el kitsch ejerce una especie de totalitarismo dulce, es invasor, y digo que es totalitarismo en el sentido de que recupera la totalidad de lo que existe. Entonces, naturalmente ¿qué es lo que no es kitsch? Lo que no es kitsch es, ante todo, el producto de los creadores que están al abrigo del circuito de vulgarización intensiva. El museo de obras auténticas se vuelve kitsch en la medida en que lo atacamos, en que lo visitamos en masa. Es la alienación de la sociedad contemporánea, con sus visitas programadas. Pero después de todo... ¡es tan “dulce” ser alienado! No se tiene necesidad de tomar grandes responsabilidades ni iniciativas. Todo viene envasado. Se decide por mí lo que es hermoso, y así estoy a la moda; es decir que soy progresista. Un buen burgués es un poco progresista, pero atención, no demasiado. Justo un poquito kitsch en su progresismo... Pero atención de nuevo: no me tome más por un "contra todo” que por un sociólogo. Yo soy sociólogo y trato de comprobar, de marcar los fenómenos, de señalarlos.
—Pero usted como hombre, vive también esos fenómenos, es victima y hasta puede complacerse en ellos...
—Por supuesto, únicamente viviéndolos puedo analizarlos, sólo que cuando hablo, como en este caso, lo hago como sociólogo. Cuando doy un argumento que puede interpretarse a favor o en contra del kitsch, por ejemplo, es el producto ante todo de una constatación. Hay argumentos muy sólidos en favor del kitsch, o a favor de ese proceso. No todo el mundo puede pagarse el lujo de separarse de la sociedad, pagarse el lujo de un ascetismo. La felicidad es para todos los días, y la sociedad contemporánea busca construirse una ideología de la felicidad. Entonces, aceptémoslo, a condición eventualmente de tomar conciencia, preguntándonos si no puede existir otro tipo de creación. Creo que es muy importante comprobar este fenómeno, tomando conciencia de él, y si escribí él libro es porque nuestra sociedad experimenta de vez en cuando la necesidad de denunciarse a ella misma, cosa necesaria para su progreso. Tomar conciencia de ella misma. Después de todo, el impresionismo, el expresionismo, el surrealismo, nacieron como reacción contra el kitsch pero utilizando el kitsch burgués. En mi libro yo divido dos grandes épocas del kitsch: el nacimiento de las grandes tiendas, que se puede llamar el siglo 1900, de una felicidad burguesa un poco triunfante, muy segura de ella misma, y que prácticamente se interrumpió con la Primera Guerra Mundial. Y luego la época del neo-kitsch, el nacimiento del supermercado, que sigue floreciendo, que explota el kitsch del funcionalismo entre otros, el gadget inútil. Si usted quiere, yo aprecio ese proceso: estar a la moda, progresar, pero en el término medio; no seguir un poco la corriente es ser conservador, y eso tampoco está bien... Confesarse conservador en la hora actual no es nada chic...
—Es curioso cómo el mecanismo que usted explica tan claramente resulta un poco paradoja!...
—Exactamente. Allí está lo interesante, y esa paradoja se produce en todos los países, aunque sus características sean a veces diferentes. Trataré de ver en mi viaje cómo se produce en la Argentina. Ya en Río de Janeiro observé : un proceso que va para adelante y para atrás al mismo tiempo, por ejemplo en cuanto a ciertos inmuebles, verdaderos castillos góticos prodigiosos, con mucho vidrio, construidos en medio de la ciudad, muy modernos pero sin que le falten sus estatuas pintadas de verde, rosa color caramelo, en yeso, al frente de los edificios o incrustadas en sus fachadas. Sólo en los países extremadamente pobres no se produce este fenómeno, por falta de medios.
—O sea, que a partir del momento en que un pueblo tiene cómodamente lo necesario para vivir empieza a rodearse de objetos inútiles, de kitsch, aunque sin tener verdaderamente conciencia de la inutilidad de esos objetos.
—Justamente. Y luego toma conciencia y hace nacer un movimiento como el funcionalismo, contra el kitsch.
—Hasta que casi fatalmente nace el kitsch del funcionalismo, como usted decía antes...
—El kitsch invasor, dulce, totalitario. Se decora, se decora, acumulación de decorados... ¡más hay, más hermoso es! Digo en mi libro: uno de los factores del kitsch es la acumulación, siempre que no se vuelva demasiado caro, porque en ese caso se entra en otro universo, aunque guarde siempre una correspondencia. Como el frenesí de Luis II de Baviera, tan notable, ese rey cuya historia es casi un cuento de hadas. Y el caso Wagner, un gran artista en quien la acumulación, la multiplicación de todos los medios de acceder al individuo, auditor-espectador, correspondían a ciertas tendencias del kitsch. Usted ve cómo las fronteras entre el gran arte y el kitsch son a veces difíciles de determinar. Hay un espectáculo artístico, aunque de gran calidad, donde se canta, se habla, donde hay poesía, literatura, música, objetos, ballet, escenas de batalla, cuadros vivos hasta con animales... agréguele buenos proyectores, gran orquesta y mucho cartón pintado ... ¡Cuanto más hay, más vale; es mucho mejor! ¡Ja ja ja! Es casi enloquecedor, y por eso, una toma de conciencia de cuando en cuando no le hace mal a nadie.
—Aunque esa toma de conciencia dé lugar a que el tema se ponga de moda.
—La toma de conciencia no detiene obligatoriamente un movimiento, sino que lo hace cambiar a veces de dirección. En mis cursos de la Facultad, hace algunos años, yo predije esta moda kitsch. Le decía a mi auditorio: todos ustedes, queridos alumnos, todos ustedes, cuyas abuelas guardan en las buhardillas viejos trapos y viejos adornos ¡consérvenlos preciosamente, muy pronto tendrán valor! Y se produjo... lo que es muy divertido... Uno se pregunta a menudo cuál es el papel del intelectual en la sociedad contemporánea. Naturalmente, cuando se tiene una vida intelectual se es muchas veces bastante pesimista en cuanto a este papel. Uno se dice: después de todo la sociedad funciona según una serie de leyes económicas, que son bastante empíricas en general, y las ideas nuevas son recuperadas tardíamente. Pero es interesante ver de vez en cuando que el universitario tipo, del que yo formo parte, que está un poco alejado de todo ese movimiento social-económico, de ese movimiento político, puede eventualmente provocar procesos específicos a partir de un análisis claro de los fenómenos. Es instructivo. Parecería demostrar que el intelectual no está tan desprovisto de sentido como se tiene tendencia a creerlo cuando se ven las ideas disfrazadas, modificadas, disueltas. A veces su análisis, y el proceso que provoca, presenta un interés.

CON UNA CERVEZA Y UN VALS VIENES.
—Y en su caso, un intelectual que analiza el kitsch. .. ¿no se sintió contaminado, invadido por ese kitsch?
—¡Ja ja!... De vez en cuando pongo un afiche que me gusta en el único lugar libre de la pared, que no está invadido por mis libros. El resto, ya ve, o no tengo lugar o no me contagié... ¡Ja ja! En otro cuarto tengo aún un pedacito de pared libre, pero lo invadió un Vasarely... Pero para ser honesto le diré que cuando en Alemania, Austria o Suiza voy a una taberna muy cargada de objetos, platos de porcelana en los muros y repisas, cortinitas con flores, relojes cu-cu... y bien, me siento bien. Entro en esa idea del confort feliz tomando un cerveza y oyendo un vals vienés... ¿por qué no? ¡Seamos honestos! Y reconozcamos que no podemos siempre superarnos a nosotros mismos. No somos muy seguido nietzscheanos ni más seguido wagnerianos, a menos que seamos Verdi o Rossini. Y hay después, o al mismo tiempo, toda esa literatura con sus héroes simples, más fáciles de comprender que los héroes complicados a lo Proust, con sus laberintos de sentimientos. Amar a una gran artista es fatigante... ¡Ja ja!... más fácil es amar a la dulce heroína que naturalmente es virgen y pasea su virginidad a través de las más extravagantes aventuras. Deslumbrarse con el bravo teniente, el corajudo militar, el poderoso industrial, despreciar al negro traidor... todos éstos son personajes simples, se les comprende bien el color...
—Lo extraordinario es que a usted, que no es un personaje simple, se lo comprende con la misma claridad. Me imagino que una alegría de vivir, de analizar y de explicar como la suya debe despertar pasiones entre sus alumnos. ..
—En fin... sí... se dice que si bien yo soy un universitario muy fundamental, muy fundamentalista, tengo un estilo que rompe un poquito con la erudición tradicional... En la Universidad de Estrasburgo y en el Instituto de Psicología Social que creé, trato de orientar el estudio hacia una nueva forma de psicología social. En una palabra, la reacción que hay entre el individuo y el medio que lo rodea. Tratamos de demostrar que en una sociedad que se vuelve de más en más un sistema social, más que una sociedad propiamente dicha, se produce una gran indiferencia entre los seres, ligada fundamentalmente al fenómeno de la gran ciudad, de la sociedad tecnológica, con la televisión y todo lo demás. Por consiguiente, lo que se debe estudiar es una nueva psicología social. Ahora hay un mediador, un intermediario entre yo individuo y los otros. Desaparece cada vez más aquello que antes eran los pueblos donde todo el mundo se conocía. Por lo menos desaparece en Francia, en Europa Central, no creo que demasiado en América latina, no sé. Se vivía en comunidades íntimas, que eran también un poco opresoras porque ejercían un control permanente de los unos sobre los otros. En la sociedad moderna, en las ciudades con esos departamentos cerrados donde la gente vive dentro, como un caparazón, es difícil ver a los amigos que están lejos, incluso cerca. Se pierde el contacto y la televisión devora. Por consiguiente, la gente se repliega en sí misma. Hay otros seres, pero no se los ve más que a través de la pantalla de la tecnicidad, a través del teléfono, lo que produce una nueva sociedad, la que yo me esfuerzo en describir, en desentrañar.
Será sobre todo esto que hablaré en mis conferencias en Buenos Aires a principios de octubre, y sobre temas vecinos. La psicología del espacio y la psicología del objeto, por lo que llegamos al kitsch. Tengo gran curiosidad por el intercambio de ideas en Buenos Aires, donde intuyo un elemento vital, ávido de conocer problemas sociales diferentes en cuanto al medio ambiente. Y yo voy ávido de conocer escritores argentinos, como Borges, de quien tengo aquí casi toda su obra apasionante, y Bioy Casares... vea, sé perfectamente entre tantos libros dónde tengo esa joya que es La invención de Morel de un Bioy Casares muy joven... Y tengo curiosidad por el "espacio”. Los países con espacio son verdaderamente ricos, aunque a veces no se dan cuenta. Me han deslumbrado las playas del Brasil y seguramente me sucederá lo mismo en la Argentina si tengo oportunidad de verlas. Allí es posible el contacto del individuo con la naturaleza. En Francia, en Suiza, en Alemania ya no es posible. Somos esclavos del metro cuadrado, que se vuelve centímetro cuadrado y nos oprime...
—Y para colmo llenamos ese mínimo espacio de kitsch...
—¡No lo llenamos! ¡El kitsch nos invade!
Revista Panorama
07/09/1971
 
 

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