Mágicas Ruinas
crónicas del siglo pasado
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Cine Efectos especiales: el cine asombro Sin trucos visuales no habría cine fantástico. Steven Spielberg evoca como "mi padre" a Walt Disney, y se refiere a la secuencia final de Peter Pan como "el aliento vital de todas mis fantasías, desde E.T. hasta Indiana Jones". Recordemos las imágenes. La pareja vuelve tarde a casa y encuentra a sus hijos dormidos junto a la ventana. Ellos despiertan y narran un fabuloso viaje al país de Nunca Jamás, donde lucharon contra el Capitán Garfio junto a Peter y Campanita, un hada minúscula que hace volar objetos y personas con sus polvos mágicos. Los padres no les creen, claro, pero los chicos les hacen mirar el cielo a través de la ventana. Cruzando por delante de la luna llena, una carabela de piratas vuela rumbo al infinito. The End. El asombro, la imaginación, el candor, aún son posibles en un mundo mezquino y complicado: adulto en un sentido negativo. "Quizá por eso hemos vuelto a la fantasía —dice Spielberg—. Para recuperar el heroísmo, la lealtad y l aventura, sinónimos de libertad espiritual y de grandeza". Y así como en Encuentros cercanos del tercer tipo los extraterrestres se llevan a un buen terráqueo con ellos, en El último guerrero espacial (de Nick Castle) uno de nosotros es llamado a luchar en defensa del equilibrio cósmico. Este nuevo mensaje de la fantaciencia cinematográfica (muy diferente del de la vieja La guerra de los mundos, entre otras) no sólo es un soplo aperturista de la época, sino también un estilo estrechamente ligado al efecto especial. Porque sin efectos especiales no habría, hoy por hoy, posibilidades de sorprender al moderno espectador postelevisión, hombre en la luna. Voyager en el confín de la galaxia y catástrofe en directo. Ya no basta con un Drácula de disfraz y maquillaje: un monstruo tipo Alien, inhumano, deforme, debe estar vivo. Al menos, visualmente. Esto determina la existencia de grandes creadores de criaturas como Cario Rambaldi, que diseñó el nuevo King Kong, los extraterrestres de Encuentros cercanos, el bicho de Alien y el insuperable E. T. O de Chris Walas, el inventor de los Gremlins. O de Bob Mattey, veterano colaborador del Estudio Disney que hizo el calamar gigante de 20.000 leguas de viaje submarino y el célebre Tiburón de Spielberg. Pero además están todos los efectos capaces de urdir batallas espaciales o de hacer volar a Superman. Richard Edlund, responsable visual de Los cazafantasmas, lleva ganados 4 Oscars: por La guerra de las galaxias, El imperio contraataca. El regreso del Jedi (las tres de George Lucas) y Los cazadores del arca perdida. Los cazafantasmas tiene más de 200 efectos, y en los Estados Unidos recaudó 250 millones de dólares en las primeras 20 semanas de exhibición. Edlund se inició junto a John Dykstra, socio de Lucas en la Industrial Light & Magic, que ambos fundaron para satisfacer las locuras de Spielberg y otros colegas. "Inventar lo imposible es puro placer", jura Dykstra. famoso por haber patentado el Dykstraflex, un aparato que computa y mezcla imágenes para crear, desde 1975, mundos y seres inimaginables. Y si Rambaldi gastó casi 2 millones de dólares sólo en la confección del muñeco de E.T., Douglas Trumbull (papi de los efectos de 2001: Odisea del espacio) obligó a elevar a 21 millones de dólares el costo de Tron con sus 1.100 efectos especiales. En Blade runner fue limitado por los productores, y sin embargo los diseños futuristas de sus ciudades llevaron a la friolera de los 25 millones invertidos. Trumbull considera que "la era del efecto especial empezó con 2001, que era un filme artístico. No tuve discusiones con Stanley Kubrick: él no sabía cómo materializar el guión de Arthur C. Clarke, así que me dio rienda suelta para inventar todo: naves, trajes, etc. En eso me ayudó la NASA, además. Lo que quiero apuntar es que suele haber líos con las imágenes soñadas por los directores. Así que se experimenta v se gasta por demás. Con Spielberg, en Encuentros cercanos, ahorré bastante porque los dos sabíamos qué queríamos. Pero en Brainstorm, hasta yo me harté de filmar vuelos y fondos estrellados''. Una de las anécdotas de filmación de Encuentros cercanos da cuenta de lo dicho por Trumbull. El grupo técnico que construyó la maqueta de la nave madre pasó 8 semanas, a razón de 12 horas diarias, haciendo agujeritos (ventanas) en el fuselaje. Hasta Spielberg y la actriz Melinda Dillon tuvieron que empuñar la perforadora. Esta nave, como la de su predecesora de 2001, consumió 2.000 focos de luz y debió ser armada en un hangar de Alabama, seis veces más amplio que cualquier estudio de filmación de Hollywood. Unos 25 ovnis pequeños volaban a control remoto. Casi 5 millones de kilowatts fueron la fuerza motriz de todos los elementos escénicos. La película salió 20 millones de dólares y recaudó más de 500. Y si los 3 tiburones de Mattey. de 8 metros de largo y accionados por 30 martinetes hidráulicos y quince hombres, hicieron de los 8 millones de dólares iniciales un boom de 400 millones, los Gremlins dejaron atrás los 11 millones invertidos y se alzaron con 250 palos verdes en dos meses. Así, más allá del credo-bondad o de lucha entre el Bien y el Mal de las nuevas fantasías, este show sobrenatural que abunda en producciones tipo Enigma de otro mundo. La historia sin fin y Poltergeist, es un negocio de perfiles asombrosos. Por otra parte, ese sustrato comercial-imaginario se adecúa a todos los géneros: desde el thriller en Blade runner hasta la estudiantina de Los cazafantasmas, pasando por Pirañas (que fue la primera terrorífica de Joe Dante, el director de Gremlins) o el cine-catástrofe de Terremoto (Oscar para sus efectos en 1974). Y tanto la seguidilla de El exorcista como la efímera Extraños invasores abrevan en la fuente de Juvenecia del efecto especial, único pasaporte seguro al asombro del espectador de cualquier edad, que desde la oscuridad de la platea exige: "Sorpresa, emoción, pero que no se note el truco". Las reglas del juego han cambiado. y una reedición de Frankenstein clase Boris Karloff no provocaría, en el más piadoso de los casos, más que cierta nostalgia por aquel terror candoroso de nuestra infancia. Tiene razón Douglas Trumbull: "Después de 2001, nuestros ojos piden productos visuales puntillosos, de un acabado perfecto, que parezcan vivos aunque sepamos que se trata de una ilusión. Todo debe ocurrir como en un sueño. Porque cuando uno sueña cree que su sueño es realidad. Precisamente, éste es el desafío de lodo creador de efectos especiales". La compañía de Trumbull se llama Entertainment Effects Group y compite con la de Lucas en un marco de obsesivo celo comercial.' Cualquier información filtrada, trátese de un flamante monstruito o de un sistema inédito de iluminación, puede significar una pérdida de millones de dólares. Parece mentira, pero no lo es. *-recorte en la crónica-* Las criaturas Tiburón, el peludo compañero de Han Solo en La guerra de las galaxias, el tierno E.T. abandonado por su nave en la Tierra, el cortés robot dorado de El imperio contraataca. Superman. El casi-oso-de-peluche de Gremlins y demás criaturas son todas, presencias a las que nos tiene (bien) acostumbrados el cine fantástico contemporáneo. Sus padres, desde Lucas y Spielberg hasta Trumbull y Edlund, las han dotado de vida por medio de complejísimas técnicas valuadas en millones de dólares. Más allá de la especialización en efectos visuales que derivó en la fundación de empresas ad hoc, lo que impacta al espectador (ajeno a tecnicismos y costos) es la naturalidad de movimientos de las nuevas vedettes. Sin duda alguna. puede anotarse ese hito como un gol del cine de evasión. Cine que, tanto como si se tratara de Hamlet o Blancanieves, necesita de personales protagónicos fuertes, carismáticos, únicos. Porque sin criaturas dramáticas no hay drama, ni comedia, ni terror, ni fantasía, ni evasión. Raúl García Luna Estados Unidos: Adriana Siero SOMOS 8/3/85 |
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