Mágicas Ruinas
crónicas del siglo pasado

Libros
David Viñas, el justiciero
LITERATURA ARGENTINA Y REALIDAD POLITICA, por David. Viñas
Jorge Alvarez, editor, Buenos Aires, 1964; 362 páginas, 380 pesos.
1964
david viñasEs sabido que fueron sectores de ideología liberal —paradoja tal vez aparente— los que se mancharon en la Argentina con los primeros brotes de xenofobia y, en particular, de antisemitismo, según puede verificarse leyendo La Bolsa, de Julián Martel.
Un joven periodista, ambicioso y sin ideas propias, repite lo que oye decir en los círculos que frecuenta: los advenedizos, los extranjeros, los judíos, son culpables de la especulación desenfrenada que conducirá a la revolución del 90.
Él no lo sabe, pero su libro está sirviendo a una clásica maniobra diversionista; a través de él, los que detentan el poder político y económico soslayan su propia responsabilidad. Se necesita un chivo emisario, y poco importa que todavía no haya sino un puñado de judíos en el país.
Esto es menos asombroso que el púdico silencio de la crítica, que por mas de medio siglo se las ingenia para ignorar el ingenuo antisemitismo de Martel (quien, por lo demás, se llamaba José M. Miró, y falleció a los 29 años). Finalmente, hace apenas un lustro lo señaló Sergio Bagu.
David Viñas, en su primer libro de ensayos, vuelve sobre este caso para mostrar cómo los críticos del mismo ámbito intelectual en que se engendró La Bolsa porfían por desentenderse de ese aspecto de la novela, sin duda incómodo.
Uno de ellos, Adolfo Mitre, alega que “no cabe detenerse a recapacitar... en la razón o sinrazón de ciertas prevenciones”; para otro, Juan Carlos Ghiano, el autor “no acusó a un solo sector, sino a todos”.
La refutación de Viñas es sencilla: “Personalmente, en cambio, no sólo creo que cabe detenerse a recapacitar, sino que también Martel acusó a un solo sector...” Y denuncia: “Cosa sabida, no hay literatura inocente.” La ceguera voluntaria de los críticos se explicaría, según él, porque no desean que, contaminándose con los hechos históricos y sociales, la literatura pierda el carácter meramente ceremonial que le adjudican las clases dirigentes.
“Pero, ¿no se han detenido a reflexionar —arguye sagazmente— que la crítica literaria que prescinde de la realidad es la misma que siempre se ha lamentado del desdén con que esa realidad retribuye a nuestra literatura?”
Este es, quizás, el pasaje más convincente —también el más ecuánime— de su libro; y no es extraño que su prosa crítica —a menuda farragosa e informe— se torne, de pronto, clara
y aun elegante. Es allí donde el lector extraña el libro serio, útil, que tenia derecho a esperar de él.
No interesa la defección vulgar de quien se deja amarrar, por razones demasiado humanas, a deletéreos intereses; ni es del caso objetar la honrada convicción que, según pasan los años, se nutre de ideas más conservadoras. Era necesario mostrar serenamente, sin animosidad, cómo se opera el proceso de la alienación del escritor; cómo la sufre y cómo la trasmite; por qué oscuros vericuetos es conducido del juvenil inconformismo a la habitual inanidad.
Existe una rica bibliografía sobre cierta especialidad de la crítica que ha sido bautizada como sociología de la literatura: más incitante era el examen de esta cuestión, con ejemplos tomados de la reciente literatura argentina, que una exhibición moralista, inútilmente agresiva a expensas de autores que yacen en las antologías.

Una imagen belicosa
David Viñas (35 años, 2 hijos, ex presidente de FUBA, ex profesor de literatura) es el escritor más fecundo —aunque no el más característico— del grupo Contorno, que se manifestó desde 1955 con un apasionado interés por la literatura, la historia, la filosofía y la política; impregnados de ideas universales —del marxismo al existencialismo—, sus miembros ahondaron, sin embargo, en el análisis de la realidad nacional, y su acción cívica ejerció influencia en la etapa ascendente del frondicismo.
Temperamento expeditivo, poco inclinado a discurrir con sutileza, David Viñas fue un narrador infatigable: sus cinco novelas (Cayó sobre su rostro, Los años despiadados, Un dios cotidiano, Los dueños de la tierra, Dar la cara) le valieron varios premios, al tiempo que sus libros cinematográficos (El jefe, El candidato, Dar la cara) dilataban su audiencia.
Literatura argentina 'y realidad política recoge sus ensayos dispersos en varias revistas y añade algún material inédito. David Viñas es lector asiduo de autores argentinos, toda una singularidad en nuestro país, y más aún entre los jóvenes; una visión implacablemente clasista desmedra acaso sus juicios, pero también es clasista la del sector adverso, aunque lo niegue; con todo cede blandamente a la tentación de tener razón contra el pasado, de medir a sus hombres y sus obras con las ideas de hoy. Son raros los momentos en que se olvida de polemizar; pocas veces trata de adentrarse con simpatía en el espíritu de un autor, de un libro. Cuando lo hace, depara gratas sorpresas (por ejemplo, su estudio del viaje de Belgrano a España, en 1790).
Pero, acaso prisionero de su propia actitud, de la imagen belicosa que se condensa en el título de su última novela, extermina sañudamente a Mármol, a Mansilla, a Cané, a Lugones, a Florencio Sánchez, a Gerchunoff, sin que la ironía entibie por un momento su severidad. Y, sobre todo, remata su libro con un prolijo quién es quién literario, enderezado a destruir toda virtud, en un antipática manifestación de moral catoniana, alarde de independencia y orgullo.
29 de diciembre de 1964
PRIMERA PLANA
 
 

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