Mágicas Ruinas
crónicas del siglo pasado

ernesto sábato
LES CUENTO MI ULTIMO LIBRO, ME VOY A EUROPA, NO ESCRIBO MAS NOVELAS
(LO DICE ERNESTO SABATO, Y PUNTO)

RECORRIMOS CON ERNESTO SABATO LOS LUGARES DONDE TRANSCURRE LA ACCION DE SU ULTIMA NOVELA: “ABADDON, EL EXTERMINADOR”. CON ESTA OBRA SABATO CIERRA SU CICLO NOVELISTICO. NO ESCRIBIRA NINGUNA NOVELA MAS AHORA LE INTERESA EL TEATRO PERO, POR EL MOMENTO, SABATO SE VA A EUROPA POR VARIOS MESES. A DAR CONFERENCIAS Y CAMBIAR OPINIONES CON SUS COLEGAS. POR ESO QUISIMOS CONOCER SUS MAS RECIENTES OPINIONES Y PUBLICAR LAS PRIMERAS PAGINAS DE LA NOVELA QUE APARECERA A FINES DE ABRIL. UN CAPITULO QUE PERMITE A TODOS LOS LECTORES APROXIMARSE A UNA OBRA AGUARDADA CON IMPACIENCIA.

Un autor no es nunca el hombre de carne y hueso que circunstancialmente podemos conocer. Existe una fascinación que nace del entrecruzamiento autor/hombre, aunque sepamos que la vida de| creador no es necesariamente la misma de sus héroes de ficción. Padre de su obra, el novelista se vuelve, al mismo tiempo, hijo de ella. Entonces cualquiera puede llegar a comprender una obra por una infinidad de conocimientos accesorios, biográficos, bibliográficos. Todos estos “informes" rebasan en un sentido la obra y en otro no llegan a alcanzarla. Incluso, la palabra del propio autor no garantiza la “verdad” en relación con su creación. Obras son amores, y es cierto. Hacer y no hablar. Y una vez hecho, ¿quién garantiza la duración de ese “amor”, quién explica su sentido? Algo de todo esto había en las vueltas que le daba Ernesto Sábato al asunto. Apareciendo su novela, ¿para qué perder tiempo en una entrevista? Finalmente, me llamó una tarde y me explicó su idea. Me acompañaba a ver los lugares que había elegido para ubicar a sus personajes. Eso seria todo. En el caso de que a mí se me ocurriera transcribir lo que charlábamos en busca de las recovas de la iglesia de la Inmaculada Concepción, corría por mi cuenta.
—Te pondré frente a frente los lugares que me obsesionaron durante años. De las esquinas y las paredes que cobijaron a los demonios de mi mente —me dijo. Como el periodista puede dar su testimonio sin mediaciones y muchas veces sin inhibiciones, pensé que ésta era una oportunidad para despreocuparme de la rigurosidad de los cuestionarios. No tomar en cuenta los andariveles de la costumbre. Mientras Sábato requería la distancia que le facilite una perspectiva, mi tarea testimonial permitía nuestro encuentro. Una charla poniéndolo tan cerca como sea posible del público que pronto tendrá en sus manos Abaddón, el Exterminador, su última novela.
—El titulo hace referencia a una instancia bíblica. En el “Apocalipsis según San Juan”, Abaddón es uno de los jinetes endemoniados. Su nombre es de origen hebreo y significa aproximadamente “destructor”. "exterminador”. Después de muchas dudas elegí ese título porque tiene que ver con el sentido más general de la novela. Me refiero a su aspecto apocalíptico. A cierto sentido religioso que sintetiza Abaddón, en cuanto es el Angel del Abismo. Una forma de calificar los tiempos que vivimos y que siento con e| espanto de los grandes cataclismos.
Mientras Ernesto Sábato hablaba llegamos al banco de la plazoleta que circunda la iglesia de Belgrano. Nos sentamos. Me explica por qué había necesitado volver sobre algunos de los lugares que ya aparecían en su novela anterior Sobre héroes y tumbas. Sábato me confirma su minuciosidad alcanzándome un pianito que había hecho para orientarme. Las calles son azules y tienen anotados sus nombres al costado. Las plazas están borroneadas con birome verde. En rojo hay anotaciones de este tipo: "Situar escena caserón", “Pavimentos muy viejos y de piedra”.
—De no vivir en Santos Lugares me gustaría tener una casa por Belgrano R. Es una zona que por sus caserones y arboledas me fascina. Vos dirás que el empedrado no está inventado para los coches, pero a mí el asfalto me pudre el alma.
De golpe Sábato se Done nostálgico. Habla de Buenos Aires como revelando secretos desaparecidos con el nacimiento de los monstruos de cemento y vidrio. Me nombra algún matón que conoció en los alrededores de la demolida cárcel de Las Heras. Guapos que usaban sólo cuchillo porque no querían matar con "máquina", recuerda.

SABATO Y SUS DEMONIOS
Creo que hay mucho de fatalismo cuando este hombre de austeridad monacal, con su andar nervioso, busca los lugares donde los seres que su imaginación crea tendrán un techo y una cama.
—Me he pasado días buscando determinados climas para una conversación de "Abaddón, el Exterminador”. Había elegido esta casa que de tan vieja ni ochava tiene. Pero después la descarté y preferí una en la calle Conde casi esquina Monroe. Entre palmeras y columnas descascaradas viven Nacho y Agustina. Estos dos hermanos saben que la casa no está habitada por cuestiones de pleitos y se instalan de contrabando. La exacta ubicación de esta casa era muy importante. Nacho está fascinado por un lugar cercano que forma la intersección de Conde y Mendoza. Yo estuve a las tres de la mañana y en invierno en ese mismo sitio. Ahí se puede sentir el misterio. Sobre el terraplén de enfrente corre un tren fantasmagórico y a las espaldas uno siente los imponentes edificios de departamentos. Porque el sentimiento metafísico no es algo que tienen sólo los que viven en países de Europa. Para mi, pensar en la existencia del hombre y en el sentido de su vida es algo que está en el interior de cada ser, aun e| más humilde. Es también sentirme un desgraciado parque dispongo de un auto, cuando muchos en nuestro país no tienen dónde caerse muertos No sé. A veces pienso que exagero.
—En partes de su novela encontré personajes que tienen nombre y apellido de gente que conozco. Inclusive está usted.
—Del sentido y del porqué te darás cuenta cuando leas el libro completo. Las pruebas de página te adelantan algo, un aspecto. Porque lo que en realidad hice fue crear personajes mitológicos del mismo modo que aparecen en algunos pintores surrealistas. A partir de fragmentos reales hacer una combinación imaginaria. El Ernesto Sábato que aparece en “Abaddón, el Exterminador” soy y no soy yo. Por eso me resultó muy duro escribir esta obra. Ese Sábato no sólo dialoga sino que tiene problemas con personajes de "Sobre héroes y tumbas" y con otros que aparecen recién ahora. Hay rasiones y actos criminales. Ese Sóbate habla a gente que existe en la realidad. Pero ese Sábato es también el más delirante de todos los personajes. También puedo decirte que quizá mi doble es uno del que sólo digo la inicial v que está en tres momentos críticos de la narración. Ese desdoblamiento domina la novela y sin embargo ese personaje brilla con su ausencia Ni siquiera se llega a saber su domicilio. Imagino que podría ser Vicente López 2018.
Entonces nos hacemos una escapada. Veo el lugar que me indica. Es una casita que mira con modestia a una bulliciosa feria franca. Más allá, las cruces de La Recoleta llevan su estandarte al aire de la mañana. La calle Junín nos lleva a un café donde transcurre otro episodio de la novela.
—Aquí me peleo con un muchacho.
—Ernesto, usted siempre protagoniza sus narraciones con gente joven. ¿Por qué?
—Debe ser un poco vocación de instructor. No sé.
—A los jóvenes que quieren escribir, ¿qué les aconseja?
—Antes que nada, que no se dejen atrapar por el periodismo. Después, lo mejor es pensar en ciertas brújulas. Ante espectáculos de frivolidad y decadencia, es bueno pensar en qué hubiera hecho Van Gogh o Tolstoi o Kafka. Esa gente nunca hizo concesiones. No eran alquimistas de la palabra. Lo que hacían lo sentían de adentro. Como Roberto Arlt y como Sarmiento. Esta gente da la medida de la seriedad de un creador. Un gran escritor no es un artífice de la palabra sino un gran hombre que escribe.

INTERMEDIO EUROPEO
Antes que aparezca su novela, Ernesto Sábato parte rumbo a Europa. Este es de alguna manera el último diálogo que mantenemos antes de su alejamiento.
—¿Por cuánto tiempo y dónde irá?
—Tengo que recibir un premio en Alemania. Aprovecho para hacer una recorrida en el estilo del viejo romanticismo alemán. Mucho que ver y poco que hablar. En Alemania también ya están terminando de traducir mi nueva novela. Después voy a Paris a dar conferencias en la Facultad de Letras, y luego me espera Italia. Finalmente estaré un tiempo en Madrid y Londres. Creo que serán cuatro meses. Una desintoxicación.
—¿Qué piensa de los escritores europeos en relación a América latina?
—Allá se imponen a fuerza de “capillas". Se reúnen con buenas intenciones y terminan haciendo banalidades. Todo se vuelve juego y comienzan a reflejarse unos a otros como espejos deformantes. Nosotros los latinoamericanos nos mantendremos en la buena senda mientras no caigamos en la tentación de convertir todo en cuestión de palabras o de burdos testimonios.
Sábato hace una pausa. Estamos sentados en un bar de la calle Juramento. En la esquina, las barrancas de Belgrano ondulan verdes. Aquí, la frente de Ernesto Sábato se llena de arrugas. Sus manos garabatean un gesto de incomodidad. Después, mirándome fijo agrega:
—El mayor riesgo de un escritor es la tentación de la palabra.
Volvemos a hacer silencio. Las manos del hombre que acaba de hablar modelan un alto vaso: jugo de ananá y ginebra. Entonces recuerdo la impresión que recibí al hojear su última novela, y se lo digo. Me contesta:
—Es posible que lo que leíste te haya sugerido el sentimiento de acoso. Puede ser una palabra que en parte defina “Abaddón". Pero si de algo estoy seguro, es que la obra está escrita con sangre. Y que está vinculada al drama de nuestros días. Tal vez ése sea mi acoso. Sentirme reclamado por cada uno y todos.

HASTA AOUI NO MAS
Cuando nos vamos del bar la conversación toma giros inesperados. Sábato insiste en que tomemos fotos durante la noche de los lugares donde transcurre la novela.
—¿Por qué de noche?
—Porque “Abaddón" es una novela nocturna. Aunque estas fotos que ahora saque Juanio sean buenas, nada tendrán que ver con mi novela. Lugares que sólo tienen una magia especial en ciertos momentos. Y esos momentos son de noche y en ciertas horas.
—Entonces daremos una imagen tentativa exterior —le digo.
—Algo que tendrá para mí sólo un significado más que nada emotivo. Imágenes que me recordarán todo lo que me dolió hacer esta obra, que será la última.
—Me gustaría saber por qué es su última novela.
—Ya te vas a dar cuenta. Lo máximo que puede hacer un escritor por sus lectores es mostrarse como realmente es ante ellos. Desnudarse y decir la verdad. Sin temor ni segundas intenciones. Algo que entendieron los existencia-listas y que siempre conviene recordar. Cuando se llega a cierto grado en que un autor se cuestiona íntimamente, seguir novelando sería una ligereza imperdonable.
—Pero queda la posibilidad de que escriba otro tipo de ficciones.
—Hace tiempo que me obsesiona el teatro. Algo así como un misterio ritual con música y coreografía. Iris Scaccheri comenzó a preparar un espectáculo con fragmentos de mi obra.
—¿No pensó en escribir cuentos?
—Nunca me pude sentir cómodo escribiendo prosa corta. Empiezo algo y tengo que seguir. Como si |e dijera entre líneas a cada momento al lector: “Esperá un poco, seguí leyendo que hay más". Por eso cuando me pongo a escribir tardo bastante en poner punto final. En 1948 terminé “El túnel" y recién en 1961 apareció mi segunda novela. Ya ves. Tardé muchos años para terminar la tercera y última novela. Publiqué poco en toda m¡ vida, pero no porque me haya dedicado a reescribir y corregir bizantinamente mis propios escritos. No soy perfeccionista. Mis novelas están llenas de imperfecciones. Son irregulares. Están dificultadas por baches, desmayos y calles mal pavimentadas. Lo que sí creo es que están escritas con sangre, no con tinta. Publiqué poco porque he luchado a tumbos y en las tinieblas contra enemigos invisibles. Contra personajes o fantasmas que nunca terminé de entender qué diablos querían.
Aunque tal vez no haga falta recordarlo, mientras oía estas palabras pensé que el hombre que así hablaba era un hombre que había estudiado. Sí. Una persona que había rechazado la aventura de la física por adentrarse en los laberintos de la literatura. El Fiat 128 avanzó unos metros y nos detuvimos. Viajar en un coche conducido por Sábato no sé si es una aventura, pero doy fe que implica riesgo,
—Soy algo violento para manejar. Lo reconozco. Soy a la vez distraído y violento.
Sábato dejó el coche sin echarle llave. Opina que a los ladrones es mejor no irritarlos entorpeciéndoles su tarea. Y olvidándose del asunto me dice:
—¿Te gustó e| caserón de la calle Arcos? Es una suerte que lo hayamos podido ver. Están por demolerlo, Esta casa con sus columnatas y grandes verjas me parecieron un ambiente adecuado. Yo diría que “Abaddón" es una obra que, emparentada con las dos anteriores y cerrando su ciclo, es más clásica en su lenguaje. Como cortada en grandes bloques. Los nombres propios que vos viste son anclajes para que e| lector no pierda contacto con el mundo real. Los lugares, las calles, nuestra vida cotidiana, una bufanda, un resfrío, sirven para que lo delirante de mi novela encuentre asidero. Un país y un mundo donde la profecía apocalíptica se cumpla. Termine con el cruel tiempo del dinero para que nazca otra civilización más humana.
—¿Cómo ve su relación con los demás escritores?
—Soy un francotirador. Un solitario. Pienso que cada escritor debe trabajar con su cañón. Con su escritura. Imaginé lo ridículo que veríamos a Faulkner o a Melville formando un clan. Los cenáculos esterilizan a los creadores. Para bien o para mal yo practico lo que pienso. Eso no quiere decir que no sufra por todo lo que pasa a mi alrededor. Ni que me aislé para no ver nada. No. Trabajo apartado porque es la única manera de encontrar lo que busco.
Como la pregunta estaba implícitamente formulada no quise hacerla. Tampoco Ernesto Sábato dijo más. Posiblemente hay un libro donde está la respuesta. Lo acaba de escribir Sábato y todo el tiempo estuvimos hablando de eso aunque mirábamos a unos chicos subirse al tobogán en la plaza. Como no queríamos hacer un reportaje tampoco habíamos hecho más que hablar de lo que nos interesaba. Ahora sólo deseaba haber retenido una imagen aunque fuera borrosa, de este hombre que se aleja ligero con su pequeño portafolio negro bajo el brazo. Porque como el propio Sábato piensa, en su obra está la información más real y más íntegra de su propia vida.
ALBERTO M. PERRONE
Fotos: JUAN JOSE PEREZ

-recortes en la crónica-
SABATO EXPLICA: ¿QUE ES “ABADDON, EL EXTERMINADOS’?

‘‘«Abaddón, el Exterminador» es por sobre todo una obra metafísica. Una búsqueda de una realidad última a través de personajes concretos y lugares reales de nuestra ciudad. Una ciudad que quiero terriblemente y que creo conocer palmo a palmo. El titulo encierra un significado simbólico que el lector deberá desentrañar. Y también será el lector quien encuentre el total sentido de la novela, ya que yo sólo capto fragmentos de mi propia obra y el resto queda en tinieblas, incluso para mi. También esta obra nace vinculada a Sobre héroes y tumbas. Cierra un ciclo de mis dos novelas anteriores. La presente novela, desarrollándose en un ambiente porteño que conozco, tiene personajes concretos. O, mejor, carnales. Y es en ellos donde planteo mis búsquedas metafísicas. Porque lo que tiene la literatura frente al ensayo, la creación frente a la ciencia, es la posibilidad que hay de incluir pensamiento y sensibilidad de un solo golpe. Y en definitiva, el hombre no es otra cosa que la combinatoria del intelecto más su carne.
”En suma, no es una novela alegórica, sino dominada por los símbolos. Lo mismo que ocurre en los sueños y en las pesadillas. La aparición de una realidad extraña y que no se puede explicar totalmente.
”Estos personajes que aparecen con sus verdaderos nombres llevan adelante una acción muchas veces insensata. Porque no hay nada más terrible y al mismo tiempo nada más digno de respeto que la persona que lucha por un ideal sea cual fuera. Esos son los rebeldes. Los que yo siento cerca de mi. De todo esto quise hablar de una vez por todas en mi última novela.”

LAS PRIMERAS PAGINAS DE ULTIMA NOVELA DE SABATO
ALGUNOS ACONTECIMIENTOS PRODUCIDOS EN LA CIUDAD DE BUENOS AIRES EN LOS COMIENZOS DEL AÑO 1973.
EN LA TARDE DEL 5 DE ENERO
de pie en- el umbral del café de Guido y Junín, Bruno vio venir a Sábato, y cuando ya se disponía a hablarle sintió que un hecho inexplicable se produciría: a pesar de que mantenía la mirada en su dirección, Sábato siguió de largo, como si no lo hubiese visto. Era la primera vez que ocurría algo así y, considerando el tipo de relación que siempre habían guardado, debía excluir la idea de un acto deliberado, consecuencia de algún grave malentendido.
Lo siguió con ojos atentos y vio cómo cruzaba la peligrosa esquina sin cuidarse para nada de los automóviles, sin esas miradas a los costados y esas vacilaciones que caracterizan a una persona despierta y consciente de los peligros.
La timidez de Bruno era tan insuperable que en rarísimas ocasiones se atrevía a telefonear. Pero, después de un largo tiempo sin encontrarlo en La Biela, y cuando supo por los mozos que en todo ese periodo no había reaparecido, se decidió a llamar a su casa. “No se siente bien”, le respondieron con vaguedad.
Bruno sabía que, en ocasiones durante meses, caía en lo que él llamaba “un pozo", pero nunca como hasta ese momento sintió que la expresión encerraba una temible verdad. Empezó a recordar algunos relatos que Sábato le haba hecho sobre maleficios, sobre un tal Schneider, sobre desdoblamientos. Un gran desasosiego comenzó a apoderarse de su espíritu, como si en medio de un territorio desconocido cayera la noche y fuese necesario marchar y orientarse con la ayuda de pequeñas luces en lejanas chozas de gentes ignoradas, y por la incierta luminosidad de un incendio en remotos e inaccesibles lugares.

EN LA MADRUGADA DE ESA MISMA NOCHE
se producían, entre los innumerables hechos que suceden en una gigantesca ciudad, tres dignos de ser señalados, porque guardaban entre si el vinculo que tienen siempre los personajes de un mismo drama, aunque a veces se desconozcan entre si, y aunque uno de ellos sea un simple borracho.
En el viejo Bar Chichin, de la calle Almirante Brown esquina Pinzón, su actual dueño, don Jesús Mourente, mientras se disponía a cerrar el negocio le dijo al único parroquiano que quedara en el mostrador:
—Dale, Loco, que hay que cerrar.
Natalicio Barragán apuró, su copita de caña quemada y salió tambaleante. Ya en la calle, repitió el cotidiano milagro de atravesar con distraída placidez la avenida recorrida a esa hora de la noche por autos y colectivos enloquecidos. Y luego, como si caminara sobre la insegura cubierta de un- barco en mar gruesa, bajó hacia la Dársena Sur por la calle Brandsen.
Al llegar a Pedro de Mendoza, las aguas del Riachuelo, en los lugares en que reflejaba la luz de los barcos, le parecieron teñidas de sangre. Algo lo impulsó a levantar los ojos, hasta que vio por encima de |os mástiles un monstruo rojizo que abarcaba el cielo hasta la desembocadura del Riachuelo, donde perdía su enorme cola escamada.
Se apoyó en la pared de zinc, cerró los párpados y descansó, agitado. Después de unos momentos de turbia reflexión, en que sus ideas trataban de abrirse paso en un cerebro lleno de barro y yuyos, volvió a abrirlos. Y de nuevo, ahora más nítidamente, vio el dragón cubriendo el firmamento oscuro de la madrugada como una gigantesca y furiosa serpiente que llameaba en un abismo de tinta china.
Quedó aterrado.
Alguien, felizmente, se acercaba. Un marinero.
—Mire —le comentó con voz trémula.
—Qué —preguntó el hombre con esa bonhomía que la gente de buen corazón emplea con los borrachos.
—Allá.
El hombre dirigió la mirada en la dirección que le indicaba.
—Qué —repitió, observando con atención.
—¡Eso!
Después de escrutar un buen rato aquella región del cielo, el marinero se alejó, sonriendo con simpatía. El Loco lo siguió con sus ojos, luego volvió a apoyarse contra la pared de zinc, cerró sus párpados y meditó con temblorosa concentración. Cuando volvió a mirar su terror se hizo más intenso: el monstruo ahora echaba fuego por las fauces de sus siete cabezas. Entonces cayó desmayado.
Al despertar, tirado en la vereda, era de día. Los primeros obreros se dirigían a sus trabajos. Pesadamente. sin recordar en ese instante la visión, se encaminó al cuarto de su conventillo.
El segundo hecho se refiere al joven Nacho Izaguirre. Desde la oscuridad que le favorecían los árboles de la avenida Figueroa Alcorta, cerca del monumento de los españoles, vio detenerse un gran Chevy Sport, del que bajaron el señor Rubén Pérez Nassif, presidente de Inmobiliaria Perenás, y su hermana Agustina Izaguirre. Eran cerca de las dos de la mañana. Entraron en una de las casas de departamentos. Nacho permaneció en su puesto de observación hasta las cuatro, aproximadamente, y luego se retiró hacia el lado de Belgrano, con toda probabilidad hacia su casa. Caminaba con las manos en los bolsillos de sus raídos blue-jeans, encorvado y cabizbajo.

Revista Gente y la actualidad
28.03.1974
ernesto sábato

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