Mágicas Ruinas
crónicas del siglo pasado

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LIBROS
Gombrowicz; El hombre permanece

El matrimonio, Opereta, Autobiografía sucinta, por Witold Gombrowicz, Barra!, Barcelona, 1973, 218 páginas.
Sobre Gombrowicz, por Arthur Sandauer y Ricardo Cano Gaviria, Anagrama, Barcelona, 1972, 104 páginas.
Autobiografía sucinta, textos y entrevistas. por Witold Gombrowicz, Anagrama, Barcelona, 1972, 73 páginas.

Escrita en la Argentina en 1944, El matrimonio —originalmente El casamiento— fue publicada en castellano en 1947 por Cecilia Benedit de Debenedetti, cinco años antes de su edición en el idioma original. Fue traducida por el mismo Gombrowicz, con el talentoso, imaginativo auxilio de Alejandro Rússovich y la ayuda de Alberto Girri y otros, prosiguiendo la costumbre inaugurada por la traducción-cooperativa de Ferdydurke. Esta legendaria edición argentina de EAM intentaba encontrar el equivalente de un idioma polaco, a menudo deformado, siempre bastante arbitrario y bastante apartado de todas las reglas, según gombrowicziana declaración en las últimas líneas del prefacio, ausente en esta nueva y transfigurada edición. Javier Fernández de Castro, el nuevo traductor, ha despojado a El matrimonio de todas las contorsiones sintácticas y deformaciones de palabras que prodigaba la versión argentina, según Gombrowicz adecuadas al original polaco. Este Matrimonio es más legal que el del 47, pulcramente, apropiadamente académico, aunque a las masitas las llama "pastas”.
Gombrowicz, autor de una literatura y de un teatro excéntricos, no puede ya dejar de ser considerado responsable de una singular posición en las letras: jamás creyó en un arte puro, jamás desdeñó las ideas, que en su obra extrañamente rigurosa cumplen, a, la vez, dos papeles. Son “ideas artísticas”, es decir, un sistema instigador de sus ficciones, y son también una filosofía práctica que estaba encarnada en él.
Escribió en el prefacio de El casamiento, en 1947: "Para mí, personalmente, es muy importante que no se pierda de vista la vinculación de mis escritos, por más excéntricos que parezcan, con la realidad práctica y cotidiana y con ciertas ideas que me sirven de punto de partida. No dudo que para los «conocedores», mis ideas resultarán ya conocidas. Sin embargo, debe haber una diferencia por lo menos entre nuestros respectivos modos de vivirlas y sentirlas puesto que el conocimiento de esas ideas parece no perturbar en nada la mentalidad muy cristalizada de estos doctores y su producción diaria, mientras que a mí me lleva a consecuencias y a un marcado disconformismo”.

LA HUMANIDAD INHUMANA. El drama de El matrimonio es el de la “deformación interhumana'', el que ocurre “entre quien grita y su propio grito”, el de lo inhumano de la humanidad y del dolor de "esa creación a ciegas en la que participamos desde nuestro nacimiento”. La obra es un sueño, en el que se encuentran los residuos shakespeareanos de una retórica trágica, paródica, payasesca y atroz, donde los actos no son reconocidos como propios, como producidos por quien aparentemente los produce, sino producidos "entre” los hombres y sobrepasándolos.
El matrimonio remeda un Hamlet (a quien Henri se parece notablemente) mal evocado, semiolvidado y como si prolongara indefinidamente las escenas en que Hamlet habla con Polonio. Pero Henri, contrariamente, no quiere ni vengar ni descubrir el crimen de su padre, ni hay tal crimen. El padre de Henri es —en el sueño— elevado a la dignidad de Rey, para que le otorgue el casamiento, para que haya ley. Más tarde, él mismo se declara Rey y quiere casarse a sí mismo. Pero, en el momento decisivo, cae quebrantado bajo el peso de sus actos —que le resultan ajenos a él mismo—, que, por ser diferentes de él, lo sobrepasan.
Pero la tragedia central, el carozo quebrado de El matrimonio reside en la tensa relación del hombre con sus palabras, en la desazón de ser hablado por ellas.
Entre los hombres —dirá Gombrowicz— se crea la Forma, a la cual está supeditado cada uno de ellos. Uno de los monólogos más reveladores dice, por boca de Henri: "Pero se plantea otra cuestión: si alguien actúa durante años como un loco, ¿no es un loco de verdad? ¿De qué me sirve mi salud si mis actos están enfermos. .. ? Pero quienes me han obligado a cometer estas locuras, Jannot, estaban igualmente sanos / Y eran sabios / Y equilibrados / Amigos, camaradas, hermanos, tanta / Salud / ¿Para tan enfermo comportamiento? / Tanta sabiduría / ¿Para tanta deshumanización? / Y de qué sirve que cada uno, en privado, sea completamente lúcido, sabio y equilibrado, si todos juntos no somos más que un loco gigantesco que con furia / Rueda, aúlla, ataca, se retuerce, se precipita / Con los ojos vendados / Nuestra locura está fuera de nosotros, en el exterior / Allí, allí... en el exterior”.

UNA SUBVERSION DEL ORDEN. Opereta acompañó a Gombrowicz durante más de once años. Intentó, y lo declaró, enfrentar la esclerosis y la “divina” idiotez de un género totalmente artificial, abundante en máscaras y en una espectacularidad entontecida y fácil. Curiosamente, el nombre de esta obra particular es un nombre genérico. Opereta, como para ponerlo frente a la cara del lector. Gombrowicz, por otra parte, siempre parodió formas bajas en su obra. En este caso, se retó a sí mismo a un duelo entre la tontería del género humano y el pathos, la pasión y una cierta humanidad, con la intención de, sin embargo, no transgredir las reglas de facilidad y frivolidad que la opereta propone. El tema central es la oposición vestimenta-desnudez, el sueño del hombre con la desnudez, aunque esté siempre apresado por las modas y los modos de ser. Nada nuevo bajo el sol gombrowicziano, sino una sombra diferente proyectada por la ominosa Forma. Esta vez, la opereta se transfigura en una alegoría: el maestro Fior, árbitro de la Moda, la maldice junto con las Máscaras y descubre, surgiendo del ataúd, a Albertina, santamente desnuda. La inmadurez —el otro polo de la filosofía práctica de Gombrowicz— resurge entre las cenizas provocadas por el negro fuego de la Forma.
Al mismo tiempo, esta alegorización de Gombrowicz accede, en su manera paródica, a la subversión de la diferencia de clases. La princesa pregunta, al promediar el segundo acto, qué ocurrirá si “la gente ordinaria’’ descubriese —como al parecer lo sabe desde hace mucho— que nada difiere el trasero aristocrático del plebeyo, y el príncipe comienza a sospechar que la aristocracia no posee por sí misma ningún rasgo que la distinga, excepto uno —completamente tautológico— que es la posición en que se encuentra. El príncipe, por otra parte, admite que no vale más que sus criados y que, acaso, puede valer menos. Poco más adelante advendrá una "revolución social” de "opereta”, esto es, ligeramente entontecida y enmascarada. El maestro Fior abominará de su anterior magisterio de la moda: “Maldigo las vestiduras humanas / maldigo las máscaras ensangrentadas / que se alimentan de nuestra sangre / Maldigo.mis creaciones”.
La autobiografía sucinta es, más bien, una breve cronología, con algunas omisiones importantes, como la fecha de publicación de Ferdydurke en castellano, en 1947. Incluye admirables entrevistas, algunas inéditas, y otra, publicada por "La Quinzaine Litteraire”. Por primera vez aparece en castellano la “Carta a los ferdydurkistas", de 1947.
Sobre Gombrowicz incluye dos atractivos artículos: “Gombrowicz, el hombre y el escritor”, de su descubridor polaco, Arthur Sandauer, y otro, del colombiano Ricardo Cano Gabiria, '"Gombrowicz y "La seducción”, que refuta admirablemente el único desliz crítico del lúcido Sandauer en la primera nota, publicada originalmente en Les Temps Modernes. ♦
J. di P.
PANORAMA, JUNIO 14, 1973

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