Mágicas Ruinas
crónicas del siglo pasado

mel brooks

UN GENIO ANDA SUELTO
Por HECTOR GROSSI
La rica y variada tradición de la comedia Cinematográfica norteamericana tiene su continuidad en tres notables autores, a saber: Nel Simon, Woody Allen y Mel Brooks. En esa filmografía obras como “Locura en el oeste’’ y “El joven Frankenstein” revelan el talento de Brooks, un comediógrafo que adora y admira a Vittorio De Sica, Fellini, Bergman y Marcel Carné.

HOLLYWOOD tiene una rica, única, identificable, tradición en la comedia cinematográfica. Brillante, sofisticada, cuya revisión —más allá de la nostalgia— reverdece las calidades de diálogos con réplicas de tan artificioso como afilado ingenio; evidencia la vacuidad de algunos títulos que, en su época (los años ’30 y ’40), fueron ruidosamente celebrados; y conoció una generosa respuesta del público. Esas comedias realizadas por Frank Capra, Preston Sturges, George Cukor o el singularísimo Ernst Lubitsch, correspondieron desde la pantalla, por un lado, dentro de los márgenes permisivos de los códigos de la moralidad, a las apetencias picarescas y situaciones “comprometidas” que el público aceptaba con sonrisas cómplices.
Por el otro, desde “Sucedió una noche” (Gable-Colbert) a “Ninotchka” (Garbo-Douglas), pasando por “Philadelfia story” (Hepburn-Grant-Stewart), un público que salía de la depresión económica y se preparaba para una guerra mundial, se sintió interpretado, indemnizado, descomprimido, desde las pantallas que abrían sus puertas hacia ficciones por donde entraban brisas pasajeras, de alivio tan» momentáneo como eficaz, a las preocupaciones de la vida cotidiana. Ese cine que alguna crítica malhumorada, tan ceñuda como sectaria, pretendió fulminar con la calificación de escapista, ha tenido —felizmente— derivados que hoy florecen, después de pasar por etapas perdedoras. Esta difícil especie de la comedia, como ocurre con cualquier otro episodio creativo o cultura], no se da azarosa-
mente. Propone una línea de continuidad, lejanos hontanares, una evolutiva búsqueda hacia la adaptación y ajuste de los autores con la inestable fluidez de un público que, con sorpresiva velocidad, cambia de humores, es implacable en sus rechazos, e inesperado en la aceptación de las propuestas novedosas.

Los nuevos comediógrafos
Siempre referidos a la producción norteamericana, al promediar los años 50 se insinuaron —para fortalecerse después— tres autores que convocaron a las plateas teatrales y televisivas, con su renovado aporte a la comedia. Ellos son Neil Simón, Woody Allen y Mel Brooks. No tardarían en acceder a la cinematografía, Y, de hecho, con la obvia contribución lateral de otros realizadores, ese triunvirato es la cabeza ostensible y real de la comedia cinematográfica norteamericana en la actualidad.
De ellos desglosamos el nombré de Mel Brooks, realizador y guionista que contribuyó con Locura en el oeste (Blazing saddles), estrenada en Buenos Aires el 16 de febrero del año pasado, y, con El joven Frankestein, vista el día de Navidad-1975, al regocijo de multitudes que ya identifica el nombre de Mel Brooks con la diversión delirante. Aún más, por la televisión argentina, se difunde El superagente 86 (en el original “Get Smart”, juego de palabras que alude —con Smart— al nombre del “jamesbondiano y clouziano” investigador, y al significado de “hacerse el vivo”), cuyo autor es Brooks y, en las vacaciones, es fuente de logrado deleite para el consumidor, sin distinción de edades.

Mel Brooks
Lo singular de Brooks está signado por la universalidad de su escritura humorística, más allá de la diversidad de idiomas. En ello se reconoce —por contrapartida— las efectivas predilecciones de Mel Brooks, en materia cinematográfica. Por encima de las barreras del lenguaje, este autor-director, no ha ocultado su abierta admiración por clásicos del cine europeo. Les enfants du paradis, es de su predilección, pero su autor más amado es Vittorio de Sica, a quien califica de “maestro”, su película Ladrones de bicicletas “no tiene igual en el mundo”, afirma Brooks, es una obra simple, un homenaje al pueblo. Y continuando con su adhesión a De Sica: “Umberto D. es gloriosa, no menos que El oro de Napoles”. En segundo lugar señala la presencia de Federico Fellini: “Cuando vi El sheik blanco no lo podía creer, y Ocho y medio es fantástica”. Pero su marcada debilidad por De Sica le hace afirmar que Milagro en Milán es una obra maestra, “un Chagall”. Uno de sus arquetipos es Ingmar Bergman, pero no debe extrañar que un realizador de “controlada fluidez” como es Brooks se encabrite frente al sueco genial, para denunciar su intercesión con el espectador, como si Bergman dijera en cada palmo de sus películas que es él, Bergman, el que está ofreciendo la obra magistral.
Si bien es cierto, Mel Brooks aspira —en lo inmediato— a filmar una película de “amor” que trata sobre un matrimonio que se divorcia y escribió hacia los años ’50, lo más probable es que lleve al cine una idea ya terminada del actor y coequiper Gene Wilder titulada “El hermano más brillante de Sherlock Holmes”. Pero al margen de sus proyectos, Brooks re vela en su obra realizada que se integra —para el cine— además de los títulos citados con Los productores, Las doce sillas, una aproximación marcada a lo que llamaríamos películas de amor “masculino”. Se puede verificar en Locura en el oeste, en la relación de cálida fluidez entre Gene Wilder y Cleavon Little, así como en la amistosa vinculación entre el Dr. Frankestein (G. Wilder) y el monstruo (Peter Boyle).
La invención jocunda, la aparente arbitrariedad —rigurosamente controlada— de las realizaciones de Mel Brooks han llevado al equivoco de creer que se trata de un superdotado que improvisa. La técnica es absolutamente a la inversa. Brooks es un director minucioso que disciplina su trabajo desde la etapa de la escritura del guión y muy difícilmente cambia en la etapa de la realización. Una compensada tanto como meditada elaboración no se desbarata por razones de repentismo genial. En el caso concreto de Locura en el oeste exigió a la productora que con tratara a cuatro guionistas, con Andrew Bergman, autor del libreto original. Incluido el propio Brooks, los cinco autores se concentraron en una habitación y, con una secretaria que tomaba apuntes, se entregaron a la exigente competencia de inventar las mejores situaciones reideras: fundamentalmente las de situaciones más que las de diálogos. Revelan do un secreto de factura, Mel Brooks jamás utiliza grabadores magnetofónicos para estos trabajos pues entiende que esos aparatos inhiben a los escritores y los mueven a actuar en función del grabador.
Lógicamente lo que Mel Brooks hace es cine, de allí que su secreto no revelado, es lo que ocurre en la cabina de montaje, donde sus reflejos dictan las mutilaciones y las depuraciones últimas. ♦
REDACCION
02/1976

 

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